La luna en la calle Bailén

Es de noche en la calle Bailén. Echado sobre la cama  siento  la pegajosidad de mi piel, empapada en sudor. He bebido, pero no tanto como para olvidarme de ella. Estar solo conlleva pequeñas licencias, como la de fumar hierba tumbado sobre la cama, con la ventana abierta de par en par, las luces apagadas. Hace ya rato que arrojé los auriculares para cambiar a Metálica por el ruido callejero, los cláxones de los coches y los gritos del piso de al lado.

Pienso en Celia. A las once de una noche abrasadora de primeros de agosto. Veo su cuerpo desnudo, la blancura de sus nalgas, como dos medias lunas. Siempre me pareció que su piel era de un nacarado imposible. Sus pechos, pequeños y puntiagudos. Su cintura. Cómo me duele en este momento. En este momento, cuando trato de echar mano a la botella y ya no queda más. Ni una sola gota. Me bebería su sangre entera para perderme en ella. Pero ya no está aquí. No forma parte de mis días ni de mis noches. Su esencia está enterrada bajo siete llaves cuyos candados fueron arrojados al mar.

El humo carga el ambiente de la habitación y mi cabeza da vueltas. Celia… la única mujer que hubiera podido rescatarme, no está aquí. La atropelló, una noche como ésta, un tren que no esperaba. Sus pies descalzos caminaban sobre las vías y yo los recogí. Cargué con ellos toda la noche. De vez en cuando me hablaban. Lloraban por los pasos que nunca darían, los trenes a los que  no se subirían, las noches que habrían de venir. Noches como ésta, llenas de humo y de ginebra. De soledad.

Y lo peor, es que también ella está sola. Mucho más que yo. Porque ni siquiera puede contar consigo misma y esa es la única licencia que se permite ahora: el olvido. No sé si en la oscuridad de su noche entrará algún resquicio de luz. Si al mirar la luna se acordará de mí. La calle Bailén es un caos a estas horas. Alguien grita aporreando una puerta. Cuando la bebida y la hierba comienzan a hacerme efecto, me sumerjo en un breve sopor mientras mi mente se va llenando con la imagen de Celia. La chica que yo conocí, antes de que toda su familia pereciese bajo las aguas mientras luchaban por llegar a tierra,  y que ahora duerme, muy en el fondo de esa otra Celia que subsiste, en una de las celdas del hospital psiquiátrico en el que está recluida.

 

Cuento publicado en la revista zaragozana El Callejón de las Once Esquinas (marzo, 2018)

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4 comentarios sobre “La luna en la calle Bailén

  1. Qué relato más sobrecogedor Manoli! lleno de metáforas, en un primer momento pensé que lo del tren era real, hasta que según avanzaba caí en la cuenta que era la propia vida la que se la había llevado por delante para sumirla en su propia locura. Nos vas llevando de él a ella y de ella a él, cada cuál más desdichado, mientras el protagonista va desgranando su historia. Al final nos hablas de la pérdida de la familia ahogada en el mar. Supongo que no es el caso porque el nombre suena muy de aquí, pero no he podido evitar pensar en tantas familias que pasan por lo mismo escapando de la guerra.
    Enhorabuena por el relato y la publicación. Un abrazo.

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  2. Muchas gracias, Jorge.

    Te cuento que este es un relato al que le tengo especial apego. Lo tenía guardado, porque hace mucho tiempo que lo escribí (bueno, tampoco demasiado, pero igual un par de años). Bueno, pues no acababa de convencerme y le di otra vuelta estos días para enviarlo a la revista de El Callejón, porque la temática no me parecía para ningún concurso.

    Me alegra que te haya gustado.
    Otro abrazo.

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  3. Qué bien has reflejado la soledad en el piso de Bailén. Se respira, se palpa, la amargura, el abandono, el dolor. Me ha gustado mucho y me parece magnífico cómo te has metido en los pensamientos y la voz interior del hombre. Un tren que arrolla, los pies descalzos, las aguas que acogen a los náufragos, todas ellas nítidas imágenes de la realidad, el trauma, el olvido, la reclusión. Nunca se sabe si es peor la tortura del que olvida, o del que recuerda.
    Es curioso, me viene a la cabeza que la calle Bailén es (creo recordar) una de las que salen en el juego de Monopoly, je
    Besos. Hasta prontito

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  4. Tanto la locura de ella olvidándose de vivir, como la tortura de él recordando aferrado a una botella, son tristes mecanismos de defensa, inútiles subterfugios del corazón que huye de abrir los ojos ante el dolor.

    Hay muchas calles Bailén, sí, y la del Monopoly está más despejada y es menos ruidosa que ésta, jaja

    Hasta pronto 😉 Besos.

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