La casa de tía Águeda

De niño, en los días festivos y vacaciones escolares, solía acompañar a mi padre a repartir la prensa por las viviendas del barrio. Ninguna casa exaltaba tanto mi imaginación como la de la señora Águeda. El viejo porche con su cubierta de tejas llenas de musgo, sus sillas carcomidas en las que nadie se sentaba y su suelo de tablas que crujían a cada paso no eran más que el primer indicio de ruina, abandono y misterio que reinaba en aquella morada. Yo aspiraba, siempre que le llevaba el periódico, a meterlo bajo la puerta y salir por piernas pitando sin encontrármela, pero la vieja siempre estaba al acecho para cazar compañía que aliviara su soledad.

Conocedora de mis intenciones, siempre recurría a algún pequeño truco para entretenerme. Que si le alcanzase un bote de la alacena, le comprase grano para las gallinas, o mismo le leyese unas cartas. Yo no podía negarme, pues la anciana me llenaba el bolsillo de monedas y me daba docenas de huevos para la familia mientras me acariciaba la cabeza y me hablaba de Tomasín. Yo le contaba a mi padre todo este acoso, pero él entonces ponía cara de compasión, se refería a la vieja como tía Águeda, y me explicaba la triste historia de Tomasín. Para mí todo aquello no era sino parte del sortilegio en el que quería atraparnos aquella bruja. ¿Quién podía creerse aquella película?

A pesar de mis reticencias y los terrores irracionales que no podía evitar que me asaltaran, un día me aventuré a bajar por la escalera de la cocina de la vieja que bajaba directa al corral. ¡Mira que decir que un niño con síndrome de pájaro anidaba durante años allí! Había que ser muy burro para creerlo, reía mientras descorría el portón de la puerta destartalada con la intención de desmontar el cuento, pero mi risa se cortó en seco al ver la colección de huevos alineados en el ponedero, presididos y vigilados por una especie de niño loro que reinaba entre las gallinas y repetía sin cesar la misma cantinela: “¡No te acerques a Tomasín!”

Historia elaborada para los Viernes Creativos (El Bic Naranja)

Foto: Anne Nobels

2 comentarios sobre “La casa de tía Águeda

  1. Si es que la curiosidad siempre mató al gato, je, je, je… Pues fíjate que cuando mi mujer estaba embarazada siempre pensaba por qué diantres no podíamos los humanos poner huevos, con lo práctico que resultaría.
    Ingenioso y entretenido relato, Manoli. Un fuerte abrazo!!

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  2. Muchas gracias, David. Al ver la imagen intenté no ceñirme al cuento de terror clásico con fantasmas y opté por el camino de la leyenda donde el suceso y fantasía se mezclan…

    Gracias por tu lectura y palabras.

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