La entrevista

Había oído hablar de él y hasta mis manos había llegado parte de su obra a través de amigos comunes. De repente, su nombre aparecía por todas partes. Es eso que pasa cuando te llama la atención un determinado tema y comienzas a ver asociaciones por doquier. A mí me pasaba con su persona. De la noche a la mañana parecía que todos lo conociesen que, de una u otra manera, estuviesen entre su círculo de amistades o lo frecuentasen. ¿Quién era Leo Silas? ¿Existía la vida antes de él? ¿Cómo era posible que su libro estuviese en boca de todos?

La llama en versos era el título de su último poemario, con el que se había ganado el favor de la crítica literaria de los círculos más selectos. Encargué un ejemplar por correo y cuando lo tuve en mis manos, me aseguré de disponer de un fin de semana entero para poder leerlo y asimilarlo antes de decidir si asistiría al evento de su presentación o no. Mis compañeros de revista se habían apuntado sin dudarlo. La presentación iba a ser en  Café Libia, uno de los sitios en alce, literariamente hablando.

Devoré el libro en cuestión de horas, apenas lo tuve en mis manos. La entrega me llegó a las nueve de la mañana y, aunque maldije al mensajero por haberme despertado tan pronto, lo cierto es que después del primer sorbo de café el mundo desapareció al adentrarme en sus letras.

No sabría decir qué tenían de diferente sus poemas, qué era lo que abducía al lector, sacándolo de su asiento para llevarlo de la mano a las profundidades de su locura, su odio ciego hacia la raza humana.  Tal parecía que su  pasión, con los instintos más primitivos, traspasaba el papel y hacía mella en quien lo leyese. No lo sé. Los lectores de poesía somos, todo hay que decirlo, una raza especial, estamos hechos como de pasta flexible, algo así como los espaguetis que se doblan cuando los coges. Probablemente, la lectura de cualquiera de sus poemas hecha por cualquier otra persona no obtuviese el mismo resultado. Puede que incluso Shakespeare si despertase se volviese a dormir sin pena ni gloria. No puedo hablar por el resto de los mortales. Pero en lo que a mí respecta… bueno, lo único que diré es que al cerrar el libro, mi mente comenzó a elaborar lo necesario en mi lista de provisiones mentales, para acudir al evento de la presentación de La llama en versos. Pensaba acudir en calidad de crítica para hacer una formidable reseña, con entrevista incluida, si la suerte estaba de mi parte  y me permitía conocer al gran Leo Silas, nada menos.

 

La noche del evento acudí con una extraña mezcla de ánimo. Por un lado, me sentía más mucho más expectante de lo que suelo estar en este tipo de acontecimientos, pero, por otro lado, mi parte más racional insistía en mantenerme con los pies en la tierra y en decirme, cínicamente tal vez, que no asistía más que a otra representación de humo, otro producto express de la gran factoría de autores en que se había convertido el mercado editorial.

Ni que decir tiene que tardé en encontrar mi espacio entre la nube de fotógrafos y aduladores que sobrevolaba a Leo. Cuando se abrió el turno de preguntas y tuve la ocasión de formular una, le pregunté, esta vez como lectora:

—¿La rabia que destilan sus poemas es una herramienta de escritor o es materia viva apenas procesada?

Hubo un momento de silencio que me pareció eterno. Me pareció ver miradas y sonrisas de condescendencia y por un momento pensé que llevaba escrita la palabra novata en mitad de la frente, pero entonces Leo se volvió hacia mí y sonriendo discretamente respondió:

—¿Hay alguna diferencia entre ambas cosas?

La noche transcurrió como suelen transcurrir esta clase de eventos. Posteriormente a la presentación del libro, vinieron varias actuaciones musicales. El ambiente se relajó y la brisa dio paso a una agradable noche de agosto. Sonaban los acordes de un quinteto de jazz cuando salí a la terraza con un cóctel en la mano.

—¿De verdad querías saberlo? –sonó una voz a mi espalda.

Los ojos de Leo me escrutaban como si pretendiesen leer en mi interior. Miré alrededor para corroborar lo que él me confirmó.

—Podemos hablar ahora.

Vi que estaba esperando una respuesta referente a la pregunta que yo misma le había hecho anteriormente.

—La verdad es que sí. Bueno, en realidad creo que ya sé la respuesta -dije.

