Gato encerrado

Poco antes de cumplir los ochenta y uno, Damián comenzó a hacer cosas raras. Muchas veces, su mujer, Asunción, le oía hablar en la habitación de arriba, mientras ella trajinaba en el piso de abajo. Al principio no le echó mucha cuenta al asunto. «Serán cosas de viejo» pensó, pues ella misma hablaba con los fogones a veces o maldecía a las cebollas que picaba. Pero los días pasaron y lo de Damián fue empeorando. Mantenía largas conversaciones estando solo y a veces hasta se enzarzaba en coléricas regañinas. «¿Pero con quién te enfadas, hombre?» le preguntaba ella y entonces él respondía: «Es este maldito gato negro que se me atranca en el camino» Asunción, habida cuenta de que jamás habían tenido gatos, pidió cita con el médico y éste al escuchar la historia lo mandó al psiquiatra.

 «Son alucinaciones» dijo el especialista, al constatar que el hombre no cesaba de hablar de un gato negro que, según él, quería robarle los recuerdos. «Me veo obligado a encerrarlo en el vestidor antes de dormirme» afirmaba. Como no las tenía todas consigo, el psiquiatra lo derivó al neurólogo.

 «Va a ser cosa de falta de riego» dijo este último, mientras rellenaba un formulario para pedirle un escáner cerebral. Entretanto, Asunción ya comenzaba a estar harta del gato invisible. Las puertas del armario de la habitación estaban llenas de rasguños y los cojines y almohadas destripadas. No le quitaba ojo a Damián, pero nunca conseguía pillarle en escena. «Es una locura», les decía a sus hijos cuando llamaban, «solo hace que hablar de un gato negro que le sigue a todas horas». Una noche, hacia las dos de la madrugada, Asunción, que dormía en la habitación contigua a la de Damián, despertó sobresaltada. Le había parecido oír un extraño y agudo maullido que procedía de la habitación de su esposo; pero cuando acudió junto a él era tarde y le encontró en el suelo, boca abajo, ya sin un hálito de vida.


Unos días después la llamaron de la consulta del neurólogo para darle los resultados del escáner.


―Ya no importa, doctor ―afirmó Asunción, apenada― Damián ya no lo necesita.
―Lo siento mucho, señora, pero igualmente necesito que acuda para mostrarle algo.

Asunción se encogió de hombros mientras el médico encendía la pantalla que mostraba los resultados.

―Mire con atención, por favor ―pidió el galeno― esta es la región de la memoria, donde se almacenan los recuerdos. Quiero saber si usted ve lo mismo que yo.

Asunción contempló la pantalla con estupor.

En lo que se suponía que debía ser el cerebro de su marido se apreciaba la forma de un gato, negro como la noche, cuya silueta, bajo la luz del expositor brillaba como bajo un haz de luna. 

#historiasdeanimales

LIBERTAD CONDICIONADA

Dentro de mi pecho se esconde. Agazapado. Se alimenta de odio y de resentimiento. Hay días que parece un cachorro de gato; son los días en los que logro amaestrarlo. Voy por ahí sin que su lento rumiar perturbe mi rutina diaria, aunque sepa bien que  nunca duerme y mi avezado oído le oiga mascullar por lo bajo, tragándose las palabras, estrujándolas, más bien.

Lo peor siempre llega los días de fiesta.  Esos días en los que el odio viene embotellado, y el pequeño gato va bebiendo y creciendo de tamaño. Se bebe la risa cruel del vecino, la mirada desconfiada del jefe, la terrible complacencia de los cuñados, el ansia estranguladora del anfitrión. Se pone ciego de ira y vuelve a ver el muro del patio, la soledad de las literas, la amenaza en los ojos. Cuando me doy cuenta el rugido de mi garganta suena como el anuncio de la Metro Goldwyn-Meyer  y el felino que en mí habita es un salvaje voraz.

Cuando voy al psicoanalista le hablo de mi pánico a las jaulas. Nadie comprende que, desde que me soltaron, llevo un animal en el corazón.

#historiasdeanimales

Aterrizaje en el centro comercial

Francis aterrizó sin problema. En su lengua se comunicó con el centro de operaciones. Le dijo que había llegado sano y salvo al planeta tierra. Como los camaleones en el desierto, su piel adquirió pronto el tono y apariencia adecuada para no levantar sospechas entre los terráqueos. Comprobó su ubicación y vio que los cálculos habían sido correctos. Enfrente se extendía un enorme edificio que se anunciaba con el ridículo nombre de El Corte Inglés cuya traducción a su idioma le resultó imposible de realizar. No sabía si se trataba de una cristalería o una sastrería inglesa. Le llamó la atención la cantidad de luces de colores. Estaban por todas partes, recubriendo ventanas y hasta en los parkings, incluso revistiendo figuras de animales metálicos. Parecía un espectáculo. Disfrazado como estaba, se dispuso a entrar en el centro inglés ese al que parecía acudir mucha gente. Comprobó al momento que de inglés solo tenía el nombre. La gente allí reunida hablaba sobre todo castellano. No era nada raro, sabiendo que había aterrizado en España, concretamente en Zaragoza.  Se había informado mientras viajaba en la capsula espacial. Idioma: castellano; país: España; fecha: 22 de diciembre.

