Mañana…

Con cámara y sin cámara (Michael e Inessa Garmash)
Ella no lo llamaría bailar. Observa con desgana, casi con desdén, los pasos de sus alumnos. Qué cansado es ceñirse a estos bailes, contemplar, como quien ve llover desde la ventana esperando a que escampe, los torpes movimientos. Ella se siente grácil, ligera como una bailarina del viento. Le gustaría sacudirlos, insuflarles el aliento de la danza libre, en toda su plenitud, pero en la asociación no hay cabida para estas cosas. “Pídeles que bailen lo de siempre. Es lo único que quieren” fueron las palabras de su madre. Así que está ahí, viendo como sus pies se mueven. Bien. Mañana será otro día, piensa. Mañana intentará convencer de nuevo a la directora para que le permita crear su propio grupo de baile. Entonces bailarán al ritmo de los sonidos de la madre naturaleza, entre cascadas de agua y trinar de pájaros, entre olas de mar y repique de metal en los cristales, crujir de madera y hojas secas, roce de cuerpos oliendo a bosque, alas de libertad sobre el beso del viento. Mañana…
 

 http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/04/manana.html

Texto basado en la imagen, elaborado para el blog de Escritura Creativa Nosotras, que escribimos.

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El mural

No tuve ocasión de tratarle y cuando lo conocí  ya no era el de los viejos tiempos. Se había quedado solo y malvivía entre las ruinas de una antigua edificación, víctima  de esa enfermedad surgida en los años ochenta que causaba estragos entre los que se enganchaban al oro líquido, esa infernal amante que los volvía ciegos, sordos y ajenos a todo cuanto no fuese  su mortal espejismo.

Hoy, cuando hace más de veinte años que encontraron su cuerpo entre los desperdicios y el abandono, con la única compañía de su última jeringuilla, me ha asaltado su recuerdo de improviso al doblar una calle y encontrarme de frente con el mural que pintó apenas un año antes de su muerte.  Las letras, de igual tamaño y forma, con una leve inclinación, perfectamente simétricas, guardan  testimonio del arte de quien las pintó.

Quintero, al final de su vida podía no ser el que fue, pero su espíritu seguía guardando la proporción y la esencia de los que nacen diferentes, con un extraño don. Detenida ante la magnitud de aquel sencillo, pero magistral anuncio, contemplé admirada los trazos sobre el muro lateral de la fachada: Matías Rodríguez ― Carpintería ―Leí―. Completaba la inscripción un dibujo hiperrealista de un armario, con sus cajones y espejo y,  al lado, un teléfono con una serie de números digitales, perfectos en todos sus ángulos. Bajo el anuncio una pequeña firma, escueta, pero muy personal:

Quintero.

 Ninguna letra clásica. Ninguna de imprenta. Pero todas ellas dotadas de su propia peculiaridad. Recordé mis estudios de grafología, y leí en cada una rasgos del extraordinario artista que tan poco tiempo nos había acompañado, y del que apenas se conservaba más testimonio ni recuerdo que aquel mural.

Letras desligadas, sin sus palos laterales, me hablaban  del desapego de su portador.  La N, interrumpida en la mitad de su curva, señalaba su falta de apoyo y respaldo, al tiempo que la R, puntiaguda, como saeta, mostraba su carácter contradictorio, reflejado igualmente en la barra ascendente de la T y en la extraña O que, en forma de rombo, daba muestra de una personalidad fuera de lo común, creativa y singular.

El ruido de una sirena me sacó de mi ensoñación y caí en la cuenta de que había pasado un buen rato mirando el letrero. Soplaba un viento frío y tenía los ojos empañados. Recordé hacia dónde me dirigía y los recados que tenía pendientes.

¡Quintero!

Pronuncié su nombre en voz alta y, soltando un bufido, arrojé de un puntapié contra una esquina una lata de cola que me estorbaba el paso en la acera.

 

Texto publicado en la revista Argentina Extrañas Noches- Literatura Visceral:

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2017/04/01/El-mural