El halo que te envuelve

Puede que en algún momento. En esos momentos de espejo y cámara, entonces tan secretos. Por aquel entonces, no había redes sociales y la belleza de un encuentro se guardaba en la retina y en la memoria. Nadie iba por la calle con una cámara ni con un localizador en el bolso. Bien pensado, si en alguna charla de sobremesa a algún iluminado se le hubiese ocurrido anticipar tal futuro sería el hazmerreír de la fiesta. Pero, retomando el hilo del tema, puede que en algún momento, casi siempre a escondidas (íntimo instante enfocado a un sentimiento vano, quizás buscando el juego del coqueteo) se recrease en aplicar la sombra con cuidado sobre los párpados, el colorete o el perfil a los labios entreabiertos. Solo un momento. Por lo demás, le molestaba ese prejuicio tan grande que volvía las cabezas locas. Odiaba los piropos. El escrutinio gratuito, la devoción por lo visible, lo perecedero. Por eso la cara de la Gioconda es la más ambigua de todas las caras esbozadas en lienzos. Porque ella misma se lo había pedido a Leonardo como condición: No pintes lo que ven todos. Pinta el halo de mi rostro.

Texto escrito para el espacio ENTC (Esta noche te cuento) bajo el tema: Belleza

35. El halo que te envuelve (MVF)

Un hombre importante

De Wenceslao Peralta podría decirse cualquier cosa menos que carecía de imaginación. Poco dotado en cuánto atributos físicos se refiere y con amplias lagunas sobre su incierto origen, suplía con mañas y trucos inexplicables sobre el escenario el arte que a otros les había sido enseñado.
Entre sus compañeros de circo, nuestro hombre pasaba sin pena ni gloria, prácticamente inadvertido hasta que había un desaguisado. Era entonces cuando el nombre de Wenceslao corría de boca y en boca como si la supervivencia de la compañía circense estuviese en sus manos. Y es que el nombrado lo mismo sabía improvisar un número que domar un tigre o arreglar la avería más complicada. Solo en esos momentos, en que era reclamado con tanta urgencia, Wenceslao se sentía grande, no se martirizaba entonces por sus piernas arqueadas y su condición de enano ni añoraba a los padres que nunca tuvo ni se preguntaba para qué diantres había venido al mundo. Mientras sus manos sujetaban el aro de fuego con firmeza ante las fauces del tigre o amarraba el arnés del equilibrista, Wenceslao era alguien.

MVF©

Minificción escrita para el grupo Viernes creativos de El Bic Naranja

La imagen puede contener: cielo, hierba, nubes, exterior y naturaleza
Fotografía: http://www.alejandroiglesia.com