El centro era una especie de almacén en el que había de todo. Ropa, objetos variados, incluso relojes. Se asustó y dio un respingo al oír un vozarrón fuerte al tiempo que el sonido de una campanilla: ¡¡¡Jóu, jóu, jóu, feliz Navidad, niños!!! Exclamó un personaje extraño. Llevaba una barriga postiza y un pegote de barba blanca. Francis se apresuró a informar al centro de mando de la presencia de un divergente. Intentó afinar sus antenas para analizar al sujeto. Llevaba una campanilla absurda y una pequeña saca de caramelos. Enseguida, su sentido de adaptación ordenó a su organismo acomodar su estatura y complexión hasta ofrecer la apariencia de un niño. Una vez asumida su nueva identidad, se acercó al gordo de la barba blanca y el traje rojo  y con voz infantil le preguntó:

―¿Me puede decir qué es la Navidad?

―Jóu, jóu jóu, ¿Qué es la Navidad? ¿Qué es la Navidad? ¿Pero qué clase de pregunta es esa, pequeño? ¿Tus padres no te han hablado del espíritu navideño?

―En realidad no tengo padres. Vivo con un tío muy mayor.

―Oh, permíteme que te regale unos cuántos caramelos. Pues a ver, la Navidad, la Navidad es… ¡Puede ser lo que tú quieras que sea!

―¿Lo que yo quiera? ¿Puede ser un Ferrari la Navidad? ¿Puede ser una barbacoa?

Francis decía palabras al azar, del vocabulario recién cotejado. Palabras que parecían importantes porque estaban guardadas en el apartado de «Destacadas». El hombre de rojo, que en el diccionario espacio temporal habían catalogado de personaje navideño, le miraba con gesto preocupante.

―¿Un Ferrari la Navidad, una barbacoa? ¿Pero tú de qué lugar vienes, chico, de un gulag o de la edad media?

―¿Gulag? ¿Edad media? Oh, no, yo vengo del siglo XXI, ya hemos trascendido ese tiempo.

―¡Por todos los santos! ¡Qué me aspen si entiendo a los niños de ahora! Jo, jo, jo, toma, chiquillo, doble ración de caramelos, por lo del Ferrari. ¡No abandones tu sueño!

Francis se alejó, despistado, del personaje excéntrico y vagó por el centro inglés que no tenía nada de inglés. Su antena captó varias conversaciones:

―Para Papá Noel le voy a regalar a Lucas la Play Station pero para Reyes que le regalen los otros abuelos. No hay dinero que llegue para los niños ahora.

―La Navidad es un derroche. A ver quién pasa después la cuesta de enero.

Francis no entendía gran cosa. Deambuló un poco más por el centro a la espera de reunir nueva información, pero todas las conversaciones contenían más o menos las mismas palabras: regalos, Navidad, Papá Noel y Reyes. Incluso se dio de bruces con más personajes vestidos de rojo con barbas blancas y redondas barrigas postizas, que clamaban con voz grave: ¡Feliz Navidad!¡Feliz Navidad!

―Este centro inglés está loco ―informó Francis a la nave nodriza― los niños hacen fila para ver al personaje divergente. Piden máquinas de juegos a las que llaman consolas, teléfonos, tabletas y demás dispositivos comunicadores. Apenas hablan entre ellos, salvo para elegir artículos del almacén que cambian por esos papeles que el diccionario califica como dinero. No hay nada interesante en esta raza. Malgastan energía a raudales y tiempo. Corto y cambio. Voy a subir a la nave y continuar mi trayectoria. Este lugar es tóxico y sus habitantes extraños, llevan cubierta la boca, no sé si por las toxinas o para no morderse entre ellos. Para mí que algo falla en sus cabezas.

#unaNavidaddiferente

A otra parte con este cuento

Apagó la tele.  Estaba cansada del cuento de todos los años. La cantinela de felicitaciones estaba por todas partes. No era solo la caja tonta, aunque de esta había sido la culpa desde el principio. Se dirigió al escritorio, encendió el ordenador, abrió el Word y tecleó al dictado de su mente:

«¡Hollywoodienses del carajo! ¡Toda la culpa la tiene el cine! En mis tiempos no pasaba esta mierda. No había centros comerciales y el turrón estaba tan duro como las piedras. ¡Por todos los santos! ¡Si hasta había que partirlo con un martillo! Ahora todos se han vuelto majaras en Happylandia. Aquí todos somos evangelizadores, como en la conquista de América, colonizando las calles con las mentiras navideñas. Solo hay que verles. ¡Pobres infelices!, condenados a repetir todos los años la misma fiesta con las guirnaldas, los blandengues muñecos de nieve y hasta el gordo ese del traje rojo. ¡¡Papá Noel!! ¿A quién se le ocurre? Ni en sus peores pesadillas hubieran previsto nunca nuestros ancestros que en todo Occidente iba a reinar en estas fechas el gordo ese de la campanilla y el saco de caramelos. Solo hay que salir a la calle en cualquier lugar, así sea el pueblo más pequeño y perdido en el culo del mundo, para ver las ventanas engalanadas con pegatinas y postales llenas de renos. Lo que hace el puto sistema de los cojones, que ya desde la escuela les mete a los niños el tonto cuento consumista en la cabeza.

