La puerta mágica o la aprendiz de maga

 

―Una vez encontré una puerta que estaba buscando una casa ―habló el mago.
―¿Y la encontraste? ―preguntó Alicia, la aprendiz de maga.
―Sí y no. Uno nunca sabe si está encontrando lo que busca cuando no tiene una idea definida de lo que es.
―¿Quieres decir que no sabías lo que buscabas?
―Prefiero decir que sabía lo que no buscaba.
―¿Y qué fue lo que encontraste?
―Bueno, digamos que las casas me encontraron a mí.
―¿Las casas?
―Sí ―respondió el mago, poniendo cara de estar revelando un secreto― A veces una misma puerta puede conducir a muchas casas. Todo depende del día, de lo que esperes encontrar y de la fuerza que apliques cuando la abras.
―Cuéntamelo todo, por favor ―pidió la joven aprendiz.
―Está bien, pero no seas impaciente. Te contaré la historia tal y cómo sucedió, pero después tú tendrás que atar los cabos sueltos y sacar tu propia conclusión.

»Yo caminaba sin rumbo fijo, casi a punto de desistir de mi objetivo –comenzó a contar el mago― Llevaba mucho tiempo buscando una casa. Pero no quería una casa cualquiera, sino una capaz de transformarse. Supongo que es difícil de explicar; pero jamás de los jamases imaginé que antes de encontrarla pudiese encontrar la puerta y, sin embargo, por insólito que parezca así fue. Tropecé con ella por casualidad, de hecho me salió al paso, porque de pronto estaba delante de mí. La puerta y yo solos: ¿te lo puedes figurar? no había nadie alrededor en varios metros a la redonda, ni siquiera edificios. Sin darme cuenta yo había caminado durante horas, en un estado de ensoñación. Iba como sonámbulo, sin pensar en nada, solo concentrado en mis propios pasos, en el aire cortándome el rostro mientras seguía hacia adelante. Andar y andar. Yo no sé si alguna vez has andado como si no pudieses parar, como si no tuvieses nada más que hacer y el objetivo mismo fuese seguir caminando. Pues así iba yo, concentrado en el camino y sin esperar nada y entonces ¡zas! ahí estaba la puerta, como si la intensidad de mi deseo y la energía que yo mismo había generado con mi pensamiento se hubiesen concretado en ella. Una lustrosa y robusta puerta con su aldaba de hierro forjado delante de mí. Fue en aquel momento cuando percibí lo mucho que me había alejado de la ciudad. No niego que sentí un poco de miedo y tuve el impulso de volver sobre mis pasos; de considerar que esa puerta, que había aparecido de la nada delante de mí, no era más que un producto de mi imaginación, exaltada por el intenso ejercicio. Pero mis dudas se esfumaron pronto. Si había llegado hasta allí era por algo y la puerta estaba esperando que reaccionase. Así que inspiré fuerte y tiré del picaporte, imaginando que hubiera lo que hubiese al otro lado era bueno. Nada más abrirla, me encontré ante un jardín lleno de exóticas y frondosas plantas. La vegetación era inmensa y un camino serpenteaba ante mí, cubierto de pequeñas piedras. Era increíble, como uno de esos jardines de cuento que dibujas de niño. Si era un sueño lo que estaba viendo no quería despertarme. Avancé por el sendero empedrado hasta lo que parecía ser una gran mansión. Al llegar a ella me detuve ante otra puerta, con su brillante aldaba esperándome.
―¿Y llamaste? ―pregunta la aprendiz de maga, expectante.
―Sí, Alicia. Llamé.
―¿Y qué fue lo que pasó?
―Que abriste tú. Abriste tú y comprendí que el sendero por el que los dos habíamos caminado hasta encontrarnos era el mismo. Por mucho que tú te creas aprendiz y a mí me llames maestro».

 

Fuente de la imagen: Pinterest

 

Anuncios

La línea quebrada

La presencia de dobles enlaces en los ácidos grasos tiene una importancia relevante tanto estructural como metabólica, ya que determina que las características sean completamente distintas, de tal forma que un ácido con enlaces sencillos tendrá una forma molecular rectilínea, mientras que un ácido de dobles enlaces presentará una inflexión en el lugar de su “doble enlace” que le hará tomar el perfil de una línea quebrada. Dicho esto, hay que tener en cuenta que un enlace simple es mucho más estable y resistente que un doble enlace, que siempre resultará más vulnerable y débil, aunque cuando este último se rompe se convierte, de forma invariable,  en un enlace sencillo.

