Nube de octubre

No quise ser alacrán, porque mi sueño era otro. Arena blanca en la orilla que el agua despierta y lleva.

No quise ser árbol quieto, porque todo en la vida se mueve. Hojas caducas que el viento de otoño arranca y extiende.

No quise ser golondrina por no buscar el sol siempre. Vida ambulante de nidos desmontados tantas veces.

No quise ser más que nube. Eterna forma cambiante: elefante en plena selva,  oso polar en la nieve.

Nube de algodón de azúcar, aunque el granizo me encuentre.

 

#Otoño.

Colaboración para el concurso de Zendalibros.com

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Los ojos llenos de hojas

Los ojos se llenan de hojas

en cuánto el agua se seca.

Las lágrimas enquistadas

nunca quisieron ser perlas.

Es otoño, dice el río,

que baja lleno  de piedras,

es otoño, y yo pregunto:

¿En qué cauce va el agua

que no se drena?

Una raíz es mi cuerpo

que ha perforado la tierra

en una estación de ocres,

de hojas y de plantas secas.

Es otoño, dice el bosque,

y alarga sus brazos huecos

llenos de viento y de niebla.

Es otoño en los caminos,

en mis manos y en mis piernas,

es otoño y voy andando

tan entera como puedo

mientras mis pies van pisando

una alfombra de hojas secas.

 

Poema compuesto para el concurso de Zendalibros.com

Foto de autoría propia.

Un paso por delante

Martín intentó matar el tiempo de todas las formas posibles: escondiendo el reloj debajo de la cama, concentrándose en el ahora para alejarse del segundero, haciendo tortas con nata y hasta apagando el reloj de un manotazo. Pero el tiempo continuaba, impasible, sonando en las campanas de la vieja torre y cambiando el color del día a su paso. Entonces Martín tomó la mejor decisión de su vida: cargarse el tiempo a la espalda.

MVF©

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior
Micro basado en la imagen propuesta por el colectivo VE (Valencia Escribe)

Pintor de haciendas

Lady Thompson era una mujer muy bella y ciertamente engatusadora, cuando me contrató para pintar su hacienda yo no podía prever lo que se me venía encima. Ninguno de los dos tuvimos culpa de que el señor Thompson regresara aquel día a casa antes de lo previsto y nos encontrara enredados tras las cortinas de la alcoba conyugal. Antes de que pudiese hacer nada me arrojó un guante y cifró la fecha. Como soy un hombre pacífico, rellené mi pistola y pinté la hacienda, poniendo especial cuidado en la figura de la desconsolada viuda llorando a su desaparecido esposo.

Micro publicado en la revista El Callejón de las Once Esquinas (nº6)

La máquina de hacer historias

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Al despertar me había convertido en otra. Literalmente. No reconocí el lugar, un extraño almacén en el que dormitaban otras muchas mujeres más. En la pared pude ver el año que marcaba el calendario: 1976. Mes: septiembre. Lugar: Perpiñán. Poco a poco, pude ver como iban despertando las otras durmientes y preparándose para la tarea del día: la recogida de la uva ¡estábamos en plena vendimia! No podía creérmelo: había dejado mi tierra gallega para irme a trabajar al campo francés y me encontraba en uno de los almacenes junto a las temporeras… no podía ser. Cerré los ojos deseando viajar en el tiempo: ¡Y lo conseguí! Para mi extrañeza, al poco rato me encontré en una biblioteca. Año: 1998. Ante mi mesa pude ver, cuidadosamente extendidos, varios recortes de periódico. Uno de ellos atrajo al momento mi atención. El titular rezaba: “Para el año 2000 los sabios habrán limitado el sueño” ¡Vaya por dios, qué titular más trolero! ¿Es qué no había lugares más interesantes y épocas más fructíferas a las que viajar? Aún lo estaba pensando cuando sonó una alarma. Un estridente sonido que insistió e insistió hasta que logré localizarlo y apagarlo de un manotazo. ¡Estaba en mi habitación! El reloj digital marcaba una fecha 22/06/2018. No estaba en Francia. No había ninguna biblioteca. Ningún periódico encima de la mesa. Todo había sido una ensoñación. Eso me pasa por dormir tan poco, pensé. Ya sabía yo que lo de limitar el sueño no era una buena opción, sobre todo después de haber bebido tanto vino a la comida. Estaba en el Bic Naranja, en uno de sus Viernes Creativos, dónde sino.