»Hay niños a los que se les muere el padre en Navidad, por Dios bendito, estas cosas pasan. Se muere la gente, se despide a la gente, da igual que sean o no fiestas, nadie para, ni por un momento, la rueda de picar carne. Hay madres que tienen mil agujeros por cubrir y arriesgan el sueldo para comprarle una consola al niño para que no piense que ha sido malo y no se la merece. El puto desastre de siempre. Porque a ver cómo le dices al hijo que su amigo se ha portado como Dios manda y por eso ha tenido mejores reyes ¡y tan mejores, que le han traído la última consola y hasta tres juegos nuevos!  ahí no hay competencia leal posible y esta mierda es la que nos venden para después extrañarnos de que la juventud pierda cada vez más valores. Y venga, foto fantástica de la consola para las redes sociales. Porque ahí si que ya llega la mierda hasta los bordes. Navidad primorosa, Navidad de la buena, de champán y uvas para comerlas aunque sea de aquella manera, bajando y subiendo la mascarilla a la vez que agitas el pasaporte con el certificado de la vacunación covid. Sí, sí, que aquí estamos todos vacunaos, jefe, pónganos otra ronda, y los villancicos siguen cantándole a la mula y al buey entre pandemia y pandemia.

»Da igual lo que digamos en la intimidad. Que cada una o uno agarre el teléfono y le cuente a su mejor amigo o amiga lo que detesta estas fechas, fechas en las que tienes que sonreírle a la suegra aunque te lleves con ella a muerte, o regalarle al jodido de tu sobrino pequeño lo que menos merece. Da lo mismo y ahí estamos todos, masticando uvas pasas y comiendo a mansalva polvorones como borregos, aunque al llegar a una edad nos pase factura subiéndonos el azúcar, mira tú esta, si a nadie le amarga un dulce aunque sea obligándolo. Pues vaya, que todos los años decimos lo mismo los cuatro gatos de siempre: que a ver si aparece alguien y se lleva la Navidad con toda su tontería a otra parte. Que hasta en plena pandemia se abrió la veda, yo no sé si por los niños o por los comercios. Me da igual. Lo que es yo, si me tocara la primitiva, que no la lotería, porque no juego a un premio en el que tengo que gastar más que en veinte quinielas para que me toque menos, yo pagaba con gusto lo que fuese a quien se llevase la Navidad para siempre.

»Qué gustazo, despertarse un año en estas fechas y ver que sí, que todo quisque está esperando vacaciones para celebrar la llegada del invierno, para calentarse junto a la estufa y comer caliente. Sí. Sí. La llegada del invierno, que es bien duro y que mantengan la paga extra pero sin la obligación de regalar consolas a los peques,  chales de cachemira y guantes a  suegras y suegros, entradas para el concierto de año nuevo o el centro de estética. Que está muy bien el espíritu cooperativo y la solidaridad en las empresas si es para rebajar el precio las eléctricas y las gasolineras, que ese sí es el espíritu bueno. Luego ya, que cada quien vea si se junta o no con la family, con los padres o con los suegros, los que los tengan; pero que quiten al gordo ese de los cuernos y los trineos, que ya bastante cornamenta llevamos puesta. Que quiten los putos árboles metálicos de las plazas y dejen de cantar en todos los bares a coro que los peces beben».

Cerró el entrecomillado y acabó de rematar el texto. Sintiéndose más liviana, encendió la calefacción, subió a su blog el escrito y envió el enlace, sin ninguna expectativa, al concurso de Zenda. No aspiraba a ganar nada, solo a poner por escrito lo que sabía que pensaba mucha gente.

#unaNavidaddiferente

Feliz regreso

Como todos los años el primer sábado de junio se celebraba en el pueblo la fiesta de las Candelas que, por tener su onomástica en pleno invierno, cuando los rigores del frío de febrero se cernían sobre el lugar, los aldeanos habían dispuesto para bien entrada la primavera, con el fin de disfrutar de la festividad en buen tiempo.

Al igual que en años anteriores, al terminar las clases del viernes preparé mi bolsa de viaje y junto al vestido por estrenar y la ilusión de mis catorce años, metí el libro y el cuaderno de inglés, para repasar los verbos sobre los que me examinaría el lunes. Días antes había fantaseado con el evento y y el baile. Tenía ganas de reencontrarme con mis primos y amigas.

