El palacio del Fauno

Soy una persona extraña. De otro modo no puede comprenderse esta temeridad que me lleva una y otra vez a guiarme por mis impulsos. No entiendo el mundo como el común de las personas – o como éstas dan a entender que lo entienden- para mí no hay apenas distinción entre unos seres vivos y otros. A menudo puedo ver más allá del aspecto puramente físico de las personas o animales. Os aseguro que no hay mucha distinción entre unos y otros. Puedo ver el animal que un determinado sujeto lleva dentro, y del mismo modo observo el niño que duerme dentro de un perro callejero. Todos tenemos múltiples vidas y yo advierto el cruce de éstas de tanto en tanto.
Os cuento todo esto para que podáis entender por qué no me sorprendió aquella carta a tales horas de la noche del sábado 3 de Enero del año X (no el año diez, el término X no se corresponde aquí con el símbolo romano). El sobre fue deslizado con cuidado debajo de la puerta, con prudente curiosidad procedí a abrirlo:

“ Por la presente carta se invita al portador

a la gran Fiesta del Fauno que tendrá lugar

el sábado 3 de Enero a las 12 de la noche

en los salones del Palacio Real (1)”

(1) Entiéndase por Palacio Real

El palacio de la música del Fauno.

Este era el breve mensaje, prácticamente escrito en clave, que constaba en la carta que acaba de recibir. Mi primera impresión fue buscar en las guías de la ciudad “El palacio del Fauno” pero pronto me percibí de lo infructuoso de tal tarea. Conozco la ciudad de “M” como la palma de mi mano derecha, y por tanto sabía con certeza que “el Palacio del Fauno” no constaba en ningún registro común ni era conocido públicamente. Aún a sabiendas de que se me estaba invitando a alguna secreta cofradía sin conocer el alcance que podía tener dicha invitación, yo había decidido asistir desde el principio. Firme seguidor del principio:” Busca y encontrarás” y de aquel otro que dice: “ Nada sucede por casualidad”, tenía el presentimiento de estar “cerca” de algo importante.

Como no sabía cómo debía ir vestido ni se mencionaba dicho asunto en la invitación, decidí ir tal y como estaba, esto es con un pantalón de franela de andar por casa y una camisa a cuadros, con la precaución, siempre necesaria en este tiempo, de agarrar el abrigo antes de salir de casa.

Una vez en la calle aspiré fuertemente el aroma para dejarme llevar por mi instinto de viejo perro que fui en su día. Pronto estuve sobre la pista. Por delante de mí un numeroso gentío iba en la misma dirección. Parecían invisibles, merced a su estado de total abstracción, pero yo los veía, no en vano me habían invitado a su reunión, algo debían tener en común conmigo, que hacían que les reconociese.

Entraron en lo que parecía ser un viejo templo o iglesia en la que yo nunca había reparado y aún juraría que no existía, pero que esa noche estaba allí, por supuesto. Naturalmente les seguí, levantando el cuello de mi abrigo para protegerme de las miradas de los que me seguían. Una vez dentro me senté en el primer sitio que vi en un banco cualquiera al lado de una mujer-pantera. Sus ojos negros me miraron evaluándome con rápidez. Por un instante me pareció entrever sus blancos colmillos y tuve un escalofrío que no le pasó desapercibido.

-No voy a atacarte ahora, en el templo estás seguro. – Me dijo.

Al instante pude ver que mentía. Lo noté en el brillo de sus ojos, en el destello fugaz que pasó por sus pupilas.

-¿Va a haber un sacrificio? Pregunté sorprendiéndome a mí mismo con la pregunta que acababa de venírseme a la mente.

-¿Por qué sino, estaríamos aquí reunidos querido? Respondió ella. Al instante caí en la cuenta de que era tarde para escapar pues la atención general estaba puesta en mi persona.

Resolví transformarme aceleradamente, pero ella, veloz, puso su mano en mi corazón.

“La huida no es nunca la solución.” Me dijo, casi en un susurro. “Si prometes servirme te liberaré” “¿Cómo?” pregunté sin entender. “Tú cree en mí y no hables más.”

Mis pies estaban helados, la sangre parecía no circular apenas por mi cuerpo. Miré a mi alrededor y vi a los faunos transformarse rápidamente. Sus perfiles de alimañas se recortaban a la débil luz de las velas que había en el lugar. Una mujer-aguila se adelantó a hablar:

-Pantera, cédenos al núbil. ¡Núbil! ¡No puede referirse a mí con tal nombre! ¡Soy casi tan Viejo como el mundo! Pensé. Entonces la mujer-pantera se levantó para contestar:

-Es mío, le he tocado el corazón.

-¿Por qué lo has hecho? Gritaron todos al unísono, con un ruido ensordecedor.

-Lo he hecho porque aún no es un verdadero fauno.

-¿Cómo lo sabes? Es un fauno, sólo que inexperto, como precisamos para el sacrificio.

– No, no es todavía un verdadero fauno hasta que no beba la sangre de uno de vosotros.

– La bebió al nacer, como todos nosotros, de la placenta madre.

Yo escuchaba estas singulares declaraciones totalmente estupefacto. Nunca había podido determinar mi condición. Mi memoria, capaz de retraerse a innumerables vidas anteriores contenía escasos datos de mi pasado más inmediato. Al cual, no obstante, parecía acceder sin dificultad la mujer-pantera que estaba a mi lado.

-No bebió porque él nació sin estar a término aún.

-¿Le sacaron? Preguntaron horrorizándose, al parecer, con la posibilidad de que fuese cierto.

-Así fue. Respondió ella.

-Entonces no hay sacrificio.

-No, esta noche.

-¿Por qué lo has traído entonces?

-¿No lo entendéis?

Hasta mí llegaron todos sus pensamientos que eran el mismo, al unísono:

“Quiere tener un hijo suyo”

Me dispuse a correr literalmente en cualquier dirección, pero los ojos de la mujer-pantera me lo impidieron, reteniéndome clavado en mi sitio. “No hay salvación” me dije. Entonces todos los faunos rompieron a reír, estrepitosamente, despojándose de sus caretas y asumiendo su verdadera identidad: ¡eran mis clientes favoritos! ¿No os he mencionado que soy Mentalista?

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