Escondido

Foto: Christer Strömholm

Me escondí allí. Mateo se quedó mirando traspuesto las piernas de la bailarina mientras contaba al escondite, y no me vio. Yo me metí debajo del escenario, y era como estar dentro de la tierra. Como estar dentro de la barriga de un tambor y sentir sonar toda la batería. Cuando mis oídos integraron todos los sonidos dejé de existir y me convertí en música, y fui la composición no encontrada, la partitura no leída, la historia no cantada, la noche oscura.

© MVF

 

 

Texto basado en la imagen elaborado para los Viernes Creativos

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/03/31/viernes-creativo-escribe-una-historia-181/comment-page-1/#comment-5945

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Carne

 

 

Si el labio pudiese besar en la grieta

curar

donde duele la carne

donde brota el vacío

Pudiese

como sol de verano

alumbrar, calentar

los ateridos sueños

Poblar

el profundo silencio

donde duerme la vida

donde anida el dolor

como alma dividida

devorándose

Si el labio…

 

©MVF

Fuente de la imagen: data.whicdn.com/images/107102339/original.jpg

La niña de las trenzas en rama

Robin (Truls Espedal)

Roberta recogía pájaros solitarios lo mismo que mucha gente recoge gatos callejeros o cachorros de perro que nadie quiere. Desde niña se entendía mejor con los gorriones y con las palomas que con los niños de su edad o incluso con las personas mayores. La única que parecía comprender su amor por los seres alados era Aurora, su abuela. Solo ante ella, Roberta se sentía libre de actuar sin vergüenza ni culpa, sin esa extraña sensación de que la dieran por loca cada vez que atraía a estas pequeñas criaturas.

El mejor momento era siempre el paseo por el bosque cuando iban las dos juntas. Aurora contaba que entonces, Roberta estiraba sus largas trenzas y siempre aparecía algún gorrión dispuesto a posarse en ellas. Durante mucho tiempo me negué a creer estas cosas, convencida de que solo eran cuentos de una abuela que adoraba a su única nieta. Cuando entré en su casa como asistenta, me pareció que Roberta era una joven como cualquier otra, que sentía pasión por los animales y cursaba el último curso de veterinaria en la ciudad vecina.

No volví a pensar en el tema hasta después de la muerte de Aurora, cuando su hija me mandó recoger su habitación y hallé, en uno de los cajones del armario, una extraña fotografía. En la imagen podía verse a una niña de espaldas, con las dos trenzas elevadas en horizontal y, sobre una de ellas, posando con la misma naturalidad que si estuviera en la rama de un árbol, un pequeño petirrojo.

Texto basado en la imagen, elaborado para el blog de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/03/la-nina-de-las-trenzas-en-rama.html

Próximo destino

Cuadro: Habitación de hotel (Edward Hopper)

Hace calor. Aún no he dejado de ser Eilen. Miro la guía de viajes y los diferentes horarios. Próximo destino: Chambéry. Estación de Challes-les-Eaux. Catorce horas desde Madrid y transbordo a mitad de camino. Podría coger el avión hasta el aeropuerto de Lyon, pero necesito ese tiempo. No tengo prisa. Me gusta el tren, aprovecharé para embeberme de información sobre el lugar. También para despojarme del recuerdo de Glasshouse, de la sumisa voz de Eilen y su triste peinado… Hace calor. Espero verme bien con el pelo claro. Después de una semana aquí aún me siento sin fuerzas. Lo peor es siempre este momento, en el que me despido de mi misma. Mañana olerá a nuevo y todo volverá a comenzar: Eilen, Alice, Verónica, Janet, María… todas ellas habitan en mi piel, transpiran por mi cuerpo y asoman a través de mis ojos. Hace calor. He de prepararme para esta cita a ciegas. Otro lugar. Otros rostros. Hasta que, al fin, llegue el día en que decida quedarme y ser solo una. Ahora me llamo Denise. Algún día me llamaré Aurora…

©Manoli VF

Texto basado en la imagen, elaborado para el blog de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/03/proximo-destino.html

 

 

 

 


 

Nubes de domingo o Pretty woman 2

Odiaba los viernes. ¿Espíritu de contradicción? Para la inmensa mayoría el viernes era uno de los mejores días de la semana. Para ella significaba entrar en una puerta giratoria y chocar con todos al salir. Así era su vida, siempre en contra dirección, como correr en sentido inverso al salir de una fábrica.Y es que tenerlo todo a veces significa tener nada, si ese todo no tiene nada que ver contigo. Debajo de su cara bonita bullía la rabia de tener que consentir siempre, de aceptar lo que le convenía cuando bien sabía que pagaba un precio muy alto por vivir en las nubes, sin tocar el barro, sin manchar su piel de realidad.

Odiaba los viernes, porque sabía que él estaría puntualmente esperándola, para hacerle revivir la misma película, una y otra vez. Con su invitación para el teatro y la cena reservada en el mejor restaurante. Sabía que después de la cena irían a bailar y la velada culminaría en la mejor suite, entre copas de champán y pétalos de rosa. Se sentía sola y terriblemente culpable de no agradecer ninguna de estas cosas. De esperar con ansia el domingo para despedirle en la estación y vagar, al fin libre por las calles, como la trotamundos que era, reinventando otra vez Pretty Woman.

 

 Autoras del texto:

Primer párrafo: Vivian (Cas Cass) http://bibilaurugualla.blogspot.com.uy/  

Segundo párrafo: Manoli VF http://www.lascosasqueescribo.wordpress.com

 

Nota: Casualmente, acabo de leer que el guion de Pretty woman se reescribió más de seis veces  y que en las primeras versiones el final era bastante diferente a ese final feliz que resultó ser un éxito taquillero.

 

 

Como en la canción de Lolita

Fotografía de Lorena Cosba

Sí, te olvidé. Te borré de mi casa y de mi vida. Vacié todos los recuerdos. Deshice todos nuestros álbumes en las noches en vela, echando al fuego todas tus fotos menos una. No dejé rastro de tus huellas en los armarios. Regalé tus camisas. Tus lustrados zapatos, tus trajes de domingo y tu colección de chándales de Adidas. Sí, te olvidé. Como en la canción de Lolita. Yo también me quedé con un amigo, sí, después de pedirme mil veces que saliera con él un día. Sí te olvidé, guardando una única foto en la caja de gomas de Milán. Te olvidé, pero sin dejar de amarte, nunca, nunca.

©MVF

 

Texto basado en la imagen elaborado para la sección Viernes Creativo de El Bic Naranja.

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/03/17/viernes-creativo-escribe-una-historia-179/

Foto: Lorena Cosba
Canción: “Sin dejar de amarte” -Lolita

 

 

El encargo

Mujer en el tocador de Gustave Caillebotte

Ya estaba hecho y, ahora que había sucedido, lo olvidaría. Como se olvida un dolor de muelas o el ardor de estómago de una mala cena. Se lavó deprisa y se vistió procurando concentrarse en el instante siguiente. Sin mirarse al espejo, para no ver indicios en su rostro de lo que sentía, se abrochó la falda y recogió el dinero. Nunca había tenido en sus manos tantos billetes y, sorprendida de la frialdad y aspereza de su tacto, no pudo resistirse  al impulso de olerlos. No olían a tinta ni a papel, sino a la soledad de aquel cuarto. A la necesidad y al dolor.

 

Recogió todos los restos y la ropa sucia en un hatillo para enterrarlo en el huerto de la parte de atrás de la casa. No quería llevarse con ella el olor de aquellas cuarenta y ocho horas de trabajo y sufrimiento. Salió despacio, tras comprobar que la respiración de la joven era serena. Lástima que al despertarse no pudiese contemplar, ni por un breve momento, el bello fruto de sus entrañas; el mismo que a otra madre, sin sangre ni dolor, se le daría.

 

Historia elaborada para el blog de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

Almas gemelas

Desde niños sus vidas habían estado ligadas. Acostumbrados a soñar despiertos tumbados sobre la hierba seca del campo, disfrutando de largos paseos subidos a lomos de los caballos de la granja y durmiendo bajo el mismo techo. Martín entre  sábanas de seda bordadas con sus iniciales y Clara envuelta en sábanas de algodón cosidas a la luz de la lumbre por su madre. Con el paso del tiempo él tuvo que marchar a la ciudad para continuar sus estudios y ella esperaba ansiosa a que llegase el verano. Entonces, volvían a abrazarse sobre la hierba,  a bañarse en la orilla del río y tejer sueños bajo el inmenso techo de las estrellas. Hasta que, al final de un septiembre, justo cuando Martín se había ido, ella descubrió que esa vez le había dejado un misterioso regalo. Un regalo que crecía en su vientre para dar fruto en primavera y no sabía cómo ocultar. El tiempo, una vez más, puso las cartas boca arriba y cuando Martín llegó no pudo encontrarla. Ni su madre ni ella trabajaban ya para la casa.