 

Ficción basada en la foto, elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

El peso de la historia

Hay historias que no te dejan levantar cabeza hasta que las escribes. A veces, son tan pesadas que tienes que ir desmenuzándolas pacientemente, manteniendo un precario equilibrio mientras lo haces, sabiendo en todo momento que corres el riesgo de que te aplasten.

 

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas
Micro basado en la foto (propuesta del colectivo Valencia Escribe)

Aficiones

 

Imagen relacionada

No me gusta el fútbol. Nunca comprendí esa diversión, ese juego en el que todos giran alrededor de un balón que rueda de uno a otro hasta lograr entrar en la red. Dos equipos enfrentados. Gana el que consiga marcar el mayor número de goles en la portería contraria. ¿Y eso es todo? Recuerdo que alguna vez en el colegio me obligaron a jugar, si es que puede llamarse jugar a limitarse a ser un poste ambulante, que se aparta cuando ve que estorba el paso a los demás. Un balón y once jugadores a cada lado. Todos para uno y uno para todos. Para un total de veintidós personas que se lo disputan. ¿Puede haber algo más absurdo? No me gusta el fútbol. Pero. La vida da tantas o más vueltas que cualquier balón. Ahora entro en la habitación de mi hijo y amo el fútbol porque el fútbol me habla de él. Del partido de los domingos, de los amigos de los viernes, de las tardes en el sofá los tres: El abuelo y el padre y el nieto, que es el hijo. Tres generaciones que se reúnen en casa y gritan gol al unísono. Pero. Sigue sin gustarme el fútbol. Cuando hay partido yo me voy a otra habitación a escribir. Como ahora mismo, mientras ellos, los tres, siguen hablando de fútbol. Yo escribo. Un relato para un concurso que, vaya por dios, trata de fútbol también.

 

Relato escrito para el concurso de Zenda libros #historiasdefútbol

 

Cuentos de las estaciones

Valencia Escribe-Varios autores

Cuentos que tienen en común la estación en la que suceden. Cuentos de invierno, para leer al calor del fuego, refugiados de la lluvia tras el cristal. Cuentos para leer en primavera, con el crecer de los días y la tierra estallando en color. Cuentos para leer en verano,  en la arena, sobre ola y ola, o en la terraza, o en el balcón. Cuentos para leer en otoño, ante la nostalgia de lo que partió, ante el atardecer presuroso y las hojas doradas. Sobre todo, cuentos para soñar, para hacerle sitio a una historia que transcurre cuando comienzas a leer…. Así es el nuevo libro del colectivo literario Valencia Escribe, un libro hecho con el primor y el misterio de los viejos cuentos: los que nunca pasan de fecha.

 

Mis dos cuentos seleccionados para este libro llevan sendos pasajes, uno para la estación dorada del otoño: El cuento encantado y otro para el blanco invierno: La niña y el lobo.

 

Leedlo y disfrutadlo. Podéis encontrarlo en Amazon.es

 

https://www.amazon.es/dp/1720686629/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1528874468&sr=1-1

Una historia de bandidos

 

La imagen puede contener: exterior
Foto extraída de la red e inspiradora del presente ejercicio, propuesta por VE (Valencia Escribe)

 

Con esa indumentaria de detective clásico llamaba irremediablemente la atención. Tanto que, dos calles antes de llegar al local de la fiesta de disfraces, tuvo que entrar de forma apresurada en la lavandería para evitar que su ex, disfrazada de Bonnie junto a ese bandido de Clyde por el que lo había abandonado, le disparase haciéndose la confundida desde las ventanas del Ford V8 por las que hacía asomar la punta de su metralleta.

 

Recordando a los míticos forajidos Bonnie Parker and Clyde Barrow