Cuando lo blanco no es blanco

Allí donde la luz brilla más la sombra es más negra

                       (Goethe)

Decía mamá que la verdad era blanca, pero no siempre, porque en cualquier momento podían venir los señorones a cambiar el color. Los señorones y sus parientes eran los amos de las mentiras y de las verdades en Machala. Su madre lo sabía y, desde muy pronto, la animó a buscar una tierra en la que nadie fuese el amo de sus miserias. Con ese fin había escapado María Fernanda de su país para arribar a España, la tierra de la camisa blanca y de la esperanza. La joven ecuatoriana encontró pronto una nueva vida y trabajo.  En esos primeros y felices años  noventa España lucía bien, con todas sus camisas blancas en las ventanas. Pero las palabras de mamá se cumplían en todas partes. Los señorones, aunque ocultos bajo mil disfraces, estaban siempre al acecho para fundar su imperio sobre el sudor del pobre y convertir en negras todas las verdades.

 

 

Texto elaborado para el espacio ENTC (Esta noche te cuento)

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La bailaora

Rita, la bailaora, en acción era un fenómeno de la naturaleza. La leyenda aseguraba que sus pies eran capaces de paralizar el viento y cesar el crecimiento de la hierba. Cuando salía al escenario temblaban los cristales al ritmo de sus tacones. El pulso, la respiración y hasta el parpadeo de los espectadores se quedaba en suspenso. Ni las moscas se movían cuando los  volantes de Rita se arremolinaban para bailar al compás de la guitarra y las castañuelas.

Solo una vez, un hombre osó romper la magia del suspense saliendo al encuentro de Rita en el escenario. Allí, delante de todo un público hipnotizado, se postró ante la bailaora para pedirle matrimonio.

Dicen los más ancianos del lugar que, muchos años después de la desaparición de ambos, aún sigue escuchándose el repiqueteo de los tacones de Rita sobre el tablao al llegar la medianoche.

 

Minificción  elaborada para los Viernes Creativos de Ana Vidal

Ilustración: Ina Hristova

CASAS

 

Sentada en el diván le hablaba de mis ruinas. No era fácil. Él se hacía el profesional, pero yo le veía dar ligeros respingos en cada puerta que traspasábamos.

-Todos tenemos cuartos prohibidos, casas abandonadas -me dijo, cuando decidimos abordar la reconstrucción.

-La mía es un laberinto de cuartos secretos, de penumbra y telarañas -respondí-

y él:

-Ya estoy acostumbrado.

Pero no lo estaba. En cada habitación se asustaba más y, a veces, intercambiábamos puestos y era él quien se tumbaba en el diván y yo quién le guiaba.

-Esto no puede ser -me dijo en la última sesión que lo intentamos- No estoy preparado para esto, vamos a tener que cambiar de terapia.

Y así estamos desde entonces. Yo llamándolo a voces y él dentro de quién sabe qué ruinas, a las que llama su casa.

MVF ©

Micro elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Foto: reyes Velayos

El Bic Naranja

Palabras para Elena

(Barcelona, marzo de 1938)

Mi querida Elena:

No sé si podrás leer esta carta o si, cuando la leas, quedará siquiera un rastro de mí. Quiero creer y suplico al Dios de la justicia que mis palabras te lleguen. La mayoría de los que me rodean se han vuelto locos, sordos, ciegos, o todo al mismo tiempo. Mis ojos están empañados y, a la escasa luz del refugio, apenas acierto a ver mi propia letra. Mi juicio se nubla y hay momentos en que creo estar contigo en el pueblo,  haciendo el camino hacia el río que recorrimos juntos tantas veces. Pero lo peor de todo es el ruido.  Al principio era atronador, como si el firmamento entero descendiese sobre nosotros. Ahora mis oídos, ya medio sordos, han bloqueado parte del ruido, pero el dolor persiste en mis tímpanos. Este martilleo constante, sin piedad, al que nos someten, nos ha reducido a autómatas, incapaces de diferenciar nada. El día y la noche son la misma cortina de polvo y humo. Solo hay escombros. Los tíos y yo permanecemos en el refugio, turnándonos para salir en busca de algún alimento, pero las casas y las tiendas se han reducido a ruinas y parecemos hienas peleándonos por despojos. Tengo en mi memoria fijado el día dieciséis de marzo como el comienzo del desastre,  desde entonces, con tantas horas bajo las bombas, no sé si han pasado días o meses.

