El café Milán

Descubrí el café Milán una tarde de finales de octubre. Entré en él sin fijarme, precipitadamente, para resguardarme de la lluvia que caía a torrentes e inundaba las calles. Una vez dentro me despojé de la gabardina (suerte que la llevaba) y eché un vistazo a mi alrededor. Se trata de uno de esos cibercafé modernos, que cuentan además con un  surtido número  de revistas y publicaciones, en el que la decoración está cuidada al detalle. Adornaban las paredes gravados de Miguel Ángel, paneles de pinturas rupestres y otras expresiones artísticas más modernas, que hacían que en conjunto lo antiguo y lo actual conviviesen en perfecta armonía.

Me senté en una mesa del fondo, cerca de la ventana,

para poder contemplar la lluvia. Pedí un café bien cargado, tostadas y zumo de naranja, creyendo que la ocasión lo merecía, pues tardaría en amainar e iba a echar allí un buen rato. En estos pensamientos estaba, cuando se me acercó un sujeto que no vi venir, de aspecto descuidado, con barba de varios días y mal semblante. Antes de que pudiese objetar nada se sentó a mi mesa haciéndome con la mano el gesto de que guardase silencio. Nerviosa por la situación, comencé a mirar a mi alrededor en busca de posible ayuda y entonces, llevándose la mano al pecho, por entre la ropa sacó un sobre y me lo tendió.

-Es esencial que me guarde esta carta. Me dijo.

-Disculpe, pero yo no…

-Por favor, le ruego que me escuche sin interrumpirme, no dispongo de mucho tiempo.

-Pero…

-Estoy herido ¿entiende? ¡Herido de muerte!

-Mire, yo no le conozco. -Le dije, levantándome visiblemente alterada.

Me detuvo sujetándome de un brazo y bajando la voz me pidió, suplicante:

-Por lo que más quiera, señora, ayúdeme, en nombre de Dios, por favor…

No sé si fue esta súplica desesperada, o su semblante desencajado, lleno de sufrimiento, lo que finalmente hizo que me sentara de nuevo. Es posible que fuesen ambas cosas, junto a la escasez de clientes que pudiesen ayudarnos al uno y al otro a excepción del  camarero, que seguía pendiente de mis gestos, únicamente había en el local un par de parejas, ambas distantes de nosotros. Tomé asiento de nuevo, haciendo al chico de la barra un gesto de calma con la mano y me dispuse a escuchar lo que fuera que ese hombre tuviese que decime.

-Tiene que guardarme esta carta.

-¿A quién va dirigida?

-No va dirigida a nadie en particular. Cuenta una historia.

-¿A qué historia se refiere?

-Lo sabrá a su debido tiempo. Cuando muera el último testigo.

-¿Quién es el último testigo?

-Yo.

-¿Pero qué dice, hombre? No quiero saber nada de esto…

-Ya es tarde.

Se levantó de golpe, pero esta vez fui yo quien asió su chaqueta.

-¿Cómo se llama usted? ¿Quién es?

-Yo soy Sebastián. El verdadero.

Su mano retiró la mía de su chaqueta con decisió

n y se fue como vino, perdiéndose en la calle ágilmente, antes de que pudiese reaccionar. Me quedé alelada viéndole partir y cuando miré mi mano vi que tenía los dedos manchados de sangre. Horrorizada me limpié con la servilleta, guardándola en mi bolsillo,  y antes de refugiarme en el baño recogí el sobre blanco que había quedado sobre la mesa.

Me olvidé o quise olvidarme de la carta durante meses. La había arrojado al fondo del armario como se arroja una prenda que no nos gusta. Continué con mi rutina diaria sin volver a pasar por el café Milán ni volver a saber de él hasta que de nuevo vino a mi encuentro en forma de noticia, una mañana ya de mediados de marzo, a la hora del café, esta vez en la cafetería del hipermercado en el que trabajo. Los titulares del p

eriódico decían:

ESPECTACULAR TIROTEO EN PLENO CENTRO DE M.

Un joven, cuya identidad  se  desconoce, la emprende  a  tiros

en el café Milán con un señor de 85 años, vecino de  la  zona.

Sebastián Valle Menéndez, resultó muerto en el acto  a  causa

del incidente. El autor del disparo consiguió darse  a  la  fuga,

las fuentes policiales no  descartan  como  móvil  un  presunto

ajuste de cuentas, que al cierre de la presente edición sigue

sin poder confirmarse…

Acabé de tomarme apresuradamente el café y con un pretexto cualquiera- que comuniqué debidamente- me fui a casa. Durante todo el trayecto no dejé de pensar en la carta y en el hombre que me la había entregado. “Mi nombre es Sebastián. El verdadero.” ¿Qué demonios habría querido decir?

La carta continuaba intacta en el fondo del armario, tal y como yo la había dejado, debajo de toda la ropa, y contenía una historia increíble que tardé mucho tiempo en descifrar al completo. Una historia que me ha llevado en busca de nuevas pesquisas, haciendo que me adentre en un mundo desconocido, que me salió al encuentro una tarde cualquiera, en un café en el que nunca había entrado y que cambió el rumbo de mi vida.

Una historia que arranca y termina en un día de lluvia…

Nota: Este relato fue seleccionado como ganador en segundo lugar por el blog de WordPress El relato del mes en la categoría del tema Café del mes de abril de 2013 y se encuentra editado en formato digital por dicho blog.

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