Aterrizaje en el centro comercial

Francis aterrizó sin problema. En su lengua se comunicó con el centro de operaciones. Le dijo que había llegado sano y salvo al planeta tierra. Como los camaleones en el desierto, su piel adquirió pronto el tono y apariencia adecuada para no levantar sospechas entre los terráqueos. Comprobó su ubicación y vio que los cálculos habían sido correctos. Enfrente se extendía un enorme edificio que se anunciaba con el ridículo nombre de El Corte Inglés cuya traducción a su idioma le resultó imposible de realizar. No sabía si se trataba de una cristalería o una sastrería inglesa. Le llamó la atención la cantidad de luces de colores. Estaban por todas partes, recubriendo ventanas y hasta en los parkings, incluso revistiendo figuras de animales metálicos. Parecía un espectáculo. Disfrazado como estaba, se dispuso a entrar en el centro inglés ese al que parecía acudir mucha gente. Comprobó al momento que de inglés solo tenía el nombre. La gente allí reunida hablaba sobre todo castellano. No era nada raro, sabiendo que había aterrizado en España, concretamente en Zaragoza.  Se había informado mientras viajaba en la capsula espacial. Idioma: castellano; país: España; fecha: 22 de diciembre.

El centro era una especie de almacén en el que había de todo. Ropa, objetos variados, incluso relojes. Se asustó y dio un respingo al oír un vozarrón fuerte al tiempo que el sonido de una campanilla: ¡¡¡Jóu, jóu, jóu, feliz Navidad, niños!!! Exclamó un personaje extraño. Llevaba una barriga postiza y un pegote de barba blanca. Francis se apresuró a informar al centro de mando de la presencia de un divergente. Intentó afinar sus antenas para analizar al sujeto. Llevaba una campanilla absurda y una pequeña saca de caramelos. Enseguida, su sentido de adaptación ordenó a su organismo acomodar su estatura y complexión hasta ofrecer la apariencia de un niño. Una vez asumida su nueva identidad, se acercó al gordo de la barba blanca y el traje rojo  y con voz infantil le preguntó:

―¿Me puede decir qué es la Navidad?

―Jóu, jóu jóu, ¿Qué es la Navidad? ¿Qué es la Navidad? ¿Pero qué clase de pregunta es esa, pequeño? ¿Tus padres no te han hablado del espíritu navideño?

―En realidad no tengo padres. Vivo con un tío muy mayor.

―Oh, permíteme que te regale unos cuántos caramelos. Pues a ver, la Navidad, la Navidad es… ¡Puede ser lo que tú quieras que sea!

―¿Lo que yo quiera? ¿Puede ser un Ferrari la Navidad? ¿Puede ser una barbacoa?

Francis decía palabras al azar, del vocabulario recién cotejado. Palabras que parecían importantes porque estaban guardadas en el apartado de «Destacadas». El hombre de rojo, que en el diccionario espacio temporal habían catalogado de personaje navideño, le miraba con gesto preocupante.

―¿Un Ferrari la Navidad, una barbacoa? ¿Pero tú de qué lugar vienes, chico, de un gulag o de la edad media?

―¿Gulag? ¿Edad media? Oh, no, yo vengo del siglo XXI, ya hemos trascendido ese tiempo.

―¡Por todos los santos! ¡Qué me aspen si entiendo a los niños de ahora! Jo, jo, jo, toma, chiquillo, doble ración de caramelos, por lo del Ferrari. ¡No abandones tu sueño!

Francis se alejó, despistado, del personaje excéntrico y vagó por el centro inglés que no tenía nada de inglés. Su antena captó varias conversaciones:

―Para Papá Noel le voy a regalar a Lucas la Play Station pero para Reyes que le regalen los otros abuelos. No hay dinero que llegue para los niños ahora.

―La Navidad es un derroche. A ver quién pasa después la cuesta de enero.

Francis no entendía gran cosa. Deambuló un poco más por el centro a la espera de reunir nueva información, pero todas las conversaciones contenían más o menos las mismas palabras: regalos, Navidad, Papá Noel y Reyes. Incluso se dio de bruces con más personajes vestidos de rojo con barbas blancas y redondas barrigas postizas, que clamaban con voz grave: ¡Feliz Navidad!¡Feliz Navidad!

―Este centro inglés está loco ―informó Francis a la nave nodriza― los niños hacen fila para ver al personaje divergente. Piden máquinas de juegos a las que llaman consolas, teléfonos, tabletas y demás dispositivos comunicadores. Apenas hablan entre ellos, salvo para elegir artículos del almacén que cambian por esos papeles que el diccionario califica como dinero. No hay nada interesante en esta raza. Malgastan energía a raudales y tiempo. Corto y cambio. Voy a subir a la nave y continuar mi trayectoria. Este lugar es tóxico y sus habitantes extraños, llevan cubierta la boca, no sé si por las toxinas o para no morderse entre ellos. Para mí que algo falla en sus cabezas.

#unaNavidaddiferente

6 comentarios sobre “Aterrizaje en el centro comercial

  1. Genial, Manoli. Hemos convertido la Navidad en algo vacío y sin espíritu. Tu cuento lo refleja con mucha ironía y muestra con el desconcierto del protagonista una crítica sutil y muy certera. Me ha encantado. Un beso grande.

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