Dos veces la misma piedra

En el vagón del metro lo oí llorar. Su joven madre estaba enfadada y se enfadaba más y más a medida que el niño lloraba: ¡Cállate ya! Le gritaba una y otra vez. Sentí pena por el niño, cuyo llanto era ya un grito que hizo enmudecer los ruidos y fijar la atención de todos en él. Fue entonces, en medio de esa tormenta, cuando cuando la madre, casi una niña también, pronunció aquella frase lapidaria, que me devolvió en el acto a mi propia niñez: Si es que pareces una niña, mírate: llorando como una niñita… ¿Eres un chico grande o qué?

Paró el metro y la madre agarró a su hijo de la mano y salió con él casi a rastras, mientras el llanto del niño resonaba por todo el vagón. Para entonces, yo ya no era el  mismo hombre,  tranquilo y seguro de sí, que había subido en la anterior parada. Ahora volvía a ser un niño llorando, mientras oía las mismas palabras, golpeándome, una y otra vez.

Texto elaborado para Zenda

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Pasando hojas

Supe que mi madre era una mujer árbol desde que era un niño. Siempre dejaba un rastro de hojas por casa. Las encontraba en el suelo, sobre las sábanas de su cama o en el escritorio de su habitación: hojas blancas repletas de letras negras, hojas rojas pintadas con tinta azul. Era un árbol capaz de estar inmóvil en las situaciones más comprometidas, en las que alcanzaba a hacerse casi invisible con su don de milagrosa quietud. En la adolescencia, viéndola temblar una tarde de otoño, semidesnuda, sobre un lecho de hojas doradas frente a la ventana cerrada de su habitación, le pregunté qué extraño viento la afectaba, estando como estaba al calor del hogar. Antes de que alcanzase a hablarme vi la respuesta en sus ojos, cuyo brillo apagaron de golpe las luces de los faros del coche de papá. Fue entonces cuando recogí las hojas del suelo y, con mucho cuidado, antes de que papá subiese, se las volví a poner. Al día siguiente, la animé a trabajar de mimo en sus horas libres, a seguir rellenando hojas blancas con tinta negra y, sobre todo, la convencí para llamar a tía Aurora, que era una maga de la restauración,  para que la ayudase a borrar todas y cada una de las manchas rojas y azules que cubrían su atlas corporal.

Resultado de imagen de mujer desnuda frente a lecho de hojas secas

Imagen tomada de la red.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros

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