Una semana de convivencia

Se que no me creeréis, pero necesito contarlo, aún a riesgo de que me creáis loca. No soy una maldita pirómana. Yo no hubiera incendiado nunca la casa de mis anfitriones, porque no soy en absoluto del tipo de persona que muerde la mano que le da de comer. Ni mucho menos. Pero cuando acepté irme a Francia como estudiante en una familia de acogida, de ningún modo podía imaginar lo que el destino me tenía reservado.

Todo iba medianamente bien hasta aquella última mañana del mes de junio, justo cuando terminaba la semana de convivencia. Lo se, no faltaba más que ese día, ese último día, pero no pude soportarlo más. A decir verdad, ya de víspera había empezado a notar cambios muy sutiles,  difíciles de explicar. A la hora de la comida, por ejemplo, hubiera jurado que Maxim me estaba gastando una pesada broma de no ser por el cariz que tomaron los acontecimientos al día siguiente. Pero sí, tenía algo, algo sumamente raro, algo de…insecto. Eso es. Le sorprendí varias veces succionando la comida. Hubo incluso un momento en que me pareció verle asomar un par de largos apéndices, colmillos, qué se yo… Traté de fijarme más pero entonces me sonrió y  ya no vi más que sus dientes: blancos y pequeños, perfectamente alineados, sin nada absolutamente anormal. Me concentré en mi plato y volví a oírle succionar, un ruido grotesco, tenue para todos los demás según parecía, pero desconcertante e inexplicable para mí. Intenté observarle por el rabillo del ojo y entonces pude ver sus largas pinzas de crustáceo. oh Dios, teníais que estar allí. Llegó un momento en que mis nervios me traicionaron haciéndome derramar el contenido de mi vaso. Entonces fue la madre de Max, la que alargó su cuello haciendo brotar dos antenas negras altísimas. Sin duda las setas eran alucinógenas. No encuentro otra explicación razonable.

Con la excusa de estar cansada me retiré a mi habitación confusa y nerviosa en grado sumo. Tardé mucho en templar mi ánimo y poder conciliar el sueño, lo que finalmente conseguí gracias a mis inseparables composiciones clásicas. No hay nada como escuchar a Bach para relajar los sentidos. Sería ya medianoche cuando me despertó un extraño ruido. Se trataba de una especie de arañazo que sonaba como una garra rasgando la madera, un ruido espeluznante que ponía los pelos de punta. Con el recuerdo de la cena aún fresco en mi memoria me faltó poco para gritar, más el ruido cesó repentinamente y reinó un silencio  que me llevó a creer que todo eran imaginaciones mías. La cena me había sentado mal, seguro, algún tipo de ingrediente disparaba en mí unos terrores absurdos, inexplicables. Ciertamente me sentía mareada, embotada. Quizá estos franceses tan aficionados a las especias se habían pasado con alguna de ellas. A saber si serían de esa clase de gente que mezcla algún tipo droga en algunas preparaciones culinarias. Sin querer detenerme demasiado en estas reflexiones, vencida  por el cansancio y el sopor que sentía, me quedé de nuevo dormida.

No debí hacerlo. Debí vestirme e irme de allí como fuese; por cualquier medio, sin reparar más que en mi propia seguridad personal.

A la mañana siguiente desperté demasiado tarde. Me extrañó aquel silencio que impregnaba toda la casa. De ordinario se mezclaban toda clase de ruidos en aquel hogar: La cafetera, la radio, eran dos sonidos matutinos que nunca faltaban, junto a las voces de Maxim y Matilde –su madre- además de los llantos de Michelle, la hermana pequeña. Y de pronto aquella mañana… nada. Nada de nada. Silencio sobrecogedor, total. Aparté las mantas cuidadosamente, intentando evitar el siseo, el ruido del edredón sedoso, resbalando sobre las sábanas. Me vestí con lo primero que encontré a mano, presa del peor de los presentimientos. Algo me decía que me fuese de allí rápidamente, sin hacer comprobaciones de ningún tipo, pero no hice caso a ese sexto sentido. ¡Pobre de mí! Traté de serenarme y no sacar conclusiones anticipadas por una vez, dada mi natural tendencia a exagerar las situaciones. Mis compañeros de estudios siempre decían que era muy fantasiosa.

Bajé las escaleras con cuidado y me acerqué a la cocina, y entonces los sorprendí a todos, tal como eran: enormes crustáceos como cucarachas gigantes, manipulando una fuente llena de vísceras, a saber de qué o de quienes serían. Su visión revolvió mis tripas por completo y una arcada gigantesca que no pude controlar les anunció mi presencia. Se volvieron a mirarme, amenazadores, con sus colmillos llenos de baba, los largos apéndices extendidos hacia mí, y ese gorjeo, esa succión, que ya había oído…Fue entonces cuando cogí las botellas del aparador, ron, ginebra, lo que quiera que hubiese, rocié todo lo que había a mi paso y solamente me volví al final: justo antes de sacar el encendedor y mandar a aquellas diabólicas criaturas al infierno.

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