Sin carnet de identidad

Luna actuaba en todo como su madre de adopción. Ladraba de noche cada vez que escuchaba un ruido cercano procedente del exterior. Comía comida para perros y movía el rabo igual. No le gustaba el pescado ni los ratones y olfateaba el ambiente cuando salíamos a pasear. Marcaba los alrededores de la finca con sus micciones y recogía el periódico que el chico del reparto dejaba a medio cuerpo en el buzón. Cuando la sacaba al parque insistía en intentar congeniar con los enemigos que la madre naturaleza había dispuesto contra  su especie, sin atender a mis tirones ni a las regañinas de los demás.  Su noble entendimiento no hacía división alguna entre sus sentimientos y las absurdas reglas que regían la realidad. Cuando regresábamos a casa, para calmar su rabia, Luna daba un buen número de vueltas por el terreno, olisqueando cada rincón antes de proceder a sellarlo con sus orines, asegurándose de que en su ausencia no había entrado nadie más. Después, buscaba a la vieja Tula que, cansada de sus muchos años,  despertaba de su siesta para dejarle un sitio, a la par que lamía su piel retirando cualquier resto de suciedad. Sí, Luna vivía en su burbuja, ignorando que maullaba en vez de ladrar, sin reconocerse a sí misma,   hasta que llegaste tú, con tu gato, y su verdadera naturaleza comenzó a despertar.

#historiasdeanimales

Ficción elaborada para el concurso de zendalibros.com

Resultado de imagen de Cuadros de perros y gatos
Fuente de la imagen: Pinterest