Apto para ateos

Apto para ateos

“…Pero ¿qué cosa es el amor? Muerte de quien vive y vida de quien muere. Dolencia rebelde, cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud y él que lo padece no quiere sanar.”

                                                                             (Ibn Hazm)

Maximiliano estaba acostumbrado a estar solo. Amén de vivir solo le gustaba su soledad. Definido por todos como un hombre de mal carácter, seco y huraño, le importaba muy poco la opinión que sobre él se forjasen los habitantes del lugar. Su casa estaba en lo alto de un promontorio, con buenas vistas, aireada y soleada a partes iguales, en contacto con los elementos, tal y como a él le gustaba.

Maximiliano invertía la mayor parte de las horas del día en el cuidado de su huerta y de sus animales. La casa en la que vivía lindaba con una casa vecina deshabitada desde hacía años, la casa de la vieja Gertrudis, una anciana soltera, muerta hacía ya más de una década. Ciertamente nuestro hombre no esperaba tener que lidiar con ningún vecino a estas alturas, acostumbrado como estaba a entrar y salir a sus anchas. Como la finca de su otrora vecina lindaba con la suya, sucedía  a menudo  que Maximiliano confundía un poco los límites, recogiendo los frutos de los árboles contiguos.

La mañana en que da comienzo esta historia, Maximiliano andaba ocupado en la tarea de recoger nueces y, paso a paso, se había ido acercando desde los árboles de su propiedad hasta los árboles de la finca vecina. En ésta estaba ajeno a toda precaución cuando oyó una voz increpándole:

            -¿Qué está haciendo en esta propiedad? ¿Se puede saber quién le ha dado permiso?

 La voz provenía de una mujer ya entrada en años. Maximiliano calculó que sería más o menos de su quinta, sobre los sesenta y tantos, robusta y de buen color. Sus ojos azules centelleaban a la vez que aumentaba el fruncido de sus labios al increparle.

           -¿Qué? ¿Piensa quedarse ahí como un pasmarote mirándome sin responder? Por vez primera, Maximiliano se sintió desarmado. La voz le fallaba.

          -Yo, verá usted…entienda la situación, esto está prácticamente deshabitado…

         -Estaba, vecino, estaba.

        -¿Vecino?

        -Voy a presentarme para aclarar las cosas. Me llamo Eleonora y esta   propiedad es mía.

       -¿Suya?

        -Por el amor de dios, hombre ¿Es qué no sabe usted hacer otra cosa que repetir mis palabras?

      -Es que no la comprendo, señora. Esto lleva años…

      -Deshabitado, ya lo ha dicho antes. –respondió Eleonora, haciendo acopio de su poca paciencia. Pues sepa que las cosas han cambiado ahora que estoy yo aquí. Soy la única sobrina de la señora Gertrudis y esto me pertenece; pero no se apure demasiado. Salvo los árboles frutales, cuyo usufructo me pertenece, puede usted seguir metiendo a pastar sus ovejas en mi finca como tengo entendido que viene haciendo desde hace años.

Fue tal el bochorno de Maximiliano y de tal calibre la ira que le embargó que, incapaz de controlar sus emociones, dio media vuelta y se marchó no sin antes decirle a su nueva vecina:

          -¡Ande y váyase al carajo!

Estupefacta, Eleonora aún tuvo reflejos para preguntar:

       -¿Cómo ha dicho?

A lo que Maximiliano, que ya se iba, contestó raudo:

      -¿Es que es usted sorda o qué? ¡Que se vaya al carajo he dicho! ¿Lo ha oído ahora?

    -Alto y claro vecino -repuso aquella.

“¡Será mema!”, se decía Maximiliano de camino a casa, “Los frutos de los árboles no, que me pertenecen, pero las ovejas en la finca sí, que así se mantiene libre de hierba”, “pues que se la coma toda si quiere, será que me faltan a mi tierras de pasto…”

*******

          Fue así como entre Maximiliano y Eleonora se entabló una guerra silenciosa. Maximiliano salía cada mañana a recoger los frutos de los árboles y veía invariablemente a su vecina que  estaba haciendo la misma labor de recogida en su finca, o bien, entregada a lo que parecía ser su pasión preferida: pintar.

“¡Encima nos ha salido pintora, la vecinita!” –se decía Max- “ya decía yo que era de esas…”

********

Eleonora estaba pintando aquella tarde la hilera de nogales de su propiedad. Fue un accidente que a Maximiliano le volase la gorra con el viento alborotador de finales de octubre. La mujer se percató de lo ocurrido pero, con las manos embadurnadas de pintura y pinceles como estaba, no se atrevió a recogerla; por lo que, haciéndole un ademán a Max, le invitó a pasar a su finca; éste, al pasar, no pudo por menos de echar una ojeada a la composición del cuadro que ella estaba pintando.

      -Siempre he pensado que los colores de la naturaleza en esta época del año son magníficos. –exclamó Maximiliano sin apenas darse cuenta.

-Es verdad.-le respondió ella.-Es un regalo estar aquí para verlos.

-Pinta usted muy bien, si permite que se lo diga un ateo en la materia.

 Las miradas de los dos vecinos se encontraron y ese mismo día decidieron darse una tregua y fue así como, poco a poco, comenzaron a enterrar el hacha de guerra. A través de la pintura de Eleanora, Maximiliano descubrió un mundo nuevo que también era el suyo. Su carácter huraño cedió bajo la influencia femenina y en el pueblo comenzaron a darse cuenta mucho antes que él mismo de lo que estaba sucediéndole. Sí, el viejo lobo solitario y ateo, en lo  que a temas de amor se refiere, estaba enamorándose; aunque él no lo reconociese y se dijese a sí mismo que era ya demasiado viejo para estar solo…

Nota: Relato elaborado para el blog El relato del mes -Febrero ‘014 (Tema del mes: Amor)

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