La Feria

La feria

                       Todo vuelve. Vuelven las modas de antes. Las tendencias. Las ideologías también. Tras una época de sequía llega una época de inundaciones. La naturaleza es cíclica y se regula a sí misma mediante este método de compensación. La naturaleza del hombre también debe serlo y, como los ríos, vuelve a su anterior cauce por mucho que se haya desviado de éste, cada cierto tiempo. Así, a una época de política liberal le sigue una época de política conservadora. Vuelven los cultos de antes. También la ignorancia y la estupidez regresan, cíclicamente.

                     Pude comprobar de primera mano cómo la naturaleza del hombre no se modifica, por mucho que las apariencias cambien, cuando me encontré con mi ex en aquella feria de antigüedades. Nunca he sido una apasionada de este tipo de ferias, en lo que a compras se refiere, pero sí me atraen el ruido y la expectación que tales acontecimientos despiertan. Cuando mi amiga Irene me comentó la posibilidad de ir a pasar el día visitando los distintos puestos  no pude negarme. Las dos disfrutamos siempre como enanas cuando estamos juntas, jugamos abiertamente a escabullirnos entre el gentío, observar sus reacciones, imitar sus poses, para al final hacemos divertidas fotos con los vendedores de los puestos. Pura tontería, vamos, un escape del encorsetamiento diario, en el que sobrevivimos cuando no nos queda otra.

                      Esta vez mi amiga venía preparada conduciendo su propio auto de ocasión: un Peugeot 205, más parcheado que su dueña. El mismo que usaba su padre para cargar los frutos de la huerta todos los otoños y para tareas varias, de esas en las que te pones  la vieja camisa vaquera o la de franela a cuadros, según la estación, y vas hecho un zorro de los ochenta, pero en plan cutre: vamos, de programa de vídeos de primera. Traía también sus viejas cintas de música y sonaban temas de Loquillo y La Unión a toda pastilla mientras conducía.

                  Aparcamos en la entrada del recinto, guardando el margen apropiado ante el distinguido Chevrolet que teníamos por delante.  Poniendo caras de niñas buenas nos adentramos en el recinto. Compramos unos dulces en un puesto artesanal para empezar la feria con buen sabor de boca y dulcificar nuestra sonrisa y comenzamos a echar una ojeada.

                     Es difícil separar a primera vista el grano de la paja que se maneja en este tipo de ferias. Pasamos de los puestos más accesibles, en los que el surtido de gafas, bolsos, monederos, portafotos, pañuelos y objetos varios nos entretuvo un buen rato, a los puestos de más postín, dónde nuestras expertas manos localizaron, descuidadas, un par de etiquetas de lavado en unas ropas que se suponían anteriores a la era del etiquetaje, y que el vendedor se apresuró a rebajar sustancialmente ante nuestros ojos. Al fin, procedimos a subir a la planta alta, dónde la clientela más selecta accedía a los artículos de colección y  se permitían exhibir vestidos de época con el nombre de los personajes famosos que se embutieron en ellos en su día. Y fue precisamente en uno de éstos puestos, dónde oí aquella voz, aflautada y chillona, que decía:

“¡Oh mira, cariño, qué fantástico es este vestido de gasa! ¿A qué me sienta genial?” Y la voz de él, inconfundible, servil: “Claro, estupendo, mi vida”.

                 -¡Oh, la, la! ¿Has oído Irene?-Le dije a mi amiga.

                -Claro. ¡Estupendo! ¡Fantástico! ¡Genial! –respondió esta, en voz baja.

                    ¡Tenía que ser él! Veinte años más tarde. Casi de colección, como las ropas que llevaba. Formaban la familia perfecta: El niño, de pantalones abombados hasta la rodilla, con sus medias altas con los cordones de dos bolitas y su jersey a cuadros. Ella, toda estilizada, con su bolsito acharolado y sus botas de tacón fino, y él…con la boca abierta de siempre. Ella le sonreía, embobada, sosteniendo un vestido de gasa fina de color azul turquesa, cuando se percibió de nuestra atenta mirada y nos dijo:

                    -¿A qué es mono?

                  –Monísimo, señora –respondió mi amiga, mientras yo miraba a mi ex con una sonrisa de oreja a oreja y advertía como su tez blanquecina iba cambiando de color…

Ella, la señora, muy altiva, miraba el precio de la prenda, interrogándole con la mirada.

Pasaba justo al lado de mi ex, cuando oí que el vendedor le decía:

                  –Es un vestido de gran calidad, señora. Naturalmente, el precio va acorde con la prenda, pero, como suele decirse en estos casos…la calidad no es cara.

Nota: Relato publicado en El Relato del Mes (marzo 2014) bajo el tema: Vintage.

 

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