Un mañana incierto

Un mañana incierto. (Manuela Vicente Fernández)
–Publicado en 15 enero, 2013 by El relato del mes–

(Se oyen los cascos de un caballo sobre el empedrado que da a la entrada. Una Mujer sale de las  sombras, poniéndose la capucha de la amplia capa oscura que la cubre, y sale, sigilosa, a su encuentro).

Este es el momento que esperan todas las princesas de cuento. Ella llevaba mucho tiempo esperándolo (casi un cuarto de hora al relente de la noche) con la salvedad de que ella no era una princesa, pero bueno…casi. Todas las jóvenes llevan en su interior a una princesa ¿no? así, al menos la llamaban los dos hombres más importantes de su vida: su querido padre y ahora…su valiente caballero salvador.

¿Salvador? ¿Y puede saberse de qué la estaba salvando? Dejamos abierta la pregunta y continuamos con nuestra historia.

Sube al caballo presurosa, aceptando su mano enguantada. “Llegas tarde” se atreve a decirle, con un ligero tono de reproche. “No me ha sido fácil conseguir el caballo” responde él. ¿Conseguir el caballo? ¿A qué venían ahora esos detalles? ¡Qué respuesta tan poco apropiada para un momento tan romántico! Piensa Aurora en su fuero interno. Claro está que su reproche tampoco resulta  muy oportuno. Olvida esos pensamientos triviales y aguafiestas al pasar las manos por su cintura y apretarse contra su espalda. Puede sentir su calor y se dispone a oler ese aire de misterio y hombría que emana de su persona y siempre la  cautiva. Inhala profundamente a tal efecto pero…puf! ¿Qué puede ser ese tufo abominable que se filtra?  “ ¿Se puede saber a qué huele?” “Lo siento, princesa, el caballo estaba dentro de un establo poco cuidado” “¿Poco cuidado? por favor, Enrique, dime qué quieres decir con eso de poco cuidado” “Pues eso, niña… mejor que no preguntes. Nos lavaremos en el arroyo del bosque.”

Una escena se abre paso en su imaginación: una pareja de enamorados bañándose bajo la luz de la luna ¡En pleno mes de Enero! “Pero, querido, nos vamos a congelar…”

“No te preocupes, Cielo, haré una hoguera, calentaremos el agua” “¿Dónde?” “En la cabaña que hay al lado del cruce de caminos, encontraremos algo…” Otra escena surge con fuerza en la mente soñadora de Aurora: los dos solos, en una vieja cabaña, a la luz de una hoguera, desvistiéndose mutuamente…¡La noche todavía puede ser increíble!

Al llegar al cruce atan el caballo a un árbol. Ella tiene que cubrirse con el cuello de su capa, cubriéndose la nariz, para no seguir respirando ese olor nauseabundo. Al intentar ceñirse la capa en torno a su cuerpo, Aurora nota una sustancia pegajosa en el tejido…  “¿Qué es esto Enrique?” “Lo siento, pequeña, ha sido al aproximarte a mí, no podía decírtelo, teníamos que cabalgar juntos.” “¿Decirme qué?” “¡Aurora!, ya sabes Cielo, me caí en el establo!” ¡No! ¡No puede ser! “No te preocupes princesa, pronto estaremos dentro.”

Enrique intenta forzar la puerta de la que es en realidad una vieja choza. Hace palanca con un palo, la vieja puerta no cede. Preso de una impaciencia creciente la emprende a golpes, más tarde a patada limpia. Con un fuerte crujido cede por fin la maldita puerta.

Aurora se cubre los oídos con las manos. ¡Oh Dios! ¿Por qué la realidad tiene que ser tan vulgar? ¡Tan odiosa y ordinaria! Y ahora qué –se pregunta- ¿Cuál será el recipiente honorable que encontraremos para calentar el agua? Tal vez un burdo caldero oxidado, en el mejor de los casos, piensa para sus adentros mordiéndose las uñas.

El estado de la choza es realmente penoso. Enrique consigue alumbrarla con una especie de antorcha improvisada. ¡Oh Enrique, el más valiente, el que vence todos los obstáculos! Piensa Aurora un poco más animada. ¡Por lo menos ha tenido la gentileza de traer fósforos!. Improvisa una hoguera en pocos instantes. ¡Hay que reconocerle su habilidad! Se dice ella, y comienza a quitarse su capa sucia.

El mejor recipiente resulta ser un caldero “ligeramente” oxidado. Enrique, una vez más, tiene la gentileza de ir a buscar agua al arroyo. Aurora, mientras, no puede evitar un escalofrío al evocar la tibieza de sus sábanas en su habitación, calentadas siempre por Lily, la joven criada de sus padres. Piensa en el tazón de chocolate caliente que suele servirle antes de irse a dormir. No se atreve a pensar en la larga noche en aquella caseta ruinosa… aún con el calor de Enrique.

Se desvisten lentamente, con pudor, ella se aproxima contra su pecho. El pecho de Enrique es otro bosque. Un bosque desconocido…De pronto la mente crítica de Aurora dice: ¡Basta! Voy a vivir, aquí y ahora, esta noche de amor con Enrique, sean cuales sean los detalles y las circunstancias. ¡Bien dicho Aurora! ¡Así hablan las auténticas heroínas! (nota de la autora).

En la soledad de la noche y el silencio la princesa y su príncipe se abrazan. Un silencio que se rompe con un grito del príncipe: “¡Ay, que me estás pisando Aurorita!” Una creciente oleada de cólera asciende por la garganta de Aurora. ¿Ha dicho Aurorita? La boca de Enrique cubre su boca a punto de estallar…, inunda su interior de un placentero calor que anula toda oposición. Aurora se abandona, su mente –siempre acechante- acepta la retirada mientras se dice – al igual que la actriz Vivian Leight, en su papel de Escarlata en la película Lo que el viento se llevó, cuando está a punto de ceder al impulso de ir tras el personaje masculino, encarnado por Clark Gable, que acaba de abandonarla: “Ya lo pensaré mañana…”

(La hoguera va decreciendo poco a poco. Se oyen los suspiros de Aurora antes de bajarse el telón)

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