El vigía

 

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Foto: Carl Størmer (1890)

 

―Espera aquí, Pedrito, que voy a enseñarle a la señorita donde queda una dirección. ¡Y deja de mirar a los transeúntes con ese ridículo catalejo, que te van a tomar por un pirata!

Mi madre, de tan lista, a veces se pasa de rosca y se vuelve tonta: Espera aquí, Pedrito, que voy enseñarle a la señorita donde queda una dirección… ¡Como si ignorase yo su oficio de alcahueta, que cada vez tiene menos clientela! Menos mal que a la paga que le da Maruja por promocionar sus habitaciones le añado, de extranjis, la propina que me dan a mí los maridos de las señoras por avisarles cuando llegan de vuelta que si no…

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Texto elaborado para el espacio Viernes Creativo de El Bic Naranja

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Rutinas

El ala de tu beso es un ala que suena

igual que esas viejas cometas

que llevan tiempo guardadas

y parecen crujir al desplegarse.

Me besas y me llevas

presa en tu boca hasta mediodía

como esas letras que se caen de los renglones

y aparecen raídas en los bolsillos

cual migas diminutas.

En la comisura de tus labios resbalo

hecha un hilo de sueño

que tu animas

despiertas, muerdes, buscas

para llenar los huecos de las horas

como pasta de chicle, nicotina,

caramelo de café con leche

que baila lentamente en tu lengua

día tras día.

El ala de tu beso es un ala quebrada

que atestigua el recuerdo de mi fuga.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Poema publicado en la revista Valencia Escribe, en el Número de Enero 2018

Valencia Escribe

 

 

 

 

El ruido de sus pasos al caminar

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Camina deprisa. Como si al acelerar el paso espantase la oscuridad. Odia el ruido de sus zapatos sobre el pavimento  y piensa que tiene que llevarlos al zapatero para que le ponga suelas de goma, suelas silenciosas que no anuncien por dónde va.  Ha perdido el último tren y sabe que no llegará a tiempo de acostar a Martín y decide llamar para darle las buenas noches. Marca un número y le llega la voz familiar de su madre: el niño duerme ya. Ha llegado cansado del colegio y ha cenado temprano. No te preocupes, dice, todavía no ha llegado Ismael. Ismael es el padre de Martín y el marido de la mujer que camina deprisa en la oscuridad. La misma que acaba de llamar a casa para anunciar que no llegará a tiempo de acostar al pequeño.

La abuela pone la mesa, mientras el padre del niño, que acaba de entrar por la puerta, descuelga el teléfono. Llaman de la estación de tren, han encontrado este número en el dispositivo móvil de una mujer descalza, que  ha caído sin vida sobre el andén.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones en el V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

Fuente de la imagen: miszapatos.com

Llamadas a media noche

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Fuente de la imagen: itpmperu-wordpress.com

 

La despierta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

Al otro lado de la línea el silencio. Un denso silencio.

―¿Eres tú, Daniel?

Le responde una voz rota, como un susurro lejano:

―Llamaba para decirte adiós, Sara.

―¿Ya has llegado a París?

―No.

Un sonido agudo como de una sirena de ambulancia atraviesa la noche, arrancándola del sueño y volviéndola de forma brusca a la realidad. Su corazón late desbocado mientras los pulmones se esfuerzan en respirar. No recuerda qué ha soñado pero siente la mano del miedo aferrada a su garganta, y otra vez ese sudor frío que anticipa lo que sucederá. Se levanta, y busca a media luz una pastilla para seguir durmiendo, pero apenas comienza a descender en brazos de Morfeo, la alerta el sonido del teléfono. Lo busca a tientas en la oscuridad y se oye decir a sí misma con voz adormilada:

―¿Quién llama?

