Todos los lugares

Yo voy a casa,
paso por árboles llenos de otoño,
piso hojas secas al caminar.
No cantan los vencejos, no hay alondras,
el bosque está en silencio pero yo,
yo voy a casa.
Manos de niebla visten abetos,
cierran senderos, humedecen mis pies,
tiran de mi pantalón ramas resecas,
topos horadan los caminos,
ladran sin ganas algunos perros
como si sus gargantas engendrasen aullidos
para amedrentar a los intrusos,
pero yo no soy una intrusa,
aunque mi apariencia sea ambigua
como la de ciertas setas:
ojos con nieve y piel dura de tierra,
manos de aire y pies de raíces viejas,
cualquier animal de bosque puede desconfiar,
de mi aliento emana un lecho verde
y mis brazos son ramas leñosas de vid,
mi vino es agrio y mi garganta espuma
burbujas de cristal,
mi cuerpo es una mezcla de otros cuerpos pero a mí me dan lo mismo los faunos,
los centauros, los animales de dos pies…
Me dan igual, porque ya conozco este bosque, sé que de noche es un desierto de graznidos (cuervos invisibles a los ojos) y de día
todo vuelve a nacer.
Por eso no me importan las mentiras,
las reclamaciones que caen sobre mi cesta, las amanitas, los pájaros carpinteros,
o la ardilla que roe su nuez en un rincón.
Yo voy a casa.
No importa cual sea el camino ni el lugar.
Con mi mochila de miedos avanzo,
en forma de globos de helio por soltar.
Los ruidos de cascadas o las señales de humo a mí me dan igual.
Con la noche y el día entre mis mangas,
trenzo con mis pisadas el camino al andar.
Otros corren detrás de los tranvías,
van a hípica tres veces por semana
hacen sudokus al salir de trabajar.
Yo voy a casa.
No tengo prisa ni hora de llegada,
no tengo que avisar.
Yo camino en el bosque con mis cosas, aunque ninguna de ellas sea yo,
meto mis dedos en el hueco de los árboles
para extraer su savia.
He tirado el reloj.
El sol también va a casa cada día.
Ya somos dos.

Un día de estos

Un día de estos escribiré.
Me sentaré a escribir y soltaré
las letras encogidas,
las que yacen debajo de la cama,
de los tiestos de las plantas del balcón.
Las viejas letras, colgadas de las ristras
de cebollas, esas
que pican en los ojos, puñeteras,
y dejan
su acidez en la piel.
Las vocales redondas y cerradas
que han rodado enredándose
en mis pies,
las tercas consonantes descolgadas
que estorban los armarios,
las esquinas,
y me hacen dar traspiés.
Quizás, algún día de estos,
me atreva con las otras,
con las oscuras letras desterradas,
las dobles,
los porqués,
los solitarios acentos exiliados,
el ese, el este y el aquel.
Me asomarán debajo de la manga,
mientras compro manzanas en el súper,
los verbos descompuestos, las elipsis,
todas aquellas letras
que nunca escribiré
y tirarán de mí pidiéndome salida,
yo las disfrazaré
de siniestras ficciones malheridas
o de comedias negras sin saber
que cuanto más las vista y las camufle
más hablarán de mí.
Un día de estos, sí,
en cualquier momento,
me sentaré a escribir.