El cuento que me contaron

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Ayer Nadia me habló de la Navidad.  Me contó que es una tradición de Occidente que, por curioso que resulte, hunde sus raíces en  Oriente y toma elementos griegos, e incluso de los antiguos ritos celtas, para acabar mezclándose con leyendas de los países nórdicos y sajones. Vaya cuento ese de la Navidad, en la que un obispo con su sayal rojo acaba convertido en un anciano rechoncho vestido del mismo color pero con chaqueta y pantalón y  una larga barba blanca al que, para más inri, se refieren como si fuese una mujer: Santa Claus, e incluso en algunas zonas con nombre de padre: Papá Noel. La tradición cristiana nos habla asimismo de otros tres hombres que resultan ser tres Reyes Magos, que regalan al niño Dios que acaba de nacer por obra y gracia del espíritu santo de una joven virgen casada con un anciano, tres grandes dones: oro, incienso y mirra, que simbolizan, en ese orden, lo material, lo espiritual y lo sagrado. Pues me ha contado Nadia que para celebrar la Navidad, cuyo nombre quiere decir renacimiento, se regala a los niños  juguetes y cosas que ellos mismos han pedido antes en largas cartas dirigidas a los almacenes de los Reyes Magos o del orondo Papá Noel. No se les regala mirra ni incienso, quizás porque el oro, como primer elemento de la lista, oculta con su brillo a los otros dones. Yo no se cuál es la verdad, pero creo que esos niños de Occidente tienen una suerte morrocotuda, porque les caen del cielo regalos que a los demás nos están vetados cuando debería ser al revés. Nosotros, los niños migrantes desheredados (*), nos acercamos más a la historia de ese Dios que nació en un pesebre sin más calor que el que le daba una mula y un buey, y al que alguien birló  el oro en un descuido.

 

 

(*)Crisis migratoria de niños (BBC)

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros:

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