Jardines

Faustino se duerme con la tele puesta todas las tardes a las ocho en punto y sueña con una mujer que trajina en la cocina, que riega las plantas y sirve a las nueve un exquisito guiso en el jardín. Atraído por el olor, Faustino se despierta, se ducha y se pone guapo para la ocasión. Solo al salir al patio recuerda que no tiene jardín, que tiene alergia al matrimonio y que el olor del guiso de su vecina le ha abducido en su sueño, otra vez.

Las visitas de la hora del té

El horror se había instalado en las sillas de enea de la vieja galería. Siempre acudían a la misma hora. Y cada vez eran más. A medida que se acercaba la hora de la merienda, Adelina, se sentía peor. La señora, sin embargo, corta de vista como estaba y con lagunas de memoria, no solo no parecía notar nada extraño, sino que preguntaba continuamente, como una niña ansiosa, si habían llegado ya.

-Ayer vinieron tres. ¡Cómo me alegro de que se anime a venir la gente, Adelina! -Decía la anciana- Figúrese que el señor de las cinco y media me recordaba al coronel de tal forma que casi lo llego a tutear. Y la niña de las seis ¿qué me dice? con esa risita tímida me hacía pensar en mi pequeña Rosalía. Lástima que no pueda ver sus rostros… Dígame ¿Se le parece algo? ¿Se ha fijado en su pelo? Mi niña lo tenía largo y ondulado como una serpentina, puede usted verlo en el retrato.

Adelina, tragaba saliva con esfuerzo mientras echaba un ojo a los retratos de la Galería y veía como el retrato de Rosalía iba quedándose sin rostro como los demás. De hecho, del traje del coronel con sus galones ya solo acertaban a verse los zapatos. Lo mismo pasaba con el abuelo ilustre, del que sólo quedaba el bastón como olvidado en la butaca. Pero lo que más miedo le daba a Adelina era el retrato de la propia señora, que cada vez parecía envejecer más, al tiempo que la carne de sus pómulos parecía más y más traslúcida cuando le daba el sol.

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Micro elaborado en el grupo literario Letras Sangrientas

Morriña galega

As bolboretas traían
verbas de sal nas súas ás,
que o abrirse nomeaban prados
camiños, cumios e mar.
Ata os paxaros que oía
piaban na lingua nai,
porque unha nai non se esquece.
Nin o berce. Nin o lar.

17-05-2020

Adicado a todos os galegos e galegas, de aquí e alá.

Alén da noite

Alén da noite

No alento das feras late o mundo,
palpebras abertas que esquecen
que algunha vez o vento foi suave
brisa acunando a esperanza dos dormentes.
No alento da bestia bufa a noite
na procura dos sonos baixo chave,
bate nas portas, repenica nos cristais,
treme nos beizos que o bicar se abren.
Pero diante do medo un neno brinca,
salta os chanzos do tempo, xoga, amosa
no sorriso dentiños de leite
que espantan gárgolas e bestas derrotan.

Más allá de la noche

En el aliento de las fieras late el mundo,
párpados abiertos que olvidan
que alguna vez el viento fue suave
brisa meciendo la esperanza a los durmientes.
En el aliento de la bestia gime la noche
en búsqueda de sueños bajo llave,
llama a las puertas, repica en los cristales,
tiembla en los labios que al besar se abren.
Pero por delante del miedo un niño avanza
saltando los peldaños del tiempo,
juega y muestra
en su sonrisa tiernos dientes de leche
que espantan gárgolas y derrotan bestias.

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Lloviendo barcos

Es necesario salir de la isla para ver la isla que no nos vemos sino salimos de nosotros

José Saramago (La isla desconocida)

Durante cuánto tiempo puede contenerse un océano, se preguntó, y comenzó a llover por los ojos barcos de velas azules, rojas, verdes. Y vió pasar el barco de papel que echara a navegar de niña, una tarde llena de nubes rojas y negras que flotaban entre el arcoiris. Y siguió lloviendo y vio pasar todo tipo de embarcaciones: Canoas llenas de naúfragos con los que había compartido vino horas antes, barcos de pescadores con la cubierta llena de delfines que bailaban al son de una canción de bucaneros, trasatlánticos de lujo que iban hacia adelante y hacia atrás y daban una vuelta en círculo como siguiendo una estela de pasodobles; y, cuando se dio cuenta, se estaba limpiando los ojos con la tela de una de las velas y sacando peces de una gran red para echarlos de nuevo al mar. Y se hizo de noche y siguió las luces de los grandes cruceros para llegar a la isla y olía a fiesta desde la orilla. Y había pan y vino y risas y no llovió más.