La mañana del sábado amaneció lluviosa y, para más inri, me encontré indispuesta. Recién estrenada la adolescencia comenzaba a pelearme con mis hormonas, que hacían lo que les venía en gana sin consultar la agenda de mis planes, dando veracidad al dicho de que la madre naturaleza manda siempre. Me levanté contrariada, enfadada con el mundo y con mi cuerpo, aferrándome al tibio consuelo de que un tazón de leche de cabra caliente aderezado con dos buenas cucharadas de cacao, sería capaz de inyectarme sino alegría, una buena dosis de energía para encarar el día de otra manera. Y justo acababa de recrearme con el sabor dulzón del desayuno cuando mi madre y mi abuelo requirieron de mis servicios.

― ¡Ven, te necesitamos en el corral para guardar la entrada!

Les seguí y me asignaron el puesto de vigía mientras ellos entraban al corral a no sé qué faena.

―Ten cuidado ―advirtió mi abuelo―que no se escape ninguna cabra.

A ninguno de los dos se les ocurrió darme más indicaciones ni tan siquiera un bastón con el que defender mi puesto. No pensaron que decirme que contuviese el rebaño venía a ser lo mismo, en ese momento, que mandarme contener la lluvia y los truenos. Todo pasó en un instante, antes de que tuviese tiempo de preguntarme a qué carajo debía estar atenta. Una cabra salió de la oscuridad del corral corriendo violentamente hacia la puerta embistiéndome con sus cuernos. Ante la terrible amenaza yo hice lo único que me pidió mi instinto: apartarme para que no se me echase encima.

―¡No la dejes salir! ¡Agárrala! ―les oí gritar desde adentro mientras el corazón se me subía a la garganta.

―¿Pero qué has hecho? ¿No te dijimos que no la dejases marchar? ¡Me has echado a perder la mejor de las cabras!

A la retahíla de reproches de mi abuelo pronto se unió mi madre sin atender a mis razones. Poco importaba que no me hubiesen dado recurso alguno o que los cólicos me hiciesen doblar el cuerpo.

Por más que supliqué, haciéndoles saber de mis malestares, no conseguí que mi madre se impusiese ante el abuelo. Aunque esta vez no erraron tanto en sus juicios pues, al menos, me concedieron un aliado que conocía el terreno. El tío Paulo y yo debíamos salir sin demora a buscar la cabra al monte.

Recuerdo que caía una fina llovizna y a mi mente acudían alternativamente las palabras airadas del abuelo «Me has echado a perder la mejor cabra» y los consejos de las mujeres del pueblo que afirmaban que «no es bueno para la salud mojarse al andar de mes», por más que daba vueltas a estas dos frases no lograba encontrar sentido a ninguna de ellas. El tío Paulo, al igual que el señor Seguín del cuento de Alphonse Daudet, llamaba a voces por la cabra que, al parecer, como Blanquita, también había querido irse al monte: Carrula! , Carruliña! ah, Carrula por onde andas? Sae, que ven o lobo!

La surrealista escena se repitió hasta caer la tarde, cuando ya mis pies no podían seguir al bueno del tío Paulo, incansable buscador, que no dejó resquicio del monte sin rebuscar.

―Vamónos reina, que la cabrita o está ya bajo los dientes del lobo o no quiere saber nada de nosotros. Quién sabe, igual cuando lleguemos a casa descubramos que nos ha tomado la delantera y ha vuelto al corral ella sola.

Las palabras del tío eran como un bálsamo prometedor de milagros que, aunque no aplacaban mis temores, alentaban mis esperanzas.

El anhelado convite transcurrió con la sombra de lo sucedido y, ni tan siquiera en el baile pude desquitarme de la espina clavada en el centro de mi inocencia, pues la llovizna embarraba los pies y mojaba los rostros de los mozos, afeándolos en extremo.

A la cena me entretuve con una cadena rota de plata, haciéndole nudos a modo de cuentas, mientras rezaba por el regreso de la cabrita. Después de cenar estudié los verbos de inglés en el intento de no sentirme inútil del todo.

Sin muchos ánimos retomamos la busca de la cabra, con mejor tiempo, a la mañana siguiente, pero con igual infortunio. Ni siquiera pudimos hallar su rastro ni en forma de pisadas o de heces nuevas.

Regresamos a casa cabizbajos y comimos en silencio. A mí me pesaba ver el semblante ensombrecido del abuelo, cuya mirada parecía llena de reproches.

Partimos después de la comida sin volver a mencionar el incidente.

Recuerdo que el lunes regresé a casa satisfecha del examen y, nada más llegar, mi madre salió alborozada a mi encuentro:

―Tengo dos noticias increíbles: el abuelo y el tío sacaron al monte las cabras y, al traerlas de vuelta, descubrieron que la cabrita que se escapó se había unido al rebaño, sana y salva. ¡Imagínate, sobrevivió dos días en el monte, sin que la atacara el lobo!

«¡Vaya! Tuvo más suerte que Blanquette, la cabra del señor Seguín» pensé para mis adentros.

―¿Y la otra noticia? ―   pregunté.

―Es un auténtico milagro, hija, no vas a creerlo―dijo mi madre―: ¡Poco después de aparecer la cabra el abuelo encontró en la cocina una cadena con varios nudos, como si fuesen las cuentas de un rosario!

 

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

 

Relato basado en hechos reales

Alusiones:

Cuento de La cabra del señor Seguin (leer)

 

 

La emboscada

Los jugadores de cartas (Paul Cézanne)

Sí, ya sé que todo ocurrió en mi taberna, señor juez. Jácome Bembibre, Jerónimo Malasaña y Pepe El carreta, eran tres tristes que no tenían ni una taza de caldo que echarse al gaznate. Cada uno de ellos apostó contra el patrón la paga de todo el año si le ganaban la partida. Entraron por el orden con el que los estoy nombrando ahora, ilustrísima, no le miento. Los tres pidieron un vino de la casa mientras que el patrón pidió una jarra de sidra fresca: «Juego con sidra para brindar con vino cuando gane» sentenció, sonriendo de medio lado, como los ladrones. Que el patrón no distinguía un rey de una sota era bien sabido pero ya dicen que más sabe un tuno por tuno que por estudiado, aunque no se diga así el refrán. El caso, Señoría, es que me olí que en esa partida iba a haber tomate, ya fuese por el patrón o por el alcaldísimo de su padre, que consiguió la alcaldía sin más mérito que ser  hijo de Serafín Moreno, de quien dicen que llegó a ser la mano derecha del generalísimo hasta para bajarle los pantalones, pero esa es otra historia, y perdóneme vuestra excelencia, pero es que para ponerse en situación hay que ver de dónde viene la mala sangre. Como decía, los tres hombres apostaron la paga porque nada más tenían para apostar después de que el Morenito les quitase las tierras de los trigales y los arriendos de los castaños a las bravas, una vez que el alcalde lo nombró como único propietario. Aunque malo, el Moreno nunca hubiese dejado a tres hombres con sus respectivas familias en la calle, pero el Morenito se encaprichó de la Lorena, la hija del Jerónimo y cómo no pudo conseguirla como criada se propuso desahuciar a su padre, arrancándole las tierras que trabajaban él y sus cuñados. Perra vida, me dije, al ver a los tres perdidos remangarse las mangas y escupir en las manos para pedir suerte, antes de echar las cartas.

Yo les serví un vino aguado para que no se les nublase el entendimiento y al servir pude ver que el patrón jugaba con dos barajas. Les hice señas a los tres como pude, pero ellos estaban tan ciegos de lo enrabiados que no repararon en mí. El caso es que cada carta indeseada que le tocaba al hijo del Moreno daba el cambiazo sin que ninguno de los tres desgraciados se enterasen. Y qué le voy a decir señor juez, cuando vi levantarse al Malasaña rojo de ira, puñal en mano, yo no miré porque se me echaba fuera de la cafetera el café y soy muy malo para fregar la mugre que queda. Así que quiere que yo le cuente. Ni se sí fue el Malasaña o fue el Bembibre o el Carreta. Mire usted, señor juez, yo solo sé que estas cosas cuando se enredan ya no hay manera de componerlas. Cuando me giré los vi a los cuatro enzarzados y, al minuto siguiente, el patrón caía a plomo sobre el suelo poniéndolo todo perdido como en la matanza del marrano. Recuerdo que me quedé mirando el líquido viscoso y espeso que manaba de su cuello a borbotones y me dio por pensar que era una pena que el Morenito hubiese bebido sidra, porque podrían hacerse unas buenas filloas con su sangre.

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

Renacimiento

―No quiero volver a la tierra―dijo el alma al guía―, en ese planeta uno envejece y se desgasta rápidamente. La gente está pendiente de mil y una necedades y tonterías; aparte de que no he visto en todo el universo planetario seres más toscos y tercos. Ridiculizan a todo aquel que trata de atraer su atención a lo primordial, dan por sentado que los astros están ahí para regirlos, encapsulan el tiempo y lo dividen en pequeñas celdas a las que llaman días, se pasan las noches durmiendo pero sin ser capaces de resetear sus sistemas. La mayor parte de los seres que allí habitan son unos grandes ignorantes. De hecho lo ignoran todo sobre ellos mismos, hasta desconocen las claves de su propio programa interno. Cuando enferman de algo serio sus doctores más reconocidos no hacen sino recortar trozos a sus cuerpos; hasta son capaces de extraerse órganos enteros o implantarse prótesis de diversos materiales en lugar de armarse de coraje y  buscar en su propio medio los actos y consecuencias que causan  su deterioro. No están dispuestos a cambiar, y ese es el handicap principal que arrastran: el de ser seres planos. Ni siquiera saben abstraerse y contemplar más dimensiones que las simples coordinadas que ellos mismos inventan. Por favor, Padre, no me envíe allí de nuevo. Ya he tenido más que suficiente con las setecientas vidas, sumamente agotadoras, que he vivido en ese caótico lugar sin pies ni cabeza.