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones para integrar la antología del V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

 

 

 

 

 

 

Enfriando el champán

Cristina agarra el punzón y lo clava con fuerza en el hielo. Pica hielo pensando en los invitados que están a punto de llegar para la cena de fin de año. Pica hielo pensando en su exmarido que este año vuelve, como los malditos turrones por Navidad, a cenar en su casa. Y ella consiente por sus hijas, siempre las hijas, que se han puesto de acuerdo, como buenas gemelas, para insistir en cenar con los dos. Ni con la una ni con el otro: con los dos, como si no supiesen lo que se cuece, que hace tiempo que no son niñas y no ignoran que él se acaba de dejar con la última Barbie, la de las tetas de goma y culo con relleno con la que iba al gimnasio todos los días; vaya por Dios, con lo monísima que era… Y sigue picando hielo mientras piensa en su padre, que ha pedido el alta voluntaria en el hospital, tras prometerle por centésima vez que está limpio, pero que aparecerá por la puerta con varias botellas de vino blanco, cava y quien sabe más, y al que pillará bebiendo en la cocina, mientras sostiene el abridor con la otra mano y pone cara de res camino del matadero: ¡Estaba probándolo, Cristina, hay que ver cómo eres! Y esta Cristina sigue picando hielo y más hielo, porque sabe que le va a hacer falta. Le va a hacer falta para enfriar un poco la calentura interior que amenaza con convertirse en volcán y estallar escupiendo lava. Lava y más lava. Ardiente lava, que arrasará con la cara de bobo de su ex, con la sonrisa bailona de su padre y con los novios de las gemelas, cubriendo los dientes largos de bruno y el pelo engominado de Toni, el yernísimo. Sí. Cristina sigue picando hielo para la cubitera. Hielo y más hielo, sin darse cuenta de que hace tiempo que está sonando el timbre de la puerta y los teléfonos de la casa también comienzan a sonar.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros, bajo el lema: Cuentos de Navidad.

CuentosdeNavidad

 

El cuento que me contaron

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Fuente de la imagen: Inevery crea

Ayer Nadia me habló de la Navidad.  Me contó que es una tradición de Occidente que, por curioso que resulte, hunde sus raíces en  Oriente y toma elementos griegos, e incluso de los antiguos ritos celtas, para acabar mezclándose con leyendas de los países nórdicos y sajones. Vaya cuento ese de la Navidad, en la que un obispo con su sayal rojo acaba convertido en un anciano rechoncho vestido del mismo color pero con chaqueta y pantalón y  una larga barba blanca al que, para más inri, se refieren como si fuese una mujer: Santa Claus, e incluso en algunas zonas con nombre de padre: Papá Noel. La tradición cristiana nos habla asimismo de otros tres hombres que resultan ser tres Reyes Magos, que regalan al niño Dios que acaba de nacer por obra y gracia del espíritu santo de una joven virgen casada con un anciano, tres grandes dones: oro, incienso y mirra, que simbolizan, en ese orden, lo material, lo espiritual y lo sagrado. Pues me ha contado Nadia que para celebrar la Navidad, cuyo nombre quiere decir renacimiento, se regala a los niños  juguetes y cosas que ellos mismos han pedido antes en largas cartas dirigidas a los almacenes de los Reyes Magos o del orondo Papá Noel. No se les regala mirra ni incienso, quizás porque el oro, como primer elemento de la lista, oculta con su brillo a los otros dones. Yo no se cuál es la verdad, pero creo que esos niños de Occidente tienen una suerte morrocotuda, porque les caen del cielo regalos que a los demás nos están vetados cuando debería ser al revés. Nosotros, los niños migrantes desheredados (*), nos acercamos más a la historia de ese Dios que nació en un pesebre sin más calor que el que le daba una mula y un buey, y al que alguien birló  el oro en un descuido.

 

 

(*)Crisis migratoria de niños (BBC)

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros:

#cuentosdeNavidad

La dote

 

El anciano tiembla junto a la chimenea apagada. Apenas un rescoldo  del fuego perdura en la forma de una brasa medio cubierta por la ceniza. No se atreve a alzar la vista hacia el cuadro que preside el salón y revela el rostro de una noble dama: la que un día fuera su esposa. ¿Qué vas a hacer con nuestras tres niñas? Siente en su fuero interno que le pregunta la mujer. Pensaba casar este invierno a la mayor,  pero lo ha perdido todo, no le queda más que un tesoro: la juventud de sus tres doncellas. El terrible Igor vendrá a buscarlas mañana para llevárselas a su casa de citas. Gotas de helado sudor recubren la frente del padre, que se sobresalta al oír un ruido. Pájaros en el tejado, piensa, mientras acuden a su mente otros pájaros, los que tienen sus hijas, ignorantes de su destino, en sus bellas cabezas. El ruido se intensifica y suena ahora como un aleteo. Lo mismo es un murciélago, se dice, que  ha quedado atascado en el tiro.  Aún no termina de pensarlo cuando una bolsa cae desde el agujero de la chimenea, levantando una nube de ceniza. El anciano la recoge,  confuso, y abre los ojos como platos al descubrir su contenido: San Nicolás acaba de arrojarle una bolsa llena de monedas, salvando con su regalo, el porvenir de sus tres hijas.

