Habitación 413

Habitación 413. (Manuela Vicente Fernández)

Publicado originariamente en 4 marzo, 2013 de 

En  la sección de Traumatología de la planta de Neurocirugía del Complejo Hospitalario de O parece haberse detenido el tiempo. El Hospital ha modernizado las otras plantas y ha dejado a ésta olvidada. Los enfermos se hacinan en las habitaciones. Apenas queda sitio para las camas y los sillones. Tocan a uno por enfermo. Hay tres enfermos operados o en vías de serlo, prácticamente inmovilizados, que disponen de un solo cuarto de baño compartido a su vez por los otros tres enfermos de la habitación contigua. Un solo inodoro, una sola ducha, para seis enfermos, que para más inri son tres hombres y tres mujeres. He venido como acompañante, han trasladado a mi familiar desde un hospital local, pequeño, de pueblo podría decirse, a este otro moderno y aparatoso, salvo en esta sección, claro está.

Abro la puerta que da al servicio y me dan ganas de sacar la cámara de video y grabar lo que estoy viendo. Me viene a la mente un programa de televisión que da información al público sobre estas cuestiones.

-¡Y tú que pensabas que este hospital era lo último! -Exclama mi marido.

 -Es que es lo último, en verdad -Respondo, consternada.

Los enfermos tienen dañada su movilidad y el inodoro está al final de un pasillo lleno de lavabos. Mi pobre enfermo se sienta a medio camino, tiene que llamar a una enfermera, que no da llegado. “En esta planta hay muchos enfermos, no damos abasto, me dice, llévale tú” “No puedo con él, tengo problemas de espalda”. “Yo también” me dice con descaro. “Traedle un andador, se lo ha prescrito el médico”alego. “Veremos si hay” me dice, dejándome a cuadros. ¡Pobres ancianos! Han cotizado toda su vida para que ahora les digan que no hay dinero. Según pasan los días van escaseando cosas.

-¿Podéis darme una caja de tisúes?

-Ya no quedan. A partir de ahora tenéis que comprarlos. Me acaba de decir la inspectora que ya no hay más y tampoco protectores.

Por la noche el tiempo se intensifica. Todos los enfermos empeoran. En la habitación 413 hay tres señores mayores que no duermen del dolor.

Ha venido una enfermera que parece un ángel. “¡Estará cubriendo una baja!” comenta la acompañante del enfermo de al lado. No siempre es así. Hay gente amable también, gente que no es ajena al dolor, que hace cuánto puede.

El señor de al lado tiene 81 años pero parece mucho más mayor.

“Ha sido un niño de la guerra. ¿Sabes que significa este término?” me pregunta su mujer, ya muy mayor también. “Su padre militaba en el bando de los republicanos. Lo apresaron, y su madre tuvo que cruzar andando desde Barcelona a Francia por el monte, con cinco niños pequeños, el más chico tenía cinco años. Era guapísimo de joven…” cuenta, enterneciéndose. “No me extraña, todavía lo es. Tiene unos ojos azules como el mar, la nariz aguileña, la piel muy clara. Sufre. Padece  una trombosis que le tiene paralizado el cuerpo. Es todo piel y huesos. Piel violeta, morada, de tantos pinchazos. “Duele”.-Exclama continuamente. “Duele mucho, joven.” “¿Qué es lo que le duele?”  pregunto, por decirle algo. “Me duele todo. Todo.”

“¿Tú crees que existe Dios?” Me pregunta su mujer. “Yo no creo que Dios esté por aquí-continúa- Si llega a morirse le tendré una misa en el pueblo por esto (señala la lengua, en un claro gesto de que lo hará para que no haya habladurías) solo una- me dice- los dos queremos que nos incineren. No hay Dios ni nada que se le parezca. ¿Dime, si no, a qué viene tanto dolor? ¿Somos tan pecadores que nos lo merecemos?”

-Puede que el dolor sea un medio para llegar al conocimiento -exclamo, absurdamente pedante sin pretenderlo-. Quiero decir- me corrijo- que quizás no somos perfectos, quizá algunas cosas únicamente podamos aprenderlas así, mediante el dolor.

-¡Bah! (Hace un gesto de desdén con la mano). -Nosotros teníamos un amigo sacerdote que estaba totalmente desengañado. Llegó a decirnos que si no se salía de cura era porque su madre se moriría de pena y porque no sabía hacer otra cosa.

No proseguimos la conversación. Hay mucho dolor en un hospital, pero también mucha humanidad. Compartes estas vivencias con gente a la que no conoces y a la que llegas a contarles tus penas como al mejor amigo, precisamente por ese anonimato. Sabes que hoy estás hablando con ellos y mañana te irás y no les volverás a ver. Sabes que ellos no te juzgan y tú tampoco lo haces.

La mayoría de las personas están enfermas emocionalmente, el cuerpo es únicamente un vehículo transmisor, un espejo que refleja el dolor del alma.

“¿Es ya la hora del calmante, enfermera?” Toda la noche en la sección de neurocirugía piden calmantes los enfermos. A la noche, entre el silencio y la penumbra, todo duele más.

Mientras les oigo, recuerdo la canción religiosa que dice: al final de la tarde os examinareis del amor… el amor incondicional, el amor puro. Me viene también a la mente una cita que dice que únicamente hay algo peor que no ser amado y es no saber amar.

Camino hacia la habitación 413. Hoy es él quien está enfermo. Mañana seré yo. Hay en esta habitación mucho dolor. Yo no veo pecado, pero quizás la culpa flote en el aire para que nos la repartamos. El que esté libre de ella que tire la primera piedra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s