Todas las palabras

Podría escribir la carta más dulce. Recordando el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Sus canciones, siempre alegres, tarareadas a ritmo de pedal. Un bordado. Un traspiés. Una postal. Una postal en la que estamos todos juntos, celebrando la vida como solo la pueden celebrar los que han salido de una guerra, de un tiempo de penuria, de jornadas durísimas de trabajo de sol a sol. Días de proyectos, doblados cuidadosamente en el fondo de las maletas: París. Suiza. Holanda. Alemania. Hoteles que os aguardaban para fregar platos y más platos, limpiar truchas, planchar manteles, asear habitaciones. Días de sueños en pisos compartidos. Días de escribir cartas, a deshora, entre faena y faena, a vuestros padres: Espero que al recibo de estas letras se encuentren todos bien. Noches en las que papá hacía guardias en la fábrica mientras mamá cosía. ¡Cuántos oficios no habréis sumado entre los dos! en ese tiempo en que papá fue camarero, portuario, fabricante de motos, mecánico de barcos y mamá fue niñera, costurera, cocinera, camarera de hotel. Y que ásperos los billetes que rozaban vuestras manos en los bolsillos. Que escurridizas las monedas que se escapaban de vuestro bote común nada más entrar. Sin domingos estuvisteis por esos mundos, que no os dejaban descansar. Mundos en pisos alquilados, sin cuarto propio, sin llaves propias ni intimidad. Y volvisteis. Con un puñado de monedas cosidas en el forro de los abrigos. Volvisteis para cuidar a vuestros padres, para ver crecer a los hijos en el lugar que os vio nacer. Para construir un hogar. Un hogar en el que allanar la tierra con vuestras manos y recoger piedras para alzar paredes. Paredes de una casa en lo alto del camino. Una casa en lontananza desde la que recordar. Desde la que criarnos a nosotras, vuestras hijas, que corríamos alegres por los pasillos oyendo el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Nosotras, que nos columpiábamos tendiendo cuerdas en los árboles, construyendo casitas de sueños, hilando collares de margaritas en el mes de abril. Hasta que ya no fuimos cuatro, ni nosotras fuimos dos. Y ahora, ahora que parecéis mayores, cansados, seguís tan fuertes por dentro. Ahora, que vuestro vaso de dolor solo se drena con el amor que vuestros nietos y yo tratamos de empacar en cestas de alimentos, en llamadas de teléfono, varias veces al día, y que nos devolvéis con creces al por mayor.

Ahora sigo queriendo escribiros la carta más dulce. Una carta que me hubiese gustado escribir antes de nacer, cuando eráis jóvenes y estabais llenos de incertidumbre y soñabais con construir un futuro mejor. Cuando mamá corría de un lado a otro y no necesitaba más oxigeno del que podía tomar. Cuando los dos construíais un nido que nosotras íbamos a llenar. Cuánto podría haberos dicho en esa carta entonces. Qué felices seríais sabiendo lo orgullosa que me haríais sentir. Lo bien que estabais haciendo todo. Lo mucho que mi hermana os querría desde ese lugar invisible desde el que ahora os ve. Sin duda os escribiría una carta muy dulce diciendo cuánto os queréis. Cuánto me preguntáis el uno por el otro. Cuánto amor me enviáis entre los dos.

Y pienso que sí. Que estoy cumpliendo mi sueño y os estoy escribiendo una carta muy dulce. La carta más dulce que vuestros ojos no pueden leer. Y no importa que tenga que escuchar vuestras voces por un auricular, porque cada día puedo contaros cuánto os quiero y en estas dos palabras está todo el descanso de la vida, todo el regalo de los hijos. Toda la verdad.

Texto escrito para Zenda libros #NuestrosMayores

imagenNota

Mis abuelos, bisabuelos de mis hijos. Mis padres, abuelos de mis hijos. Nosotros, abuelos de los hijos de nuestros hijos.

