Todos los lugares

 

Fuente de la imagen: //madridfotoafoto.blogspot.com.es/2008/03/los-msicos-callejeros.html

 

¿Quién no ha soñado con regresar a algún lugar en el que ya estuvo? En sueños siempre se vuelve para realizar aquello que hemos dejado inconcluso. Se vuelve para ayudar a cruzar la acera a una mujer mayor. Para entrar en aquella tienda. Para echar unas monedas a aquel músico con los ojos llenos de frío. Se vuelve para aceptar una invitación. Para anotarse al horario de clases nocturno. Para visitar aquel museo que estaba cerrado y buscar aquel cuadro que querías contemplar con todo el tiempo del mundo. Por eso es cierto que seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido, haciendo todas las cosas que dejamos por hacer entonces, cuando pensábamos que ya habría tiempo de volver.

MVF©

 

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/11/17/viernes-creativo-escribe-una-historia-213/comment-page-1/#comment-6536

 

 

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Los tres tratos

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madastra, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a darle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle, y todos ellos pasaban largas horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tanto fue mi pavor y tan mala cara puse que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de gravedad. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico  solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar a las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendar el cuidado de mi alma. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en mi busca. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras muchos años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado a casa de un sacerdote para confesarle. Nada más llegar a su vivienda me encontré con la siniestra conocida, haciendo guardia en la puerta de entrada. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para abordarla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti, a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para acoger la promesa de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo… ―murmuré, confundido.
La muerte me miró con sorna y lanzó una gran carcajada. Como viese que yo seguía esperando, explicó:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
― ¡Vaya, debí haberlo figurado!―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, acoger la promesa de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el sacerdote que te ha llamado no es otro que el que te confesó en su día. Ya entonces estaba gravemente enfermo pero,  a cambio de tus largos años de oración, su tiempo le fue alargado.

 

Texto presentado a Zenda libros, con motivo del concurso Historias del día de muertos (con la palabra México incluida como premisa)

#DíadelosMuertos

LA CASA DE LAS HERMANAS

La imagen puede contener: 3 personas, personas de pie, árbol y exterior
Fotografía de Hellen Van Meene

Cuentan que primero eran dos. Dos chicas lánguidas y delgadas. Podían verse sus siluetas al caer la tarde, paseando descalzas por la parte de atrás de la casa. Decían que el monstruo las había enterrado en el jardín, bajo la mirada helada de su madre. La propiedad estuvo mucho tiempo en venta sin que ningún posible cliente se atreviese siquiera a visitarla. Hasta que llegó Peter con su hija, una joven tímida que apenas tenía amistades. La niña se identificó tanto con las anteriores jóvenes, que pronto comenzó a vérsela al caer la tarde paseando descalza por la parte de atrás de la casa…

 

MVF ©

Texto elaborado para los Viernes Creativos de  El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/11/10/viernes-creativo-escribe-una-historia-212/

 

 

El sabor de casa

No hay texto alternativo automático disponible.

Las mañanas en casa de mis abuelos no se parecían en nada a las otras mañanas. Lo primero que notaba al despertar era que olía distinto. Siempre había un olor a nuevo,  a día recién estrenado. Después venía el ruido, el lejano trajín de los vecinos en las calles y el sonido cercano de pasos en la cocina. Ese ¡Buenos días! compuesto por leche de cabra con cola cao, un sabor único que alcanzaba su clímax en la taza blanca de la alacena, y  sabía a gloria al lado de los troncos que ardían en el suelo, creando figuras a contraluz con sus oscilantes llamas. Nunca más he vuelto a beber una leche tan cremosa, tan suave, tan cara…

 

Microcuento elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa del sabor: Umami (sabroso, único, auténtico)

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/11/el-sabor-de-casa.html

Peldaños

 

Herminia se hacía vieja. Lo notaba cada mañana en la rigidez de sus rodillas, que tardaban una eternidad en ponerse en marcha. Soy como un coche que no quiere arrancar, se decía. Durante más de cuarenta años había ayudado a traer vidas al mundo, desenroscando cordones que amenazaban con estrangular al bebé antes de que éste pudiese asomar su diminuta y viscosa nariz; insuflando aire en los diminutos pulmones que aún no habían aprendido el arte de respirar; frenando hemorragias y atajando fiebres postpartos con igual diligencia; pero ahora, ahora que sus huesudas manos apenas se limitaban a limpiar frejoles y a encender la estufa de leña, se daba cuenta de que no tenía ni un mísero hombro en el que apoyarse. Nunca antes Herminia había sentido ese vacío en su costado derecho; ni las sábanas, en mitad de la noche, se le antojaran nunca tan frías; ni el maldito escalón, que daba entrada a la cocina, le había parecido nunca tan alto, tan cruel con sus torpes piernas. ¡Este mal peldaño me va a desarmar cualquier día! maldecía, mientras iba desandando a tientas, en completa oscuridad y sin guía, el camino que, otrora, se había esforzado en abrir para tantos.

