El Regalo

 

Foto propuesta por Elisa de Armas

 

Asunción nunca había tenido hijos, o eso decían, todos los vecinos del barrio. Pero en el balcón de su casa siempre estaba tendida ropa muy pequeña, tan diminuta que parecía hecha para muñecas. Que sabía coser y lo mismo te hacía un dobladillo que una falda de faralaes, también lo sabían todos. Un día, con la excusa de acortarme un abrigo me mandaron a su casa. Fue entonces cuando descubrí una colección de muñecas de porcelana –con la cara como la de doña Mercedes, la portera, solo que más blanca—Las muñecas estaban por todas partes: en un rincón del recibidor principal, en el armario de la sala, en una silla de la cocina, y hasta en un cesto. Nunca en mi vida había visto tantas.

―¿Te gustan? –me preguntó al verme boquiabierta mirándolas.

―Algún día te haré una –prometió―  ¿Cuándo es tu cumpleaños?

―El 17 de mayo― respondí, casi sin darme cuenta.

Pasaron un par de años y un día, viendo la tele a la hora de la comida en casa, todos vimos las muñecas de doña Asunción. Supimos que las elaboraba desde hacía años porque en el reportaje también salía ella. Y supimos que había comenzado a hacerlas justo después de perder a su única hija, siendo apenas un bebé. La gente no sabe nada de nadie, pensé al momento y, antes de acabar de ver el reportaje, ya estaba llamando al timbre de su casa.

―Sabía que ibas a venir  ―dijo, al abrirme la puerta.

―¡Has salido en la tele!—solté, como si fuese una hazaña.

―La tele es una caja tonta que solo sirve para engañar a la gente –me respondió― Todo parece importante en ella, pero no hay nada extraordinario en hacer muñecas.

―Tú si lo eres –respondí en un arranque.

―Toma, te voy a regalar mi preferida,  la muñeca que más quiero –dijo, mientras me tendía una muñeca monísima, que no tenía la cara blanca, sino muy morena.

―Hoy no es mi cumpleaños, falta mucho para el mes de mayo –repuse como una boba, acordándome de su promesa.

―Quizá no. Pero es el día en el que estás preparada para llevarla. No todo el mundo es capaz de apreciar la diferencia.

 

Cuento basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal

El Bic Naranja

 

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La piel atópica

En un mundo atópico, donde el mínimo roce de verdad araña la piel, Piedad se despierta. Hoy, el jefe le ha mandado un extraño trabajo: la comprensión. Para hacerlo bien, viaja a los barrios más pobres y escucha con atención el dolor del ser aislado, ese que no teme a la tristeza sino a las tres amenazas: la enfermedad, la carencia y la soledad impuesta, en un mundo que solo sabe respirar robando el aire del otro.

Minificción “en menos de cien palabras” con las palabras propuestas: Piedad, comprensión, atención, soledad y respirar.

Elaborada para la web solidaria:

Cinco Palabras

 

Resultado de imagen de fotos de barrios marginales

Como a través de un espejo

Siempre que leía el cuento de Alicia,  Catalina se sentía reflejada. Veía a la reina de corazones en la matriarca de la familia, dispensando órdenes a diestro y siniestro a la hora de servir la mesa; dispuesta a cortar cabezas al menor fallo. Veía al conejo blanco, en la figura de su gato, Blanquito,  aparecer en cualquier momento para recordarle con su reloj que, otra vez, había olvidado jugando los deberes de la escuela. Con todo, era en esa extraña celebración del No Cumpleaños, en la que Catalina, en su yo de Alicia, veía la celebración más absurda de los domingos en su casa, con todo el clan familiar debatiendo qué novio escogerían para ella cuando cumpliera dieciocho años  

Minificción elaborada a partir de la imagen para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto: Hajime Sawatari – Alice

