Fracciones

Se me rompe al voz sobre tus labios

lo mismo que un fugaz arcoíris que asoma

como si cada sílaba se ahogase con la lluvia

de tu beso inventando los colores

fraccionando la luz que nos impregna.

Vuela

mi arco de luz sobre tus ojos

y recorre distancias imprevistas

atraviesa el silencio que nos forma

y regresa vencido

hasta tu boca

hasta tu amor que es aire,

desatándose.

Vueltas

Algunas veces  besas como si el mundo se acabase

como si tu hambre fuese

más grande que la tierra y yo existiese

en el centro de ti y te arrancase de toda la materia.

Algunas otras lloras como si el mundo no estuviese

ni te hallases en mí ni me encontrases

buscándote en mi huida.

Y tantas veces vuelves con las manos vacías,

con los ojos ausentes, cansado de encontrarme

tan perdida…

Al por mayor

No me mientas así, al por mayor,

destilando palabras sin esfuerzo,

como si nuestras manos no se hubiesen rozado

ni hubiesen coincidido de noche nuestros cuerpos.

Como si el día fuese, todavía,

una blanca cortina que estamos descorriendo.

No me mientas así, sobre la herida,

extendiendo el veneno,

como si el  aguijón de tu abandono

no me quedase dentro.

De ritos y otras memorias (I)

La cabeza del lagarto asomaba por un hueco abierto en el muro de piedra. Desde lo alto de la pared, yo afinaba la puntería, dejando caer a pulso una piedra plana que doblaba en tamaño el diámetro de la cabeza del  reptil.

Parece que lo estoy viendo esconderse, librándose por escasos segundos del golpe, para volver a salir de nuevo. Como niña que  era, me divertía tirando a darle, sin pensar en las consecuencias. Pero he aquí que, en uno de los tiros, el lagarto no se retiró a tiempo y el golpe fue perfecto: el pequeño reptil cayó fulminado boca arriba sobre el camino, para quedarse quieto para siempre.

El horror, con todas  sus consecuencias, se había abierto paso  mediante el juego,  mostrándome la crueldad del mismo. Aterrada, descendí del muro con presteza  y me incliné sobre el cuerpo de mi  improvisado compañero, en un  intento de atisbar en él algún resquicio de vida.  Pero era demasiado tarde. Su cuerpo  comenzaba a revestirse ya de la rigidez característica de la muerte.

  Sin dudarlo un segundo, eché a correr hacia casa para salir, poco tiempo después, portando una caja de zapatos vacía que improvisé a modo de ataúd, colocando al lagarto dentro con cuidado, y cubriéndolo con  la fina envoltura de su papel interior. Acto seguido, busqué un cuaderno sin estrenar y anoté una fecha: 30 de julio de 1978, y pensé en un nombre para honrar la memoria de mi amigo: el lagarto Pam. Me pareció un nombre bastante significativo (Pam-Pum, por lo del juego). Junto a la fecha y el nombre dibujé una cruz. Cuando terminé de redactar el certificado de defunción de su breve vida de héroe (“el lagarto Pam, muerto mientras jugaba al escondite en el muro”) me dispuse a enterrarlo.

Escogí una parte  del terreno de la parte posterior de la casa, en el que había un pequeño claro. Excavé una fosa con una paleta de albañil que encontré  en la bodega e introduje en ella la caja con el cuerpo del delito. Compungida, recé una breve oración al tiempo que colocaba en la  removida tierra una tosca cruz  armada con dos palos. Una vez hube terminado  el rito, me limpié las lágrimas, recompuse mi ropa y regresé con mi secreto al hogar, sintiéndome un poco menos culpable.

Héroes caídos

¿Qué contaremos a los seres futuros? ¿Qué legado leerán en nuestras ruinas?

Nosotros, los gloriosos resucitados de la anterior hambruna, los felices ochenteros, los novísimos de los noventa, los que crecimos con la tecnología y asistimos al nacimiento de la gran red de redes…

¿Qué les diremos de nuestra cobardía? Nosotros, que brindábamos por la libertad, que apostábamos por el derecho a una vida digna.

Nosotros, los que levantábamos la cabeza y echábamos a volar globos de helio hacia el cielo, los que tejíamos colchas de colores y prendíamos en nuestros ojales los lazos rojos, los violeta, los pañuelos rosa…

¿Cómo les contaremos que vendimos nuestra sangre gota a gota a los grandes magnates? ¿Cómo explicar que volvimos el aire irrespirable, los océanos negros y transformamos las urbes  en junglas llenas de balas? ¿Cómo les contaremos que sesgamos en dos mitades el mundo, ahogando en sus propias lágrimas a los que compraron nuestras armas? ¿Cómo, que perdimos el origen de las palabras, que la justicia pasó a ser una leyenda? ¿Les hablaremos de todo lo que hemos irradiado, en el gran laboratorio de nuestra codicia?

¿O quizá les diremos que callamos, uno a uno, y que todos fuimos -por acto u omisión- culpables, de lo acontecido con  la madre tierra?