Ese amargo aleteo

 

La sangre de tu beso deja un rastro

de luz sobre mi cuerpo cuando pasas.

Anclada de raíz sobre tu pecho

me descubro a mí misma, fragmentada,

siendo una y otra a un tiempo.

Otra en tu boca cuando muerdes, besas,

una en la soledad de tu abandono.

Porque duele el amor que tanto ama,

caratula de sombra al ser de noche.

Y es ahora,

cuando arrecia la fría escarcha del silencio

que tus besos me vuelven de amapola

eólico puñal que no me encuentra.

Sabes que tienes el poder de transformarme

en múltiples luciérnagas que alumbran

el campo fértil de mi larga ausencia.

Es de carne este amor, de sangre y luna

que repite hasta el límite el misterio

de llenar el vacío y agotarse

estirando en tu vuelo mi aleteo.

Oceánico gemido que atraviesa

la ausencia de tu mano en mi costado

de árbol que se retuerce

fecundando

de dolor mis sentidos al caerme.

Es terrible este amor, terco, silente,

que divide mi cuerpo en dos mitades:

Sombra que te descubre, dolorida,

luz que se vuelve fin, cuando amanece.

 

 

Poema publicado en el número 41 de abril de la revista Valencia Escribe

Revista Valencia Escribe

 

 

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El gran salto

 

La imagen puede contener: exterior y naturaleza
Foto: Elmar Geissler

 

Las bases decían que el texto que escribiésemos debería llevar por título: El gran salto y basarse en un salto importante, real o metafórico. Cada viernes el tema era distinto. Los dos últimos habían sido Cuéntame un sueño y El conflicto con la identidad externa e interna y ahora venía lo del salto. Una escribe y, al hacerlo, busca posibles resonancias. A mí el título me llevaba directamente a una caída libre, una caída sin paracaídas sobre un océano en medio de la nada. Abrí el word y comencé a escribir: Las bases decían…

                 Manuela Vicente©

 

Texto elaborado para Los Viernes Creativos de El Bic Naranja con las siguientes premisas: Titularse El Gran Salto, y estar basado en un salto real o metafórico.

 

LA CASA DEL VIEJO

 

Fuente de la imagen: ibytes.es  “Boys card game”

 

Relato finalista en el II Premio  de Relato Breve convocado por el semanario Las Nueve Musas (Oviedo)

 

La casa en la que vivía el viejo era la más antigua del lugar, tanto, que se creía que había sido la primera casa del pueblo. Sus ancestros habían ayudado a la orden de los franciscanos desde tiempos inmemoriales. Ayudaban en las cosechas, en la restauración del convento y en lo que hiciera falta, quizás por ello, el viejo gozaba del respeto de los religiosos. Fray Rufino, el guardián del convento, le tenía en mucha estima y con frecuencia mandaba a los hermanos a llevarle diversos productos de la huerta. Los niños del lugar no compartíamos el mismo sentimiento por el anciano. Acostumbrábamos a llamarle viejo pese a la corrección de nuestras madres, que insistían en que nos refiriésemos a él como señor Demetrio, pero nosotros le llamábamos viejo a conciencia, porque nos resultaba gruñón y antipático.

Estábamos en los terribles años de 1942 en una Italia entregada a la causa nazi. Los niños de Perusa vivíamos la escasez en nuestras carnes y nos fastidiaba ver el privilegio con el que contaba el viejo ante la población y la orden de los franciscanos.
Burlábamos la vigilancia de nuestras madres y, si el tiempo era bueno, jugábamos a molestarlo. Sobornábamos a su perro con restos de comida, y entrábamos en su propiedad para tirarle piedras a los balcones, golpear con fuerza la aldaba de la puerta, y escapar corriendo en cuánto le divisábamos. Los más osados intentaban colarse dentro de la casa para amedrentar después a los demás contando siniestras historias, como que el viejo coleccionaba cosas extrañas y que guardaba en su despensa tarros llenos de formol con restos humanos. Las malas lenguas decían que andaba en tratos con el diablo y que los monjes, para que los dejase tranquilos y no trajese el mal a la aldea, le llevaban alimentos como una forma de mantenerlo a raya. Los chicos más mayores iban aún más allá de todo esto y aseguraban que los religiosos le llevaban, en medio de las viandas, cuidadosamente escondidos, restos que iban a parar a su laboratorio, como embriones de mujeres que habían sufrido abortos, o muñones amputados provenientes de la enfermería del convento. A decir verdad, yo no creía nada de esto y tenía al viejo por buena persona, a pesar de su talante huraño. Poco a poco, fui desligándome del grupo poniendo excusas para quedarme en casa cuando insistían en molestar al pobre hombre, pero, sabedor de sus planes, no dejaba de sentirme cómplice por mucho que me retirase, por lo que pronto urdí otro plan para contrarrestar el de ellos: me haría amigo del viejo y, entre los dos, los alejaríamos. Fue así como mi amistad con Demetrio comenzó a fraguarse.

