Un alto en el camino. (Manuela Vicente Fernández)

Hoy he salido a caminar. Sin darme cuenta he acabado delante de su  casa. Tanto tiempo sin hacer el antiguo recorrido y de nuevo estoy ante la verja negra e imponente que rodea la propiedad. Puedo verme sin ningún esfuerzo a poco que retroceda en mi  memoria, subiendo las escalinatas de piedra y llamando al timbre con impaciencia.

Oigo los pasos de Olivia y me parece estar  viéndola,  con  su  eterno delantal  blanco siempre impecable y planchado, moviendo su pesado cuerpo, contoneándose al pasar, midiendo las distancias:

-El señor Enrique está en la sala, señorita. Puede pasar. La está esperando.

¡Cómo si no lo supiera! Tales formulismos me exasperaban, pero formaban parte del ritual de cada día y los aceptaba, del mismo modo que se aceptan las contraseñas, los saludos de cortesía y las colas del supermercado. Todo el tiempo del  mundo no  nos bastaba.  El  solo  hecho  de  anticipar  su  presencia  desbocaba  mi  corazón.  Apenas teníamos tiempo de cerrar las puertas.

¡Cuánto has tardado! he estado a punto de ir a buscarte…

–¡Ni se te ocurra! ¡ la que podías armar! a veces pienso…

Me acallaba. Su boca sobre la mía y todas las palabras cesaban. Cesaba el tiempo. El mundo no existía. Ni el espacio. Nada. Ni siquiera yo misma. Todo era perderse en un bosque de sensaciones ocultas, un fluir a la superficie y volver a sumergirse sin tregua en una fiesta de los sentidos, en la que cualquier trivialidad perdía razón de ser. La vida comenzaba y terminaba siempre en sus brazos.

¿Qué pasó? Pasó el tiempo, ese buque de guerra que va arrasando todo a su paso.

Estábamos condenados desde el principio y los dos lo sabíamos, quizá por eso apurábamos el tiempo hasta el límite, bebiendo uno en el otro incansablemente.

–Tienes dos lunares en diagonal en el cuello- Decía Enrique.

–Lo se, me falta el otro.

–¿Qué otro?

–El tercero. Tienen que ser tres.

–¿Por qué tres?

–Porque esa es la marca de la belleza. El número tres, pero yo sólo tengo dos lunares… no soy bella, ¡qué le vamos a hacer…!

– No eres bella, en efecto, eres una gansa, no, déjame pensar, un cisne…

–¡Eso! El patito feo, dilo ya…

–El patito convertido en cisne…

–¡No me digas! y tú ¿qué eres? ¿un príncipe encantado?

–No. Yo soy el estanque en el que nadas. El agua que te da la vida.

–Todo.

¿Y ahora? Ahora nada. Ahora estoy aquí como una tonta, sumida en mis recuerdos delante de una verja cerrada.

–Vente conmigo.

–¿A Australia? ¿Qué iba a hacer yo allí, salvo morirme de pena?

–Morirte conmigo.

–Mejor muérete tú aquí conmigo, o qué digo ¡vive! vivamos juntos aquí, para siempre.

–¿De verdad quieres que vivamos aquí juntos? ¿Quieres ser la señora de la casa?

–No, por Dios, quiero ser tu amante. Sólo tu amante.

Sabíamos que era un amor de verano. Había venido para vender la casa. Tenía 25 años más que yo. Era mi último año en el pueblo. Yo también me iba. Tenía plaza en  la universidad para estudiar filología inglesa, Australia me pillaba un poco lejos.  Muy lejos, en realidad. Sabía que su cuerpo, firme y robusto era sólo una parada. Igual que su boca, su olor, la música que ponía cuando me esperaba, siempre Bach, música clásica del romanticismo- rezaba el CD-, las tardes tórridas, las bebidas heladas, la inmensa habitación con cortinas de encaje y aire acondicionado, un  lujo para aquel  pueblo.

Para aquel tiempo que no terminó nunca de pasar, al que todavía vuelvo, como mis pasos de hoy, que me han traído de nuevo al escenario en el que fuimos protagonistas los dos de aquella película que escribimos juntos.

–No quiero decirte Adiós, Enrique. No hay nada que decir cuando se quiere decir adiós. Yo no quiero decírtelo.

–Tienes que hacerlo. Eres muy joven para encadenarte a un recuerdo. Yo sólo soy un punto de partida, si no me dices adiós en el fondo te quedarás conmigo.

–¡Quiero quedarme contigo! ¿No lo entiendes?

–No quieres quedarte conmigo, Clara  –Me dijo muy serio,  tomándome las manos  y  y mirándome a los ojos.– En realidad quieres quedarte contigo misma, con esta que eres al estar conmigo, este cisne que sale para mí, pero que llevas dentro.

Vendió la casa, aunque para mí sigue siendo suya en mis recuerdos. No he vuelto a entrar allí, rechacé la oferta que me hizo el nuevo propietario de seguir  ayudándole con la contabilidad. No hubiese podido.

No hubo despedidas, hubo una  tarde larga, lentísima, en  la  que apuramos  los segundos hasta la extenuación. Una tarde de miradas  profundas, en  la que  los  dos tratamos de gravar en nuestras retinas  y en nuestra memoria hasta el último pliegue de nuestros cuerpos, cada caricia, cada palabra, en una lucha contra el tiempo perdida de antemano.

***

Adiós Enrique. Tú tenías razón, como siempre. He sido un cisne maravilloso contigo y he tenido que volver aquí para darme cuenta. Han pasado ya siete años. No se nada de ti. No hubiese soportado noticias triviales del tipo: me he comprado un coche nuevo, me han ascendido en el trabajo, no, nada de esas noticias. Ya ves, he terminado  en la  facultad. En  Australia no  hubiese  podido. Los sueños son perfectos  mientras se sueñan. Ahora sé por qué mis pasos me han  traído hasta aquí esta mañana: He venido a decirte adiós. Me voy a Londres.

El relato del mes

 Hoy he salido a caminar. Sin darme cuenta he acabado delante de su  casa. Tanto tiempo sin hacer el antiguo recorrido y de nuevo estoy ante la verja negra e imponente que rodea la propiedad. Puedo verme sin ningún esfuerzo a poco que retroceda en mi  memoria, subiendo las escalinatas de piedra y llamando al timbre con impaciencia.

Oigo los pasos de Olivia y me parece estar  viéndola,  con  su  eterno delantal  blanco siempre impecable y planchado, moviendo su pesado cuerpo, contoneándose al pasar, midiendo las distancias:

El señor Enrique está en la sala, señorita. Puede pasar. La está esperando.

¡Cómo si no lo supiera! Tales formulismos me exasperaban, pero formaban parte del ritual de cada día y los aceptaba, del mismo modo que se aceptan las contraseñas, los saludos de cortesía y las colas del supermercado. Todo el tiempo del  mundo no  nos bastaba.  El  solo  hecho  de  anticipar…

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