Del hombre que fui un día, Elena, solo queda de mí tu recuerdo. Mi Elena. Quiero decirte que mantengo tu foto apretada contra mi pecho, que los pocos momentos de calma que consigo son cuando pienso en ti. Me parece verte, tendiendo la ropa en el patio de la casa de tus padres, mientras el viento juega con tu pelo.  Me acuerdo de los hijos que soñamos tener y tengo que decirte que es posible que ya no puedas tenerlos conmigo, pero quiero que los tengas.  Cada vez veo más difícil salir con vida de esta guerra. Yo vine aquí a trabajar, para reunir dinero y poder comprar contigo una casita con huerto, aunque a ti te veo en ella. Sé que tendrás tu casa y tus hijos y lo único que quiero pedirte es un sitio pequeño en tus recuerdos. Ten esos hijos, Elena, cumple tus sueños, aunque no sean conmigo, busca un buen hombre que te quiera y no me llores. Nunca me llores, hazme un sitio en tu memoria y me quedaré allí siempre.

Quiero pedirte que busques a mis padres y les cuentes que me han tratado bien aquí, que en casa de tío Andrés nunca me faltó un plato de sopa, que en su fábrica fui uno más y trabajé a gusto con los compañeros. Si logran encontrar mi cuerpo y mis pocas pertenencias, quédate con la cadena del Cristo del Perdón que me dio mi madre y siempre llevo al cuello. No le guardes rencor a la vida, Elena, porque la vida es la que es pero ha de quedar gente buena que te ayude a seguir. Quiero que el dinero que tengo ahorrado sea para ti y que, con algo más que consigas, puedas comprar esa casa que soñamos juntos y tener tu huerto.

Llega el momento, querida mía, de terminar esta carta. La guardaré en el bosillo de la camisa, junto a tu foto, abrigándome el pecho. Si no salgo vivo, espero que quede algo de mí y te la hagan llegar, mi dulce Elena. Todas las lágrimas que he guardado corren ahora por mi rostro, si algo  me enerva de dejar este mundo es no poder volver a abrazarte, besar tus labios y decirte a la cara lo mucho que te quiero. Que mi amor te acompañe y te de fuerzas para comenzar sin mí el resto de tu vida.  No te me vistas de negro. No te encierres a vivir una vida muerta. Vive, Elena.  Vive por mí y por todos los que caigamos. Si tienes hijos, aunque yo no sea el padre, me verás en ellos, porque significará que me has hecho caso y has apostado por vivir. Yo estaré orgulloso de ti desde el cielo. No sufras, querida mía, esta guerra sin sentido terminará pronto.

 

Tuyo para siempre:

Esteban Gómez Hernández, natural de Maderuelo (Segovia)

Hijo de Antonio Gómez Martínez y Mercedes Hernández Vega

 

Uno de los bombardeos intensivos del 16 al 18 de marzo de 1938 sobre la ciudad de Barcelona, fotografiado por la Aviación Legionaria italiana

Alicia a través del espejo o el tiempo en Underland

 

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Cuando el día se convierte en noche y el cielo se convierte en mar, cuando el reloj suena pesado y no hay tiempo para el té. Y en nuestra hora más oscura, antes de mi rima final, ella regresará a casa en el País de las Maravillas y hará retroceder las manos del tiempo.

Alicia a través del espejo (Lewis Carroll)

 

En la novela de Lewis Carroll, Alicia encuentra, a través del espejo, el camino para acceder  a otro mundo alternativo en el que su alter ego está inmerso en una vida similar a un tablero de ajedrez, en el que las diferentes piezas van configurando, con sus movimientos, el avance o retroceso del juego y el final de la partida.