El primer día que acudí a su casa lo hice con la excusa de llevarle unas viandas del convento en lugar del hermano Bruno, al que intercepté con el encargo por el camino. No olvidaré la expresión del anciano al abrirme la puerta. Intenté convencerle de que mi intención era buena pero, sin darme tiempo, cogió el cesto con la comida y me cerró la puerta en las narices. No me di por vencido y continué rondando su propiedad y ofreciéndole mi ayuda ante la menor excusa. Tanta fue mi insistencia que, al final, una tarde lluviosa de invierno en la que acudí de nuevo con unos tarros de mermelada de parte del prior, se compadeció de mí al verme empapado y me hizo pasar para que me secase las ropas junto al fuego. Demetrio era hombre de pocas palabras, pero generoso de puertas adentro. Sin importarle mis quince años, me invitó a un café irlandés y me ofreció su pitillera. Fue la primera persona en tratarme como a un adulto y eso le granjeó automáticamente mi respeto. Entre él y yo se estableció una extraña relación, y pronto pasé a ser su chico de los recados, a cambio él me daba propina y eso me daba cierta independencia a una edad en la que disponer de algo de dinero te amplía el mercado de posibilidades. Me pagaba también por tareas de poca monta, como segarle el césped, ayudarle a colocar una verja, o recoger el ganado. Demetrio contaba con un rebaño de cabras y ovejas de las que sacaba leche, quesos y mantequilla que luego vendía en los colmados del pueblo. Lo mismo hacía con los huevos de las gallinas o con los animales que cazaba, pero a mí no me cuadraban nunca las cuentas, pues muchas veces le acompañaba en sus cacerías, y el número de los venados o conejos que cazábamos era muy superior al número de los que vendía. Él me explicaba que el invierno era largo y que metía muchas piezas en el arcón refrigerador, en previsión del mal tiempo o de cualquier imprevisto que le impidiera salir de caza. Como yo era joven y, a fin de cuentas, no era asunto mío llevar la contabilidad del viejo, no me preocupaba mucho por estos detalles, pero no podía evitar que la duda se me instalase entre ceja y ceja, y regresase a mi memoria parte de la leyenda que envolvía al hombre, cada vez que veía como Demetrio tan solo vendía una de cuatro partes.

Descubrí su secreto, como suele pasar con la mayor parte de los descubrimientos importantes, por pura y simple casualidad. A estas alturas de mi amistad con Demetrio, contaba yo con una llave de seguridad para entrar en su casa en caso de urgencia, siempre que fuese estrictamente necesario. Conocedor de la reserva de mi amigo y de lo importante que resultaba para él mantener su intimidad no había hecho uso de ella hasta aquel día en que, después de golpear la puerta varias veces sin obtener resultado, decidí emplear la llave para poner a salvo las botellas de vino y las truchas escabechadas que acababan de enviarle por mí desde el convento, y, tras dejarlas encima de la mesa de la cocina, ya me iba cuando llamaron mi atención unos ruidos que provenían del fondo de la casa.