 

Fuente de la imagen: tiendaanimal.es

Peldaños (Texto publicado en la revista Valencia Escribe/ Noviembre 2017)

Bifurcación

El día comenzó a tejer otros planes distintos a los míos desde el principio. Había resuelto salir a caminar y pasar por casa de mis padres para devolverle a mi madre un paraguas que me había prestado el día anterior pero, a medio camino me encontré con mi padre, que había salido a comprar y se estaba poniendo como una sopa porque había comenzado a llover hacía unos minutos. Acogidos los dos bajo un diminuto paraguas de corazones rojos y blancos, le acompañé hasta el núcleo urbano y aproveché también para realizar unas compras, posponiendo mi paseo para otro día. Como aún era temprano y disponía de un par de horas, decidí sentarme a escribir el primer capítulo de una novela a la que llevaba un tiempo dándole vueltas pero, nada más encender el ordenador me llamó la atención un aviso del correo con una nueva propuesta de escritura de un espacio creativo del cual formo parte. ¡Vaya! había olvidado que era viernes y que no iba a poder resistirme a participar en un nuevo reto que, tal y cómo iba siendo la norma de este día, tampoco era un reto común. La propuesta consistía en escribir un texto basado en la última foto que tuviésemos guardada en nuestro teléfono móvil. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que la última foto que tenía guardada era precisamente la foto de otro texto de un libro grupal de relatos, concretamente la portada de uno de sus capítulos mensuales. Como no podía ser de otra forma, la cosa no acababa ahí, pues en la hoja que tenía fotografiada se me daban dos opciones: podía basar mi texto en el tema del mes que, en este caso era Obsesión, o bien decidirme por la temática libre. Me debatí unos minutos pensando en el primer tema, atrayente sin lugar a dudas, pero, llegados a este punto en la crónica de los hechos, decidí que, al igual que la mañana había discurrido por libre también yo me acogería a esa temática.

© Manoli VF

Texto elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal en su espacio El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/11/03/viernes-creativo-escribe-una-historia-211/comment-page-1/#comment-6515

Bajo la morera

 

Imagen: elhogarnatural.com

El otro día una mujer me recordó a Karen. Tenía los mismos ojos almendrados y se movía ondulando las caderas como ella. A punto estuve de preguntarle su nombre cuando oí que alguien la llamaba. No era Karen. No volví a verla después de aquel verano, en el que nos hicimos amantes bajo la morera que había en la finca de sus abuelos. Recuerdo el sabor de su boca llena de azúcar, sus pechos que sabían a mermelada. Déjame coger las moras, pedía, riéndose bajo mis besos,  mientras yo la besaba más todavía. Sus ojos eran dos brasas que incendiaban mis sentidos, su cintura un dulce veneno que me mataba. Morir. Resucitar. Sufrir. Amar. Tal era la noria en la que girábamos.

Todavía hoy, cuando llega el tiempo de las moras, se me estremecen las entrañas.

MVF©

Texto elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa de: Sabor dulce.

https://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/10/bajo-la-morera.html

Cita cumplida

No había nadie en la casa. Nos citáramos allí hacía un año, justo antes de comenzar nuestros respectivos periplos. Elisa se había embarcado como cooperante de una ONG internacional, y yo viajé a la india para aprender técnicas de meditación en retiros espirituales; los dos habíamos convenido en que tomaríamos una decisión sobre nuestro futuro una vez hubiese transcurrido un año. Entré en nuestra anterior vivienda y, pese a comprobar que Elisa aún no llegara, me pareció sentirla. Podía oler su perfume y pensé que era increíble que la casa siguiese oliendo a ella después de tanto tiempo. Recuerdo que di vueltas, una y otra vez por las habitaciones, como si esperase encontrarla en alguna al abrir la puerta. Finalmente, después de esperarla todo el día, decidí irme al caer la tarde. Salí de casa y, cuando estaba bajando la escalera, algo me impulsó a volverme y mirar hacia el balcón de la planta superior. Fue como una descarga eléctrica: el cristal se había cubierto de vapor en torno a una figura central que aparecía difuminada. El olor de Elisa llegó hasta mí más fuerte que nunca, mientras la forma de unas manos se abrían paso en el cristal para despedirme. No había podido volver de su viaje.

©MVF

 

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/10/27/viernes-creativo-escribe-una-historia-210/

Ilustración por Willie Hsu

Genio y figura

Imagen extraída de la red

Todo iba como la seda hasta que llegó el mexicano. Después de tantas generaciones durmiendo en paz, las cosas comenzaron a ir de mal a peor en cuánto llegó el cuate. De repente todo fue ruido de cuerdas, de cantos y de trompetas. El nuevo era aficionado al mariachi y se pasaba las noches dale que te pego con sus ensayos. Mira que se lo dijimos, hasta doña Asunción le fue a tocar a su lápida. Pero él erre que erre con su México, hijo, que no había forma de abrirle los ojos y hacerle ver que no era música para estos lares. Para cuando llegó el día de los muertos, ya tenía toda una banda de aficionados coreándole. Nada, que al final, tanto fue el ruido que los vecinos llamaron al señor párroco, y entre todos lo llevaron al cementerio nuevo, que al estar recién edificado aún no contaba con inquilinos, pero fue inútil, porque el muy padre, todas las noches de Dios se escapa.

 

Texto elaborado para el concurso de Zenda Libros, Historias del día de muertos.

#DíadelosMuertos

 

Los tres tratos

 

Fuente de la imagen: blueplayarealestate.com

 

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madrasta, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a transmitirle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle y se pasaban horas y horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o de la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tal fue mi pavor y tan mala cara debí poner, que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de la gravedad de mi mal. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico tan solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar al delirio de las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendarme. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en busca mía. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras varios años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado para confesar a un sacerdote, y fue entonces, justo al entrar en su habitación, cuando vi a la siniestra conocida sentada a la vera de su cama. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para encararla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para atender el ruego de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para pedirme que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo ―murmuré, confundido.
La muerte se me quedó mirando,  lanzando al rato una carcajada y, como viese que yo seguía en ascuas, siguió diciendo:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
―Entiendo ―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, atender al ruego de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el fraile que se está muriendo no es otro que el que te confesó en su día. Ya por entonces estaba bastante enfermo pero, a cambio de tus largos años de oración, su tiempo  le fue alargado.

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa de incluir la palabra: México.

#DíadelosMuertos