Amar hasta el final

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Foto: Karolina Bazydlo

 

Me llamo Amalia y cuando amo lo hago con intensidad y es curioso esto de la intensidad, porque no depende de mí, pero engancha. Tal vez por eso, ni en mi mente ni en mi corazón concebí nunca otra forma de amar. Ese amor tranquilo y sosegado que no agita tu sangre, del que suelen hablar los matrimonios con el correr de los años, no es el amor que yo quiero. Amontonar platos sucios en el fregadero hasta que decides romper unos cuántos, puede llevarte demasiado tiempo. Sé que hay gente que no puede entender mi proceder por más que intente justificarme, pero yo creo que, en realidad, le hice un favor a Enrique cuando salí corriendo minutos antes de presentarme ante el altar. Le ahorré el disgusto de oírme hacer gárgaras por las noches, verme dormir con antifaz y levantarme llena de legañas, o de encontrarme con dos rodajas de pepino sobre los ojos al llegar a casa; pero, sobre todo, le ahorré tener que verle echando panza frente a la tele, con varios botellines de cerveza y restos de pizza a su alrededor;  peleándose con su reflejo al hacerse la raya al lado para cubrir la azotea de sus ideas, o enfrentándose al duro momento de tener que aceptar una excusa para dormir en camas separadas.

Sí. Cuando vuelvo atrás en la memoria y me veo frente al espejo, adornada y decorada como todas las novias que se precien, me alegro de verme lanzar los zapatos blancos al aire, de rebuscar en el armario hasta dar con las botas de montaña negras y de salir disparada (y remangada) con el mismo vestido de novia y la tarjeta de crédito escondida bajo la ropa, rumbo a cualquier lugar lejos de aquel en el que aborrecernos juntos.

Texto basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja
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