Las riendas de la vida

Durante muchos años he intentado ser lo que se denomina “un hombre civilizado”, pero no pude ocultar mi condición por más tiempo. Al final nuestra verdadera naturaleza siempre acaba por imponerse.

Pasaré a relatarles los hechos tal como se dieron en mi vida o por lo menos tal y como yo los percibí. Soy muy consciente al relatar mi historia de que, si bien ahora la inmensa mayoría de las personas me toma por un salvaje, después de oír lo que voy a contarles, es seguro que me tomarán por loco, pero como en cualquier caso las etiquetas ni me van ni me vienen, la contaré de todos modos. Tan sólo quiero que sepan de antemano que ni busco ni necesito que se comprenda mi proceder en ningún momento y que el único fin que me mueve a dar explicaciones de mi conducta es el que ustedes mismos me exigen, pues veo que es la única forma de que me dejen en paz. Sepan que está será la primera y última vez que hablaré con cualquiera de ustedes, así que tal y como me han prometido, en lo sucesivo no vuelvan a molestarme, porque no hablaré más.

Intenté hacer vida marital con Marina pero me fue imposible. Este fue mi único gran error: casarme, pues desde el primer momento ella se empeñó en “sociabilizarme”, como solía decir, entendí pronto que lo que pretendía era no menos que “estupidizarme”, así que al final me fui con él, que sí me comprendía.

Aproveché para traérmelo a casa un fin de semana en que Marina no estaba. Hacía tiempo que sus relinchos le molestaban:

–Ese maldito caballo está loco, no sé a qué esperas para deshacerte de él -decía, la muy ignorante.

Yo callaba, pues entendía claramente lo que el caballo me gritaba todas las noches:

–¿Cómo puedes soportarla? ¿Cuándo vas a venir conmigo?

Hube de pedirle paciencia, pues hasta en tres ocasiones intentó entrar en casa. Una noche le pillé intentando romper el pestillo de la puerta haciendo presión con sus herraduras.

–Si no te libero yo, siempre serás su esclavo  -dijo.

Creo que fueron estas palabras, tan duras y certeras, las que me decidieron. Pero, aunque el caballo y yo éramos amigos desde hacía tiempo, no estaba seguro del resultado que la convivencia con el equino podía acarrearme, por lo que me decidí a invitarle a casa de forma esporádica, en breves periodos susceptibles de prorrogarse si nuestro entendimiento era bueno.

Como digo aquel fin de semana en que Marina se fue (por un asunto familiar que no viene al caso) tuvo lugar nuestra primera prueba de fuego.

Yo estaba sumamente preocupado por las cuestiones físicas: cuánta cantidad de comida (fundamentalmente heno) le serviría estando en casa, de qué forma iba a improvisar un lecho que fuese lo suficientemente cómodo para los dos y otras cuestiones por el estilo; también me preocupaba el posible ruido, nunca había compartido mesa y techo con él y a juzgar por el temperamento  impetuoso que mostraba las últimas semanas, sabía que todo podía suceder. No obstante en cuánto llegó mis temores se disiparon.

– No te preocupes, te imitaré en todo. Los caballos tenemos el don de la adaptación. –Me dijo leyendo mis pensamientos.

Todo fue estupendamente durante aquellos dos días. Después de cenar nos tumbábamos en la alfombra y recostado sobre su lomo yo solía leerle en voz alta cuentos de mis autores favoritos; él me pedía una y otra vez que le leyese los cuentos de Poe, por el que sentía verdadera adoración.

El fin de semana pasó tan rápido que no tuve tiempo de reacomodarme a la dolorosa realidad de mi existencia. El monstruo marino regresó. Sí, ya sé que les parezco cruel al nombrar de este modo a mi mujer, pero para mí era un ser abominable que ya no podía tolerar, no mostraba ni un asomo de sensibilidad:

–Toda la casa huele a animal. ¡A saber qué habrás hecho en mi ausencia! Cada vez te vuelves más raro… ¡a ver cómo puedes explicarme todas estas briznas de hierba que encuentro por todos lados!

Yo callaba mientras trazaba planes. Ya saben del dicho: Si Mahoma no va a la montaña…Pues sí, acabé yendo a pasar la noche al establo. Teníamos la dificultad de no poder encender la luz, viéndonos privados por tanto, de nuestras lecturas nocturnas. El haberlo hecho llamaría la atención de nuestros vecinos que, alarmados, podían acercarse de forma inoportuna.

Al final fuimos descubiertos. Fue durante las pasadas Navidades. Marina hizo la maleta y me dijo que no pensaba aguantar más el tufo de animal que yo despedía, que sabía que estaba mejor en el establo que con ella y que no pensaba regresar. El caballo y yo hicimos una gran fiesta. Le permití incluso relinchar a su gusto mientras yo tocaba el piano. Estábamos tan extasiados que no sentimos la llave.

Se pueden imaginar la escena que ambos componíamos. Estábamos ebrios de vino y de felicidad. El equino cantaba apoyado a dos patas sobre el piano, mientras yo reía de alegría. La familia de Marina no pudo entenderlo. Llamaron a emergencias con el fin de embutirnos en una camisa de fuerza. Entonces él se convirtió en Clavileño, aquel caballo que volaba, con la salvedad de que mi caballo no era de cartón, pasó veloz por encima de todos ellos y huimos al bosque.

Hoy por hoy, sólo turban nuestra felicidad los numerosos ojos que nos espían, cámara en mano, para captar una instantánea nuestra. Hasta han intentado venir con policías, para protegerme, claro. Nuestra especie es la única que protege a las especies de sí mismas, hasta el punto de llegar a asfixiarlas. Es por esto que me he decidido a contarles mi historia. Publíquenla, denle todo el morbo que quieran; ojalá sirva para que  algún día al ser humano se le permita tomar libremente el camino que elija. Valga este primer paso para que, en un futuro, cada quien pueda tomar sin miedo las riendas de su vida.

https://elrelatodelmes.wordpress.com/2013/06/18/las-riendas-de-la-vida-manuela-vicente-fernandez/

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