Historias de barrio

Marcelo era hombre de pocas palabras, taciturno y con andar cansino por sus muchas dolencias y gastados años, aunque no por eso dejaba pasar ni un día sin cumplir con su cita diaria. Porque si algo no podía negarse de su persona era el ser, por encima de todo, un hombre de ley, de los que ya no quedan, vamos. Puntual y fiel, aunque las rodillas se le arqueasen y tuviese que cambiar de mano el bastón para cargar la compra, Marcelo no le fallaba nunca a Aurora. Amigos desde niños, vecinos, y huérfanos de cariño ambos, ninguno tenía el cuerpo para practicar el amor en los tiempos del cólera, pero sí para ayudarse el uno al otro. En la casa, siempre encendida, color violeta de Aurora, no faltaba a media mañana ni a media tarde el tazón de leche con una nube de café de Marcelo. Comían, sin grandes dispendios, a veces un pollo asado que él compraba en el puesto del barrio, acompañado de unos sabrosos pimientos que cultivaba ella. A fin de mes, arrejuntaban sus pensiones y podían comer con igual disfrute un bocadillo de sobreasada o una tortilla a la francesa hecha con todo el mimo del mundo y, eso sí, con los huevos de las gallinas que campaban felices y libres por el huerto. Comían, sí, y además de comer, hablaban. De los viajes que nunca hicieron, de los libros que habían llegado a la sección de novedades de la bibilioteca, de lo mucho que iba cambiando el barrio con los años. De todo lo que se le venía a las mientes. Después, se despedían hasta la mañana siguiente y, por las noches, se soñaban el uno al otro, en sus respectivas casas y camas, habitando, muy juntos y felices, dentro de la misma historia.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto por: Elena Mújier Gutiérrez

La cosecha

No sabemos en que momento comenzaron a habitar entre nosotros, ni durante cuánto tiempo lograron esconder su verdadera naturaleza. Primero fueron unas garras, asomando por cualquier rendija, Después un batir de alas por encima de nuestras cabezas, unos colmillos rozando nuestros hombros. Las consultas de los especialistas comenzaron a llenarse de personas que contaban haberlos visto. La prensa bautizó el fenómeno como monstruo-manía. Pero lo más alarmante sucedió cuando en las plantas de maternidad comenzaron a darse los primeros alumbramientos. Solo entonces admitimos de dónde procedía el horror y volvimos a cultivar niños a la vieja usanza: con mucho amor, atención y tiempo.

 

Manuela vicente Fernández ©

Minificción elaborada para El Bic Naranja (Viernes Creativos/ wordpress)

Foto de Jonathan Higbee extraída de su serie: Coincidences

La imagen puede contener: una o varias personas
A COLLEITA 
Non sabemos en qué intre comezaron a vivir entre nós. Nin durante canto tempo conseguiron esconder a sua verdadeira natureza. Primeiro foron unhas garras asomando por calquera fenda. Despois, un bater de ás por riba das nosas cabezas, unhos dentes afilados rozando ós nosos ombros. As consultas dos especialistas comezaron a encherse de persoas que falaban da sua presenza. A prensa bautizou o fenómeno como monstro-manía. Pero o máis alarmante aconteceu cando nas maternidades comezaron a darse os primeiros alumeamentos. So entón estivemos dispostos a admitir de onde procedía todo ese horror e volvemos a cultivar nenos a vella usanza: con moito amor, atención e tempo.

Regando el mañana

Mientras cortaba el césped perdí varias pestañas. Nunca me había ocupado de segar la hierba. Al principio, las pérdidas y el dolor ciego me hicieron trabajar deprisa y el sudor comenzó a humedecerme el cuello a la vez que las lágrimas. Pensé en prender una cerilla y acabar con todo. La libertad puede ser no tener que ocuparse de nada. A mediodía, ya había acabado con la tarea y entonces caí en la cuenta de que el color verde tenía un brillo inesperado.

 

 

Colaboración escrita para la página de escritores solidarios Cinco Palabras 

Palabras propuestas: Cesped-pestañas-cerilla-libertad-brillo

Extensión máxima permitida: cien palabras

 

A carga inversa

Hai mulleres que semellan bonecas rotas que se refán e reconstrúen a si mesmas todo o tempo. De tal xeito que podes atopalas un luns, despois de amencer sen pés, arrastrándose sobre os miñóns para facela compra, sen decatarse do arrepío que a súa presenza produce na veciñanza. Calquera día, volves a velas de novo cargando bolsas nos seus brazos medio descolgados, alleas por completo ao medo enfermizo que provocan nos que as atopan e comezan a silbar distraidamente, mentres palpan os seus propios membros asegurándose de seguir sans e enteiros fronte a catástrofe que contemplan. Pero, con todo, o peor acontece cando estas mulleres se atreven a saír á rúa co pescozo medio caído, loitando por traer de volta á faciana os seus ollos, para seguir cargando coa equipaxe dos seus días, mentres todos os demais se preguntan se non deberían construír unha rúa aparte, un mundo aparte para estas mulleres reconstruíndose de cotío e que alteran tanto a seguridade allea, obrigando ao resto da xente a desviala vista e botar man de tódolos trucos que coñecen para empequenecelas.

-Micro elaborado e publicado tamén en castelán  no espazo Creativo de  El Bic Naranja  
e no grupo do mesmo.

 

La imagen puede contener: una o varias personas
-Creación da boneca e foto por: Raquel Rodriguez Suarez 
creadora de persoaxes de teatro (apitipitinna.com)
Traducción en castellano:
LA CARGA INVERSA

Hay mujeres con apariencia de muñecas rotas que se rehacen y reconstruyen a si mismas todo el tiempo. Y así puedes verlas un lunes, después de amanecer sin pies, arrastrándose sobre sus muñones para hacer la compra sin prever el horror ajeno que su visión provoca en el ánimo de sus vecinos. Otro día, las ves cargando bolsas sobre sus brazos medio desmembrados, inmunes al miedo enfermizo que provocan en quienes las encuentran, que comienzan a silbar disimuladamente, mientras se tocan sus propios miembros buscando la certeza de continuar enteros frente al espectáculo. Pero lo peor llega cuando salen con el cuello semi caído, luchando por traer sus ojos de vuelta y seguir cargando, pese a todo, con la mochila de sus días, mientras las gentes comienzan a preguntarse si no deberían construir una calle aparte, un mundo aparte para estas mujeres que turban tanto la seguridad ajena, que obligan a los demás a torcer la vista y a echar mano de todos sus recursos para fingir no verlas.

MVF ©

TESOROS DE INFANCIA

Resultado de imagen de fotos de baúles antiguos

Y ve el capitán pirata cantando alegre en la popa

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul

(La canción del pirata – José Espronceda)

Cuando era niña jugaba a encontrar el cofre del tesoro en todas las casas a las que me llevaban y, la verdad, no me iba del todo mal, porque siempre encontraba algo. En las casas desconocidas no me atrevía más que a mirar y, si acaso, levantar la tapa de algún joyero pero sin tocar nada. Pero lo mejor sucedía siempre en las casas de mis abuelos. En cualquiera de ellas siempre había un viejo baúl aunque, al vivir todos en la montaña, nunca hubiese un barco. La pirata era yo, todo hay que decirlo, con parche o sin parche. Abría el baúl de los tesoros y metía mi mano (sin garfio) hasta el fondo.

En casa de mi abuelo materno había varios cofres y baúles, pero el mejor de todos  era el baúl de las novelas del oeste. Con mi mano de niña hojeaba aquellas antiguas joyas de Marcial Lafuente Estefanía y no tardaba en ser teletransportada a uno de los muchos ranchos que describían. Veía los caballos atados al poste de la entrada y oía las conversaciones del salón con la sensación de estar cometiendo un pecado. Me mandaba mi madre por aquel tiempo a barrer y limpiar las habitaciones pero yo abría baúles, cofres y armarios. Descubría la colección de sellos del abuelo, sus fotos antiguas y leía las cartas que guardaba en una caja de latón, de las del Cola Cao. Cuando acababa con la limpieza, me tumbaba sobre una de las dos camas de la habitación y escuchaba el tic-tac del reloj que sonaba como si el tiempo fuese allí pasado. Miraba la ventanuca de cristal, pequeña para que no entrase el viento,  el lavamanos con su palanganero de porcelana, las paredes de piedra, los estantes, y me parecía haber viajado a otra época de la que regresaba siempre con algo. Otros días me tocaba atender la limpieza del corredor y descubría la fila de vasijas de barro, las monedas que había dentro de las más pequeñas y el pequeño baúl del rincón de atrás que estaba lleno de agendas y calendarios. Yo los miraba con mis ojos de diez años intentando hacer memoria de lo que era de mí antes de ser yo misma: 1945, 1954, 1966… Me parecía haber hallado el pasado atrapado en aquel baúl y se me hacía imposible ver fechas en las que no tenía conciencia de mi existencia (y aún vislumbrar la oscura posibilidad de no haber existido) mientras la vida bullía con sus días en aquella casa.

Mi intriga con el tiempo siempre se acentuaba entre aquellas paredes antiguas, vestigios o reliquias para mí de la estirpe de la que procedía: cántaras en desuso, letrinas edificadas en el jardín de atrás, leñeras inmensas llenas hasta el techo de troncos enormes cortados para un fuego a ras de suelo y un sinfín de enseres y herramientas que ya no se usaban llenaban mi imaginación de preguntas.

Mi otro refugio, la casa paterna, acogía imágenes religiosas, rosarios y campanas. Cercana a la iglesia, en ella los relojes aún tenían más relevancia. Pero el tiempo allí era un continuo presente, que recordaba de continuo su fugacidad, ya que al reloj de la iglesia que daba las horas y las medias, se unía el reloj de carrillón que mi tío había instalado en la sala y que, no conforme con dar las medias, también daba los cuartos. Como ambos relojes no estaban sincronizados aquello se convertía en una especie de relojería desacompasada. Los libros que encontraba en aquellos baúles, en consonancia con el ambiente, eran en su mayor parte religiosos: biblias encuadernadas en piel, cuadernos de oración, biografías de santos… En honor a la verdad he de decir que, aunque era un ambiente de respuestas, yo prefería el bullicio de la otra casa.

En mis andanzas como Corsaria, a medida que iba creciendo, descubría cosas más comprometidas e interesantes como las revistas de Interviú guardadas en cajas de cartón en la galería de mi abuelo materno o El Romance de Eloísa y Abelardo escrito en un manuscrito antiguo en la otra casa. Mis dos abuelos –que a diferencia de la mayoría de los ancianos de la comarca habían sobrevivido ambos a sus esposas– eran hombres virtuosos y los dos habían sido sacristanes. Con uno descubrí el arte de disfrutar de las cosas y con el otro rituales en latín y secretos de iglesia que, junto al reloj de los cuartos, me recordaban continuamente el paso del tiempo. Quizás, con la perspectiva que da la vida puedan unirse, como en un engranaje de relojería, los dos mensajes.

Aún mucho tiempo después de la pérdida de los dos patriarcas, y siendo ya una mujer adulta, seguí descubriendo cosas en ambas casas:

En la del abuelo materno un par de billetes de las antiguas pesetas guardado dentro del baúl de la ropa y en la del abuelo paterno una biblia antigua encuadernada en color rojo junto a una colección de relojes de mano.

 

A mis dos capitanes

 

Relato elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa: un relato de aventuras.

#ZendaAventuras

Dos micros futuristas

 

 

UN MUNDO FELIZ

 

El hogar es ahora un remanso de paz. Muy de mañana abro las ventanas para ventilar las habitaciones, antes de que despierte la ciudad y el ruido inunde las calles. Pasados unos minutos, vuelvo a cerrarlas, para preservar el silencio. Insonorizar la vivienda ha aumentado mi tranquilidad. Practico mi tabla de ejercicios y veo películas que muestran un mundo nuevo. Todo cuánto necesito comprar puedo pedirlo por la web o por teléfono. Estoy de baja por estrés, pero gracias a las buenas costumbres me estoy restableciendo. El otro día, cuando acudí al especialista en psicorobótica sus recomendaciones fueron claras: es imprescindible para mi total recuperación que el humano que vivía antes en esta casa siga cumpliendo la orden de alejamiento.

 

 

UN DÍA DE TRABAJO

 

En el año 2039 la inquilina de un piso oficial abre la nevera. En ella guarda bebida vitaminada para híbridos, lácteos deshidratados aptos para reconstituirse, bebidas antioxidantes y carne, en forma de dados prensados envasados al vacío. También guarda inyecciones que contienen la dosis vital diaria que necesita. Saca una de éstas, agrega el líquido al polvo y se la inyecta. Al momento sus cuencas metálicas adquieren carne y tejido conjuntivo, sus pómulos se rellenan y sonrosan y sus labios brillan. Sale de casa, marca un número en su dispositivo móvil y aparece un coche autodirigido al que sube. Marca en la pantalla el destino hacia el que se dirige. Media hora más tarde, el coche aparca en el parking de un imponente edificio, su ocupante baja y, mostrando una tarjeta identificativa, entra en el interior del mismo. Una vez dentro, se dirige a una sala y toma asiento junto al resto de representantes políticos. Pronto, la voz del Gran Hermano comenzará a presidir la sesión del día.

 

 

 

MICROS PUBLICADOS EN LA PAJARERA MAGAZINE

Ilustraciones aportadas por la revista.

Cuando lo blanco no es blanco

Allí donde la luz brilla más la sombra es más negra

                       (Goethe)

Decía mamá que la verdad era blanca, pero no siempre, porque en cualquier momento podían venir los señorones a cambiar el color. Los señorones y sus parientes eran los amos de las mentiras y de las verdades en Machala. Su madre lo sabía y, desde muy pronto, la animó a buscar una tierra en la que nadie fuese el amo de sus miserias. Con ese fin había escapado María Fernanda de su país para arribar a España, la tierra de la camisa blanca y de la esperanza. La joven ecuatoriana encontró pronto una nueva vida y trabajo.  En esos primeros y felices años  noventa España lucía bien, con todas sus camisas blancas en las ventanas. Pero las palabras de mamá se cumplían en todas partes. Los señorones, aunque ocultos bajo mil disfraces, estaban siempre al acecho para fundar su imperio sobre el sudor del pobre y convertir en negras todas las verdades.

 

 

Texto elaborado para el espacio ENTC (Esta noche te cuento)