TESOROS DE INFANCIA

Resultado de imagen de fotos de baúles antiguos

Y ve el capitán pirata cantando alegre en la popa

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul

(La canción del pirata – José Espronceda)

Cuando era niña jugaba a encontrar el cofre del tesoro en todas las casas a las que me llevaban y, la verdad, no me iba del todo mal, porque siempre encontraba algo. En las casas desconocidas no me atrevía más que a mirar y, si acaso, levantar la tapa de algún joyero pero sin tocar nada. Pero lo mejor sucedía siempre en las casas de mis abuelos. En cualquiera de ellas siempre había un viejo baúl aunque, al vivir todos en la montaña, nunca hubiese un barco. La pirata era yo, todo hay que decirlo, con parche o sin parche. Abría el baúl de los tesoros y metía mi mano (sin garfio) hasta el fondo.

En casa de mi abuelo materno había varios cofres y baúles, pero el mejor de todos  era el baúl de las novelas del oeste. Con mi mano de niña hojeaba aquellas antiguas joyas de Marcial Lafuente Estefanía y no tardaba en ser teletransportada a uno de los muchos ranchos que describían. Veía los caballos atados al poste de la entrada y oía las conversaciones del salón con la sensación de estar cometiendo un pecado. Me mandaba mi madre por aquel tiempo a barrer y limpiar las habitaciones pero yo abría baúles, cofres y armarios. Descubría la colección de sellos del abuelo, sus fotos antiguas y leía las cartas que guardaba en una caja de latón, de las del Cola Cao. Cuando acababa con la limpieza, me tumbaba sobre una de las dos camas de la habitación y escuchaba el tic-tac del reloj que sonaba como si el tiempo fuese allí pasado. Miraba la ventanuca de cristal, pequeña para que no entrase el viento,  el lavamanos con su palanganero de porcelana, las paredes de piedra, los estantes, y me parecía haber viajado a otra época de la que regresaba siempre con algo. Otros días me tocaba atender la limpieza del corredor y descubría la fila de vasijas de barro, las monedas que había dentro de las más pequeñas y el pequeño baúl del rincón de atrás que estaba lleno de agendas y calendarios. Yo los miraba con mis ojos de diez años intentando hacer memoria de lo que era de mí antes de ser yo misma: 1945, 1954, 1966… Me parecía haber hallado el pasado atrapado en aquel baúl y se me hacía imposible ver fechas en las que no tenía conciencia de mi existencia (y aún vislumbrar la oscura posibilidad de no haber existido) mientras la vida bullía con sus días en aquella casa.

Mi intriga con el tiempo siempre se acentuaba entre aquellas paredes antiguas, vestigios o reliquias para mí de la estirpe de la que procedía: cántaras en desuso, letrinas edificadas en el jardín de atrás, leñeras inmensas llenas hasta el techo de troncos enormes cortados para un fuego a ras de suelo y un sinfín de enseres y herramientas que ya no se usaban llenaban mi imaginación de preguntas.

Mi otro refugio, la casa paterna, acogía imágenes religiosas, rosarios y campanas. Cercana a la iglesia, en ella los relojes aún tenían más relevancia. Pero el tiempo allí era un continuo presente, que recordaba de continuo su fugacidad, ya que al reloj de la iglesia que daba las horas y las medias, se unía el reloj de carrillón que mi tío había instalado en la sala y que, no conforme con dar las medias, también daba los cuartos. Como ambos relojes no estaban sincronizados aquello se convertía en una especie de relojería desacompasada. Los libros que encontraba en aquellos baúles, en consonancia con el ambiente, eran en su mayor parte religiosos: biblias encuadernadas en piel, cuadernos de oración, biografías de santos… En honor a la verdad he de decir que, aunque era un ambiente de respuestas, yo prefería el bullicio de la otra casa.

En mis andanzas como Corsaria, a medida que iba creciendo, descubría cosas más comprometidas e interesantes como las revistas de Interviú guardadas en cajas de cartón en la galería de mi abuelo materno o El Romance de Eloísa y Abelardo escrito en un manuscrito antiguo en la otra casa. Mis dos abuelos –que a diferencia de la mayoría de los ancianos de la comarca habían sobrevivido ambos a sus esposas– eran hombres virtuosos y los dos habían sido sacristanes. Con uno descubrí el arte de disfrutar de las cosas y con el otro rituales en latín y secretos de iglesia que, junto al reloj de los cuartos, me recordaban continuamente el paso del tiempo. Quizás, con la perspectiva que da la vida puedan unirse, como en un engranaje de relojería, los dos mensajes.

Aún mucho tiempo después de la pérdida de los dos patriarcas, y siendo ya una mujer adulta, seguí descubriendo cosas en ambas casas:

En la del abuelo materno un par de billetes de las antiguas pesetas guardado dentro del baúl de la ropa y en la del abuelo paterno una biblia antigua encuadernada en color rojo junto a una colección de relojes de mano.

 

A mis dos capitanes

 

Relato elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa: un relato de aventuras.

#ZendaAventuras

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