La verdadera historia de la elefantividad

Algunos días la noche llega antes. En esos días, mamá prepara un vaso de leche con cacao a media tarde y me hace acostar muy temprano. Dice que es para que no oiga pasar a los elefantes que vienen cargados de sueños para los niños buenos. Como voy a la cama tan pronto a veces me entra hambre antes de que sea hora de levantarse, entonces llamo a mamá y ella me enseña un truco infalible para engañar al estómago y poder descansar. Se acuesta a mi lado y entre las dos nos ponemos a contar elefantes.

Yo le hablo de un elefante que viene cargado de regalos y trae, entre otras cosas, el columpio que se quedó en casa de la abuela Inés cuando vinimos a España, la enredadera que crecía desde el balcón hasta tocar el tejado, y a la misma abuela, que viene sentada en una silla de oro, como son las sillas de los elefantes de sueños. Mamá también tiene su elefante favorito y es uno que siempre va vestido de amarillo porque ese es el color del sol y de las flores de nuestra tierra. Brilla tanto el elefante de mamá y da tanto calor que me olvido de que estamos en invierno y va a venir esa fiesta que los niños de aquí llaman Navidad. Yo, al principio, no comprendía porque esos días toda la ciudad se llena de luz y no se puede alcanzar ninguna, y mamá tenía que reñirme cada vez que me veía alzar los brazos para coger una estrella. Me costó mucho entender que todas esas estrellas estaban para alumbrar las calles, porque nosotros siempre tenemos que alumbrarnos con velas cuando se hace de noche y por eso quería coger solo una de las luces, para ver como se ve mi habitación al ponerse el sol, cuando mamá y yo soñamos con los elefantes. Y hablando de elefantes, ahora ya sé a qué viene poner tantas luces en las calles, porque mamá me contó que era para alumbrar su paso cuando llegaban cargados con los sueños de los niños, y también me contó que ese cuento de papá Noel y los elfos no era verdad, pero que los mayores nos lo decían para que nos acostásemos pronto y no oyéramos el ruido de los verdaderos magos: nuestros amigos, que traían sobre sus lomos nuestros sueños secretos.

Ahora que mamá me explicó, por fin, en que consiste esto de la Elefantividad estoy más tranquila, aunque no me deja pronunciar el verdadero nombre de la fiesta salvo cuando estamos las dos solas. Dice que es nuestro secreto y a mí me gusta la idea de tener secretos con ella, porque eso quiere decir que me estoy haciendo mayor y podemos hablar de nuestras cosas, pero hay algo que no entiendo de la Elefantividad, y es porque los sueños que pido tardan tanto en llegar a casa. Anoche se lo pregunté a mamá y me dijo que era porque quedaban pocos elefantes y muchos sueños por cumplir y que, por eso, ella se iba a encargar de ayudarles a repartirlos, junto con otras madres igual de buenas. Cuando me lo dijo me asusté un poco, porque pensé que iba a dejarme sola de noche, pero ella me dijo que hay un lugar para los niños de las mamás que trabajan de repartidoras y que allí voy a poder hacer muchos amigos e intercambiar con ellos elefantes de la suerte, mientras esperamos para volver a nuestras casas.

 

Relato publicado en la revista zaragozana EL Callejón de las Once Esquinas en el número de diciembre ‘2017

4 comentarios sobre “La verdadera historia de la elefantividad

  1. Vaya, que gran relato. Sencillo, tierno, contundente. La otra cara de la Navidad. Fíjate que yo, con eso de los elefantes, estaba pensando en los niños de la India. Aunque la verdad, podrían serlo de cualquier sitio. Me ha dejado muy buen poso tu relato. A veces, los mejores discursos, salen de labios de un niño. Porque su realidad, es reflejo de lo que todos necesitamos, y no es algo material (que también). A lo mejor solo es comprensión, cariño, solidaridad.
    Ahora que conozco la verdadera historia de la elefantividad, voy a ver con otros ojos esas luces de Navidad de las calles
    Un beso grande
    Para mí es un placer venir por aquí siempre que puedo.

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  2. A mi me da la impresión de que detrás de este relato hay mucho más de lo que se cuenta. Es un relato que nos habla de la inmigración y de la pobreza, de unas gentes que tienen que dejar atrás su tierra para tratar de conseguir un futuro con algo de dignidad para ellos y para sus hijos. Un cuento donde las ovejas se cambian por elefantes, de esos que ya quedan pocos, y la navidad es algo lejano para esa niña que proviene de otras tierras. El final es dramático, en una casa donde los deseos tardan en llegar, la madre tiene que salir por la noche a ganarse el pan para tratar de mejorar esa situación. Mejor no preguntar como se gana la vida.
    Excelente Manoli, un relato precioso y cargado de sentimiento. Besos.

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  3. Has captado completamente, Jorge, lo que he querido decir con este cuento.

    La inmigración está presente, y aunque en principio pensé incluir el lugar de origen de la niña (estaba pensando en alguna zona de América Central, como Bolivia o Colombia, de ahí las flores amarillas, como el cempasúchil, flor típica de México, pero también de los territorios que acabo de mencionar) pero, finalmente, decidí no incluir la localidad porque, como bien ha dicho Isidoro, la pequeña podía ser de cualquier lugar.

    En estas fechas que se aproximan se habla mucho de “Espíritu Navideño” aunque creo que estaría mejor hablar de “Espíritu Solidario” para todos los días del año. La verdad, no me gusta ser pedagógica pero no puedo evitar ver un gran derroche consumista en esta festividad.

    …Y sí, quizá queden pocos elefantes, pero todavía quedan 😉

    Muchas gracias por tu visita, Jorge, y felices fiestas por si no coincidimos antes en algún paraje de letras.

    Un gran abrazo.

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  4. Muchas gracias, Isidoro.

    Te cuento que este relato lo escribí para un concurso de navidad el año pasado, por el que pasó sin pena ni gloria, quizá porque el tema que yo planteaba les pareció “poco navideño”, jaja. No lo puedo evitar, se que queda muy bien lo de “volver a casa por Navidad” y esas cosas, pero siempre que veo los grandes derroches de estas fechas, me preguntó por tantas y tantas gentes que no se pueden permitir ya no las cosas materiales (que también, como tú dices) sino siquiera el poder estar con los suyos con un mínimo de tranquilidad.

    Hay otras navidades que, quizá, pudieran llamarse de otra forma, con o sin elefantes.

    Para mí también es siempre un placer leer tus comentarios.

    Felices fiestas, Isidoro, con elefantes de la suerte incluidos (aunque no sean de oro, sino mucho mejores)

    Besazos.

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