La herencia de Luz

Luz del Valle era una joven solitaria. La soledad se le había quedado prendida al nacer, pues apenas llevaba unos minutos en este mundo cuando se convirtió en huérfana. Su madre tuvo el tiempo justo de saber que había tenido una niña, aparentemente sana, y de contemplar brevemente su carita, antes de exhalar el último aliento.

A Luz la criaron sus tres tías. Todas solteras, de las de ir a misa los domingos y a confesión los viernes. Todas ellas trataron de inculcarle la religión a base de ejemplo y sermones. Desayunaban todas juntas a la misma hora tras bendecir la mesa, y cuando la niña no iba al colegio se veía obligada a asistir al rezo del Ángelus a las doce del mediodía.

En casa de sus tías –que no era otra que la pasa paterna, que ninguna de las hijas, salvo su pobre madre, se había atrevido a abandonar- regían unas normas austeras y la agenda de Luz, estaba organizada al detalle ya desde su más corta infancia. Todas las mañanas antes de ir al colegio Luz dejaba su habitación en completo orden, la cama hecha, los enseres recogidos y el suelo limpio. Se ocupaba de ir a buscar la leche a la granja vecina y la hervía hasta tres veces –para matar los microbios- antes de verterla en las cuatro tazas que componían el desayuno de sus tías y el de ella misma. Bendecían la mesa turnándose cada día para dirigir las oraciones por riguroso orden de edad, de mayor a menor, de igual modo que a la noche antes de irse a dormir tenían por norma el rezo del santo rosario, cuyo rito dirigían del mismo modo.

Se jactaban las tres mujeres de dar la mejor educación posible a la hija de su difunta hermana, y aún agradecían al cielo la oportunidad de poder criar
ellas a Luz, pues aunque les pesase la temprana muerte de Clara, la madre de la niña, se santiguaban solo de imaginar qué habría sido de la pequeña de haberse criado con su pecadora madre. Desde muy joven, Clara, a cuyo nombre nunca rindió homenaje la más pequeña de las hermanas, dio indicios más que suficientes del mal camino que tomaría más tarde, pues rezongaba siempre a la hora de los rezos y aborrecía los domingos y fiestas de guardar y no se cuidaba de callarlo sino que lo pregonaba a los cuatro costados y más de una vez su pobre padre- que era un santo varón- se vio obligado a darle severos azotes que calmaban la voluptuosidad de su sangre.

No querían recordar las hermanas el vergonzoso asunto de la relación sentimental de Clara con el que sería el padre de Luz. Para bochorno del padre –menos mal que la madre ya no vivía por aquel entonces para verlo-  Clara se quedó embarazada sin hacer el menor preparativo de boda, ni ella ni el pobre Manuel, cuyo destino le tenía reservada una también temprana muerte, quisieron nunca casarse. Cuando ocurrió el desgraciado accidente que terminó con la vida de su amante, Clara perdió las fuerzas y la ilusión porla vida. Ni siquiera el saber que llevaba un bebé de Manuel en sus entrañas, logró que superara la terrible depresión a la que se vio abocada, al perder al único ser del lugar que la había comprendido y amado de verdad sólo por ser ella misma, sin pedirle más cuentas ni exigencias que su amor, que le entregó sin reservas desde el primer momento. ¿Cómo iba a sobrevivir ella- madre soltera, repudiada por todos- con su pobre  bebé? ¿En qué condiciones iba a criarlo sin el respaldo de Manuel? Aguantó por la vida que llevaba en su seno todo lo que pudo, pero cuando supo que había traído al mundo una niña, se rindió sin remedio.

Luz del Valle fue una niña fácil de criar, regordeta, por las muchas atenciones de sus tres tías, siempre prestas a alimentarla y a procurarle las mejores condiciones posibles para favorecer su sueño y apetito. En cuanto la niña fue creciendo y sus tías empezaron a tomar cuenta del enorme parecido que tenía la pequeña con su difunta madre, el temor a que ese parecido se extendiera también al carácter, hizo presa de las tres mujeres, y  siguiendo el consejo del padre Lucas, confidente y consejero de las hermanas, procuraron organizar la vida diaria de Luz de tal manera que el orden y la disciplina dejaran poco lugar para el ocio, causa primera y última de todos los males.

Pocas eran las horas que Luz tenía libres, por eso mismo disfrutaba de su soledad, habida cuenta del escaso tiempo de que disponía para ella misma. No jugaba nunca con los otros niños de la aldea en que vivía, ni tiempo tenía de extrañar el juego, puesto que estaba siempre ocupada. Pero ya dice el refrán que lo que Dios cubre con una manta lo destapa el diablo con una campana, y en el escaso tiempo de recreo que suele haber en los colegios, Luz oía los comentarios de los niños, siempre indiscretos y espontáneos como suelen serlo a corta edad:

-Dicen en mi casa que tus padres no iban a misa y que por eso Dios los castigó, ¿tú no serás como ellos, no? La increpaba Paula, la hija de Don Eleuterio, el alcalde.

-Dios no castiga a la gente por no ir a misa, Paula. -Respondió Demetrio, que era hermano de ésta última, haciéndole un guiño de amistad a Luz.

