Daños colaterales

Os creéis dueños de estas tierras porque se las habéis arrebatado a los franceses, quienes, ya lo sabéis, no tenían derecho a ellas, pues son propiedad de nosotros, los indios.”

                                               (Nimwha, diplomático Shawnee a George Croghan, 1768)

Región de los Grandes Lagos (1763)

I

La vida huele a pólvora. Me despierto con ese olor que no se va nunca. Toda la casa huele igual y lo mismo pasa con la ropa. Hasta Anna, tierna como un fruto apenas formado, parece impregnada de ese olor. Si abro las ventanas para ventilar las habitaciones el olor se intensifica aún más. Las gentes esperan el final de la guerra como si fuese el final de un túnel oscuro y de allá en adelante sólo hubiese luz, pero el final de una guerra no llega hasta que la vida se acaba, porque los recuerdos de la contienda nos acompañan siempre. Sé que este olor se quedará prendido a mí y sólo espero que la lucha termine para que no se derrame más sangre (que es del mismo color tanto si es sangre india como británica) y para que Anna no crezca en medio de esta contienda. Sé que si el conflicto persiste tendré que llevármela de aquí y regresar a Londres, de dónde nunca debí salir.

Peter coge a la niña en brazos y se ríe, en un momento parece dejar atrás las estrategias, la tensión del combate y las noches de intensa vigilia. Juega con la pequeña como si viviésemos en un remanso de paz y no en esta maldita colonia. No se cómo lo hace, pero no se le nota el cansancio, la intranquilidad ni la agonía que supone vivir en medio de dos bandos que luchan encarnizadamente. Pero lo cierto es que no se le nota porque él se cree del bando ganador. Quizá soy solamente yo la que se siente en medio.

II

Era de media mañana cuando la vi. Supe que me había alejado demasiado, pero no me eché atrás. Estaba lavando en el río con su bebé a cuestas. Es increíble cómo estas indias trabajan siempre del mismo modo. Envuelven a sus pequeños en un fardo que atan desde la espalda alrededor de su cuerpo y siguen su vida con ese pequeño peso a cuestas, como si fuesen igual de ligeras. Al verla, lavando la ropa con su criatura pegada a ella, me pregunté una vez más quienes éramos nosotros para venir aquí a arrebatarles sus tierras y a imponerles nuestra forma de vida. Cuando Peter me habló de venir con él a este lugar, me contagié de su entusiasmo sin medir las consecuencias, ahora que tengo a Anna, me doy cuenta del tremendo error que supuso seguirle en esta contienda.

La joven india me ha visto, recoge sus cosas a toda prisa, yo levanto la mano en un gesto que pretendo sea de paz, pero noto que ella me rehúsa, aunque por un momento sus ojos se quedan prendidos de los míos y veo que está mirando la cesta en la que llevo las hierbas y plantas que he salido a recolectar. Se va antes de que pueda intentar acercarme a ella.

III

Las colonias de los británicos  que  delimitan  las extensiones indias son como un mini-país en sí mismas. Tenemos médicos y enfermeras que atienden nuestras necesidades, así como todo tipo de atenciones, pero no me acostumbro a vivir aquí, dónde las palabras: guerra, heridos, combatientes, sangre, emboscada, son tan comunes. Aunque todos hagamos ver que estamos insensibilizados, y que intentar apoderarnos de los territorios indios es la empresa más noble, en el fondo, por lo menos en lo que a mí respecta, me siento como una usurpadora.

Hablan del levantamiento como si fuesen los indios los que nos enfrentan, cuando en realidad no hacen más que defender lo que es suyo. El otro día no pude evitar entrar en la polémica al oír al general A.  hablar como hablaba:

– Los Ottama son despiadados por naturaleza, se vengarán sin tregua. Se reproducen sin descanso, matas cien y aparecen doscientos, la única solución es transmitirles el virus  para que se propague entre ellos.

Hablaban del virus de la viruela, había oído a Peter comentarlo el otro día, cuando pensaba que yo no estaba en casa. La idea de envolver los cuerpos  en mantas infectadas por el virus, me producía un horror indescriptible, una aversión hacia nosotros mismos que no podía contener.

– Esa treta es abominable. Somos peores que los animales. – Dije causando un estupor general en todos ellos.

– Mary es la hora de la comida de Anna, no crees que deberías…

– Sí, Peter, tienes razón, debería estar en casa, pero no aquí. Aquí nunca podrá ser mi casa.

Peter me traspasó con esa mirada suya tan dura, que en ocasiones me hace preguntarme qué hago a su lado.

– Mary, te tengo dicho que no entres en nuestras conversaciones.- Me dijo a la noche, cuando Anna ya estaba acostada y Jane, nuestra nodriza, se había retirado.

– No he podido evitarlo, Peter. Ellos son tan personas como nosotros.

– Esto es una guerra Mary.

– Ya, pero ellos tienen familia, niños pequeños que  se quedarán sin padres…

– Eso se llama “daños colaterales” Mary, son inevitables, ¡menos mal que las mujeres no hacéis las guerras!

– No. Únicamente parimos y criamos a los futuros guerreros.

– ¡No seas tan dramática! La ley del más fuerte será la que prevalecerá, es selección natural…, la conquista forma parte del hombre, está en su naturaleza y permíteme decirte que, gracias a esa sana ambición, hemos progresado como especie.

Me he retirado a la habitación para no desesperarme oyéndole. ¡Selección natural dice! Es una matanza, y lo peor es que según parece no llevábamos la de ganar. Tengo miedo. Le he escrito a Mildred para que intente arreglar mi vuelta a casa, sé que hablará con papá, espero que ahora que tengo a Anna se ablandará.

No soy capaz de dormir. El olor a pólvora persiste, siempre persistirá, por muy lejos que me vaya. Esta guerra ha cambiado a Peter. Cada día recibimos con espanto la noticia del recuento, cada vez más numeroso, de los soldados británicos muertos a mano de las distintas tribus. El odio irracional de Peter se intensifica, como si no fuésemos todos responsables de esas muertes. No se puede subestimar al enemigo. El enemigo. Es curioso, recuerdo constantemente a la india que vi esta mañana en el río. En sus ojos pude ver también un tinte de odio intenso, mezclado con orgullo.  Sé que no vamos a poder echarlos, porque no están luchando únicamente por sus tierras, luchan por su libertad.

Nota: Este relato fue seleccionado como ganador en la categoría: Odio, en el  mes de mayo 2013 otorgada por el blog de wordpress  El relato del mes, y está recogido en la antología digital El relato del mes 2013 publicada por dicho blog.
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