Sesión de tarde en El Continental

 

De Amador Cifuentes Santos podría decirse que era un hombre previsible. Todas las mañanas a las ocho y media en punto traspasaba el umbral del café-restaurante La Media Luna, pedía un café corto bien cargado y leía los titulares de la prensa antes de irse a trabajar. Pese a haber rebasado hacía tiempo la edad de jubilación había renunciado al retiro  porque, según sus propias palabras,  su vida laboral constituía uno de los pilares más importantes de su rutina diaria y él era un hombre de costumbres. Desde mi posición de detrás de la barra, yo asistía a todo tipo de chascarrillos sobre nuestro hombre.

Era Vox populi en todo el barrio que  Amador bebía los vientos por su vecina, Dora, mujer de mediana edad que vivía en su mismo rellano y había enviudado recientemente. Como a los parroquianos les gustaba hacer de casamenteros, sabiendo que ésta vivía sola (ya que sus hijos hacía tiempo que habían volado del nido) no cesaban de hacer comentarios al respecto cuando Amador llegaba:

‒A ver, hombre ¿Cuándo vas a invitarla al cine? Si es por flores yo te hago un precio… ‒decía Jaime, el dueño de la floristería.

El interpelado se hacía el desentendido, aunque algunas veces se le escapaba una media sonrisa que reafirmaba a los demás en sus convicciones.

‒Anda, llévala  este sábado, que ponen una romántica ‒decían, conocedores de que todos los sábados sin falta Amador acudía a la sesión de tarde en su cine de siempre, El Continental, que se contaba como uno de los pocos que habían logrado sobrevivir a la masiva implantación de las múltiples salas de proyección en los grandes centros comerciales.

Pero, entre dimes y diretes, el tiempo iba pasando sin que observásemos cambio alguno en las costumbres de Amador. No pasó lo mismo con Dora que, de la noche a la mañana, dio un giro radical a las suyas al tiempo que renovaba su vestuario, otrora negro y gris, por otro mucho más colorista y atrevido; comenzó a pedir cita en la peluquería todas las semanas y a cambiar la misa de domingo por largas caminatas matutinas, dando con ello  alas a la imaginación de todo el vecindario que asumió que entre ellos se había iniciado, al fin, una relación que mantenían en la intimidad; al fin y al cabo, vivían en el mismo rellano del edificio, puerta con puerta, y no faltaba  quien afirmase que los había visto entrar juntos, bien fuese  a casa del uno o de la otra.

Pero ocurrió que un sábado, justo cuando todos los rumores apuntaban a que su romance estaba a punto de hacerse público, habida cuenta de que nuestro hombre no se molestaba en negarlo, tuvo lugar en El Continental un insólito e inesperado encuentro. Y fue que con motivo del estreno de una aclamada película, se dieron cita en la sesión de tarde  por un lado, Amador Cifuentes Santos, cinéfilo habitual, y por otra, una deslumbrante Dora que, elegantemente vestida, bajó, cual si fuese la misma Lauren Bacall, de un formidable Cadillac y  entró en el cine del brazo de un desconocido. Todos los que allí estábamos, entre los que me cuento, nos quedamos boquiabiertos, y no acertamos más que a ponernos a la cola para sellar nuestras entradas y tomar  asiento, posteriormente,  unas filas por detrás de Amador que, cabizbajo y compungido, se situó a su vez varias filas detrás de Dora y de su misterioso acompañante.

Durante la mayor parte del tiempo que duró la película mi interés, sin poder remediarlo, se desvió con frecuencia hacia la figura del pobre hombre, que parecía encogerse en su asiento más y más, a medida que Dora y su pareja se iban aproximando. Qué sentía, mientras las sombras de los amantes, que dejaron claro su vínculo en base a su comportamiento, se recortaban en la semioscuridad de la sala, es algo fácilmente imaginable, dadas las circunstancias, pero qué pensamientos o recuerdos desfilaron por su mente a medida que iba encogiéndose, nunca lo sabremos. Quizás oía la voz de Dora, unos  años más joven, llamando a sus hijos desde el rellano de la escalera. Es posible que recordase la esbeltez de sus años mozos, cuando bajaba los escalones de dos en dos para salir a la calle,  las veces que llamó a su timbre para entregarle algún recado o pedirle, simplemente, un poco de azúcar para endulzar el café.  La mente pone en marcha extraños mecanismos de defensa para este tipo de situaciones.

Lo cierto es que, tras dos horas interminables,  se encendieron las luces y, apenas nuestros ojos se acostumbraron a la claridad, oímos un grito desgarrador: era  Dora que, al volverse a recoger su chaqueta, había reparado en su vecino quien, varias filas más atrás, continuaba sentado, con la cabeza ligeramente torcida, los ojos vueltos y en la boca un extraño rictus que semejaba una sonrisa.

Tal vez, a nuestro previsible Amador, dentro de su particular infierno, el beso helado de la muerte le había parecido dulce.

 

Texto del taller (Literautas.com-escena 31) editado y modificado. Tema propuesto: El último beso.

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