Luz agradeció con una sonrisa la defensa de Demetrio, mientras en su fuero interno se imaginaba a un Dios que se parecía mucho a Don Mateo, el maestro, pasando lista de los asistentes a misa. ¿Realmente era un pecado tan grande no acudir al oficio de los domingos? ¿Qué podía importarle a Dios que ella se quedase durmiendo? ¿En qué afectaba a las leyes de la iglesia que ella asistiese o no a misa?

-¿Tú crees Demetrio que es pecado no asistir a misa?- le preguntó a bocajarro Luz a Demetrio, la próxima vez que se encontró al chico, que era unos cuatro años mayor que ella, que contaba entonces con catorce años recién cumplidos. Demetrio, que estaba a punto de pasarle el cántaro de leche que Luz iba cada mañana a buscar a su granja, se la quedó mirando confuso, y en ese momento la tierna belleza de luz le confundió más, porque se percató de que la niña ya no lo era tanto, con su larga melena dorada llena de bucles que se escapaban de la austera red con que intentaba recogerlos, Luz tenía un aire de misterio que le intrigaba.

-¿Qué importa que sea pecado o no, Luz? ¿Tú sientes que lo es?

-No, la verdad es que no.- Respondió ésta.

-Pues entonces no puede serlo.

-¡Qué fácil lo haces todo Demetrio! ¡Si te oyesen mis tías!

-¡Pues será mejor que no me oigan!

Ya se iba Luz cuando el chico no pudo reprimir el impulso de llamarla:

-Luz…

Se volvió ella y tras un breve carraspeo soltó Demetrio:

-¿Puedo verte esta tarde?

– ¿Esta tarde? ¡Imposible! Tengo que cardar lana con mis tías.

-Entonces… ¿cuándo?

Luz era consciente de que no debía quedar con el muchacho, pero en su fuero interno decidió seguir el razonamiento que él mismo le había enseñado ¿ella sentía que hacía algún mal quedando con el chico? No, en verdad no podía decirse que hubiera mal alguno en estar un rato con él, además hablar con él era tan agradable…, por no reconocer lo guapo que era, definitivamente, podía quedar con él sin problemas.

-Mañana por la tarde mis tías irán a la ciudad a comprar…

-Perfecto pues. Te veo en el olivar del soto ¿quieres?

Luz y Demetrio pasaron a verse todos los días y si no podían verse de día, se veían de noche. Todas las horas eran escasas para quererse, hasta que Luz cayó enferma. No podía comer porque al poco vomitaba todo lo que había ingerido, se mareaba, tenía fuertes dolores de cabeza y adelgazaba sin remedio. Sus tías la llevaron al médico asustadas. Cuando salieron de la consulta no hablaron palabra. Al llegar a casa la encerraron en su habitación.

Pasaban los días y Demetrio se volvía loco al no tener noticias de Luz. Una tarde reunió el valor que necesitaba y se acercó a  la casa de las tres hermanas.

-¿Dónde está?  -Preguntó a la mayor de sus tías, apenas ésta le hubo abierto la puerta.

-Está dónde tú nunca podrás verla, cumpliendo la penitencia de haberse enredado contigo.

Demetrio no pudo explicar nunca el furor ciego que le embargó por dentro y que hizo que golpease a Herminia, la mayor de las tres hermanas, hasta la extenuación. Cuando Elvira y Remedios, las otras dos tías de Luz, llegaron al porche, ya no pudieron hacer nada por su pobre hermana, que yacía en el suelo, descompuesta, rota como una marioneta. Demetrio se fue sin volver atrás la mirada, aterrorizado de su propia ira, porque sabía que si osaba mirar a alguna de éstas acabaría con sus vidas del mismo modo.

Don Eleuterio no volvió a ver a su hijo. Nadie pudo saber nunca dónde se fue Demetrio. De Luz contaban que la encerraran en un convento bajo el acuerdo de criar allí a su hijo o de darle en adopción al nacer, según quien contase la historia. Hubo versiones para todos los gustos.  Pero lo cierto es que Demetrio la encontró, y esto lo sé porque lo vi con mis propios ojos, porque aunque él no me lo dijo, y se hacía llamar Damián, pude reconocer la marca que le quedó en la mano, tras rompérsela contra la verja, lleno de ira como estaba, en el desafortunado incidente que costó la vida de Herminia.

Ahora soy ya muy viejo y he oído demasiados secretos en el confesionario, pero este lo he descubierto por mí mismo, ya que le reconocí desde el principio, cuando vino a verme para solicitarme el informe que le permitiera entrar en el convento de San Patricio. “Padre Lucas, ayúdeme, servir a la comunidad de monjas del convento es la única razón de mi vida” sus ojos azules me conmovieron y en lugar del cuerpo inerte de Herminia, vi a un hombre enamorado, roto de sufrimiento, pero aún con esperanza. Luz estaba allí,  yo era el único que lo sabía, por sus tías Elvira y Remedios. El bebé que esperaba había nacido muerto, esto era lo único que preocupaba a sus tías, empeñadas en que la estirpe que traía la “herencia” de Clara no se perpetuase. A mí siempre me había gustado Luz, la pequeña tenía realmente luz en los ojos, pensé que no podía llevar sobre mi conciencia el peso de que esa luz se apagase, así que le di el informe que necesitaba, y de paso también, mentalmente, la absolución por lo que había hecho.

Nota: Este relato resultó ganador  en la categoría de tema libre del mes de abril 2013 en el blog de WordPress  El relato del mes y se encuentra editado  digitalmente en el libro El relato del mes 2013 editado por dicho blog.

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