Extrañado, agucé el oído pues me pareció oír la voz de Demetrio, y otras voces desconocidas que le contestaban. A mi mente vinieron entonces las murmuraciones y leyendas sobre la actividad del viejo y a punto estuve de abandonar la casa pero, tal como afirma un antiguo dicho, la curiosidad mata al gato. Mi naturaleza impulsiva no podía dejar de lado la oportunidad que se me presentaba así que, con especial sigilo, busqué la puerta del sótano y comencé a descender, muy despacio, por sus escaleras empinadas. A medida que descendía palabras comprometedoras fueron llegando a mis oídos: pasaportes, salvoconductodeportados. Al darme cuenta de lo que allí ocurría quise volver sobre mis pasos sin que me viesen, pero ya era tarde. El crujido de una tabla al descender les había alertado de mi presencia.

―¿Quién va? ―preguntó el viejo Demetrio con una voz de mando que le desconocía, al tiempo que sentí el ruido de  una pistola al cargarse.

―Soy yo, Demetrio ―dije con un hilo de voz, mientras me agachaba por puro instinto.

El grupo de hombres y mujeres allí refugiados  ―pues tal era la palabra que los definía― no se ponían de acuerdo en qué hacer conmigo. La mayoría opinaba que su seguridad estaba en peligro y que era imposible que un chiquillo como yo mantuviese la boca cerrada. Aunque Demetrio estaba de mi parte, no dejaba de estar enojado, pues quedaba en una posición ante los demás que le obligaba a tomar responsabilidades. Tras largos momentos de tensión y juramentos en los que la mirada del hombre  me fulminaba a cada segundo,  acordaron que la única garantía que podían tener de que yo no hablase era dejarme allí encerrado. Ante mi cara de susto y perplejidad, Demetrio se aprestó a tranquilizarme.

―No te preocupes, chaval. El guardián del convento hablará con tus padres y les convencerá de que te hemos encargado una misión.

Comprendí que los religiosos eran sus aliados para acoger a los judíos y de ahí venían las continuas entradas de alimentos que le procuraban. De pronto cuadraron en mi mente las cuentas de adónde iban a parar los animales de caza que el viejo no vendía, las botellas de vino, y las ingentes cantidades de leña que almacenaba. Al mirar con detenimiento  las caras de aquellas gentes pude ver el sufrimiento en sus ojos, la amargura en el rictus de sus labios, pero también la esperanza en los rostros de los más jóvenes, pues había niños y adolescentes allí en los que antes no había reparado.

Fue así como comenzó una nueva etapa en mi vida, marcada por el encierro con los exiliados judíos que habitaban en el trasfondo del sótano de Demetrio, pues el sótano, propiamente dicho, no terminaba dónde parecía, sino que contaba con una puerta oculta, que daba lugar a otras escaleras, por las que descendían los refugiados al caer la noche para llegar a otro refugio más profundo. Durante el día, todos ellos ascendían al segundo sótano para recibir un poco de luz, que entraba fugazmente a través de un pequeño ventanuco. Se cuidaban mucho de descender en cuánto Demetrio tocaba un timbre que tenía conectado al refugio desde la parte alta. Aquella tarde yo le había dicho a Demetrio que no vendría porque tenía que estudiar para un examen de historia pero, en el último momento, me había llamado el hermano Bruno para entregarme las botellas de vino y las truchas que pensaba tener listas al final de la semana y, debido a un cambio de planes en la organización, habían preparado antes. Todo pareció confabular, en resumen, para que yo me quedara encerrado en el refugio con los huéspedes de Demetrio, y conociese de primera mano parte de los horrores del holocausto. Algunos de ellos habían perdido a sus padres, esposas, hijos, madres, hermanos y demás familiares, de mano de los oficiales hitlerianos. Hasta entonces, Auschwitz, Dachau, Gross-Rosen, no eran más que palabras pronunciadas a media voz y a las que aprendí a sumar otras, como Risiera di San Sabba, en el que las condiciones de vida eran míseras pese a no ser deshumanizantes como en los campos de Alemania. Conocí la tristeza de no ser nadie, de perderlo todo y de depender de la caridad de los demás para sobrevivir pero, sobre todo, gracias a este encierro forzoso, tuve la oportunidad de conocer a Amanda.

Yo tenía dieciséis años en aquellos momentos, tres menos que Amanda. Ella era una joven muy culta, a la que le encantaba leer, de una belleza sin igual. Sus ojos almendrados te miraban de tal manera que no podías ocultarle nada. En el medio de la oscuridad del refugio, su piel blanca resplandecía ante la escasa luz de que disponíamos, como si se tratase de un diamante. Había conseguido traer, entre sus pocas pertenencias, unos pocos libros, sobre cuya lectura volvía una y otra vez, siempre que la luz se lo permitía. Fue ella la que me contó la historia de su pueblo, la que me habló de política y de los sueños de grandeza delirantes aprovechados para hacer germinar la idea de La gran Alemania como excusa para conquistar el mundo. Pero no solo de política se nutrió nuestra relación. Con Amanda era posible hablar de cualquier tema, inabordable con cualquier otra chica. Yo la veía como una maestra, por mucho que ella, de naturaleza humilde, se restase méritos; podía sentir cómo mi mente se abría al hablar con ella, para encontrar las respuestas a lo que preguntaba. No me preocupaba estar en el refugio, al contrario, mi obsesión era irme con ellos cuando consiguieran marcharse, para seguir al lado de Amanda. Incluso le planteé mis deseos a Demetrio, que me miró como si estuviese loco y los desechó de inmediato.

Cuatro meses de aquel otoño-invierno de 1943 fueron los que pasé encerrado en los sótanos de Demetrio, y puedo asegurar, sin ningún temor a equivocarme, que fueron los más intensos y provechosos de mi existencia. No solo en el terreno sentimental, sino en el conocimiento de la naturaleza humana y en su inmensa capacidad de recuperación, de seguir adelante en las circunstancias más adversas e inesperadas que la vida pueda ponernos por delante. No dejó, ni por un momento, el viejo Demetrio que me relajase en mis responsabilidades con la excusa del encierro, sino que aprovechó para encomendarme que, dado mi repentino interés por la lectura y los acontecimientos políticos, llevase un diario de todo cuánto sucediese en el sótano además de la contabilidad de los gastos. Ese sería el proyecto con el que se me conocería, una vez terminada la etapa funesta que nos tocaba vivir. No dejaba de sorprenderme mi amigo con su conducta y sus intentos para animarme a formar parte activa de la historia. Tanto que solo ahora, con la escuela que dan los años, llegué a formarme una idea del formidable hombre conocido como el viejo de la colina, que vivía en un pueblo de Italia.
Cuando llegó el día en que, finalmente, llegaron los pasaportes y salvoconductos que necesitábamos para que los hebreos pudiesen continuar su camino, sentí desgarrarse una parte de mi alma. Sabía que no podía ir con ellos, abandonar a mi familia e intentar labrarme un futuro incierto al lado de una mujer increíble cuando yo no tenía más que dieciséis años. La infinita paciencia y razonamiento de Amanda, que soñaba con poder ser un día una buena maestra, me hizo ver, aunque a regañadientes, que nuestros destinos tenían que separarse. La noche antes de partir la pasamos leyendo juntos pasajes del reciente libro de Saint Exupèry: El principito, y nos cambiamos nuestros nombres por Rosa y Zorro. Me quedé con el libro, y con el obsequio de una foto suya que me dejó guardada dentro del mismo y dedicada, en su parte posterior, con una de las frases célebres del cuento:

Siempre estaré contigo. Recuerda que «lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque prometió escribirme a casa de Demetrio, nunca llegué a recibir sus cartas. El viejo héroe murió poco tiempo después, a causa de un fulminante ataque al corazón que nos dejó a todos conmocionados. Su casa fue derribada con el tiempo por sus sobrinos, los cuales construyeron en el terreno un hostal al terminar la guerra, sobre cuya fachada hicieron poner una placa que reza:
Antigua casa de Demetrio Belgrano, bajo cuya tutela numerosos judíos pudieron salvar sus vidas del holocausto nazi.