 

Texto elaborado para Zenda libros 

#cuentosdeNavidad

Volver a casa

Era ya noche cerrada cuando Noel enfiló el camino hacia el pueblo. Desde lo alto de la colina podía ver las casas de sus vecinos, alumbradas con luces navideñas parpadeantes como estrellas anunciadoras de múltiples Belenes hechos con figuras de cartón piedra, representando a herreros sin forja, reyes montados en camellos y vírgenes estrenando maternidad al lado de ancianos carpinteros que disponían lechos de pajas para recién nacidos al calor de mulas y bueyes. A su mente acudió la imagen de Dosinda en la oscuridad, iluminándose con velas para acostar a los niños, después de una cena frugal a base de gachas de avena, de la que habría reservado una parte para él. Para él, que llegaba de nuevo con el saco vacío, como un papá Noel desahuciado que tan solo conservase el nombre, un nombre que a sus padres se le había ocurrido ponerle y que le pesaba, sobre todo en estas fechas, más que el propio saco cuando estaba lleno. Divisó la vivienda y aparcó con cuidado el trineo en la parte de atrás de la casa, cogió la única bolsa de caramelos que le quedaba y soltó a los renos.

Ni una mísera cesta con mazapanes e higos secos le habían dado este año los del centro comercial.

 

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros

#cuentosdeNavidad

En el pueblo

 

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Imagen: viviendoelcampo.com

 

Las manos de Eloísa estaban rojas e hinchadas. Había olvidado traer los guantes para lavar la ropa del abuelo. Las vecinas charlaban y reían contando los últimos chismes, mientras enjabonaban y aclaraban su prendas respectivamente, en el lavadero comunal.

Eloísa se sentía como un personaje de época. En la ciudad no pasaban estas cosas. Las vecinas se veían en la escalera o, si acaso, al tender la colada y, como mucho, hablaban del tiempo, pero aquí en la aldea… todo era diferente y demasiado engorroso. Intentó convencer al abuelo, cuando supo que tenía que operarse de la vesícula, de que se fuese con ella. Pero el viejo era terco. “Vente tú, Marisita, reina, yo te envío el dinero” pero no era cuestión de pasta, diantre, sino de ritmo de vida. Así que Eloísa, que aquí sigue llamándose Marisita desde que el abuelo se empeñó en cambiarle el nombre de niña, no ha tenido otro remedio que viajar atrás en el tiempo y llegar al momento de nuestra historia.

–Marisita, se te están quedando moradas las manos ¿quieres que acabe yo de aclarar tu ropa?–Pregunta Mari Pepa.
–No, no, gracias, ya estoy terminando —responde Eloísa, mientras sumerge en el agua helada la camiseta interior de felpa del abuelo.

 

Texto elaborado para el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa: Tacto frío

Luz sin calor

 

Y Fue Tu Silencio El Que Me Dio Todas Las Respuestas #
Reflections (Flickr.com)

Eléctrica es la luz en el cuerpo de un árbol metálico,
un árbol sin raíz nos alumbra
desde el centro comercial extendiendo sus brazos
un árbol que es un mundo que ha inventado una historia
en la que beben peces
vuelan renos y regalan juguetes tres reyes magos.
Un árbol sin vida parpadea
en la plaza mayor,
cargado de huecos regalos.
Ilumina los cartones de los mendigos
riela en la noche los pies descalzos
Es Navidad y sigue habiendo gente con hambre
gente sin techo
gente sin un trabajo
gente sin esperanza y con frío
aunque haya un árbol luminoso en el centro
alumbrándolos.

 

❤ Feliz solidaridad a todos ❤

 

 

toma lluvia
Fuente de la imagen: Pinterest (myrevelment.com)