Diccionariomanía (por Manoli VF)

No puedo seguir con la traducción. Nunca hubiera pensado que el sueño de ser traductora se me rompería de esta manera. Dios sabe que lo he intentado, pero me es imposible. Apenas cojo un diccionario comienzo a temblar, me sudan las manos y se me nublan los ojos. Podréis pensar que en la era digital esto no representa ningún problema, pero me sucede lo mismo al buscar una palabra en cualquier enlace. De hecho, solo hablar de palabras ya hace que un nudo me atore la garganta. Vuelvo atrás en el tiempo y revivo la misma situación, una y otra vez. Decididamente, renuncio a ser traductora. Prefiero ser cocinera, peluquera o malabarista; me es igual, con tal de no volver oír hablar de diccionarios y, sobre todo, no tener que usarlos.

Luis era mi profesor en el taller de corrección de estilo al que decidí apuntarme el pasado otoño. Era un magnífico profesor, además de un fornido atleta. En realidad tenía un cuerpo que quitaba el hipo, y su voz, cuando te corregía los ejercicios, adquiría una inflexión segura y cálida que te hacía perder la noción del tiempo. Huelga decir que gran parte de la sección femenina del taller le iba detrás de modo que, cuando una tarde, tras una tutoría, me invitó a tomar algo me sentí flotar como en una nube.

Para pasmo de mis amigas iniciamos una relación. Yo sabía que a la que más le molestaba nuestro romance era a Mónica, una de las alumnas más aventajada del curso del taller, además de ser una de las más guapas. Con frecuencia, Luis y yo la incluíamos junto con Paula, otra de mis mejores amigas, en nuestros planes, y muchas veces quedábamos para  tomar unas cañas o salir de fiesta juntos. Mónica y Paula siempre estaban hablando de libros con Luis y con frecuencia se intercambiaban obras de lectura y consulta.

Sí, ya sé que a estas alturas os estaréis preguntando adónde quiero llegar y qué relación guarda todo esto con mi aversión al tema de los diccionarios, pues nada, que ya estoy llegando al quid de la cuestión y enseguida lo comprobaréis; pero antes quisiera pediros que, por favor, no me saquéis el tema en la peluquería en la que probablemente trabajaré si alguna vez acudís a ella solicitando mis servicios, o donde quiera que nos encontremos fuera de este grupo. Lo digo aquí y ahora, para que todos sepáis con qué clase de personas estamos tratando día a día.

Ocurrió en el ascensor, cuando subíamos juntos hasta su piso. Luis llevaba uno de esos super diccionarios que pueden aplastarte los dos pies a la vez si te caen encima. En el tercer piso el ascensor se detuvo y salió una señora que nos acompañaba. Al ponerse de nuevo en marcha la maquinaria, Luis perdió el equilibrio y el diccionario salió volando, sin que nos diese tiempo a nada que no fuese protegernos de su caída. Aunque él fue bastante rápido en agacharse, pude ver con claridad las fotos esparcidas por el suelo que guardaba dentro del tocho: un montón de instantáneas en las que aparecía por separado no solo con Paula y Mónica en actitud inconfundible, sino con unas cuántas alumnas más en la misma situación. Una puede recuperarse de la traición de su pareja en un momento dado, pero de la traición a las letras…

‒Vale. Entiendo que la anatomía femenina es una de tus aficiones ocultas, Luis, pero podías habérmelo dicho ‒zanjé‒ en lugar de ocultarla entre esas páginas.

Y ahora que ya he explicado el origen de mi aversión podéis pensar que estoy loca o no aceptar que haya quedado traumatizada, pero yo os aviso, tened cuidado con los diccionarios

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