Desesperado, removió cielo y tierra hasta dar con su paradero. Sor María ―como ahora se llamaba―, había hecho voto de silencio y clausura y no podía recibir visitas de nadie. Muchos años después, aún retenía su imagen en la memoria,  mirándole  desde la ventana de su celda,  con inmensa tristeza mientras marchaba.

Martín continuó su camino y, con el discurrir de los años,  se casó con una joven de igualdad de estudios y casta. Tuvieron hijos y vivieron una vida sin hierba, sin baños en la orilla del río ni estrellas alumbrando sus sueños. Cuando, al final de esa vida, ya viudo y viejo, le preguntaron en qué asilo prefería que le ingresaran se acordó del antiguo monasterio y sus ojos se iluminaron.

 

©  Manoli VF

 

Relato elaborado para el concurso Historias por la igualdad de Zenda.

Imagen de origen:

anawalls.com/images/animals/horses-couple-grass-distance-stand

Sueños desiguales

 

Todo iba bien. Las ventas habían aumentado de forma espectacular en los últimos meses. La compañía había propuesto mi nombre como candidata al puesto de directora de marketing de la sección en la que trabajaba. Destacaban la creatividad y la originalidad de mis ideas, también mi disponibilidad. En los últimos meses había asistido a todas las convenciones y seminarios, bien como representante de la sección de moda, bien como promotora de los nuevos cursos de reciclaje. En poco tiempo me había convertido en una de las pocas indispensables. Martín, mi marido, que tras unos comienzos difíciles en su trabajo, había conseguido también hacerse un hueco más que digno en su empresa, al conocer mi candidatura para el nuevo puesto me propuso salir a celebrarlo.

―Aún no está decidido ―le comenté―no podemos brindar por algo que está en el aire.

―Sea como sea, te necesitan. Está claro que estamos ante una nueva etapa.

Salimos a cenar y fue entonces cuando lo hablamos. Después de diez años de convivencia, había llegado el momento de plantearnos dar el siguiente paso. No pensé que nuestros deseos se cumpliesen tan pronto. Martín estaba loco de alegría y ansiaba contárselo a todo el mundo, yo, que siempre he sido más precavida, le recomendé discreción al respecto.

―No sea que los dioses nos tengan envidia―recuerdo que le dije.

A los pocos meses, cuando estaba en mi nuevo despacho de dirección trabajando en la colección de primavera,  el gerente de la empresa me llamó a su despacho:

―Zoraida, quiero decirle de antemano que agradecemos mucho la innovación y el aire fresco que sus trabajos han aportado a la firma pero…

Anduve sin prisa alguna por las calles por primera vez en mucho tiempo, sin mirar el reloj ni esperar con ansia el cambio de color en el semáforo. Pasé por varios escaparates de tiendas de ropa infantil y me entretuve mirando los conjuntitos, las rebecas y los patucos. Sabía que iba a ser niña, y me pregunté si algún día la igualdad dejaría de ser un sueño para todas nosotras, mientras pensaba en cómo decirle a Martín que, en mi caso, tendría que volver a empezar de nuevo.

©Manoli VF Relato elaborado para el concurso de Historias por la igualdad de Zenda libros

El asistente

Dreamwalking de Eric Johansson
Soy un asistente de sueños. Me paso la noche de puerta en puerta. Llevo vasos de agua a niños que la piden a gritos cuando se duermen, susurro palabras de tranquilidad a los que caen en el pozo del miedo y se asustan de las imágenes que sus  temores proyectan, acaricio perros perdidos que vagan desorientados, recojo cartas que no encuentran destino y acompaño a los ancianos de vuelta a sus despertares. A veces, de madrugada, entre visita y visita, me preparo una infusión de coraje en la cocina y coincido con mi mujer que, volviendo desde el pasado, me suelta:
–Ya estás otra vez sin dormir… ¿Cuándo vas a tratarte de esto?
 
Texto basado en la imagen