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Todas las palabras

Podría escribir la carta más dulce. Recordando el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Sus canciones, siempre alegres, tarareadas a ritmo de pedal. Un bordado. Un traspiés. Una postal. Una postal en la que estamos todos juntos, celebrando la vida como solo la pueden celebrar los que han salido de una guerra, de un tiempo de penuria, de jornadas durísimas de trabajo de sol a sol. Días de proyectos, doblados cuidadosamente en el fondo de las maletas: París. Suiza. Holanda. Alemania. Hoteles que os aguardaban para fregar platos y más platos, limpiar truchas, planchar manteles, asear habitaciones. Días de sueños en pisos compartidos. Días de escribir cartas, a deshora, entre faena y faena, a vuestros padres: Espero que al recibo de estas letras se encuentren todos bien. Noches en las que papá hacía guardias en la fábrica mientras mamá cosía. ¡Cuántos oficios no habréis sumado entre los dos! en ese tiempo en que papá fue camarero, portuario, fabricante de motos, mecánico de barcos y mamá fue niñera, costurera, cocinera, camarera de hotel. Y que ásperos los billetes que rozaban vuestras manos en los bolsillos. Que escurridizas las monedas que se escapaban de vuestro bote común nada más entrar. Sin domingos estuvisteis por esos mundos, que no os dejaban descansar. Mundos en pisos alquilados, sin cuarto propio, sin llaves propias ni intimidad. Y volvisteis. Con un puñado de monedas cosidas en el forro de los abrigos. Volvisteis para cuidar a vuestros padres, para ver crecer a los hijos en el lugar que os vio nacer. Para construir un hogar. Un hogar en el que allanar la tierra con vuestras manos y recoger piedras para alzar paredes. Paredes de una casa en lo alto del camino. Una casa en lontananza desde la que recordar. Desde la que criarnos a nosotras, vuestras hijas, que corríamos alegres por los pasillos oyendo el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Nosotras, que nos columpiábamos tendiendo cuerdas en los árboles, construyendo casitas de sueños, hilando collares de margaritas en el mes de abril. Hasta que ya no fuimos cuatro, ni nosotras fuimos dos. Y ahora, ahora que parecéis mayores, cansados, seguís tan fuertes por dentro. Ahora, que vuestro vaso de dolor solo se drena con el amor que vuestros nietos y yo tratamos de empacar en cestas de alimentos, en llamadas de teléfono, varias veces al día, y que nos devolvéis con creces al por mayor.

Ahora sigo queriendo escribiros la carta más dulce. Una carta que me hubiese gustado escribir antes de nacer, cuando eráis jóvenes y estabais llenos de incertidumbre y soñabais con construir un futuro mejor. Cuando mamá corría de un lado a otro y no necesitaba más oxigeno del que podía tomar. Cuando los dos construíais un nido que nosotras íbamos a llenar. Cuánto podría haberos dicho en esa carta entonces. Qué felices seríais sabiendo lo orgullosa que me haríais sentir. Lo bien que estabais haciendo todo. Lo mucho que mi hermana os querría desde ese lugar invisible desde el que ahora os ve. Sin duda os escribiría una carta muy dulce diciendo cuánto os queréis. Cuánto me preguntáis el uno por el otro. Cuánto amor me enviáis entre los dos.

Y pienso que sí. Que estoy cumpliendo mi sueño y os estoy escribiendo una carta muy dulce. La carta más dulce que vuestros ojos no pueden leer. Y no importa que tenga que escuchar vuestras voces por un auricular, porque cada día puedo contaros cuánto os quiero y en estas dos palabras está todo el descanso de la vida, todo el regalo de los hijos. Toda la verdad.

Texto escrito para Zenda libros #NuestrosMayores

imagenNota

Tres micros

OVEJALANDIA

Las ovejas escuchan al lobo, porque han visto al pastor sacrificar sus corderos y vender su lana en el mercado

–Seguidme–dice el lobo– que soy vegetariano. No os faltarán pastos verdes.

Las ovejas van en masa detrás del lobo y hay alguna que, incluso, sueña con conquistarlo.

Efekt stada: Manipulacija masama je vrlo jednostavan posao ...

 

EROSIONES
–¿No oyes el ruido del mar? Preguntó la cumbre de la montaña al viento.

–Yo soy parte de ese ruido –respondió éste– y soy también parte de la grieta que en tu

costado está comenzando a abrirse.

COMO PINTAR OLA ROMPIENDO EN LAS ROCAS - YouTube

PERSONALIDAD MÚLTIPLE

El médico estudió con atención la imagen radiográfica antes de preguntar a la paciente:

-¿Y dice usted que puede ser muchas personas al mismo tiempo?

-No, doctor. Al mismo tiempo no, cada una tiene el suyo.

