Aficiones

 

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No me gusta el fútbol. Nunca comprendí esa diversión, ese juego en el que todos giran alrededor de un balón que rueda de uno a otro hasta lograr entrar en la red. Dos equipos enfrentados. Gana el que consiga marcar el mayor número de goles en la portería contraria. ¿Y eso es todo? Recuerdo que alguna vez en el colegio me obligaron a jugar, si es que puede llamarse jugar a limitarse a ser un poste ambulante, que se aparta cuando ve que estorba el paso a los demás. Un balón y once jugadores a cada lado. Todos para uno y uno para todos. Para un total de veintidós personas que se lo disputan. ¿Puede haber algo más absurdo? No me gusta el fútbol. Pero. La vida da tantas o más vueltas que cualquier balón. Ahora entro en la habitación de mi hijo y amo el fútbol porque el fútbol me habla de él. Del partido de los domingos, de los amigos de los viernes, de las tardes en el sofá los tres: El abuelo y el padre y el nieto, que es el hijo. Tres generaciones que se reúnen en casa y gritan gol al unísono. Pero. Sigue sin gustarme el fútbol. Cuando hay partido yo me voy a otra habitación a escribir. Como ahora mismo, mientras ellos, los tres, siguen hablando de fútbol. Yo escribo. Un relato para un concurso que, vaya por dios, trata de fútbol también.

 

Relato escrito para el concurso de Zenda libros #historiasdefútbol

 

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Cuentos de las estaciones

Valencia Escribe-Varios autores

Cuentos que tienen en común la estación en la que suceden. Cuentos de invierno, para leer al calor del fuego, refugiados de la lluvia tras el cristal. Cuentos para leer en primavera, con el crecer de los días y la tierra estallando en color. Cuentos para leer en verano,  en la arena, sobre ola y ola, o en la terraza, o en el balcón. Cuentos para leer en otoño, ante la nostalgia de lo que partió, ante el atardecer presuroso y las hojas doradas. Sobre todo, cuentos para soñar, para hacerle sitio a una historia que transcurre cuando comienzas a leer…. Así es el nuevo libro del colectivo literario Valencia Escribe, un libro hecho con el primor y el misterio de los viejos cuentos: los que nunca pasan de fecha.

 

Mis dos cuentos seleccionados para este libro llevan sendos pasajes, uno para la estación dorada del otoño: El cuento encantado y otro para el blanco invierno: La niña y el lobo.

 

Leedlo y disfrutadlo. Podéis encontrarlo en Amazon.es

 

https://www.amazon.es/dp/1720686629/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1528874468&sr=1-1

Una historia de bandidos

 

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Foto extraída de la red e inspiradora del presente ejercicio, propuesta por VE (Valencia Escribe)

 

Con esa indumentaria de detective clásico llamaba irremediablemente la atención. Tanto que, dos calles antes de llegar al local de la fiesta de disfraces, tuvo que entrar de forma apresurada en la lavandería para evitar que su ex, disfrazada de Bonnie junto a ese bandido de Clyde por el que lo había abandonado, le disparase haciéndose la confundida desde las ventanas del Ford V8 por las que hacía asomar la punta de su metralleta.

 

Recordando a los míticos forajidos Bonnie Parker and Clyde Barrow

El juego del mariscal

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Hacienda de la Gorvorana (Realejo Alto, Tenerife 1757)

Ha logrado burlar la vigilancia de todos y entrar a pleno día en el despacho de papá. Sabe del escondite secreto de los soldados y no tiene miedo a caerse de la silla con tal de llegar a su objetivo. Una vez se hace con el botín, se sienta a la mesa y despliega toda la artillería, en la que no faltan bergantines de guerra con sus cañones. Agrupa a los soldados según el color de su uniforme y saca del bolsillo de su pantalón un pañuelo, que extiende  para simular un ancho mar que separa ambos bandos.

Tan entretenido está el niño en surcar los mares a través del fuego enemigo, en sobrevivir a emboscadas y salir victorioso en su estrategia, que no oye el ruido de pasos acercándose ni se da cuenta de que han abierto la puerta.

Su padre, Matías de Gálvez y Gallardo, Virrey de la Nueva España, cambia en un instante el rictus de contrariedad de su rostro, al ver invadido de esta forma su despacho, por un gesto de complacencia  al fijarse en la concentración del hijo que juega, voluntarioso y con brío, a ser militar. El Virrey padre, carraspea y ante la súbita sorpresa infantil, pregunta con voz firme:

―¿Qué estás haciendo, Bernardo?

―La guerra, padre, la guerra ―contesta el niño.

―Ah, sí ¿Y cómo va la empresa?

―Muy bien, mira:

¡Yo solo, como un valiente, cruzo el fuego en mi bergantín y logro la victoria!

 

MVF©

Relato que quedó finalista en el concurso de Zenda libros organizado bajo el tema:

“Papel de España en la guerra de la independencia de  los Estados Unidos”.

#bajodosbanderas

Fuente de la imagen: todoababor.es

Criptografía

Amir no quiere ser vendedor de alfombras. Lo dice en casa y la única respuesta de su padre es un sonoro bofetón. “Él tampoco quería serlo a tu edad y esa fue la respuesta que tuvo de tu abuelo” explica mamá, aplicándole una toalla empapada en agua fría sobre la cara hinchada. “En esta familia no hay otra opción, hijo. Está escrito en las estrellas“.

A la tarde, Amir va con su padre al almacén. Ambos se quitan el calzado para no estropear las alfombras. Entre los dos enrollan y cargan la mercancía en el enorme tráiler del transportista. En el último minuto, aprovechando que padre está distraído, Amir logra subir al camión cuando el chófer arranca. Dos gruesos lagrimones resbalan por su rostro mientras se aleja. El chico siente escozor en la mejilla dolorida. Se ha ido sin despedirse. La posición de las estrellas deberá cambiar esta noche.

 

Micro elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

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Foto: Dirce Hernández

Cita en Casa Blanca

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Llevamos tanto tiempo distanciados que ambos habíamos perdido la cuenta de lo que hacía el otro. Convivíamos bajo el mismo techo pero sin tropezarnos. Cada uno en su mundo y en su habitación. No recuerdo ni en qué momento decidí apuntarme a una página de contactos. Me pesaban las noches sin dormir y los días dormitando. Por el chat comencé a hablar con un chico bastante simpático. No quisimos intercambiar fotos, porque los dos pensábamos que las imágenes casi nunca hacen justicia a la realidad. Nos fuimos conociendo “por dentro”, despacito, como quien no quiere la cosa durante un año y, al final, decidimos abrir la puerta al mundo real y vernos cara a cara.
Quedamos en un bar poco céntrico. Uno de esos refugios para adolescentes enamorados. Pese a que los dos rondábamos la cuarentena, seguíamos conservando el romanticismo. Él llevaría un sombrero a lo Bogart y yo un traje a lo Ingrid con blusa blanca.
En cuánto entré lo divisé sentado al fondo del local. Con el sombrero inclinado, mientras leía el periódico, no podía verle el rostro. Llegué hasta él y entonces levantó la vista para mirarme.
-Soy Quique –me dijo Enrique, a punto de partirse la caja.
-Joder, chico, cuánto hace que no te veía tan guapo!
¡Para que luego digan que la tecnología deshumaniza! Enrique y yo, por llevar la contraria, gracias al chat del ordenador volvemos a estar enamorados.
Manuela Vicente Fdez ©
Texto elaborado para el Blog Nosotras, que escribimos bajo la temática: Cita a ciegas

Olor a casa

 

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Fuente de la imagen: Pinterest

Después de horas de terapia con los mejores especialistas sin que ninguno de ellos lograse revertir el naufragio de nuestra relación, el último coach de la prestigiosa lista con la que contábamos Guillermo y yo, nos propuso un ejercicio a “todo o nada”. Según sus palabras, solo un salto al vacío con los ojos vendados, podría revelarnos si nuestro futuro era estar juntos o, por el contrario, debíamos aceptar la separación y comenzar a pasar página.

A las doce de la noche, según lo convenido, subí al coche con los ojos vendados. Me había vestido con ropa nueva y había comprado un perfume carísimo cuyas notas distaban mucho de la colonia que usaba a diario. Llevaba la cara cubierta de una fina malla de red para evitar ser identificada por el tacto. Nuestro coach nos había expuesto con claridad el escenario al que nos enfrentábamos. Por mi parte, sabía que me esperaban varios hombres en la habitación y que solo uno de ellos era mi compañero de sesiones. También había mujeres. Una fila enfrente de otra. Y nosotros dos, eligiendo.

 

El primer hombre era muy joven. Maldije en silencio al psicoterapeuta, al comprobar el tono de su musculatura. Pobre Guille, menos mal que mi compañero no podía verlo ni palparlo. Lo deseché de inmediato. No quería pasar por una superflua. No era la flacidez de Guillermo lo que nos había llevado al psicoanálisis.

Al segundo le sobraba bastante volumen. Calvo y bajito. Por favor, cuánto estereotipo. ¿Es que este coach solo barajaba los extremos? al lado de este hombre, Guille era Marlon Brando de joven, aún sin la Harley.

El tercer hombre era una incógnita. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Ni flácido ni musculado. No podía tocar su rostro, protegido con una red frente a posibles eventualidades de roce. Procedí a oler su piel. Sin su voz, solo quedaba el tacto y el olor. Olía tremendamente a tabaco. A Ducados negro, para ser exacto. Hay que ver lo torpe que llegaba a ser este coach eligiendo candidatos.

El cuarto hombre tenía unas proporciones perfectas. ¡Madre mía, qué tacto! Cada centímetro de su piel me parecía deseable. Sin estar musculado, y pese a una incipiente barriguita, este hombre despedía olor a casa. Supe que era Guille antes de que él me eligiese a mí también, aunque ambos fingimos no reconocernos. Desde entonces, él y yo no hemos vuelto a tener ningún problema, salvo que los encuentros han de ser en casa del psicoterapeuta y, eso sí, siempre con los ojos vendados.

 

Manuela Vicente Fdez ©

 

Texto elaborado en el taller/blog grupal Nosotras, que escribimos bajo el tema: Cita a ciegas.

Un hombre bueno es difícil de encontrar (por una buena mujer) o el universo atemporal de Flannery O’Connor

—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.

Flannery O’Connor(Un hombre bueno es difícil de encontrar)

Resultado de imagen de imagenes del libro Un hombre bueno es díficil de encontrar

El gótico sureño, presente en los cuentos de Flannery O’Connor, alcanza su máxima expresión en esta historia en la que ningún personaje es eventual, porque están concebidos para  representar un mundo que es, a su vez, el reflejo y el producto de otro completamente opuesto. Un mundo decadente y sin moral frente a otro que trata de emerger. Desde la típica familia católica al bandido sin escrúpulos. El sueño americano convertido en pesadilla. Los principios frente al sensacionalismo y, en el medio de todo, el juicio gratuito del que ya no lo tiene: el loco, el desequilibrado, que desmonta de una asentada el pilar de la falsa fe que trata de reconducirlo al decir: Jesús rompió el equilibrio de todo. Un equilibrio que ya no se puede recomponer, entre otras cosas porque no se puede evaluar al propio causante de la ruptura, ya que no hay forma posible de saber con exactitud lo que hizo:

 Ojalá  hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Llegados a este punto el criminal obtiene, de un solo golpe,  la victoria dialéctica y la física, porque en los cuentos de esta autora las dudas se saldan con el silencio que provoca un revólver,  para que no haya más respuestas incómodas y el lector se quede con todas las preguntas. Casi casi como sigue sucediendo en nuestros días, aunque no siempre podamos ver las manos que disparan y solo asistamos a los cadáveres que dejan.

 Ojalá  hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Llegados a este punto el criminal obtiene, de un solo golpe,  la victoria dialéctica y la física, porque en los cuentos de esta autora las dudas se saldan con el silencio que provoca un revólver,  para que no haya más respuestas incómodas y el lector se quede con todas las preguntas. Casi casi como sigue sucediendo en nuestros días, aunque no siempre podamos ver las manos que disparan y solo asistamos a los cadáveres que dejan.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Artículo elaborado para el diario/blog El Humanista

Enlace al cuento Un hombre bueno es difícil de encontrar (por Flannery O’Connor)

Entre tiempos

Cada vez que mudo mi piel me da por descalzarme, sentarme al borde del acantilado y contar los dedos de los pies. Comienzo siempre por el dedo meñique del derecho: cuento los cinco dedos muy despacio, como si los viese por primera vez. Después sigo con el dedo gordo del izquierdo, hasta el meñique y desde él continúo de nuevo hasta el otro pie. Cuento cien dedos en diez minutos, estirando el tiempo y la piel. Esto no tendría más transcendencia que una anécdota, si no fuese porque soy una sirena y jamás he tenido pies.

 

Microrrelato publicado en ENTC

                                      Fotografía: Benoit Courti

TENTACIONES

 

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Fuente de la imagen: idEC

Le robé el novio a mi prima Berta. Fue ella quien me enseñó su foto, quién me contó que sus besos sabían a azúcar, quien me dijo que Paulo salía todos los domingos con su bici e iba hasta la antigua ermita. Allí le esperé, con la cadena de mi bici fuera de sitio y el corazón también.

 

LA PULSERA

Robé el billete de veinte euros de la cesta cuando el padre Ángel no miraba. Lo necesitaba para comprarle una pulsera a Amanda mejor que la que le había comprado Guille. Faltaba un día para su cumpleaños y llevaba un mes rogando que un billete de veinte euros estuviese al alcance de mi mano…

MVF©

 

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Textos elaborados para el blog Nosotras, que escribimos bajo el tema: Secretos