Los monjes franciscanos se alegraron de verme regresar a mis estudios y, cuando tuvimos que partir de la aldea por el traslado de trabajo de mi padre a otra localidad, nos brindaron gustosos cartas de acogida para otros conventos de la orden, por si en alguna ocasión llegábamos a necesitar de ayuda, así como las puertas abiertas del suyo para venir a visitarlos. Terminé con éxito la carrera de medicina y, a mi vez, intenté seguir ayudando a mis semejantes en todo cuánto, Amanda y todas las personas que estuvieron conmigo en aquellos oscuros tiempos, me habían enseñado.

 

Manuela Vicente Fernández
Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

 

 

 

 

 

 

 

 

Un cuarto propio o la hermana ficticia de Shakespeare

El hecho de que allá por 1929 una escritora llamada Virginia Woolf se atreviese a publicar   el ensayo titulado Un Cuarto Propio, en el que analizaba las dificultades de las mujeres escritoras de la época para adentrarse en el mundo de la publicación careciendo del respaldo, no ya económico, sino social  y editorial para que se apostase por sus obras, es  algo que nos invita, casi noventa años después, a reflexionar sobre lo que la autora proyectaba que podía llegar a ser la literatura femenina en los tiempos venideros.

Al final del libro, Virginia lanza un mensaje que es, a la vez, una exhortación y una premonición sobre los tiempos futuros. Un mensaje claro, conciso:

 Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton (…) entonces, llegará la oportunidad; y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas y como su hermano hizo antes que ella, nacerá.”

La hermana ficticia de Shakespeare, la misma que, de haber nacido en el mismo seno familiar y condiciones que él,  se habría visto privada de las ventajas de la educación, negándosele la posibilidad de escribir y de ser, en definitiva, una mujer diferente a la que se esperaba que fuese.

 Pero ahondando en el ensayo de Un Cuarto Propio y tratando de ir un poco más allá del análisis de la literatura actual femenina, podemos ver que,  más allá de la figura de la mujer como escritora y persona que puede desarrollar plena y libremente sus facultades, en el mensaje de Virginia Woolf subyace otra invitación mucho más amplia. La invitación,  extensible a todo ser humano con independencia de su género o condición, a vivir la propia vida, sin sujeciones a su sexualidad o demás prejuicios sociales. Porque Un Cuarto Propio lo que viene a reivindicar es, en esencia, el derecho inalienable e intransferible de cualquier autor a tener licencia creativa y la suficiente libertad personal para profundizar en la expresión de su propio arte.

 

Manuela Vicente Fernández

 

ARTÍCULO ELABORADO PARA EL DIARIO DIGITAL EL HUMANISTA (21/03/2018)

 

La realidad y el deseo

 

Foto: Ann Mansolino (serie: Thresholds II )

 

Tenía los brazos eternos. Para  no lastimarse contra el suelo al caminar, ni dejarlos girar como cuerdas alrededor de su cuerpo, los embutía en unas largas y blancas mangas de algodón. Y así iba por la vida, acariciándolo todo a su paso y, a la vez, sin poder tocar nada de verdad.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo el tema: Relación entre el ser interno y la idea externa de identidad basada en la serie Thresholds II de la fotógrafa Ann Mansolino

Sueño adentro

Tuve un sueño. Soñé que tenía una casita en un árbol para mí sola. Una pequeña casa de madera, en la que refugiarme para contemplar las nubes, para ver el jardín desde arriba, el bosque, las piedras. Y soñé que las aves se detenían a beber agua, que reponían fuerzas a mi lado y me hablaban de sus viajes. De lo pequeño que se ve todo desde lo alto; lo lejos que parece el horizonte y cómo la línea del mar, ante la vista, se funde con el cielo. Y estaba tan a gusto en mi casa, tan sumida en mi ensueño, que me nacieron alas en la espalda y volé… sueño adentro.

