Fíos no camiño

Un poema en galego-castelán

FÍOS

Seica fomos de neve,
folerpas ateridas,
leves corpos de auga
que se funden
a beira do camiño.
Seica fomos de sal,
corpos de vento,
beizos resecos e feridos
que entreabertos buscaban outros beizos
para adquirir sentido.
Seica fomos de soños,
corpos rotos,
cachos de almas sen tino
onde o fogar se chama ventre, nai,
e vivimos durmidos.

MVF

HILOS

Quizás fuimos de nieve,
cuerpos estremecidos,
leves cuerpos de agua
que se funden
a la vera del camino.
Quizás fuimos de sal,
cuerpos de viento,
labios resecos y heridos
que entreabiertos buscaban otros labios
para adquirir sentido.
Quizás fuimos de sueños,
cuerpos rotos,
trozos de almas sin tino
donde el hogar se llama vientre,
madre, y vivimos dormidos.

Manuela Vicente Fernández

Imagen: retrato realizado con hilos y clavos del artista Kumi Yamashita
(http://kumiyamashita.com/portraits)

Retrato artístico con hilos y clavos realizado por el artista Kumi Yamashita

Bailando

El día en el que Helen Carter se puso a hacer el número de Rita Hayworth en el tejado para pasmo y deleite de sus vecinos, era un día como cualquier otro. Las obras para la construcción de la central nuclear que arrasarían con su bonita y rústica casa ya eran del todo imparables. La compañía teatral con la que trabajaba antes de la pandemia no le había renovado el contrato, y el piso hipotecado que había heredado de sus padres había sido embargado por el banco al no poder asumir Helen los pagos restantes al carecer de nómina. Por suerte, aún conservaba un nutrido vestuario y, a cada guante que se quitaba, veía crecer el entusiasmo en los ojos y los bolsillos de los lujuriosos hermanos Babeux, que, coreando su actuación, hacían volar los billetes de sus carteras hacia el interior de la ventana abierta de su cuarto. Helen no sabía parar el mundo pero nada ni nadie podía impedirle bailar sobre el tejado.

 

Minificción elaborada para el espacio de los Viernes Creativos de El BIc Naranja

El Bic Naranja

 

Una terraza con vistas

Siempre sabía dónde encontrarla.
La recuerdo tendiendo ropa en la terraza,
regando las plantas de la galería.
Le gustaban los geranios, cultivar su huerta,
la vida al aire libre.
Con brío llenaba el cesto de remolachas,
serraba leña, sacaba agua del pozo,
me enseñaba lo que sabía.
Por las tardes, en verano, al declinar el sol,
me dejaba recoger los huevos de las gallinas.
A su lado descubrí la naturaleza,
vi nacer y crecer corderillos.
El año en el que perdí el rumbo
no me dejó desnortarme
y me llevaba con ella a recorrer los caminos,
mañana y tarde venía a casa a buscarme.
Era mi tía y madrina.
Se llamaba Filomena y me dió siempre calor,
de la nieve no tenía más que su luz y blancura

A mi tía ❤

La hora muda

Por todas las risas, todas las palabras, todas las lágrimas, todos los silencios.

Encima de la repisa hay un reloj volteado,
(todos giramos relojes,
igual que giramos cuadros)
En mi regazo hay un frasco de recuerdos,
y en el centro de mi pecho
gime un perro amordazado.
No quiero sino ir atrás,
descontar,
sacar mañanas alegres,
tardes tranquilas del frasco,
soltar al perro en el césped
para que corra ladrándole
a las hojas y a la brisa,
al sol y a la luna blanca.
Ese cuadro que he girado
se ha adherido a mis retinas
Reproduciendo una y otra vez
la misma escena,
cómplice y conspirador
con el espejo del baño.
No.
Que no quiero guardar bruma entre los ojos
ni en el centro de mi pecho
a este perro amordazado
que es mi voz muda atorando
con su grito mi garganta.
No.
No más cuentas y recuentos.
Cierro los ojos. Descanso.
Sueño otra escena, otras horas,
el paisaje de otro cuadro,
que me espere mientras duerma
y al despertar me acompañe.

MVF©

Todo

Si pudiese leerte el roce
que deja la luz del sol
en las alas de los pájaros,
Si, al menos, pudiese leerte
el aura del amanecer envolviendo
las copas de los árboles.
Leerte el canto de la hierba
cuando crece,
leerte
cuánto amor cabe en las manos,
cuánto sujetas mi vida,
leerte
cuanto te amamos.
Sé que nos lees sin decirlo
cada hora, en cada instante,
estás leyendo y te lees
en el regazo del agua,
vuelves a ser niño y eres
perfecto en todas tus carnes,
Tus ojos de cielo sienten
la vida que nace y late,
las simas del horizonte
las grietas de las montañas
tú pupila horada la piedra
a través del tiempo y graba
en la retina del tiempo
la unión de nuestras dos almas.
Puedes leer en mis ojos
aunque los tenga cerrados,
en el timbre de mi voz
en el hueco de mis alas,
me ves desnuda, sin velo,
me ves niña, adulta, anciana,
Con tus dedos me dibujas
ondulando
en mis cabellos la escarcha.
Nadie me lee como tú,
ni yo puedo leer a nadie
sin que tu nombre y tu voz
se sumen a la mía y alcancen
el firmamento en su origen,
plenitud de las edades.
Qué te daré que no tenga
y no sea capaz de darte.
Qué vocales bajaré
que puedan alimentarte,
qué consonantes ocultas
desligaré de tu espalda,
Cómo ensamblaré las sílabas tónicas
deslizándolas
como algodones o pétalos
que en tu piel se tornen bálsamo,
que haré con tantos adverbios
para aligerar tu carga,
Dónde guardaré los verbos
que no han sabido callarse.
Folios y folios vacíos
llenos de mañanas blancas.
Todo será nada a un tiempo,
nada será necesario
porque tú me lees sin letras
y te escribo sin palabras.

Desquite

Mira, voy a coger todo este mundo de mentira,
con todos sus trapos, sus árboles talados,
sus vertederos de basura,
sus fiestas absurdas,
sus trenes de doble dirección,
su ropa sucia,
sus relojes Rolex
su bisutería de cobre,
sus cocodrilos escondidos,
sus bolsos de Armani,
su diagonal y su arcoiris ilusorio
su tío vivo de gira y sigue,
su pulpo en la feria,
su dolor de quirófano,
su tripa encogida,
todos los besos adolescentes
todas las traiciones
todas las mentiras,
la sopa de invierno,
la chimenea apagada
y encendida,
la puta bombilla que se funde,
el parasol de los domingos,
la copa de whisky,
los tachones de las libretas,
las juntas llenas de cal de los azulejos
del baño,
los residuos del fregadero,
los orines del inodoro,
la miel en tarros de cristal,
el edredón sin plumas,
las novelas no escritas
las escritas que duermen en los cajones,
las leídas,
las que nunca leerías,
las agendas,
las fotos de graduación,
los ordenadores descompuestos
y los compuestos,
los verbos imperfectos,
los condicionales,
la línea insegura del destiempo,
todo eso,
lo ataré fuerte en un pañuelo
-bien pequeño, por cierto, bien pequeño,
porque el mundo es pequeño, todavía-
le haré varios nudos:
uno por cada año,
uno por cada misa,
por cada sueño alegre,
por cada pesadilla,
Y lo llevaré al monte, lo dejaré en el medio,
al alcance de los petirrojos,
de los picos de las cigüeñas,
comedero de buitres.
Solo entonces,
alejados de todo,
entre la escoria de la nada,
nos sentiremos vivos.

MVF

Cisnes de viento

Yo he visto a un cisne
volar sobre el ocaso del agua,
bordeando la aureola del viento,
cimbreando,
con la ambición de los inocentes,
cadencias de luz entre sus plumas,
al borde del infinito ensamblado
en las ramas del único árbol superviviente.
Sí. Yo he visto a un cisne
volar sobre el ocaso del miedo,
dibujándole alas a la vida,
sobre un oceáno de incertezas.

MVF

Foto robada del muro de Rafa Sastre

Vasija rota

Su abuelo tenía el corredor de casa lleno de vasijas de barro. En ellas guardaba el aceite, la manteca, las hierbas secas. Con el tiempo las vasijas de cerámica fueron sumándose a las otras. Muchas veces, cuando nadie la veía, Milena repasaba con sus manos el suave y liso contorno de las vasijas, enamorada de su tacto frío. En las de barro se detenía en alguna pequeña grieta o imperfección rugosa y le gustaba fantasear con las manos del alfarero, distraídas ante aquel pequeño relieve. Cuando su madre se quedó embarazada, Milena tocaba su vientre redondo que le recordaba la forma de las vasijas, e imaginaba al pequeño ser que albergaba en su interior, formándose, en el torno de la matriz femenina. Cuando su hermano Antón nació, el abuelo necesitó de toda su colección de vasijas, que no bastaron para devolverle a su madre la salud por mucho que la mujer intentase, con tesón y voluntad, seguir caminando, la vasija de su vientre quedó rota y todas la imaginación de Milena se centró en fabricar prótesis.

Texto elaborado para los Viernes Creativos del grupo El Bic Naranja

MVF©

No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Imagen por @glenmartintaylor

Versoterapia

Samuel cuidó de Amalia sin pedir nada a cambio. Compañeros de piso y de fatigas, cuando a la niña Amalia le brotaron en los pies las raíces del abandono y comenzó a languidecer como una planta arrancada de su parterre, Samuel buscó entre sus libros preferidos y comenzó a aplicarle el ungüento de la lectura como remedio. A cualquier hora del día, en los ratos de descanso que le permitía su trabajo de teleoperador, procuraba tener a mano un libro. Amalia se acostumbró al tono melancólico de las rimas de Bécquer cantándole al desamor en la voz de Samuel, mientras rumiaba su pena en el sofá, y en los días de sol a escuchar los versos de Walt Whitman de la boca de su compañero, mientras ella deshojaba flores sobre la hierba; lloró ante la libertad ansiada de Cernuda en las tardes de copiosa lluvia, y sonrió a través del tono profundo y cubano de Zoe Valdés cual jarabe cicatrizante de ausencias. Recaló en la cala de Olvido García poniendo los pies sobre las huellas de sus letras y, al final, terminó de ahogar su pena en la bañera, mientras su incansable amigo retiraba las últimas vendas de sus recuerdos, dejando libres, con las rimas de Miguel Hernández, las marcas de las tres heridas de su compañera.

Texto elaborado para los creativos de foto y texto del grupo Valencia Escribe.

Feliz regreso

Como todos los años el primer sábado de junio se celebraba en el pueblo la fiesta de las Candelas que, por tener su onomástica en pleno invierno, cuando los rigores del frío de febrero se cernían sobre el lugar, los aldeanos habían dispuesto para bien entrada la primavera, con el fin de disfrutar de la festividad en buen tiempo.

Al igual que en años anteriores, al terminar las clases del viernes preparé mi bolsa de viaje y junto al vestido por estrenar y la ilusión de mis catorce años, metí el libro y el cuaderno de inglés, para repasar los verbos sobre los que me examinaría el lunes. Días antes había fantaseado con el evento y y el baile. Tenía ganas de reencontrarme con mis primos y amigas.

La mañana del sábado amaneció lluviosa y, para más inri, me encontré indispuesta. Recién estrenada la adolescencia comenzaba a pelearme con mis hormonas, que hacían lo que les venía en gana sin consultar la agenda de mis planes, dando veracidad al dicho de que la madre naturaleza manda siempre. Me levanté contrariada, enfadada con el mundo y con mi cuerpo, aferrándome al tibio consuelo de que un tazón de leche de cabra caliente aderezado con dos buenas cucharadas de cacao, sería capaz de inyectarme sino alegría, una buena dosis de energía para encarar el día de otra manera. Y justo acababa de recrearme con el sabor dulzón del desayuno cuando mi madre y mi abuelo requirieron de mis servicios.

― ¡Ven, te necesitamos en el corral para guardar la entrada!

Les seguí y me asignaron el puesto de vigía mientras ellos entraban al corral a no sé qué faena.

―Ten cuidado ―advirtió mi abuelo―que no se escape ninguna cabra.

A ninguno de los dos se les ocurrió darme más indicaciones ni tan siquiera un bastón con el que defender mi puesto. No pensaron que decirme que contuviese el rebaño venía a ser lo mismo, en ese momento, que mandarme contener la lluvia y los truenos. Todo pasó en un instante, antes de que tuviese tiempo de preguntarme a qué carajo debía estar atenta. Una cabra salió de la oscuridad del corral corriendo violentamente hacia la puerta embistiéndome con sus cuernos. Ante la terrible amenaza yo hice lo único que me pidió mi instinto: apartarme para que no se me echase encima.

―¡No la dejes salir! ¡Agárrala! ―les oí gritar desde adentro mientras el corazón se me subía a la garganta.

―¿Pero qué has hecho? ¿No te dijimos que no la dejases marchar? ¡Me has echado a perder la mejor de las cabras!

A la retahíla de reproches de mi abuelo pronto se unió mi madre sin atender a mis razones. Poco importaba que no me hubiesen dado recurso alguno o que los cólicos me hiciesen doblar el cuerpo.

Por más que supliqué, haciéndoles saber de mis malestares, no conseguí que mi madre se impusiese ante el abuelo. Aunque esta vez no erraron tanto en sus juicios pues, al menos, me concedieron un aliado que conocía el terreno. El tío Paulo y yo debíamos salir sin demora a buscar la cabra al monte.

Recuerdo que caía una fina llovizna y a mi mente acudían alternativamente las palabras airadas del abuelo “Me has echado a perder la mejor cabra” y los consejos de las mujeres del pueblo que afirmaban que “no es bueno para la salud mojarse al andar de mes”, por más que daba vueltas a estas dos frases no lograba encontrar sentido a ninguna de ellas. El tío Paulo, al igual que el señor Seguín del cuento de Alphonse Daudet, llamaba a voces por la cabra que, al parecer, como Blanquita, también había querido irse al monte: Carrula! , Carruliña! ah, Carrula por onde andas? Sae, que ven o lobo!

La surrealista escena se repitió hasta caer la tarde, cuando ya mis pies no podían seguir al bueno del tío Paulo, incansable buscador, que no dejó resquicio del monte sin rebuscar.

―Vamónos reina, que la cabrita o está ya bajo los dientes del lobo o no quiere saber nada de nosotros. Quién sabe, igual cuando lleguemos a casa descubramos que nos ha tomado la delantera y ha vuelto al corral ella sola.

Las palabras del tío eran como un bálsamo prometedor de milagros que, aunque no aplacaban mis temores, alentaban mis esperanzas.

El anhelado convite transcurrió con la sombra de lo sucedido y, ni tan siquiera en el baile pude desquitarme de la espina clavada en el centro de mi inocencia, pues la llovizna embarraba los pies y mojaba los rostros de los mozos, afeándolos en extremo.

A la cena me entretuve con una cadena rota de plata, haciéndole nudos a modo de cuentas, mientras rezaba por el regreso de la cabrita. Después de cenar estudié los verbos de inglés en el intento de no sentirme inútil del todo.

Sin muchos ánimos retomamos la busca de la cabra, con mejor tiempo, a la mañana siguiente, pero con igual infortunio. Ni siquiera pudimos hallar su rastro ni en forma de pisadas o de heces nuevas.

Regresamos a casa cabizbajos y comimos en silencio. A mí me pesaba ver el semblante ensombrecido del abuelo, cuya mirada parecía llena de reproches.

Partimos después de la comida sin volver a mencionar el incidente.

Recuerdo que el lunes regresé a casa satisfecha del examen y, nada más llegar, mi madre salió alborozada a mi encuentro:

―Tengo dos noticias increíbles: el abuelo y el tío sacaron al monte las cabras y, al traerlas de vuelta, descubrieron que la cabrita que se escapó se había unido al rebaño, sana y salva. ¡Imagínate, sobrevivió dos días en el monte, sin que la atacara el lobo!

«¡Vaya! Tuvo más suerte que Blanquette, la cabra del señor Seguín» pensé para mis adentros.

―¿Y la otra noticia? ―   pregunté.

―Es un auténtico milagro, hija, no vas a creerlo―dijo mi madre―: ¡Poco después de aparecer la cabra el abuelo encontró en la cocina una cadena con varios nudos, como si fuesen las cuentas de un rosario!

 

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

 

Relato basado en hechos reales

Alusiones:

Cuento de La cabra del señor Seguin (leer)