De ritos y otras memorias (I)

La cabeza del lagarto asomaba por un hueco abierto en el muro de piedra. Desde lo alto de la pared, yo afinaba la puntería, dejando caer a pulso una piedra plana que doblaba en tamaño el diámetro de la cabeza del  reptil.

Parece que lo estoy viendo esconderse, librándose por escasos segundos del golpe, para volver a salir de nuevo. Como niña que  era, me divertía tirando a darle, sin pensar en las consecuencias. Pero he aquí que, en uno de los tiros, el lagarto no se retiró a tiempo y el golpe fue perfecto: el pequeño reptil cayó fulminado boca arriba sobre el camino, para quedarse quieto para siempre.

El horror, con todas  sus consecuencias, se había abierto paso  mediante el juego,  mostrándome la crueldad del mismo. Aterrada, descendí del muro con presteza  y me incliné sobre el cuerpo de mi  improvisado compañero, en un  intento de atisbar en él algún resquicio de vida.  Pero era demasiado tarde. Su cuerpo  comenzaba a revestirse ya de la rigidez característica de la muerte.

  Sin dudarlo un segundo, eché a correr hacia casa para salir, poco tiempo después, portando una caja de zapatos vacía que improvisé a modo de ataúd, colocando al lagarto dentro con cuidado, y cubriéndolo con  la fina envoltura de su papel interior. Acto seguido, busqué un cuaderno sin estrenar y anoté una fecha: 30 de julio de 1978, y pensé en un nombre para honrar la memoria de mi amigo: el lagarto Pam. Me pareció un nombre bastante significativo (Pam-Pum, por lo del juego). Junto a la fecha y el nombre dibujé una cruz. Cuando terminé de redactar el certificado de defunción de su breve vida de héroe (“el lagarto Pam, muerto mientras jugaba al escondite en el muro”) me dispuse a enterrarlo.

Escogí una parte  del terreno de la parte posterior de la casa, en el que había un pequeño claro. Excavé una fosa con una paleta de albañil que encontré  en la bodega e introduje en ella la caja con el cuerpo del delito. Compungida, recé una breve oración al tiempo que colocaba en la  removida tierra una tosca cruz  armada con dos palos. Una vez hube terminado  el rito, me limpié las lágrimas, recompuse mi ropa y regresé con mi secreto al hogar, sintiéndome un poco menos culpable.

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2 comentarios sobre “De ritos y otras memorias (I)

  1. ¿Autobiográfico? A veces se oye hablar de la crueldad de los niños con los animales. Creo que es exagerado, los niños no están preparados para entender el concepto de muerte, de final irreversible. Por esas fechas, 1978, uno de mis entretenimientos era coger un barreño a mi abuela y llenarlo de agua. Entonces, buscaba hormigas y las metía dentro esperando que se ahogaran. Un relato muy visual, como debieran ser todos.

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  2. Gracias David, por comentar este texto, del que no estaba nada segura…pensé en enviarlo para alguna publicación y finalmente lo dejé aquí, en el blog. Sí que es autobiográfico y por cierto que sufrí un montón al ver cómo acabó el juego, llámame tonta, pero sí los niños son crueles a veces sin pretenderlo, (me consuela que por entonces, hicieses lo mismo con las hormigas, jaja) 😉

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