El lápiz mágico- Texto del taller

-¿Y esa chica rubia platino que aparece con vosotros en la foto, quién es?

-Parece muy atractiva…

Preguntaron a coro Sandra y  Mónica, mis compañeras de facultad, ojeando las fotos que había dispuesto por la habitación y que hacían referencia al pasado verano.

-¿Quién, Estela? Es una amiga mía por la que suspira mi hermano, jaja…

-¿Qué dices? Cuenta, cuenta… -Rogaron, expectantes.

Estela le sorbió el seso a Luis desde el primer día. Se notó tanto el shock que tuvo al presentársela que a punto estuve de soltarle un par de manotazos, a ver si se le quitaba la cara de memo que puso.

‒¡Tío, disimula algo, que va pensar que estás mal de la azotea! -Le dije.

Pero nada,  que no podía evitarlo. Cuando aparecía Estela actuaba como si viese a la diosa Afrodita emergiendo de las aguas. Yo creo que se la imaginaba desnuda, como a la Venus, y poco le faltaba para colocar las manos abiertas, a modo de concha y arrojarse a sus pies para sujetarla. Estela se hacía la tonta respecto al efecto que le causaba. Decía que exageraba, que Luis era tímido y no estaba acostumbrado a verla  por casa. Pero a mí no me engañaba. ¡Tímido, Luis! ¡ya te digo!

Lo cierto es que él comenzó a obsesionarse con las cosas de Estela que dejaba  en casa. Como amigas, nos intercambiábamos casi todo. Ella era una auténtica crack en el tema de maquillaje. Abrir su neceser era como abrir el cofre del tesoro. Sus cosméticos eran buenísimos, sobre todo sus pintalabios. A menudo me los dejaba y yo, para burlarme de Luis, se los mostraba.

-Mira, son de Estela! ¡Huelen a ella! ‒Le decía, nada más que para chincharle.

Luis es dos años menor  y, aunque tiene su propia pandilla, muchas veces coincidimos en algunos eventos comunes, como las fiestas de cumpleaños. En  una de estas acordamos jugar al juego de las prendas, ya sabéis el juego ese  en el que se pueden condonar las deudas cambiándolas por ropa o por algo que puedas hacer. El caso fue que a Estela le tocó besar a Luis en un momento del juego. Podéis imaginar la cara de mi hermano. Si antes del beso estaba azorado, después ya ni os cuento. Parecía al borde del colapso.

Cuando llegamos a casa me dijo que aún tenía el sabor del lápiz de labios de Estela en la boca. Que nunca había probado un pintalabios como aquel.

‒¡Tú estás colgado, Luis! ¡Ahora vas a decirme que te gusta su pintalabios!
‒No, claro que no. Pero su pintalabios sabe a ella. Me va a quedar en la memoria este sabor, mitad fresa mitad vainilla, para siempre…

¿Podéis imaginaros la escena? De película de los años cuarenta, vamos.

Pero no se quedó ahí la cosa porque, desde ese día, le pillé un sinfín de veces pintándose los labios con uno igual que Estela me había regalado. Definitivamente: ¡mi hermano se había apuntado al club de los fetichistas de cosméticos! Probé a hacerme la sueca mientras pensaba en hablar con mis padres para que le pidiesen cita con el loquero.

Lo que nunca imaginaría es que, finalmente, el lápiz de labios terminase salvándole la vida a mi hermano. Porque eso fue lo que sucedió. Tal como os lo estoy contando; aunque esta vez con un nuevo beso, como en las películas.

A Luis le gusta patinar. De hecho es uno de los mejores Skater del barrio, y lo que os decía de que a veces coincidíamos con su pandilla, pues resulta que aquel día Estela le estaba mirando y claro, él se lucía más que nunca hasta que se la pegó de cuajo. Perdió el control del monopatín  y cayó de tal forma que perdió el conocimiento. Nos asustamos. Yo me puse a gritar y alguien llamó a los de emergencias pero, mientras llegaban, intentamos hacerle recobrar el conocimiento. Bruno, uno de los mayores del grupo, tenía un curso de primeros auxilios e intentó reanimarle; pero Luis no respondía. Entonces yo, completamente aterrada, miré a Estela gritándole:

‒¡Estela haz algo!
‒¿Y qué puedo hacer yo? ‒gritaba ella.

Entonces tuve una revelación.

-¿Llevas ahí tu lápiz de labios? -pregunté.
‒Sí ¿Por qué?
‒¡Píntate los labios y bésale!

Aunque extrañada, Estela me obedeció. Sacó el lápiz labial y se embadurnó los labios. Después, se inclinó sobre mi hermano, le besó lentamente y… ¡Luis abrió los ojos! ¡El puto lápiz, chicas! ¡El lápiz mágico de Estela había obrado el milagro!

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