―Olvidas que aún no has completado la misión que te fue encargada para realizar en el planeta azul.

―Bien sabe Dios que en cada viaje lo intenté. ¡No es culpa mía si no convenzo a la gente! He sido monje, fraile en misiones, predicador en el desierto… ¡Si incluso me tocó redactar la doctrina del catecismo siendo Claudio Fleury!

―Nadie te pide que convenzas a toda la gente, pero tienes que entender, hijo mío, que ni siquiera en una de esas vidas lograste convencer  a tus parientes más cercanos para que vendieran sus posesiones y las repartieran entre los pobres.

―¡Sus posesiones no me incuben! ¡Yo hice voto de pobreza y lo cumplí! ¿O es que soy acaso responsable de lo que hagan mis parientes?

―Sabes que sí.  Tu contrato fue escrito desde el minuto uno del génesis. Sabes que cuando aceptaste ser Adán tus descendientes heredaron el pecado original de tu soberbia.

―¡Pamplinas! yo lo único que les dejé fue la tierra para que la labraran.

―Pero tu estirpe pobló el mundo y sus obras te conciernen.

―¡Mi estirpe! ¡Pero si yo mismo fui creado del barro! ¿Qué podía hacer un producto de la tierra como yo?  Por más que me echéis la culpa creo que setecientas vidas dan para aligerar mi deuda…

―Solo una más.

―¿Para qué? ¿Qué es lo que se me pide en esta?

―Solo que te llames Eva, te cases con un Adán y puebles la tierra de nuevo.

 

MVF©

Wenzel Peter, Adán y Eva en el Paraíso Terrenal

Para la convocatoria de Zenda libros

#Historiasdeviajes

Punto de partida


Durante años giró como una peonza, dando círculos alrededor de sí mismo: París, Alemania, Holanda, Grecia, Australia, África, India. En todas partes hilvanaba pequeños fragmentos del guión que componía la película de su vida; pero no alcanzaba a verse en el papel principal. Era como un actor secundario, siempre pendiente de escenas de relleno, en la que su relevancia parecía limitarse a dar un paso más hacia la nómada ruta que perseguía.

Cansado de buscar sin encontrar quiso tomarse un respiro y volver sobre sus pasos; atrás, más atrás, hasta el lugar de origen, hasta el punto original de su partida. A medida que iba desandando, poco a poco, su camino, se iba volviendo más y más sutil. Sus ojos grises, cada vez más cristalinos, recordaban el agua del mar, espejos de un cielo limpio. De sus manos se iban borrando las marcas cinceladas con cicatrices, y sus dedos se estiraban, emergentes, señalando al infinito. Hasta su voz perdía timbre, tinteneaba, ondulante, perdiéndose entre la brisa.

Cuando llegó a casa sus brazos parecían alas, sus pies puntos suspensivos.

Se elevó, como el punto de la i, sobre su propia película.

Texto elaborado para la convocatoria de Zenda libros


Todas las palabras

Podría escribir la carta más dulce. Recordando el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Sus canciones, siempre alegres, tarareadas a ritmo de pedal. Un bordado. Un traspiés. Una postal. Una postal en la que estamos todos juntos, celebrando la vida como solo la pueden celebrar los que han salido de una guerra, de un tiempo de penuria, de jornadas durísimas de trabajo de sol a sol. Días de proyectos, doblados cuidadosamente en el fondo de las maletas: París. Suiza. Holanda. Alemania. Hoteles que os aguardaban para fregar platos y más platos, limpiar truchas, planchar manteles, asear habitaciones. Días de sueños en pisos compartidos. Días de escribir cartas, a deshora, entre faena y faena, a vuestros padres: Espero que al recibo de estas letras se encuentren todos bien. Noches en las que papá hacía guardias en la fábrica mientras mamá cosía. ¡Cuántos oficios no habréis sumado entre los dos! en ese tiempo en que papá fue camarero, portuario, fabricante de motos, mecánico de barcos y mamá fue niñera, costurera, cocinera, camarera de hotel. Y que ásperos los billetes que rozaban vuestras manos en los bolsillos. Que escurridizas las monedas que se escapaban de vuestro bote común nada más entrar. Sin domingos estuvisteis por esos mundos, que no os dejaban descansar. Mundos en pisos alquilados, sin cuarto propio, sin llaves propias ni intimidad. Y volvisteis. Con un puñado de monedas cosidas en el forro de los abrigos. Volvisteis para cuidar a vuestros padres, para ver crecer a los hijos en el lugar que os vio nacer. Para construir un hogar. Un hogar en el que allanar la tierra con vuestras manos y recoger piedras para alzar paredes. Paredes de una casa en lo alto del camino. Una casa en lontananza desde la que recordar. Desde la que criarnos a nosotras, vuestras hijas, que corríamos alegres por los pasillos oyendo el traqueteo de la máquina de coser de mamá. Nosotras, que nos columpiábamos tendiendo cuerdas en los árboles, construyendo casitas de sueños, hilando collares de margaritas en el mes de abril. Hasta que ya no fuimos cuatro, ni nosotras fuimos dos. Y ahora, ahora que parecéis mayores, cansados, seguís tan fuertes por dentro. Ahora, que vuestro vaso de dolor solo se drena con el amor que vuestros nietos y yo tratamos de empacar en cestas de alimentos, en llamadas de teléfono, varias veces al día, y que nos devolvéis con creces al por mayor.

