Primera piel

El lago de los desvestidos era parada obligada antes de llegar al convite. Uno sabía, o debía saber, que una vez escogida esa ruta no habría retroceso posible. No se podía entrar en la fiesta sin haberse bañado en el río. Los invitados entraban con desgana, algunos con vendas en los ojos, que  sólo eran capaces de desatar minutos antes de alcanzar la orilla. Los más valientes se enfrentaban, con las entrañas encogidas, al temible espectáculo de ver a sus semejantes desnudos, con su primera piel, lastimada, surcada por las mentiras, las trampas, los caminos que habían recorrido antes de llegar allí. Era habitual ver mujeres a las que les salían brazos a mitad de la espalda o de la cintura, mujeres que habían llevado tantas cargas que parecían pulpos, otras estaban sin rostro, como si el suyo hubiese podido ser cualquiera, perdido en el ninguneo que habían sufrido, pero, con todo, lo que más impresionaba era ver hombres corpulentos quedarse a medio torso al desvestirse, hombres puzles, recortados entre las aguas, como trozos de atlas perdidos. Y los jóvenes. Que aparecían siempre con los brazos entrecruzados, ocultando su identidad a modo de escudo. Solo al llegar a la orilla se hermanaban todos, y caminaban hacía el convite vestidos de ellos mismos.

MVF ©

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2 comentarios sobre “Primera piel

  1. Muchas gracias, Jorge, por pasarte por mi blog y dejar tus palabras. Pues sí, en el fondo, llevemos las capas que llevemos, si rascamos un poco llegamos a esa primera piel que nos hermana a todos.

    Otro abrazo para ti.

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