 

Pintores famosos: Paul Klee. Vida y obras. Expresionismo ...
Cuadro de Paul Klee

Micros escogidos para la XLV entrega de Difundir el microrrelato por Pablo Cavero 

https://www.facebook.com/pablo.caverogarcia.1/posts/3078242122227208

 

Todas las ventanas

Esa mañana todas las batas de plástico tenían dibujada una ventana a la altura del pecho. En el alfeizar alguien había dibujado unos tiestos desde los que asomaban unas flores con el rostro de sus tres hijos que, como girasoles risueños o caléndulas generosas, alargaban sus tallos hasta engancharse al hilo de la música que sonaba por el altavoz. Canciones infantiles tarareadas a coro al ritmo de la plancha desde el lejano cuarto de los años llenaban de oxígeno su corazón.

Texto elaborado para la web de escritores solidarios Cinco Palabras 

#ParaTiaunquenoteconozco

 

 

 

 

De noche

Buscó y rebuscó por toda la casa. Estaba seguro de haberlo visto en el pasillo, junto al espejo del mueble bajo. No entendía cómo podía haber entrado en la casa. Le horrorizaban los gatos desde siempre. Lo suyo era un miedo ancestral. Podía convivir con cualquier animal, incluso con una boa suficientemente amaestrada, pero con un gato no. Para él estos felinos representaban al mismo demonio. Para más inri el gato era negro como la noche, lo que exarcebaba sus peores supersticiones. Se volvería loco si no conseguía deshacerse de él. Después de buscar sin éxito en todas las habitaciones regresó al pasillo y al pasar junto al espejo su corazón se paralizó. Allí estaba, mirándole de hito en hito desde el abismo de sus miedos. El gato era él.

MVF©

 

Micro publicado en el grupo Letras Sangrientas (invitada por Daniel Canals)

 

Mis abuelos, bisabuelos de mis hijos. Mis padres, abuelos de mis hijos. Nosotros, abuelos de los hijos de nuestros hijos.

Imagenes Sin Copyright: Fotografía de las manos de un anciano y un ...

Mis dos abuelos habían sido sacristanes. Los dos quedaron viudos. Solo llegué a conocer a una de mis dos abuelas que perdí a corta edad. Mi abuelo paterno era un hombre casi ciego, operado de cataratas en un tiempo en que esa operación solo era posible realizarla en la capital. Contaba mi tía que, a tal efecto, mucho antes de que yo naciese, había viajado con él desde el pueblo hasta Madrid para que pudiese ser operado. Pero las cataratas volvieron, parcialmente, unos años después y mi abuelo se acostumbró a ver a través de una nebulosa; sobre todo en uno de los ojos, que la cortina de niebla persistió en cubrir. Además de ser medio ciego mi abuelo estaba sordo. Por aquellos tiempos no existían los audífonos o no habían llegado a un pueblo de provincias como era el nuestro.

 Mi abuelo vivía, pues, en su propio confinamiento personal. No participaba apenas de las decisiones familiares de sus hijos, entre otras cosas porque de las conversaciones y la confrontación de opiniones no pillaba ni la mitad. Todo lo preguntaba y, como no había quién le hiciese de oyente, habría de conformarse con la resolución adoptada que le transmitían al final. Fue así, delegando funciones, como mi abuelo consiguió acostumbrarse a no preguntar. Se sentaba en su sitio de siempre, frente a la ventana, y, mientras los demás hablaban y hablaban, él contaba los vehículos de colores brillantes que veía pasar. Dos coches rojos, tres amarillos, uno azul. Cuando yo entraba en la casa familiar, donde vivía mi abuelo con mis tíos, lo buscaba en la galería y me sentaba a su lado para conversar.

Algunas veces le hallaba en actitud meditativa. Sombrero en mano, los ojos perdidos en un punto fijo, los labios articulando palabras sin voz. Sabía entonces que estaba rezando y no debía quebrar el silencio. Él hacía una señal al percibirme y yo asistía a ese tiempo de recogimiento sentada a su lado sin decir ni mu. Sabía que no debía hablar hasta que mi abuelo concluyese su ritual poniéndose de nuevo el sombrero. La espiritualidad formaba parte de su vida sin estar reñida con lo cotidiano, porque en él era algo que no necesitaba explicación. Meditar era tan natural como el hecho que sus vecinos acudiesen a él para rogarle que, en sus momentos de recogimiento, se acordase de alguno de sus hijos cuando estos se hallaban en difícil situación. Colocarse el sombrero marcaba el inicio de la charla y el cambio de registro se daba con espontaneidad.