La lección del metabolismo de los lípidos podía aplicarse a mi vida, pensé mientras miraba la cama doble y el hueco vacío del armario. Lo único que me reconfortaba entonces era saber que, al estar de nuevo sola, ya no sería tan vulnerable.

Manuela Vicente Fernández©

 

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo la premisa de utilizar un “lenguaje técnico” en la narración 

Diez cuentos para iluminar talentos (Luna Literaria)

 

Hoy quiero hablaros de un libro colectivo en el que he tenido el inmenso honor y placer de participar.

La historia de este proyecto comenzó para mí cuando leí las bases del concurso en el que componentes del equipo de Moon Magazine se habían embarcado para editar su primer libro y promocionar el género del cuento que, a pese a ser la base de la historia de la literatura oral y escrita, en los tiempos actuales no suele ser la opción más escogida por el lector, decidí inscribirme para participar. Al hacerlo, no podía imaginar lo mucho que me compensaría haber tomado esta decisión.

En las bases del concurso constaba que, al inscribirnos, recibiríamos una fotografía, distribuida al azar, de la deberíamos partir para desarrollar nuestro cuento. Confieso que cuando recibí la imagen que se me asignó, me resultó, al principio, difícil de interpretar. Hube de darle muchas vueltas, porque la ilustración no me inspiraba mucho y no hubiera sido de mi elección si hubiese tenido la libertad de elegir. Se me presentó, por tanto, un reto. Ante mí, se distinguía, muy claramente, un personaje frente a los otros dos que integraban la imagen. Un personaje negativo, complejo. Eso no lo dudaba, pero, por lo mismo, difícil de abordar: ¿Quién era? ¿Qué escondía? esas fueron las preguntas que dieron origen al relato La vida perra, relato del que escribí varias versiones que no me acababan de convencer hasta que, una noche me senté a solas con el personaje y, literalmente, solté cuánto me inspiraba. No me guardé ninguna impresión y, cuando le di al botón de “enviar” pensé que, al menos, había escrito cuánto me transmitía la imagen, independientemente de lo literario que resultase.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, pasado un tiempo, recibí un correo de Luna Literaria comunicándome que mi cuento había quedado finalista. Son esas sorpresas que nos da la vida cuando somos consecuentes con lo que hacemos e intentamos escribir “cómo lo sentimos” despojándonos del afán de agradar o destacar.

Pero el periplo con Luna Literaria no acaba aquí, porque mi cuento no es sino una pequeña semilla en el campo de un libro lleno de cuentos extraordinarios (con el permiso del gran maestro del cuento, el gran Edgar A. Poe, que espero que me disculparía por usar este adjetivo *).  Al recibir en mis manos el libro tuve la suerte de conocer a grandes autores de trayectorias diversas y leer cuentos de gran calidad narrativa.

Agradezco desde aquí al equipo de Luna Literaria que nos presenta una edición muy cuidada con un excelente prólogo de Txaro Cárdenas (periodista y directora de Moon Magazine),  maquetación y edición por Néstor Belda (profesor de escritura creativa) e ilustraciones y fotografías de Javier A. Bedrina (fotográfo)

Espero que disfrutéis de la lectura.

 

 

Diez cuentos para iluminar talentos

 

Notas y enlaces:

Moon Magazine

* Historias extraordinarias: Volumen que recoge una selección de cuentos de Edgar Alan Poe.

Final de recorrido

Josh_Kern

La relación entre Azzan y yo era imposible. Los dos lo sabíamos. Él había llegado a Madrid para realizar un máster sobre periodismo y, al finalizarlo, regresaría a Israel. Quería ayudar a los suyos, poner su grano de arena para ayudar a que el conflicto político de su país se solucionase. Siempre supimos que la realidad se interpondría entre nosotros dos con todo el peso de sus obligaciones, por eso evitamos tener un contacto que nuestro cuerpo nos pedía a gritos cada vez que coincidíamos. Aquel último día hicimos juntos el recorrido en metro como siempre pero, al llegar a la parada en la que me tocaba bajar, Azzan me tomó por la cintura y me dio un regalo inesperado: un beso tan dulce que me haría recordarlo toda la vida.