Esa distorsión produce, al igual que su reflejo, que la apariencia de las cosas esté invertida. Alicia emprende un viaje en el tiempo para intentar cambiar el destino del sombrerero y ayudar a la familia de este. Pero ese viaje iniciático y solitario de la niña se ve condicionado por las diferentes piezas o personas que interaccionan en la historia con sus movimientos.

Los personajes que Alicia encuentra en su camino a lo largo de la historia son extremos. Por una parte está la Reina Blanca, que le explica que en el tiempo del espejo todo sucede desde adelante hacia atrás, y, por otra parte está laReina Roja, que personifica la ambición desmedida. En el medio de ambas reinas está el Rey Rojo que se pasa toda la partida dormido, lo cual lleva a Alicia a afirmar cuando despierta que todo fue un sueño del mismo rey o de ella misma:

“El Rey Rojo fue parte de mi sueño, pero también es cierto que yo formé parte del suyo”

Carroll abre con su cuento una puerta que nos muestra la vida como una especie de obra ilusoria en la que lo absurdo es muchas veces la respuesta a las preguntas más serias, porque solo desde lo absurdo se llega, por antítesis, a la coherencia imposible de que todo es relativo.

El determinismo que muchos han visto en su obra solo es un reflejo más del abanico que Carroll despliega, abanico cuyos colores pueden entreverse en el diálogo entre Alicia y el sombrerero:

“Sombrerero Loco: En los jardines de la memoria, en el palacio de los sueños, allí es donde tú y yo nos encontraremos.

Alicia: Pero un sueño no es la realidad…

Sombrerero Loco: ¿Quién puede decir cuál es cuál?”

 

Manuela Vicente Fernández 

Artículo publicado en La pajarera Magazine

(15/02/2019)

El lobo y la pitonisa

El lobo, que llevaba varios días sin comer y estaba desesperado, encontró una moneda cerca de la casa de la pitonisa y decidió probar suerte.

―Por favor, dime dónde puedo encontrar comida ―suplicó a la adivina.

―Solo puedo decirte lo que veo ―respondió esta― y lo cierto es que te veo engullendo seis cabritillos.

―¡Loado sea el dios de los lobos! –exclamó el animal, aliviado.

―No cantes victoria antes de tiempo, lobito ―terció la bruja―. En mi bola de cristal aparece la madre de los cabritos abriéndote el vientre con una tijera para sacar a su prole; saca a sus hijos y te llena la barriga de piedras.

―¡Ay, infeliz de mí! ¡dejarme matar por una torpe cabra!

―Son las piedras. Tú estás dormido y al despertar vas a beber al río y te caes con el peso que llevas.

El lobo salió de la consulta de la adivina cabizbajo pero, al llegar a un cruce, oyó a mamá a mamá cabra decir a sus cabritillos:

―Salgo a la compra. Hijitos, no abráis la puerta a nadie, que anda cerca el lobo feroz.

El lobo sopesó la oportunidad que se le presentaba y pensó que, visto el final de la historia, mejor que morir de hambre era morir lleno.

 

Manuela VF 

Cuento publicado originalmente en La Pajarera Magazine  El lobo y la pitonisa

(Ilustración tomada del Magazine)

#Desmontando cuentos

Algunos hombres buenos

Algunos hombres tememos a algunas mujeres. No lo decimos, porque nos han enseñado a guardar nuestros temores y a parecer valientes. Cuando un hombre teme a una mujer huye. Huye de sí mismo y corre. Corremos para escapar a la marea que se alza sobre nosotros. Espantamos nubes y evitamos mirar a las estrellas. Contamos números. Trazamos planos de coordenadas. Buscamos nuestro centro. Pero en cuanto quedamos quietos la marea vuelve. Entonces nos encogemos y soñamos. Soñamos con un mar que es como un útero, suave y caliente, un mar que nos convierte en peces sin miedo que se atreven a explorar el fondo, cada vez más adentro. Desde niños tememos quedarnos dormidos y que todo cambie al despertar. Por eso, en las noches oscuras nos atamos al mástil de nuestra barca, como Ulises,  para huir de una tempestad que no existe. Nos tapamos los oídos para no ceder ante el canto de unas sirenas que nunca han sido. Nos cubrimos los ojos con vendas. Pero algunos, algunos hombres buenos, buenos como los ríos que fluyen en medio de las piedras,  buscamos el punto de quietud y desistimos. Desistimos de amordazar nuestros sentidos, arrancamos vendas y ataduras para quedarnos a solas ante el miedo. Solo entonces vemos que hemos corrido alrededor de nosotros mismos, que los verdaderos valientes rompemos el círculo para salir del útero,  mirar a una mujer a los ojos y reconocernos.