Mi abuelo saludaba a la niña que yo era con multitud de nombres: ¡Hola reiniña! ¿Qué tal Ruliña? ¡Ya pensé que no te acordabas de mí!  Siempre mostraba alborozo al verme y alegría ante mi charla infantil. Él era para mí, en aquellos años, el gran escuchador. Ajeno al trajín del resto de habitantes de la casa, era el único que me prestaba toda la atención. No me importaba tener que hablarle tan alto al oído que mis pequeñas manos tuviesen que adoptar la forma de un altavoz. A su lado en el escaño, me alzaba de rodillas hasta llegar a su oreja y, usando mis manos como bocina, le contaba mis aventuras y gran parte de mis miedos. Él me escuchaba sin banalizar nunca mis confidencias y ofreciéndome un consejo al finalizar. Entre los temas tabú que más me gustaba platicar con él estaba el miedo a los muertos, a los fantasmas, a las apariciones, que en el imaginario gallego del que formábamos parte, tanto daban que hablar. Mi abuelo sonreía, benévolo, ante mis angustias y siempre me decía al terminar: No temas nunca a los muertos, ruliña, teme a los vivos, que ningún muerto ha regresado jamás del más allá . En medio del bullicio del mundo y de la casa, mi abuelo, con su presencia, era el baluarte seguro en medio del movimiento: el punto de quietud.

 

Mi otro abuelo, había sobrevivido, junto a dos hermanos, a la partida de todos los miembros de un numeroso clan familiar. Viudo y con cinco hijos, de los cuales mi madre era la única mujer, los vio partir y abandonar la hacienda, desde el mayor al más joven, buscando un futuro mejor. Uno de ellos a la lejana América, otro al País Vasco donde encontró la muerte, y los otros tres a la Ciudad Condal. En una casa grande construida dos siglos antes y en la que habían vivido varias generaciones, se apañó con sus dos hermanos solteros hasta el regreso de mi madre a tierras gallegas, y se siguió apañando cuando uno de los dos hermanos que le acompañaban también partió. Mi familia era atípica porque contrariaba todos los cánones de la estadística, que atribuía a las mujeres mayor longevidad. Mis dos abuelos eran muy mayores y, cuando se encontraban, ambos se saludaban con extrema educación y cordialidad. Hablaban de sus respectivas esposas, ya fallecidas, denominándolas Ama con sumo respeto, expresándose en un mismo lenguaje arcaico que me sorprendía,  pese a que ellos dos no podían ser más diferentes entre sí; ya que frente al recogimiento del primero,  mi abuelo materno era el vivo ejemplo de la fiesta y la jovialidad.  Pese a los numerosos infortunios que la vida le había deparado, su casa siempre estaba abierta para todo aquel que llamase  y  quisiese jugar a los naipes, tomarse un vino o compartir un rato y para los jóvenes en particular. La cultura y la hospitalidad se daban cita desde muy antaño entre las paredes de su casa, que había hecho de hogar a los maestros y artesanos que llegaban de todas partes del lugar. Podría decirse que no había persona en toda la comarca que no conociese el nombre de mi abuelo ni supiese el camino para llegar hasta él.  Pero, más allá de las diferencias entre ambos, mis dos abuelos concordaban en lo que dije al principio: la espiritualidad. Ambos habían sido sacristanes, ambos habían recitado cánticos en los tiempos en que la misa se decía en latin. Habían aprendido de los silencios. De la similitud en la condición humana que enraíza detrás de cualquier lengua e identidad. Porque habían aprendido a exorcizar sus miedos, a contener sus angustias, y  en ellos la religión había surgido como un elemento más de la naturaleza sin guardar semejanza alguna con la beatitud. Porque ellos creían en el devenir del tiempo. En los ciclos y en las cosechas.  En el trabajo personal y en la superación.

De mi abuelo materno aprendió la valentía mi madre, a levantarse cada día de sus muchas caídas por muchos cuerpos vencidos o doloridos que viese a su alrededor. Y de mi madre aprendí a levantarme, aunque fuese a la pata coja, yo también. De mi abuelo paterno aprendió mi padre a temer a los vivos, a superar el ambiente opresivo de la pobreza y construir, con la sola fuerza de sus manos y  su férrea voluntad, un hogar. De mi padre aprendí a contener mi propia angustia vital en tiempos de caos; a mirar hacia uno y otro lado buscando mi punto de quietud.

Quiero creer que de mis padres, ahora ancianos y abuelos, aprenden mis hijos a hacerse mayores sin perder ni un ápice de su lucha, de su dignidad y de su tesón. Quiero creer que a sus futuros hijos les hablarán de nosotros. De lo que aprendimos de ellos y de lo que hemos logrado transmitirles a nuestra vez.  Porque si algo habremos aprendido todos juntos es la lección de que los mayores lo dan todo en la rueda de la vida, hasta su propio aliento, para que los que les siguen lo hagan un poco mejor.

 

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