—¿Ah sí?

—Sí. Te lo pregunté porque creí que cualquier lector que te leyese se haría la misma pregunta. Pero no creo que se pueda escribir con esa rabia, con esa furia, a menos que se sienta de verdad dentro de uno.

—¡Qué curioso, lo que dices! –exclamó despectivamente, con una media sonrisa ─Según esa teoría, los actores cuando interpretan también están sintiendo la rabia del personaje, aún cuando esa rabia sea ficticia ¿no es eso?

—Sí y no. La situación puede ser ficticia, pero la rabia  existe ─aclaré.

—Muy interesante…

—Esperaba algo distinto de ti –dije sin pensar.

—¿Cómo? ─preguntó, repentinamente serio, encarándome directamente a los ojos.

—Nada, olvídalo. Creo que he bebido demasiado vino.

—Ah, no, no vas a venirme con esas ahora. Has dicho que esperabas algo diferente. Podría preguntarte por qué si es la primera vez que nos vemos, pero no importa. Te mostraré lo que quieres. Ven conmigo.

Tiró de mi brazo y me empujó escaleras arriba.

—Adónde vamos?

—Sube. Enseguida lo verás –respondió.

Las escaleras nos llevaron a lo alto de una formidable terraza que estaba varios metros por encima de la anterior. Las vistas eran espectaculares.

—¡Qué belleza… ! ─no pude menos de afirmar─. La ciudad se ve magnífica desde aquí.

—¿Serías capaz de saltar?

La pregunta fue como una bala en mitad de la noche.

—¿Pero qué dices? ¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué no?

Le miré por un intervalo de tiempo que no sabría precisar. Parecía que todo se hubiese parado a nuestro alrededor. Que el universo entero estuviese pendiente de nosotros. Su gesto era duro, su mirada impenetrable.

—¿Y tú? ¿Serías capaz de hacerlo? ─pregunté a mi vez, movida por una extraña curiosidad.

—¿Quieres verlo?

—¡No! Esto… En realidad creo que no estás siendo justo. La pregunta no es si yo quiero verlo o no ─repuse, recuperando mi aplomo─  La pregunta es sobre ti. Es decir, si yo no estuviera, tú…

-Bah, olvídalo. Solo hemos bebido más de la cuenta ─afirmó, encogiéndose de hombros.

Pero yo no podía olvidarlo o no quería hacerlo.

—En serio, ¿Serías capaz de saltar? -pregunté- ¿Precisamente ahora, en la presentación de tu libro? ¿Prácticamente en la cumbre de tu éxito? ¿O estabas tratando de impresionarme solamente?

Fue rápido como un segundo. Me cogió por la cintura y me colocó al borde de la terraza. No había barandilla.

-Basta cerrar los ojos un segundo y todo  desaparece. El libro. La fiesta. Nosotros mismos. Da igual hoy o mañana. Para mí incluso es mejor hoy, porque hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con el mismo nombre.

Di un paso atrás tirando de su brazo.

—No quiero seguir con esto.

—Solo estaba respondiendo a tu pregunta –me contestó.

 

Por supuesto, no transcribí la entrevista. Me limité a hacer una breve reseña, haciendo referencia al pulso pasional de su poesía. No tuve valor para volver a llamarle. Pasó el tiempo, y en un determinado momento, volvimos a coincidir. Para entonces, él había pasado de ser un escritor de culto a ser un escritor olvidado. Malvivía de los antiguos éxitos, casi en cumplimiento de su propio vaticinio cuando pronosticó: “Hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con mi nombre”. Se acercó a mí con su media sonrisa, el gesto duro de siempre al quitarme el vaso de la mano y llevarme a la pista de baile. Entre sus brazos volví a preguntarle:

—¿Piensas en ello?

Enarcó una ceja, al más puro estilo cinematográfico.

—Ya sabes, si te arrepientes de no haber saltado ─aclaré a media voz.

—Eso va a rachas ─admitió.  Y, justo en la última vuelta del baile, añadió:

—Te diré una cosa: a veces pienso que en realidad lo hice.

 

 

Manoli VF

© Todos los derechos reservados

Texto publicado en la revista argentina Extrañas Noches-Literatura Visceral (01/11/2016)

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2016/11/01/La-entrevista

 

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