Texto basado en la imagen y elaborado -con motivo de San Valentín- para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

A contraluz

Otra noche despierto para verte. Tal como eres.
Como nunca fuiste.
Hay que amar mucho para poder verse
en esa desnudez que no mostramos,
en ese cuerpo a cuerpo que se duerme
sin dejarse ver. Apenas,
dejas un haz de luz que vas perdiendo,
que se alinea en forma de luciérnagas,
perlas que yo recojo sin decírtelo
para alumbrar tu sueño de durmiente.
No hay noches más cortas que esas noches
en que, cerca de ti, velo tu ausencia
ese vago partir, cual un ensayo extraño de la muerte.
Te amo tanto que he querido olvidarte
cerrar los ojos cuando estás durmiendo,
mirar hacia otra parte, convencerme
que siempre has sido el mismo
que amanece a mi lado sin verme.
Y, sin embargo, cuántas noches mirándote
dormir a contraluz me ha parecido verte
abrir los ojos, decirme: estoy aquí.
Aún no me olvides. Yo también estoy viéndote.

 

Poema elaborado para la web de Zenda libros bajo las bases del concurso #poemasdeamor

Recreación by Richard Tuschman de la obra de Edward Hooper “Windows seat”(pink bedroom)

 

 

 

 

 

 

Ahora

Porque el agua se escapa

debajo de nosotros

nos volvemos de espuma

para alzar nuestras olas

nuestras bocas abiertas

con los peces del día

con la sal y la sed de veranos

sin sombra

armados con la fuerza

de la pasión desnuda

sin dejarnos más nada

que los cuerpos sin ropa

labios llenos de carne

que despiertan al grito

de la sangre que clama

por las venas su aurora

cuando párpado e ingle

se rozan sin sentido

y desatan la fuerza

que erosiona la roca

cuando habita el deseo

los cuerpos fugitivos

y labra entre sus pliegues

una nueva memoria

que germina en los límites

de tu cuerpo y el mío

en un tiempo imposible

que el reloj no convoca

por debajo del agua, del dolor,

del abismo,

unimos nuestros cuerpos:

Nos amamos. Ahora.

 

Poema presentado al concurso de Zenda #poemasdeamor

Resultado de imagen de imágenes de olas
Fuente de la imagen: artelista.com

 

Sigma blues

Mamá cosía. Desde bien temprano en la mañana, oíamos el ruido de su máquina de coser. Cosía los pantalones de trabajo de nuestro padre, los agujeros de los calcetines, los rotos de los bolsillos de los abrigos, los fondos de los pantalones que nos quedaban largos pero, sobre todo, mamá cosía vestidos y trajes para sus clientas. Telas finísimas y muy caras, que nos dejaba acariciar a Marlen y a mí: “¡Mirad, niñas, qué sedas! lo bien que os sentarán cuando crezcáis y yo os haga vuestros vestidos para lucir el día en el que os graduéis”.
Aún ahora, treinta años después, cuando llega el silencio de la noche, me parece oír cosiendo a mamá, que no llegó a confeccionar nunca nuestros vestidos de graduación, porque Marlen y yo nos fuimos, contratadas como acróbatas de circo para bailar en la cuerda floja, poco tiempo después de que el hilo que sostenía la vida de nuestra madre se quebrase, y papá vendiese su máquina de coser.

Manuela Vicente Fernández ©

Fuente de la imagen: /www.anuncioneon.es

 

Texto elaborado para el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos

 

 

 

 

Secretos de alcoba

Hay olores que se quedan adheridos a tus recuerdos y no puedes volver a olerlos sin sentir que viajas en el tiempo al momento en que ese olor se coló dentro de alguna escena. Yo era un niño muy chico cuando sucedió aquello. Recuerdo que me escondí dentro del armario cuando vi que se abría la puerta de la habitación. No me vieron. Ni el abuelo ni Merce, la chica de servicio que venía a planchar dos veces por semana. Olía a naranjas. La abuela ponía sus mondas en los estantes de la ropa, para espantar a las polillas. Yo miraba por la cerradura del armario y veía cosas prohibidas: pechos de mujer enormes, nalgas blancas y redondas, brazos y piernas entrelazados, y al abuelo en medio del lio. Había entrado en su cuarto para buscar la colección de soldados que guardaba en una vitrina, pero ya no volví a jugar con ellos nunca, ni tampoco a comer naranjas.
 
Manuela Vicente Fernández © 
Micro elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos