La casa del bosque (Manuela Vicente Fernández)

Subí el cuadro al desván. Tomé la decisión de dejarlo allí tras considerar que los sentimientos que me sugería su contemplación no eran sino de soledad y de desesperanza.

El lienzo representaba un bosque otoñal, de árboles desnudos, las ramas secas y agrietadas, vencidas, señalando hacia un ocaso indefinido, de una luz sutil al fondo del bosque. La casa a la que me había mudado ya era de por sí bastante nostálgica, rodeada de pinos como estaba, con el jardín lleno de hojas secas, permanentemente mojadas por la lluvia continua de esta Galicia húmeda, misteriosa, evocadora de soledades ancestrales, perdidas en la niebla que se cierne sobre el paisaje. ¿Qué otros pies habrán pisado las hojas de otros otoños al pasar por este lugar? Al abrir la ventana cada mañana, desde cualquier habitación que elija, puedo ver al jardinero, como si justo en ese preciso momento decidiese pasar bajo esa ventana y no otra. Su silueta se recorta entre la fina lluvia y la niebla hasta perderse entre los árboles en mimetismo con el paisaje. ¿Por qué he venido aquí? ¿por qué he vuelto? Tal vez porque el otoño con sus vientos ha sacudido mis recuerdos y me ha arrastrado aquí, al origen de todo. Hay casas que esperan durante décadas a que las habites. Están ahí para ti, desde el principio, aunque juegues a negarlo y te pierdas dando vueltas de acá para allá, convenciéndote a ti misma de ir dónde quieres. En el fondo sabes que te esperan, que antes o después recalarás allí, porque te pertenecen. Hubiera jurado hace años no tener nada que ver con esta casa. Pese a que su dueño dijo en su día a cuántos quisieron oírle que la había comprado para mí. Me llegaba el rumor y no prestaba oídos ni tuve nunca la más mínima intención de corroborar su veracidad. Ni aún cuando él mismo me lo dijo, que la casa era mía y podía contar con ella. Cuándo él murió paso a ser propiedad de la hermana con la que convivía en la casa paterna, y todo siguió su ritmo normal, la casa era ahora de ella, como tenía que ser y yo misma quería que fuese.

En alguna ocasión acudí con ella, limpiamos el polvo de los muebles y barrimos las hojas de los balcones, sin que para mí el suceso adquiriese alguna significación. Ya mayor, también ella me lo dijo, en su última etapa, que usase la casa si quería, que ella no la necesitaba. Recuerdo indiferencia ante esta propuesta ¿Yo, para qué? ¿en este lugar? Y no obstante aquí estoy ahora, arrastrada por los últimos acontecimientos tras haber sido designada la heredera de esta propiedad, en la casa del bosque. Un montón de hojas secas rodean el jardín. Cada hoja es el testimonio del verdor de antaño. Estoy aquí. Ahora. El cuadro que dejé en el desván mostraba a una mujer sola, en un bosque de final de otoño, desnudo. Se la veía en medio del sendero, de espaldas, caminando hacia un bosque un tanto desolado pero con un claro y una luz al fondo. Esa quizá soy yo, o cualquier otra mujer, que intenta caminar hacia un claro, vencida a intervalos por los acontecimientos, cansada, pero con una meta, un objetivo, la vuelta a casa. Volver, como la canción, veinte años más tarde para rencontrarte con el pasado, para perdonar, para esclarecer, para enfrentarte con tus fantasmas, con tus recuerdos, con el contraste de tus sueños con la realidad. Volver para reconocer que no hay más que un camino, que una opción, aunque parezcan múltiples los senderos, y dudosas las posibilidades; al alcance de nuestra mano aunque finjamos deliberar, sólo tenemos una opción, aquella que nos representa a nosotros en ese momento, con todas nuestras debilidades. Volver para comprender porqué me fui, reconocer que no hay vuelta atrás porque los que éramos ya no somos, pero  saber que entre el pasado y el presente hay un espacio común. Que entre las hojas secas de ahora y las hojas verdes de la primavera que ha de venir, además del invierno, nos queda el árbol, el sol y los recuerdos que nos permiten ser quienes somos.

El relato del mes

Subí el cuadro al desván. Tomé la decisión de dejarlo allí tras considerar que los sentimientos que me sugería su contemplación no eran sino de soledad y de desesperanza.

El lienzo representaba un bosque otoñal, de árboles desnudos, las ramas secas y agrietadas, vencidas, señalando hacia un ocaso indefinido, de una luz sutil al fondo del bosque. La casa a la que me había mudado ya era de por sí bastante nostálgica, rodeada de pinos como estaba, con el jardín lleno de hojas secas, permanentemente mojadas por la lluvia continua de esta Galicia húmeda, misteriosa, evocadora de soledades ancestrales, perdidas en la niebla que se cierne sobre el paisaje. ¿Qué otros pies habrán pisado las hojas de otros otoños al pasar por este lugar? Al abrir la ventana cada mañana, desde cualquier habitación que elija, puedo ver al jardinero, como si justo en ese preciso momento decidiese pasar bajo esa…

Ver la entrada original 548 palabras más

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s