Imagenes Sin Copyright: Fotografía de las manos de un anciano y un ...

Mis dos abuelos habían sido sacristanes. Los dos quedaron viudos. Solo llegué a conocer a una de mis dos abuelas que perdí a corta edad. Mi abuelo paterno era un hombre casi ciego, operado de cataratas en un tiempo en que esa operación solo era posible realizarla en la capital. Contaba mi tía que, a tal efecto, mucho antes de que yo naciese, había viajado con él desde el pueblo hasta Madrid para que pudiese ser operado. Pero las cataratas volvieron, parcialmente, unos años después y mi abuelo se acostumbró a ver a través de una nebulosa; sobre todo en uno de los ojos, que la cortina de niebla persistió en cubrir. Además de ser medio ciego mi abuelo estaba sordo. Por aquellos tiempos no existían los audífonos o no habían llegado a un pueblo de provincias como era el nuestro.

 Mi abuelo vivía, pues, en su propio confinamiento personal. No participaba apenas de las decisiones familiares de sus hijos, entre otras cosas porque de las conversaciones y la confrontación de opiniones no pillaba ni la mitad. Todo lo preguntaba y, como no había quién le hiciese de oyente, habría de conformarse con la resolución adoptada que le transmitían al final. Fue así, delegando funciones, como mi abuelo consiguió acostumbrarse a no preguntar. Se sentaba en su sitio de siempre, frente a la ventana, y, mientras los demás hablaban y hablaban, él contaba los vehículos de colores brillantes que veía pasar. Dos coches rojos, tres amarillos, uno azul. Cuando yo entraba en la casa familiar, donde vivía mi abuelo con mis tíos, lo buscaba en la galería y me sentaba a su lado para conversar.

Algunas veces le hallaba en actitud meditativa. Sombrero en mano, los ojos perdidos en un punto fijo, los labios articulando palabras sin voz. Sabía entonces que estaba rezando y no debía quebrar el silencio. Él hacía una señal al percibirme y yo asistía a ese tiempo de recogimiento sentada a su lado sin decir ni mu. Sabía que no debía hablar hasta que mi abuelo concluyese su ritual poniéndose de nuevo el sombrero. La espiritualidad formaba parte de su vida sin estar reñida con lo cotidiano, porque en él era algo que no necesitaba explicación. Meditar era tan natural como el hecho que sus vecinos acudiesen a él para rogarle que, en sus momentos de recogimiento, se acordase de alguno de sus hijos cuando estos se hallaban en difícil situación. Colocarse el sombrero marcaba el inicio de la charla y el cambio de registro se daba con espontaneidad.

Mi abuelo saludaba a la niña que yo era con multitud de nombres: ¡Hola reiniña! ¿Qué tal Ruliña? ¡Ya pensé que no te acordabas de mí!  Siempre mostraba alborozo al verme y alegría ante mi charla infantil. Él era para mí, en aquellos años, el gran escuchador. Ajeno al trajín del resto de habitantes de la casa, era el único que me prestaba toda la atención. No me importaba tener que hablarle tan alto al oído que mis pequeñas manos tuviesen que adoptar la forma de un altavoz. A su lado en el escaño, me alzaba de rodillas hasta llegar a su oreja y, usando mis manos como bocina, le contaba mis aventuras y gran parte de mis miedos. Él me escuchaba sin banalizar nunca mis confidencias y ofreciéndome un consejo al finalizar. Entre los temas tabú que más me gustaba platicar con él estaba el miedo a los muertos, a los fantasmas, a las apariciones, que en el imaginario gallego del que formábamos parte, tanto daban que hablar. Mi abuelo sonreía, benévolo, ante mis angustias y siempre me decía al terminar: No temas nunca a los muertos, ruliña, teme a los vivos, que ningún muerto ha regresado jamás del más allá . En medio del bullicio del mundo y de la casa, mi abuelo, con su presencia, era el baluarte seguro en medio del movimiento: el punto de quietud.

 

Mi otro abuelo, había sobrevivido, junto a dos hermanos, a la partida de todos los miembros de un numeroso clan familiar. Viudo y con cinco hijos, de los cuales mi madre era la única mujer, los vio partir y abandonar la hacienda, desde el mayor al más joven, buscando un futuro mejor. Uno de ellos a la lejana América, otro al País Vasco donde encontró la muerte, y los otros tres a la Ciudad Condal. En una casa grande construida dos siglos antes y en la que habían vivido varias generaciones, se apañó con sus dos hermanos solteros hasta el regreso de mi madre a tierras gallegas, y se siguió apañando cuando uno de los dos hermanos que le acompañaban también partió. Mi familia era atípica porque contrariaba todos los cánones de la estadística, que atribuía a las mujeres mayor longevidad. Mis dos abuelos eran muy mayores y, cuando se encontraban, ambos se saludaban con extrema educación y cordialidad. Hablaban de sus respectivas esposas, ya fallecidas, denominándolas Ama con sumo respeto, expresándose en un mismo lenguaje arcaico que me sorprendía,  pese a que ellos dos no podían ser más diferentes entre sí; ya que frente al recogimiento del primero,  mi abuelo materno era el vivo ejemplo de la fiesta y la jovialidad.  Pese a los numerosos infortunios que la vida le había deparado, su casa siempre estaba abierta para todo aquel que llamase  y  quisiese jugar a los naipes, tomarse un vino o compartir un rato y para los jóvenes en particular. La cultura y la hospitalidad se daban cita desde muy antaño entre las paredes de su casa, que había hecho de hogar a los maestros y artesanos que llegaban de todas partes del lugar. Podría decirse que no había persona en toda la comarca que no conociese el nombre de mi abuelo ni supiese el camino para llegar hasta él.  Pero, más allá de las diferencias entre ambos, mis dos abuelos concordaban en lo que dije al principio: la espiritualidad. Ambos habían sido sacristanes, ambos habían recitado cánticos en los tiempos en que la misa se decía en latin. Habían aprendido de los silencios. De la similitud en la condición humana que enraíza detrás de cualquier lengua e identidad. Porque habían aprendido a exorcizar sus miedos, a contener sus angustias, y  en ellos la religión había surgido como un elemento más de la naturaleza sin guardar semejanza alguna con la beatitud. Porque ellos creían en el devenir del tiempo. En los ciclos y en las cosechas.  En el trabajo personal y en la superación.

De mi abuelo materno aprendió la valentía mi madre, a levantarse cada día de sus muchas caídas por muchos cuerpos vencidos o doloridos que viese a su alrededor. Y de mi madre aprendí a levantarme, aunque fuese a la pata coja, yo también. De mi abuelo paterno aprendió mi padre a temer a los vivos, a superar el ambiente opresivo de la pobreza y construir, con la sola fuerza de sus manos y  su férrea voluntad, un hogar. De mi padre aprendí a contener mi propia angustia vital en tiempos de caos; a mirar hacia uno y otro lado buscando mi punto de quietud.

Quiero creer que de mis padres, ahora ancianos y abuelos, aprenden mis hijos a hacerse mayores sin perder ni un ápice de su lucha, de su dignidad y de su tesón. Quiero creer que a sus futuros hijos les hablarán de nosotros. De lo que aprendimos de ellos y de lo que hemos logrado transmitirles a nuestra vez.  Porque si algo habremos aprendido todos juntos es la lección de que los mayores lo dan todo en la rueda de la vida, hasta su propio aliento, para que los que les siguen lo hagan un poco mejor.

 

#NuestrosMayores

#Zenda libros

Ni damas ni esclavas ni heroínas

Los cuentos de heroínas son como los cuentos de princesas, pero al revés. El diccionario las define como mujeres que realizan una hazaña de extraordinario valor. Ja. Me río tanto que lloro. El esfuerzo de la risa, como versaba Juana de Ibarbourou. Las mujeres nos reímos muchas veces de las etiquetas que la sociedad nos impone. Mujeres de catálogo, para todos los gustos: cuidadoras, amas de casa, mujeres trabajadoras, princesitas. Desde todas las épocas han intentado definirnos. Somos esa ambiguedad que molesta, esa duplicidad que asusta. Lo mismo nos llaman Lolas que Carmencitas. Ahora hemos avanzado un grado. Ja. Me vuelve la risa. La risa del cansancio que expresaba Ibarbourou: ¡Ah, que estoy cansada!/Es por la fatiga de la loca risa. La jocosidad de los letreros la causan. Después de tantas etiquetas históricas descubro que hemos pasado de ser damas (Como en los retratos de viejo abolengo) que citaba Juana, a ser heroínas. ¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma;/ Pues, como la angustia, la alegría enferma./  Y es que da risa. No hay que ir muy lejos para encontrar a grandes mujeres. Mujeres de toda edad y condición, capaces de realizar auténticas gestas, de mover montañas y levantar mundos. Mujeres de revista. Las he visto labrar campos enteros cargando a la espalda a los hijos. Las he visto coser de noche, a la luz de un candil, dejándose la vista. Las he visto callar, darse la vuelta lentamente, con las manos vacías y ponerse a multiplicar panes, amasando una onza de harina.  Dentro de cada mujer late una guerrera anónima. No es preciso ser María Curi, ni Juana de Arco,  ni Dolores Ibárruri. Todas tienen en común la perseverancia. La virtud de ser ellas mismas.  Pero ¿Cuál de ellas, de las anónimas y de las conocidas, de las de ayer y de las de hoy, querría ser etiquetada como heroína? ¿Lo sabe usted, lector o lectora? Imagine, en este mismo momento, a un gran equipo de periodistas preparados ante una rueda de prensa con una de las más grandes mujeres de la historia. ¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!/ vuelven a mi mente los versos de la gran poeta uruguaya: ¿Cuándo más alegre que ahora me viste?/ mientras visualizo varios micrófonos ante la insigne Agustina de Aragón: ¿Sabe que se la considera a usted una heroína? y, de nuevo, me responde Juana:

 Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,/ Es por el esfuerzo de reírme tanto…

 

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros #Heroínas

Alusiones:

Poema “Despecho” de Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou (Biografía)

Agustina de Aragón (biografía)

 

 

 

El árbol de Inés

Inés había perdido su casa, otra vez, en vísperas de Navidad. Su hijo, Juan, alarmado por la llamada, había acudido con premura a la comisaría, para encontrarse con una Inés llorosa, encogida al lado de la ventana.

“¿Qué pasó, mamá?” le había preguntado, tratando de traer de vuelta su atención. “Que he perdido nuestra casa, hijo. Salí un momento y, al regresar,  vosotros no estabais. ¿Te acuerdas que Javier y tú estabais en el salón  adornando el árbol? Papá leía el periódico junto a la chimenea…”

El hijo de Inés apartó la mirada de su madre para firmar el papel de recogida.

¿Es que la pobre no podía dejar de revivir en su memoria, año tras año,  aquellas Navidades?

Caminó por la acera tomando el brazo de su anciana madre como cuando era niño, decidido esta vez, a cambiar el curso de su recuerdo.

“Vamos a entrar en la tienda de Pepe, mamá, para escoger un árbol” dijo, conduciendo a su progenitora a una tienda de decoración Navideña.

Apenas unos minutos más tarde, Inés salía del local del brazo de su hijo sonriente e ilusionada como una niña:

“¿Crees que a tu hermano y a papá les gustará el árbol?”

Juan levantó la vista hacia el cielo y le pareció ver, por un instante, a través de dos nubes entrelazadas, la silueta de su padre alzando a Javier en brazos para colocar la estrella en lo alto del árbol.

“Estoy segura, mamá, de que cuando lo adornemos quedará perfecto en nuestra casa”.

#cuentosdeNavidad
#Zenda

Reseteando la granja

A Roman Petrov le había sido encomendado revisar el software para corregir los fallos que el sistema estaba ocasionando en los extraños mutantes de la granja azul. La primera intervención databa de algo más de dos mil años, cuando Lisus descendió. En Nicea, Konstantin logró unificar el mito e implantar en sus chips la noción principal del cuento que Paulov acabaría de actualizar en Trento. Pero nada de esto había sido suficiente y, aunque su antecesor, Gregory, logró corregir el desfase del calendario litúrgico  ampliando y retocando las tarjetas de memoria, lo cierto es que la bomba de la emergencia climática, accionada antes de tiempo por alguno de los espías interplanetarios, había terminado por desmontar todos los circuitos. A estas alturas de la película, Petrov sabía muy bien que el cuento de la mula cargando a una embarazada para dar a luz en pesebres sin condiciones higiénicas  año tras año ya no cuadraba con los protocolos actuales. Ni era fácil encontrar pastores ni una estrella bastaba para permitir la entrada a unos reyes orientales. La mujer no podía, año tras año, representar elementos que contradecían la ley de protección ambiental, política y territorial. Tampoco Nicolaiv había resuelto la papeleta explotando renos voladores para el reparto de juguetes sin contar con que los pinos, electrónicos desde hacía tiempo, estaban orientados con luz y sonido,  al igual que el resto de valores, a activar  circuitos comerciales. Solo los programadores que habían convivido, aún en su condición neorobótica como la suya propia, con la raza de ensayo rusa, se habían aproximado a comprender las respuestas emocionales  de la raza terráquea, tan temperamental.

No quedaba, pues, más remedio que resetear todo el programa: anular conexiones antiguas, fijar nuevos anclajes e instaurar elementos clave que respondiesen a estimulos de luz y sonido recreando emociones controladas.

Definitivamente, redactaba Roman Petrov en su informe, los programas con expresiones humanoides no eran rentables con esta raza.

Un lío del quince

Dice mamá que debemos hacer vida como los de antes. Que los ritmos vitales del cuerpo humano se rigen por los naturales y que al ponerse el sol todo el mundo ha de irse a la cama. Yo creo que es por la factura de la luz, porque oí a papá decir que cada vez estaba más cara, pero ella dice que no. Que la luz contamina porque da mucho trabajo fabricarla. Yo esto último no lo entiendo, porque el otro día, en el colegio, nos enseñaron un documental que hablaba de las placas solares que concentraban la luz del sol y, hasta donde nos han dicho, el sol no cuesta nada. Pero lo cierto es que mamá se está poniendo un poco pesada con todo. Nos manda cerrar la ducha cuando nos enjabonamos para no gastar agua. Pero mi hermano y yo hemos escuchado a papá decir que la caldera gasta más apagándose y encendiéndose al poco rato. Tampoco entiendo que algunos niños presuman en el patio de tener en sus jardines piscinas cuando llega el verano, porque yo creo que una piscina contiene muchas duchas de las que mamá habla y aún me parece peor que alguna gente tenga una piscina climatizada que gasta agua todo el año. Mamá también se pone pesada en lo de reciclar todo y tiene en casa varios cubos para separar los residuos orgánicos de los residuos plásticos y  de cristal pero yo vi a Serafín, el que conduce el camión de la basura, vaciar los distintos contenedores y mezclar todo en la misma parte. Con todas estas cosas que no entiendo  tengo en mi cabeza un lío del quince, como dice mi amiga Ana. Para salir de dudas he intentado consultarlo con mi profe a ver si ella me podía explicar algo, pero lo único que me ha dicho es que, aunque los mayores se contradigan todo el tiempo, yo siga reciclando.

 

#COP25

Cómplices hasta el final

Laia lame mis heridas cuando llego a casa rota y me tumbo en el sofá. Laia nunca hace preguntas. Si la cena no está lista le da igual quedar sin cenar. Laia no me exige nada. Si duermo hasta mediodía vigila la entrada y me despierta, retirando las mantas despacio, si ve que  vas a llamar. Laia es mi cómplice en todo y finge alegrarse siempre cuando te ve en el portal. Laia nunca dice nada, pero se que enseñará sus dientes cuando yo le diga: “¡Ya!”

MVF©

#historiasdeanimales

Para zendalibros.com

 

Sin carnet de identidad

Luna actuaba en todo como su madre de adopción. Ladraba de noche cada vez que escuchaba un ruido cercano procedente del exterior. Comía comida para perros y movía el rabo igual. No le gustaba el pescado ni los ratones y olfateaba el ambiente cuando salíamos a pasear. Marcaba los alrededores de la finca con sus micciones y recogía el periódico que el chico del reparto dejaba a medio cuerpo en el buzón. Cuando la sacaba al parque insistía en intentar congeniar con los enemigos que la madre naturaleza había dispuesto contra  su especie, sin atender a mis tirones ni a las regañinas de los demás.  Su noble entendimiento no hacía división alguna entre sus sentimientos y las absurdas reglas que regían la realidad. Cuando regresábamos a casa, para calmar su rabia, Luna daba un buen número de vueltas por el terreno, olisqueando cada rincón antes de proceder a sellarlo con sus orines, asegurándose de que en su ausencia no había entrado nadie más. Después, buscaba a la vieja Tula que, cansada de sus muchos años,  despertaba de su siesta para dejarle un sitio, a la par que lamía su piel retirando cualquier resto de suciedad. Sí, Luna vivía en su burbuja, ignorando que maullaba en vez de ladrar, sin reconocerse a sí misma,   hasta que llegaste tú, con tu gato, y su verdadera naturaleza comenzó a despertar.

#historiasdeanimales

Ficción elaborada para el concurso de zendalibros.com

Resultado de imagen de Cuadros de perros y gatos
Fuente de la imagen: Pinterest

 

 

TESOROS DE INFANCIA

Resultado de imagen de fotos de baúles antiguos

Y ve el capitán pirata cantando alegre en la popa

Asia a un lado, al otro Europa,

y allá a su frente Estambul

(La canción del pirata – José Espronceda)

Cuando era niña jugaba a encontrar el cofre del tesoro en todas las casas a las que me llevaban y, la verdad, no me iba del todo mal, porque siempre encontraba algo. En las casas desconocidas no me atrevía más que a mirar y, si acaso, levantar la tapa de algún joyero pero sin tocar nada. Pero lo mejor sucedía siempre en las casas de mis abuelos. En cualquiera de ellas siempre había un viejo baúl aunque, al vivir todos en la montaña, nunca hubiese un barco. La pirata era yo, todo hay que decirlo, con parche o sin parche. Abría el baúl de los tesoros y metía mi mano (sin garfio) hasta el fondo.

En casa de mi abuelo materno había varios cofres y baúles, pero el mejor de todos  era el baúl de las novelas del oeste. Con mi mano de niña hojeaba aquellas antiguas joyas de Marcial Lafuente Estefanía y no tardaba en ser teletransportada a uno de los muchos ranchos que describían. Veía los caballos atados al poste de la entrada y oía las conversaciones del salón con la sensación de estar cometiendo un pecado. Me mandaba mi madre por aquel tiempo a barrer y limpiar las habitaciones pero yo abría baúles, cofres y armarios. Descubría la colección de sellos del abuelo, sus fotos antiguas y leía las cartas que guardaba en una caja de latón, de las del Cola Cao. Cuando acababa con la limpieza, me tumbaba sobre una de las dos camas de la habitación y escuchaba el tic-tac del reloj que sonaba como si el tiempo fuese allí pasado. Miraba la ventanuca de cristal, pequeña para que no entrase el viento,  el lavamanos con su palanganero de porcelana, las paredes de piedra, los estantes, y me parecía haber viajado a otra época de la que regresaba siempre con algo. Otros días me tocaba atender la limpieza del corredor y descubría la fila de vasijas de barro, las monedas que había dentro de las más pequeñas y el pequeño baúl del rincón de atrás que estaba lleno de agendas y calendarios. Yo los miraba con mis ojos de diez años intentando hacer memoria de lo que era de mí antes de ser yo misma: 1945, 1954, 1966… Me parecía haber hallado el pasado atrapado en aquel baúl y se me hacía imposible ver fechas en las que no tenía conciencia de mi existencia (y aún vislumbrar la oscura posibilidad de no haber existido) mientras la vida bullía con sus días en aquella casa.

Mi intriga con el tiempo siempre se acentuaba entre aquellas paredes antiguas, vestigios o reliquias para mí de la estirpe de la que procedía: cántaras en desuso, letrinas edificadas en el jardín de atrás, leñeras inmensas llenas hasta el techo de troncos enormes cortados para un fuego a ras de suelo y un sinfín de enseres y herramientas que ya no se usaban llenaban mi imaginación de preguntas.

Mi otro refugio, la casa paterna, acogía imágenes religiosas, rosarios y campanas. Cercana a la iglesia, en ella los relojes aún tenían más relevancia. Pero el tiempo allí era un continuo presente, que recordaba de continuo su fugacidad, ya que al reloj de la iglesia que daba las horas y las medias, se unía el reloj de carrillón que mi tío había instalado en la sala y que, no conforme con dar las medias, también daba los cuartos. Como ambos relojes no estaban sincronizados aquello se convertía en una especie de relojería desacompasada. Los libros que encontraba en aquellos baúles, en consonancia con el ambiente, eran en su mayor parte religiosos: biblias encuadernadas en piel, cuadernos de oración, biografías de santos… En honor a la verdad he de decir que, aunque era un ambiente de respuestas, yo prefería el bullicio de la otra casa.

En mis andanzas como Corsaria, a medida que iba creciendo, descubría cosas más comprometidas e interesantes como las revistas de Interviú guardadas en cajas de cartón en la galería de mi abuelo materno o El Romance de Eloísa y Abelardo escrito en un manuscrito antiguo en la otra casa. Mis dos abuelos –que a diferencia de la mayoría de los ancianos de la comarca habían sobrevivido ambos a sus esposas– eran hombres virtuosos y los dos habían sido sacristanes. Con uno descubrí el arte de disfrutar de las cosas y con el otro rituales en latín y secretos de iglesia que, junto al reloj de los cuartos, me recordaban continuamente el paso del tiempo. Quizás, con la perspectiva que da la vida puedan unirse, como en un engranaje de relojería, los dos mensajes.

Aún mucho tiempo después de la pérdida de los dos patriarcas, y siendo ya una mujer adulta, seguí descubriendo cosas en ambas casas:

En la del abuelo materno un par de billetes de las antiguas pesetas guardado dentro del baúl de la ropa y en la del abuelo paterno una biblia antigua encuadernada en color rojo junto a una colección de relojes de mano.

 

A mis dos capitanes

 

Relato elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa: un relato de aventuras.

#ZendaAventuras

Palabras para Elena

(Barcelona, marzo de 1938)

Mi querida Elena:

No sé si podrás leer esta carta o si, cuando la leas, quedará siquiera un rastro de mí. Quiero creer y suplico al Dios de la justicia que mis palabras te lleguen. La mayoría de los que me rodean se han vuelto locos, sordos, ciegos, o todo al mismo tiempo. Mis ojos están empañados y, a la escasa luz del refugio, apenas acierto a ver mi propia letra. Mi juicio se nubla y hay momentos en que creo estar contigo en el pueblo,  haciendo el camino hacia el río que recorrimos juntos tantas veces. Pero lo peor de todo es el ruido.  Al principio era atronador, como si el firmamento entero descendiese sobre nosotros. Ahora mis oídos, ya medio sordos, han bloqueado parte del ruido, pero el dolor persiste en mis tímpanos. Este martilleo constante, sin piedad, al que nos someten, nos ha reducido a autómatas, incapaces de diferenciar nada. El día y la noche son la misma cortina de polvo y humo. Solo hay escombros. Los tíos y yo permanecemos en el refugio, turnándonos para salir en busca de algún alimento, pero las casas y las tiendas se han reducido a ruinas y parecemos hienas peleándonos por despojos. Tengo en mi memoria fijado el día dieciséis de marzo como el comienzo del desastre,  desde entonces, con tantas horas bajo las bombas, no sé si han pasado días o meses.

Del hombre que fui un día, Elena, solo queda de mí tu recuerdo. Mi Elena. Quiero decirte que mantengo tu foto apretada contra mi pecho, que los pocos momentos de calma que consigo son cuando pienso en ti. Me parece verte, tendiendo la ropa en el patio de la casa de tus padres, mientras el viento juega con tu pelo.  Me acuerdo de los hijos que soñamos tener y tengo que decirte que es posible que ya no puedas tenerlos conmigo, pero quiero que los tengas.  Cada vez veo más difícil salir con vida de esta guerra. Yo vine aquí a trabajar, para reunir dinero y poder comprar contigo una casita con huerto, aunque a ti te veo en ella. Sé que tendrás tu casa y tus hijos y lo único que quiero pedirte es un sitio pequeño en tus recuerdos. Ten esos hijos, Elena, cumple tus sueños, aunque no sean conmigo, busca un buen hombre que te quiera y no me llores. Nunca me llores, hazme un sitio en tu memoria y me quedaré allí siempre.

Quiero pedirte que busques a mis padres y les cuentes que me han tratado bien aquí, que en casa de tío Andrés nunca me faltó un plato de sopa, que en su fábrica fui uno más y trabajé a gusto con los compañeros. Si logran encontrar mi cuerpo y mis pocas pertenencias, quédate con la cadena del Cristo del Perdón que me dio mi madre y siempre llevo al cuello. No le guardes rencor a la vida, Elena, porque la vida es la que es pero ha de quedar gente buena que te ayude a seguir. Quiero que el dinero que tengo ahorrado sea para ti y que, con algo más que consigas, puedas comprar esa casa que soñamos juntos y tener tu huerto.

Llega el momento, querida mía, de terminar esta carta. La guardaré en el bosillo de la camisa, junto a tu foto, abrigándome el pecho. Si no salgo vivo, espero que quede algo de mí y te la hagan llegar, mi dulce Elena. Todas las lágrimas que he guardado corren ahora por mi rostro, si algo  me enerva de dejar este mundo es no poder volver a abrazarte, besar tus labios y decirte a la cara lo mucho que te quiero. Que mi amor te acompañe y te de fuerzas para comenzar sin mí el resto de tu vida.  No te me vistas de negro. No te encierres a vivir una vida muerta. Vive, Elena.  Vive por mí y por todos los que caigamos. Si tienes hijos, aunque yo no sea el padre, me verás en ellos, porque significará que me has hecho caso y has apostado por vivir. Yo estaré orgulloso de ti desde el cielo. No sufras, querida mía, esta guerra sin sentido terminará pronto.

 

Tuyo para siempre:

Esteban Gómez Hernández, natural de Maderuelo (Segovia)

Hijo de Antonio Gómez Martínez y Mercedes Hernández Vega

 

Uno de los bombardeos intensivos del 16 al 18 de marzo de 1938 sobre la ciudad de Barcelona, fotografiado por la Aviación Legionaria italiana