El octavo mandamiento

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Dicen que negro es pecar, y que negra es la boca del infierno. Negra la oscuridad y la infamia. Mundo negro. No peca. Jura. Jura y perjura que no lo conoce. Y no miente. No miente porque el sujeto que está sentado en el banquillo no es el que él conoció. No es su compañero de trabajo y compadre de juergas. No. Ese tiene las manos manchadas y el alma más negra que el carbón. Y piensa si en el infierno los carbones se encenderán para arder eternamente o serán ceniza sobre ceniza. No miente. Él lo vio. Lo vio cometer actos que jamás le atribuiría. Ese es un asesino –responde. No es mi amigo. No.

 

Texto basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

 

 

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El siseo de las mariposas

La seda es un tejido delicado y los gusanos que la producen son criados con gran esmero. Una vez que los huevos eclosionan, las larvas son alimentadas con hojas de morera hasta que comienzan a elaborar capullos finísimos, cuyos filamentos darán origen al hilo de la preciada tela. La mayoría de estas laboriosas larvas no llegarán nunca a ser mariposas, ya que apenas terminan  el envoltorio de su crisálida, son desechadas de inmediato. Solamente unas pocas, destinadas a producir más huevos y, por ende, a futuras obreras, sobrevivirán. De entre ellas, quizá una se pose en tu ventana un día, y puedas admirarla un momento, antes de que un soplo de aire la espante de tu lado, al escuchar el siseo de tu vestido de seda.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Foto realizada por mi sobrina Z.F.V

Texto elaborado para el blog de escritura creativa Nosotras, que escribimos  para el ejercicio Escribiendo con los cinco sentidos, sentido tacto: tacto de seda.

 

 

 

Una ya tiene sus años y ha visto muchas cosas recorriendo estas calles de Dios, pero aquel tipo no era bueno, no, que lo sabré yo. Arrojó unas monedas a mi plato y servidora ya iba a ofrecerse para leerle la buenaventura cuando vi que muy mala la gastaba el mocito, muy mala, sí señor. Debió de verme el susto pintado en la cara porque se echó a reír mientras yo rezaba todo lo que sabía, ya que cuando ríe el diablo alguien llora, y al malparado le seguía la misma muerte, en forma de una niña en la sombra.

Texto basado en la foto, elaborado para ENTC

El vigía

 

La imagen puede contener: 1 persona, de pie y exterior
Foto: Carl Størmer (1890)

 

―Espera aquí, Pedrito, que voy a enseñarle a la señorita donde queda una dirección. ¡Y deja de mirar a los transeúntes con ese ridículo catalejo, que te van a tomar por un pirata!

Mi madre, de tan lista, a veces se pasa de rosca y se vuelve tonta: Espera aquí, Pedrito, que voy enseñarle a la señorita donde queda una dirección… ¡Como si ignorase yo su oficio de alcahueta, que cada vez tiene menos clientela! Menos mal que a la paga que le da Maruja por promocionar sus habitaciones le añado, de extranjis, la propina que me dan a mí los maridos de las señoras por avisarles cuando llegan de vuelta que si no…

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Texto elaborado para el espacio Viernes Creativo de El Bic Naranja

Rutinas

El ala de tu beso es un ala que suena

igual que esas viejas cometas

que llevan tiempo guardadas

y parecen crujir al desplegarse.

Me besas y me llevas

presa en tu boca hasta mediodía

como esas letras que se caen de los renglones

y aparecen raídas en los bolsillos

cual migas diminutas.

En la comisura de tus labios resbalo

hecha un hilo de sueño

que tu animas

despiertas, muerdes, buscas

para llenar los huecos de las horas

como pasta de chicle, nicotina,

caramelo de café con leche

que baila lentamente en tu lengua

día tras día.

