Un lugar bajo el sol

Aparqué el coche a la entrada del pueblo y me dispuse a cubrir a pie los escasos metros que distaban del cementerio. Al poco de echar a andar salieron a mi encuentro dos mastines ladrando acaloradamente, al tiempo que un silbido les llamaba al orden. El que parecía ser su dueño, un hombre de una edad entre los sesenta o setenta años, apareció tras un recodo del camino. Iba encorvado y portaba al hombro una azada.

-No tenga miedo, ya lo dice el dicho: “Perro ladrador, poco mordedor”.

Se me quedó mirando y frunciendo los ojos me preguntó:

-¿Busca algo? Lo digo por si necesita ayuda…

-No se preocupe, voy al cementerio. Ya sé dónde está –repuse, cortante.

Me miró detenidamente y, aunque hice ademán de proseguir, molesta por su escrutinio, su voz me detuvo:

-¿No eres tú la hija de Amparo Ribera?

-Yo soy –respondí escuetamente.

-¡La de tiempo que ha transcurrido! Te reconozco porque eres igual que tu madre, los mismos ojos, la misma expresión al hablar…

-Me voy. Se me hace tarde…-Interrumpí.

-Desde luego  -respondió- Con el cambio de hora ya se acerca la noche, y estar en el cementerio en un día como hoy…

Un día como hoy… Vísperas de fieles difuntos. Lo sabía bien. En la tumba de Amparo Ribera puede leerse una fecha: 1 de noviembre de 1990. Ese día no pude acompañarla a su última morada. No pude porque estaba en el hospital, rota por el accidente que tuvimos y por la conmoción. Acababa de descubrirlo. En su bolso había encontrado una carta que no llegó a enviar nunca. Su secreto mejor guardado. También el mío. Es por eso que no volví al pueblo nunca más. Hasta hoy. Cada año que me propuse venir me faltó el valor en el último momento. Por eso este año no pensé en el tema, hasta que hoy 31 de noviembre, arranqué el coche y vine. Sin pensar. Traigo la carta, oculta entre el ramo de flores artificial, que voy a dejar dentro de la vitrina que aísla su lápida. Está doblada en mil y un trozos diminutos, y asentada en la base del florero de porcelana de Sèvres que porta las flores. Otro ramo -natural esta vez- de camelias y dalias, sus flores preferidas, cuyo perfume inunda ahora mis sentidos, es el que deposito a los pies de su lápida.

“Querida m… ” no soy capaz de pronunciar la palabra. La palabra mil veces pronunciada, millares de veces, la más pronunciada. Duele, y no digo nada. Entretejida con su carta he dejado la mía, no hace falta decir más.

Deposito los ramos de flores –uno dentro de la vitrina, que cierro con llave, otro fuera, sobre la tierra aún húmeda por la lluvia de ayer- Acerco mis labios al cristal que protege el mármol  y me voy. Al cerrar la verja del cementerio alzo los ojos por inercia hacia la parte alta del pueblo. Se divisa la casa donde pasé mi infancia y mi adolescencia. No me preocupa el viejo, ahora me tranquiliza saberlo. No me importa quién pueda ser el otro. Quizá debiese importarme, pero prefiero no saberlo. Oigo en mi mente la voz del hombre con el que acabo de tropezarme: “Eres igual que ella…” una duda incipiente que no dejo transformarse en certeza, asoma por un instante antes de que la deseche al olvido. “No quiero más pasado.” Me basta con una certeza.

Eusebio estará ahora calentando la cena en su cocina de leña. Tal vez mañana, el hombre que caminaba encorvado le preguntará por mí, al no verme en la misa de difuntos, y él aparentará saber, formulará una excusa: “Tiene un largo camino hasta Salamanca y ha tenido que irse…” quizás el otro se formule varias preguntas más en su fuero interno. No me importa lo que hagan. Allá cada cual con sus asuntos. Este lugar no es el mío. Nunca lo ha sido. He dejado el pasado en él.

 
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