El regreso

Era mediodía cuando di por finalizada la penosa labor que me había llevado hasta la finca. El sol apretaba con fuerza y la naturaleza brillaba agradecida después de tantos días de lluvia interminable. El campo tiene tal intensidad de colores y formas que hace que las emociones que sientes en tu interior se acrecienten, llegando a límites insospechables.

Me gustaría decir que en ese día espléndido, de primeros de junio del año 94, me sentía feliz, disfrutando de las extraordinarias vistas que se extendían a mis pies. El paisaje abarcaba todo el valle en el que se asienta el pueblo de Orgán, con sus casitas blancas alineadas al borde del camino que, serpenteante, asciende hasta lo alto de la vieja ermita  de la Soledad. Es indudable que quisiera afirmar que, a mis 45 años, me sentía pleno y dichoso  ese mediodía, pero lo cierto es que me sentía derrotado, miserable y ofuscado como nunca lo había estado anteriormente.

Sentado sobre la tierra húmeda que cubría el cuerpo de Tómbola, mi último gran amigo, que me había acompañado fielmente durante el largo invierno, tenía muy claro cuál iba a ser el próximo paso que me tocaba dar, por desagradable  y repugnante que me pareciese.

-Adiós, viejo Tómbola, no hubieses podido sobrevivir en otro sitio, y la verdad, me alegro de no tener que dejarte al servicio de ese miserable traidor.

Enterré en la removida tierra, a modo de despedida, el hueso mordedor con el que el viejo perro solía entretenerse a mis pies, en las largas veladas que pasábamos juntos, y comencé a descender hasta el pueblo.

Dicen que los sueños que se truncan se te pudren en el pecho como una herida, que si no saneas debidamente, llega a infectarse hasta extenderse por tu sangre, envenenándote sin remedio. Sentía infectado el aire que respiraba, me pesaban los pasos que daba, como si cada uno de ellos fuese el resultado de un titánico esfuerzo en despegarme del suelo.

La casa de Darío Montalvo se hacía notar, frente a las otras casas, en el centro del pueblo. Su fachada con los escudos que tan ostentosamente realzaba, no invitaba a entrar a un tipo como yo, un don nadie, que venía a entregar la última carta que le quedaba, para dar por zanjada definitivamente la apuesta hecha veinticinco años atrás, cuando ambos éramos apenas unos adolescentes:

-Voy a ser el dueño del pueblo, ya lo verás- Apostaba un joven Darío que, ya por aquel entonces, tenía madera de líder y prometía llegar lejos.

-Tendrás que vértelas conmigo- le reté al vuelo.

-Al final venceré, ya lo verás, sólo habrá espacio para uno de los dos.

¡Maldito Darío! Se quedó con Ana, la chica más guapa del pueblo. Mi primer gran amor, con la que apenas tuve opción de quedar, en los escasos ratos libres que me quedaban tras el trabajo con mi padre en el taller. No pude competir con el Ford Fiesta de ocasión en que paseaba Darío, con sus camisas almidonadas, pulcramente planchadas. A mí se me pegaba la grasa del taller como una segunda piel, que por más que restregase al bañarme se negaba a desprenderse del todo.

¡Miserable diablo! Cuando me fui a buscar suerte fuera del pueblo, tras la quiebra del taller, contrató a mi padre de jornalero, el pobre hombre le sirvió tan fielmente que, hasta los domingos, no se despegaba de sus fincas y sus viñedos, excediéndose tanto en su labor que acabó cayendo enfermo. Entonces fue también Darío el que asumió los costes de su enfermedad, pues mis bolsillos estaban siempre vacíos pasándole a Clara la manutención de nuestros dos hijos gemelos, Raúl y Esteban, después de que ella me dejase por el entrenador de futbol de los niños. Fue Darío el que, mes a mes, me iba pasando la abultada factura de los gastos médicos, “sólo para que veas a cuánto asciende y vayas haciendo las cuentas, no te apures, que no me corre ninguna prisa, ya me hago cargo de la situación.”- Me decía, el viejo zorro ¡él sí que sabía hacer cuentas!

Cuando esta pasada navidad el corazón de mi padre (único ascendiente que me quedaba) se cansó de latir y me vi obligado a regresar al pueblo y revisar mi herencia, pude ver que lo único que mi progenitor había podido dejarme era a Tómbola, el viejo perro labrador, además de las numerosas deudas. Todo estaba empeñado, las fincas, la casa. Todo. Mi padre le debía a Darío hasta su penosa vida. No tenía opción. Había que saldar las deudas.

Cuando el odio se mezcla con el agradecimiento sale un cortado difícil de digerir.

Eran las tres de la tarde, cuando deposité en la mesa del despacho de Darío lo último que me quedaba: el título de propiedad de la casa y las fincas  (incluida la del postrer descanso de Tómbola). La dignidad hacía ya mucho tiempo que me había sido arrebatada.

 
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