 

Texto elaborado en los Viernes Creativos bajo la temática: Cuéntanos un sueño, del blog El Bic Naranja

 

Viajes

 

Foto: René Maltête

 

En todas partes, y no solo en Venecia, hay mujeres sirenas. Mujeres que, al llegar la noche, se llenan de escamas, sus piernas se unen en una larga cola de pez plateada. Esas mujeres, pocas, bajan a las profundidades. Y encuentran marineros perdidos, que están a punto de ahogarse. Los salvan del abismo del mar, despejan la sal de sus bocas, peinan sus cabellos enmarañados. Los conducen hasta la orilla, mientras susurran canciones en sus oídos, dulces canciones que les regresan de sus siniestros, de sus escarpados viajes. Yo conocí una vez a una sirena, cuando estaba a punto de ahogarme. La conocí y le pedí que se quedase conmigo. Y ahora, en las noches más oscuras, descendemos los dos a bañarnos.

Texto elaborado para la página Esta Noche Te Cuento bajo la temática: “Sirenas”

ENTC

 

 

El vuelo de Juan Salvador… o Juana

Hoy en día podría haberse llamado Juana. Y podría haber sido una gran planeadora, que volase tan alto como sus alas le permitieran. El mito del ave que se distingue de la familia de láridos para interrumpir la dirección de su vuelo y dedicarse a hacer acrobacias, no es un sueño imposible. ¿Por qué volar en grupo, al mismo ritmo y con la misma ruta, si podemos tener nuestro propio viaje? Tener la libertad de ser Juan, o Juana, comienza por detener el rumbo, pararse a preguntar: ¿dónde vamos? ¿Gaviotas planeadoras que vuelan bajo y soportan la lluvia de piedras, o aquellas que rompen el techo de los convencionalismos y vuelan más alto? En los tiempos que vivimos es una pregunta que, a todos los niveles creo, merece la pena plantearla.

 

Manuela Vicente Fernández ©

Artículo elaborado para el blog El Humanista

La luna en la calle Bailén

Es de noche en la calle Bailén. Echado sobre la cama  siento  la pegajosidad de mi piel, empapada en sudor. He bebido, pero no tanto como para olvidarme de ella. Estar solo conlleva pequeñas licencias, como la de fumar hierba tumbado sobre la cama, con la ventana abierta de par en par, las luces apagadas. Hace ya rato que arrojé los auriculares para cambiar a Metálica por el ruido callejero, los cláxones de los coches y los gritos del piso de al lado.

Pienso en Celia. A las once de una noche abrasadora de primeros de agosto. Veo su cuerpo desnudo, la blancura de sus nalgas, como dos medias lunas. Siempre me pareció que su piel era de un nacarado imposible. Sus pechos, pequeños y puntiagudos. Su cintura. Cómo me duele en este momento. En este momento, cuando trato de echar mano a la botella y ya no queda más. Ni una sola gota. Me bebería su sangre entera para perderme en ella. Pero ya no está aquí. No forma parte de mis días ni de mis noches. Su esencia está enterrada bajo siete llaves cuyos candados fueron arrojados al mar.

El humo carga el ambiente de la habitación y mi cabeza da vueltas. Celia… la única mujer que hubiera podido rescatarme, no está aquí. La atropelló, una noche como ésta, un tren que no esperaba. Sus pies descalzos caminaban sobre las vías y yo los recogí. Cargué con ellos toda la noche. De vez en cuando me hablaban. Lloraban por los pasos que nunca darían, los trenes a los que  no se subirían, las noches que habrían de venir. Noches como ésta, llenas de humo y de ginebra. De soledad.

Y lo peor, es que también ella está sola. Mucho más que yo. Porque ni siquiera puede contar consigo misma y esa es la única licencia que se permite ahora: el olvido. No sé si en la oscuridad de su noche entrará algún resquicio de luz. Si al mirar la luna se acordará de mí. La calle Bailén es un caos a estas horas. Alguien grita aporreando una puerta. Cuando la bebida y la hierba comienzan a hacerme efecto, me sumerjo en un breve sopor mientras mi mente se va llenando con la imagen de Celia. La chica que yo conocí, antes de que toda su familia pereciese bajo las aguas mientras luchaban por llegar a tierra,  y que ahora duerme, muy en el fondo de esa otra Celia que subsiste, en una de las celdas del hospital psiquiátrico en el que está recluida.

 

Cuento publicado en la revista zaragozana El Callejón de las Once Esquinas (marzo, 2018)