Hoy para ayer

Trescientos noventa días

para aprender a redefinir lo inaprendido,

lo inaccesible

y saber

que no hay día ni noche capaz

de contener lo incontenible.

La no fiesta convertida en no olvido

que es como un cuerpo en vertical

precoz interrogante ante una lluvia

que empapa y no se ve.

Va siendo hora de quererte en el vacío

en el hueco del tiempo

en el envés

como quien borda hilos invisibles

o aprende a andar sin pies.

Sé que no importa ahora

y sin embargo

el hoy toma su espacio, crece, llora,

se desdobla a sí mismo en el ayer.

01/09/2022

#noSesenta

1/09/2022

DECREACIÓN

De qué escribir
Ahora
que me parece seco el pozo
de la inspiración
Ahora que han caído
todas las torres
y los pájaros sierran sus alas
al acero sin canto,
y las heridas
repudian su dolor.
Cuando ángeles entierran sus coronas,
y princesas arrojan sus laudes
al cielo
de los santos sin Dios.
Dime,
a qué ojos miraré que su vacío
me motive a escribir
de campos yermos y espigas sin trigo,
de niños huérfanos y madres sin reloj
de huéspedes sin casa o invitados sin mesa,
de horas sin segundero
o plañideras sin ningún pagador.
Y no es la lástima
Ni la ira
Ni la pena
Ni siquiera
la última compasión
Son los versos sin ritmo
vestidos sin cintura,
motores sin motor.
Porque no sabes
que en el país de las letras
las vocales
han perdido a mis ojos el color
e incoloras
circulan por el aire
vagas,
rotas,
cual fantasmas sin voz
me rozan
se insinúan
sin que mi cuerpo pueda
reaccionar a su frío
su calor,
porque he pasado un tiempo
una frontera
y no hablo su lenguaje
ya no soy
la que era,
la que escribía de cosas muy pequeñas,
y decía: hambre, frío,
labio roto, armazón
y al decirlo entreabría
puertas de armarios muy oscuros
que atravesaban mundos,
hacia secretas Narnias
porque yo
misma era una hada,
un elfo,
un duende
y ahora solo soy
aquella que va buscando letras
para escribir un algo
que no es
ni verso ni poema
ni opereta
solo DECREACIÓN.

©mvf

Deconstrucción

La muerte te construye
al destruirte.
Torna el viento a traer
tu rostro más feliz,
tu edad más joven,
cuando eras solo ayer,
cuando el mañana
era un alegre porvenir.
La muerte te viste ante mis ojos
con tu mejor sonrisa
con tu mejor humor.
Te construye después de derribarte,
decrea sobre tu faz para crearte
en cada nueva célula,
cada semilla, cada instante
que florece a la vez.
No te roba la muerte,
solo integra en los árboles,
los caminos, la vida,
cada parte de ti.
Tus gestos se posan en las alas
de cada tarde de septiembre,
retozan en el útero incipiente
de cada nuevo abril,
tu risa estalla libre entre las nubes
y te siento escribir en mi papel.
Cada día te descubro y te renombro.
A veces no se entiende que la muerte
es tan solo otra forma de vivir.

©mvf

16/09/2022

Agosto (III)

Barreré las cortinas de los días
contando
mis dedos al trasluz,
hay dedos invisibles que suman
su aura a los míos alentando
cromáticos contrastes
que derivan
a un ocaso de tul.
Siempre es de noche
en la mitad del día
siempre hay un fondo
que queda por cubrir
como pozo que mana desde el hueco
que no alcanzan las manos a medir.
Y no lo sabes.
Nunca lo sabes
aunque intentes llegar a percibir.
No son los ojos de estas calaveras
los que alcanzan a ver lo inadmisible
solo los dedos al abrirse
se suman en rosarios invisibles
dando cuerpo a la luz.

15/08/2022

Fotosíntesis

Descolgada del árbol que amanece

como mirlo perdido entre la nieve

o huracán descompuesto entre la selva

abro los días como quien abre puertas

que aparecen tapiadas a cemento.

Mis manos desgajadas cual las alas

de una herida paloma entre la niebla

tantean silenciosas, tercas, vanas,

de arrancar la corriente que no mana

de la fuente que, yerma, luce seca.

Huida del calendario y la costumbre

refugiada en el frasco que urde sueños

tejo tapices de color violeta,

donde yace el silencio.

Más no habrán de quitarnos nuestra casa,

ese hogar donde la paz crece en el huerto

por más que afuera la tormenta bata,

inútilmente contra el desconcierto.

Agosto (I)

Al final de la noche,

en el hueco del hambre

cuando ángeles recogen

las palabras no dichas

los silencios acordes,

cuando duerme la vida

cuando vive la muerte

al final de las horas,

cuando tan solo quede

ese poso infinito

que alimente a las sombras,

te espero

Como nota a la música

como lluvia a la tierra.

Gato encerrado

Poco antes de cumplir los ochenta y uno, Damián comenzó a hacer cosas raras. Muchas veces, su mujer, Asunción, le oía hablar en la habitación de arriba, mientras ella trajinaba en el piso de abajo. Al principio no le echó mucha cuenta al asunto. «Serán cosas de viejo» pensó, pues ella misma hablaba con los fogones a veces o maldecía a las cebollas que picaba. Pero los días pasaron y lo de Damián fue empeorando. Mantenía largas conversaciones estando solo y a veces hasta se enzarzaba en coléricas regañinas. «¿Pero con quién te enfadas, hombre?» le preguntaba ella y entonces él respondía: «Es este maldito gato negro que se me atranca en el camino» Asunción, habida cuenta de que jamás habían tenido gatos, pidió cita con el médico y éste al escuchar la historia lo mandó al psiquiatra.

 «Son alucinaciones» dijo el especialista, al constatar que el hombre no cesaba de hablar de un gato negro que, según él, quería robarle los recuerdos. «Me veo obligado a encerrarlo en el vestidor antes de dormirme» afirmaba. Como no las tenía todas consigo, el psiquiatra lo derivó al neurólogo.

 «Va a ser cosa de falta de riego» dijo este último, mientras rellenaba un formulario para pedirle un escáner cerebral. Entretanto, Asunción ya comenzaba a estar harta del gato invisible. Las puertas del armario de la habitación estaban llenas de rasguños y los cojines y almohadas destripadas. No le quitaba ojo a Damián, pero nunca conseguía pillarle en escena. «Es una locura», les decía a sus hijos cuando llamaban, «solo hace que hablar de un gato negro que le sigue a todas horas». Una noche, hacia las dos de la madrugada, Asunción, que dormía en la habitación contigua a la de Damián, despertó sobresaltada. Le había parecido oír un extraño y agudo maullido que procedía de la habitación de su esposo; pero cuando acudió junto a él era tarde y le encontró en el suelo, boca abajo, ya sin un hálito de vida.


Unos días después la llamaron de la consulta del neurólogo para darle los resultados del escáner.


―Ya no importa, doctor ―afirmó Asunción, apenada― Damián ya no lo necesita.
―Lo siento mucho, señora, pero igualmente necesito que acuda para mostrarle algo.

Asunción se encogió de hombros mientras el médico encendía la pantalla que mostraba los resultados.

―Mire con atención, por favor ―pidió el galeno― esta es la región de la memoria, donde se almacenan los recuerdos. Quiero saber si usted ve lo mismo que yo.

Asunción contempló la pantalla con estupor.

En lo que se suponía que debía ser el cerebro de su marido se apreciaba la forma de un gato, negro como la noche, cuya silueta, bajo la luz del expositor brillaba como bajo un haz de luna. 

#historiasdeanimales

Madejas sin hilo

Me salen al paso los ayeres,
los antes en medio del ahora,
los enseres sin ser,
el contenido de un continente extinto cuyo mapa carece de relieve.
En el absurdo máximo del sinsentido
los ojos sin párpados me contemplan
como a la extraña que regresa
a un mundo que estalló hace eones
y cuya luz, ya muerta, solo alumbra
cadáveres de sueños.

21/07/2022

LIBERTAD CONDICIONADA

Dentro de mi pecho se esconde. Agazapado. Se alimenta de odio y de resentimiento. Hay días que parece un cachorro de gato; son los días en los que logro amaestrarlo. Voy por ahí sin que su lento rumiar perturbe mi rutina diaria, aunque sepa bien que  nunca duerme y mi avezado oído le oiga mascullar por lo bajo, tragándose las palabras, estrujándolas, más bien.

Lo peor siempre llega los días de fiesta.  Esos días en los que el odio viene embotellado, y el pequeño gato va bebiendo y creciendo de tamaño. Se bebe la risa cruel del vecino, la mirada desconfiada del jefe, la terrible complacencia de los cuñados, el ansia estranguladora del anfitrión. Se pone ciego de ira y vuelve a ver el muro del patio, la soledad de las literas, la amenaza en los ojos. Cuando me doy cuenta el rugido de mi garganta suena como el anuncio de la Metro Goldwyn-Meyer  y el felino que en mí habita es un salvaje voraz.

Cuando voy al psicoanalista le hablo de mi pánico a las jaulas. Nadie comprende que, desde que me soltaron, llevo un animal en el corazón.

#historiasdeanimales