Ahora sigo queriendo escribiros la carta más dulce. Una carta que me hubiese gustado escribir antes de nacer, cuando eráis jóvenes y estabais llenos de incertidumbre y soñabais con construir un futuro mejor. Cuando mamá corría de un lado a otro y no necesitaba más oxigeno del que podía tomar. Cuando los dos construíais un nido que nosotras íbamos a llenar. Cuánto podría haberos dicho en esa carta entonces. Qué felices seríais sabiendo lo orgullosa que me haríais sentir. Lo bien que estabais haciendo todo. Lo mucho que mi hermana os querría desde ese lugar invisible desde el que ahora os ve. Sin duda os escribiría una carta muy dulce diciendo cuánto os queréis. Cuánto me preguntáis el uno por el otro. Cuánto amor me enviáis entre los dos.

Y pienso que sí. Que estoy cumpliendo mi sueño y os estoy escribiendo una carta muy dulce. La carta más dulce que vuestros ojos no pueden leer. Y no importa que tenga que escuchar vuestras voces por un auricular, porque cada día puedo contaros cuánto os quiero y en estas dos palabras está todo el descanso de la vida, todo el regalo de los hijos. Toda la verdad.

Texto escrito para Zenda libros #NuestrosMayores

imagenNota

Mis abuelos, bisabuelos de mis hijos. Mis padres, abuelos de mis hijos. Nosotros, abuelos de los hijos de nuestros hijos.

Imagenes Sin Copyright: Fotografía de las manos de un anciano y un ...

Mis dos abuelos habían sido sacristanes. Los dos quedaron viudos. Solo llegué a conocer a una de mis dos abuelas que perdí a corta edad. Mi abuelo paterno era un hombre casi ciego, operado de cataratas en un tiempo en que esa operación solo era posible realizarla en la capital. Contaba mi tía que, a tal efecto, mucho antes de que yo naciese, había viajado con él desde el pueblo hasta Madrid para que pudiese ser operado. Pero las cataratas volvieron, parcialmente, unos años después y mi abuelo se acostumbró a ver a través de una nebulosa; sobre todo en uno de los ojos, que la cortina de niebla persistió en cubrir. Además de ser medio ciego mi abuelo estaba sordo. Por aquellos tiempos no existían los audífonos o no habían llegado a un pueblo de provincias como era el nuestro.

 Mi abuelo vivía, pues, en su propio confinamiento personal. No participaba apenas de las decisiones familiares de sus hijos, entre otras cosas porque de las conversaciones y la confrontación de opiniones no pillaba ni la mitad. Todo lo preguntaba y, como no había quién le hiciese de oyente, habría de conformarse con la resolución adoptada que le transmitían al final. Fue así, delegando funciones, como mi abuelo consiguió acostumbrarse a no preguntar. Se sentaba en su sitio de siempre, frente a la ventana, y, mientras los demás hablaban y hablaban, él contaba los vehículos de colores brillantes que veía pasar. Dos coches rojos, tres amarillos, uno azul. Cuando yo entraba en la casa familiar, donde vivía mi abuelo con mis tíos, lo buscaba en la galería y me sentaba a su lado para conversar.

Algunas veces le hallaba en actitud meditativa. Sombrero en mano, los ojos perdidos en un punto fijo, los labios articulando palabras sin voz. Sabía entonces que estaba rezando y no debía quebrar el silencio. Él hacía una señal al percibirme y yo asistía a ese tiempo de recogimiento sentada a su lado sin decir ni mu. Sabía que no debía hablar hasta que mi abuelo concluyese su ritual poniéndose de nuevo el sombrero. La espiritualidad formaba parte de su vida sin estar reñida con lo cotidiano, porque en él era algo que no necesitaba explicación. Meditar era tan natural como el hecho que sus vecinos acudiesen a él para rogarle que, en sus momentos de recogimiento, se acordase de alguno de sus hijos cuando estos se hallaban en difícil situación. Colocarse el sombrero marcaba el inicio de la charla y el cambio de registro se daba con espontaneidad.

Mi abuelo saludaba a la niña que yo era con multitud de nombres: ¡Hola reiniña! ¿Qué tal Ruliña? ¡Ya pensé que no te acordabas de mí!  Siempre mostraba alborozo al verme y alegría ante mi charla infantil. Él era para mí, en aquellos años, el gran escuchador. Ajeno al trajín del resto de habitantes de la casa, era el único que me prestaba toda la atención. No me importaba tener que hablarle tan alto al oído que mis pequeñas manos tuviesen que adoptar la forma de un altavoz. A su lado en el escaño, me alzaba de rodillas hasta llegar a su oreja y, usando mis manos como bocina, le contaba mis aventuras y gran parte de mis miedos. Él me escuchaba sin banalizar nunca mis confidencias y ofreciéndome un consejo al finalizar. Entre los temas tabú que más me gustaba platicar con él estaba el miedo a los muertos, a los fantasmas, a las apariciones, que en el imaginario gallego del que formábamos parte, tanto daban que hablar. Mi abuelo sonreía, benévolo, ante mis angustias y siempre me decía al terminar: No temas nunca a los muertos, ruliña, teme a los vivos, que ningún muerto ha regresado jamás del más allá . En medio del bullicio del mundo y de la casa, mi abuelo, con su presencia, era el baluarte seguro en medio del movimiento: el punto de quietud.

 

Mi otro abuelo, había sobrevivido, junto a dos hermanos, a la partida de todos los miembros de un numeroso clan familiar. Viudo y con cinco hijos, de los cuales mi madre era la única mujer, los vio partir y abandonar la hacienda, desde el mayor al más joven, buscando un futuro mejor. Uno de ellos a la lejana América, otro al País Vasco donde encontró la muerte, y los otros tres a la Ciudad Condal. En una casa grande construida dos siglos antes y en la que habían vivido varias generaciones, se apañó con sus dos hermanos solteros hasta el regreso de mi madre a tierras gallegas, y se siguió apañando cuando uno de los dos hermanos que le acompañaban también partió. Mi familia era atípica porque contrariaba todos los cánones de la estadística, que atribuía a las mujeres mayor longevidad. Mis dos abuelos eran muy mayores y, cuando se encontraban, ambos se saludaban con extrema educación y cordialidad. Hablaban de sus respectivas esposas, ya fallecidas, denominándolas Ama con sumo respeto, expresándose en un mismo lenguaje arcaico que me sorprendía,  pese a que ellos dos no podían ser más diferentes entre sí; ya que frente al recogimiento del primero,  mi abuelo materno era el vivo ejemplo de la fiesta y la jovialidad.  Pese a los numerosos infortunios que la vida le había deparado, su casa siempre estaba abierta para todo aquel que llamase  y  quisiese jugar a los naipes, tomarse un vino o compartir un rato y para los jóvenes en particular. La cultura y la hospitalidad se daban cita desde muy antaño entre las paredes de su casa, que había hecho de hogar a los maestros y artesanos que llegaban de todas partes del lugar. Podría decirse que no había persona en toda la comarca que no conociese el nombre de mi abuelo ni supiese el camino para llegar hasta él.  Pero, más allá de las diferencias entre ambos, mis dos abuelos concordaban en lo que dije al principio: la espiritualidad. Ambos habían sido sacristanes, ambos habían recitado cánticos en los tiempos en que la misa se decía en latin. Habían aprendido de los silencios. De la similitud en la condición humana que enraíza detrás de cualquier lengua e identidad. Porque habían aprendido a exorcizar sus miedos, a contener sus angustias, y  en ellos la religión había surgido como un elemento más de la naturaleza sin guardar semejanza alguna con la beatitud. Porque ellos creían en el devenir del tiempo. En los ciclos y en las cosechas.  En el trabajo personal y en la superación.

De mi abuelo materno aprendió la valentía mi madre, a levantarse cada día de sus muchas caídas por muchos cuerpos vencidos o doloridos que viese a su alrededor. Y de mi madre aprendí a levantarme, aunque fuese a la pata coja, yo también. De mi abuelo paterno aprendió mi padre a temer a los vivos, a superar el ambiente opresivo de la pobreza y construir, con la sola fuerza de sus manos y  su férrea voluntad, un hogar. De mi padre aprendí a contener mi propia angustia vital en tiempos de caos; a mirar hacia uno y otro lado buscando mi punto de quietud.

Quiero creer que de mis padres, ahora ancianos y abuelos, aprenden mis hijos a hacerse mayores sin perder ni un ápice de su lucha, de su dignidad y de su tesón. Quiero creer que a sus futuros hijos les hablarán de nosotros. De lo que aprendimos de ellos y de lo que hemos logrado transmitirles a nuestra vez.  Porque si algo habremos aprendido todos juntos es la lección de que los mayores lo dan todo en la rueda de la vida, hasta su propio aliento, para que los que les siguen lo hagan un poco mejor.

 

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