El ala de tu beso es un ala quebrada

que atestigua el recuerdo de mi fuga.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Poema publicado en la revista Valencia Escribe, en el Número de Enero 2018

Valencia Escribe

 

 

 

 

El ruido de sus pasos al caminar

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Camina deprisa. Como si al acelerar el paso espantase la oscuridad. Odia el ruido de sus zapatos sobre el pavimento  y piensa que tiene que llevarlos al zapatero para que le ponga suelas de goma, suelas silenciosas que no anuncien por dónde va.  Ha perdido el último tren y sabe que no llegará a tiempo de acostar a Martín y decide llamar para darle las buenas noches. Marca un número y le llega la voz familiar de su madre: el niño duerme ya. Ha llegado cansado del colegio y ha cenado temprano. No te preocupes, dice, todavía no ha llegado Ismael. Ismael es el padre de Martín y el marido de la mujer que camina deprisa en la oscuridad. La misma que acaba de llamar a casa para anunciar que no llegará a tiempo de acostar al pequeño.

La abuela pone la mesa, mientras el padre del niño, que acaba de entrar por la puerta, descuelga el teléfono. Llaman de la estación de tren, han encontrado este número en el dispositivo móvil de una mujer descalza, que  ha caído sin vida sobre el andén.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones en el V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

Fuente de la imagen: miszapatos.com

Llamadas a media noche

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Fuente de la imagen: itpmperu-wordpress.com

 

La despierta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

Al otro lado de la línea el silencio. Un denso silencio.

―¿Eres tú, Daniel?

Le responde una voz rota, como un susurro lejano:

―Llamaba para decirte adiós, Sara.

―¿Ya has llegado a París?

―No.

Un sonido agudo como de una sirena de ambulancia atraviesa la noche, arrancándola del sueño y volviéndola de forma brusca a la realidad. Su corazón late desbocado mientras los pulmones se esfuerzan en respirar. No recuerda qué ha soñado pero siente la mano del miedo aferrada a su garganta, y otra vez ese sudor frío que anticipa lo que sucederá. Se levanta, y busca a media luz una pastilla para seguir durmiendo, pero apenas comienza a descender en brazos de Morfeo, la alerta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar la antología del V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

 

 

 

 

 

 

Enfriando el champán

Cristina agarra el punzón y lo clava con fuerza en el hielo. Pica hielo pensando en los invitados que están a punto de llegar para la cena de fin de año. Pica hielo pensando en su exmarido que este año vuelve, como los malditos turrones por Navidad, a cenar en su casa. Y ella consiente por sus hijas, siempre las hijas, que se han puesto de acuerdo, como buenas gemelas, para insistir en cenar con los dos. Ni con la una ni con el otro: con los dos, como si no supiesen lo que se cuece, que hace tiempo que no son niñas y no ignoran que él se acaba de dejar con la última Barbie, la de las tetas de goma y culo con relleno con la que iba al gimnasio todos los días; vaya por Dios, con lo monísima que era… Y sigue picando hielo mientras piensa en su padre, que ha pedido el alta voluntaria en el hospital, tras prometerle por centésima vez que está limpio, pero que aparecerá por la puerta con varias botellas de vino blanco, cava y quien sabe más, y al que pillará bebiendo en la cocina, mientras sostiene el abridor con la otra mano y pone cara de res camino del matadero: ¡Estaba probándolo, Cristina, hay que ver cómo eres! Y esta Cristina sigue picando hielo y más hielo, porque sabe que le va a hacer falta. Le va a hacer falta para enfriar un poco la calentura interior que amenaza con convertirse en volcán y estallar escupiendo lava. Lava y más lava. Ardiente lava, que arrasará con la cara de bobo de su ex, con la sonrisa bailona de su padre y con los novios de las gemelas, cubriendo los dientes largos de bruno y el pelo engominado de Toni, el yernísimo. Sí. Cristina sigue picando hielo para la cubitera. Hielo y más hielo, sin darse cuenta de que hace tiempo que está sonando el timbre de la puerta y los teléfonos de la casa también comienzan a sonar.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros, bajo el lema: Cuentos de Navidad.

CuentosdeNavidad