MVF ©

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Fuente de la foto: Pinterest

 

Dos veces la misma piedra

En el vagón del metro lo oí llorar. Su joven madre estaba enfadada y se enfadaba más y más a medida que el niño lloraba: ¡Cállate ya! Le gritaba una y otra vez. Sentí pena por el niño, cuyo llanto era ya un grito que hizo enmudecer los ruidos y fijar la atención de todos en él. Fue entonces, en medio de esa tormenta, cuando cuando la madre, casi una niña también, pronunció aquella frase lapidaria, que me devolvió en el acto a mi propia niñez: Si es que pareces una niña, mírate: llorando como una niñita… ¿Eres un chico grande o qué?

Paró el metro y la madre agarró a su hijo de la mano y salió con él casi a rastras, mientras el llanto del niño resonaba por todo el vagón. Para entonces, yo ya no era el  mismo hombre,  tranquilo y seguro de sí, que había subido en la anterior parada. Ahora volvía a ser un niño llorando, mientras oía las mismas palabras, golpeándome, una y otra vez.

Texto elaborado para Zenda

#hombresyalgunasmujeres

Pasando hojas

Supe que mi madre era una mujer árbol desde que era un niño. Siempre dejaba un rastro de hojas por casa. Las encontraba en el suelo, sobre las sábanas de su cama o en el escritorio de su habitación: hojas blancas repletas de letras negras, hojas rojas pintadas con tinta azul. Era un árbol capaz de estar inmóvil en las situaciones más comprometidas, en las que alcanzaba a hacerse casi invisible con su don de milagrosa quietud. En la adolescencia, viéndola temblar una tarde de otoño, semidesnuda, sobre un lecho de hojas doradas frente a la ventana cerrada de su habitación, le pregunté qué extraño viento la afectaba, estando como estaba al calor del hogar. Antes de que alcanzase a hablarme vi la respuesta en sus ojos, cuyo brillo apagaron de golpe las luces de los faros del coche de papá. Fue entonces cuando recogí las hojas del suelo y, con mucho cuidado, antes de que papá subiese, se las volví a poner. Al día siguiente, la animé a trabajar de mimo en sus horas libres, a seguir rellenando hojas blancas con tinta negra y, sobre todo, la convencí para llamar a tía Aurora, que era una maga de la restauración,  para que la ayudase a borrar todas y cada una de las manchas rojas y azules que cubrían su atlas corporal.

Resultado de imagen de mujer desnuda frente a lecho de hojas secas

Imagen tomada de la red.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros

#hombresyalgunasmujeres

El casting

Mire, señor juez, el método de selección era raro, pero lo que se dice raro raro, y sino dígame que haría usted. Permítame la licencia y póngase en mi lugar: yo tenía que improvisar una escena con los elementos que había en la habitación. ¿Y qué había? Pues una tele y una americana colgada en una percha. ¿Qué diantre iba a hacer yo sino el papel que hice? Me puse la chaqueta, agarré la tele y eché a correr. Por este orden. Y en esto que oigo las sirenas de la policía detrás de mí, y me digo: genial chico, te han dado el papel y ya estás dentro de la película, eres el puto caco y toca correr y ahora aparece un juez, que es usted mismo, con su venia, y me pregunta qué por qué robé la tele y mire, yo ya improvisé mi escena, ahora ¡Denme el guión de una vez!

MVF©

Texto basado en la imagen elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja