Mario Y Mr.hyde

Mario y Mr. Hyde (Manuela Vicente Fernández)

 

“Y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas.”

Henry Jekyll en El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde

                                                  (R.L.Stevenson)

Testimonio de Mario:

La primera vez que le puse la mano encima a Nuria pasé tres días fuera de casa. Recuerdo que conduje como loco durante horas, pisando el acelerador a fondo y saltándome varios semáforos en rojo. Oía tocar el claxon a los conductores como si oyese llover. Me he preguntado muchas veces porqué la providencia quiso que no tuviese ese día un accidente, aunque es posible que, de haberlo tenido, se hubiese saldado con la vida de algún inocente y no con la mía. Tampoco me pararon en ningún control ni ningún radar registró mi conducción temeraria. Lo cierto es que tampoco ocasioné males mayores del que ya había cometido con ella.

Mi amada Nuria. Nada más verla supe que era un ángel del cielo. Hubiese dado entonces cuánto poseía por preservarla de todo mal. Ignoraba que debía preservarla de mí mismo, de este otro en realidad, que habita en mí y cuya presencia desconocía totalmente en aquellos momentos.

Nos casamos tan jóvenes, tan enamorados, tan llenos de ilusión que nada hacía presagiar el abismo que nos esperaba.

Hoy lo confieso: La adoraba tanto como me temía a mí mismo. Me había controlado siempre, pero sabía que habitaba en mí una bestia, porque la oía rugir, agazapada, pero siempre al acecho.

Nuria era tan hermosa, tan pura, tan perfecta que rozaba el límite de mi equilibrio mental. No soportaba la idea de perderla y esa idea crecía en mi interior avivada por cualquier comentario:

-¡Vaya esposa que tienes tío! Yo que tú no la sacaba de casa.

Estas bromas que suelen hacerse entre amigos me dejaban clavado. Llegaba a casa y su

angelical sonrisa despertaba mi ira.

Ella callaba. Callaba. Y eso era peor todavía. Porque no tenía una falta, una excusa para atacarla, más que su mera presencia.

Aquel primer día en que le puse la mano encima no pude parar. Ella estaba tan bonita…

¡Dios, no puedo soportarlo! Traía puesta una falda cortita que se había comprado en el mercadillo y una camiseta de tirantes ceñida que enmarcaba su cintura y la hacía parecer una muñeca.

-¡Quítate esa ropa inmediatamente! Le dije nada más verla. -Pareces una fulana.

-¿No te gusta? –Me preguntó con su cara inocente- Sus labios eran tan sensuales…

-¿Qué si me gusta que mi mujer parezca una cualquiera? ¿Es eso lo que me preguntas?

La insulté, la abofeteé y la continué abofeteando cuando se levantó. Cuánto más horrorizada era su mirada más la pegaba. No soportaba verme reflejado en ese espejo que eran sus ojos. No podía sino reafirmarme en la rabia ciega que me embargaba.

Paré en un club de carretera y me emborraché. Veía la cara de mi padre en el espejo del motel dónde pernocté. Cuando logré despertarme de la cogorza que llevaba veía al puto viejo. Se me había metido en la piel por algún resquicio que quedó abierto desde quien sabe cuánto tiempo atrás. No quería recordarlo. Durante años los recuerdos se enterraron en mi subconsciente sin que ninguna llave pudiese abrir la puerta que los franqueaba. Hasta Nuria. Nuria, me recordaba tanto a mi madre…

“El hombre es el único animal que termina matando lo que ama”. Leí en una ocasión.

Sé que nadie puede exonerarme de mi culpa. Sé que nadie puede creerme pero yo amaba a Nuria. Yo, no este perro salvaje que llevo dentro. Ese odia a todo el mundo, principalmente a mí mismo.

No debí volver a su lado. Debí irme para siempre. Debí hacer lo que voy a hacer ahora. Pero volví. Volví para matarla lentamente. Una y otra vez en cada golpe, en cada vejación.

Nuria leía el dolor en mis ojos:

-No me pegas a mí, Mario. Te estás pegando a ti mismo y lo sabes.

Ya dije que era un ángel. Me lo puso fácil. Nunca se resistió. Una noche me lo dijo:

-Estoy embarazada, Mario.

Pensar en un hijo mío con los genes del viejo me desesperó. Me emborraché hasta los tuétanos y volví a hacerlo, esta vez más fuerte, más y más. La llevaron al hospital, yo llamé a la ambulancia y me fui, dejé la puerta abierta.

No se despertó. A mí no me encontraron. Emitieron una orden de búsqueda. Nuria jamás me había denunciado. Nunca.

Ahora voy a reunirme con ella. El viejo me mira. Se ríe desde el puto espejo. Piensa que ha vencido. Pero su estirpe se acaba aquí. Yo soy su único hijo.

Sé que no van a cumplir mi última voluntad. Porque yo quisiera que me enterraran con Nuria. En su misma tumba. Junto a ella. Sé que no lo harán, porque piensan que soy su asesino. No saben que cuando encuentren mi cuerpo será el cuerpo del pobre Mario, el que amaba a Nuria, el que la adoraba, y no el monstruo asesino que la mató y cuya alma estará por entonces ardiendo en el infierno.

 

Nota: Este relato resultó ganador en la categoría Tema del mes: Confesión  ( noviembre 2013) otorgada por el blog de wordpress: El relato del mes, y forma parte de la antología de relatos El relato del mes 2013 editada por dicho blog en formato digital.

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4 comentarios sobre “Mario Y Mr.hyde

  1. Trato de abordar el personaje desde sus distorsiones mentales, Paola. Es un hombre enfermo, víctima a su vez de la genética y el ambiente de su educación. No trato de justificarlo (aunque el personaje de alguna forma, parezca intentarlo) ¿Cuándo empezó? ¿Dónde está el origen? son preguntas que planteo. Es un tema muy duro. Este relato obtuvo el segundo premio referente al tema: “Confesión” en el blog de wordpress “El relato del mes”.

    Una vez más, gracias, por tu visita y palabras.

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