Versoterapia

Samuel cuidó de Amalia sin pedir nada a cambio. Compañeros de piso y de fatigas, cuando a la niña Amalia le brotaron en los pies las raíces del abandono y comenzó a languidecer como una planta arrancada de su parterre, Samuel buscó entre sus libros preferidos y comenzó a aplicarle el ungüento de la lectura como remedio. A cualquier hora del día, en los ratos de descanso que le permitía su trabajo de teleoperador, procuraba tener a mano un libro. Amalia se acostumbró al tono melancólico de las rimas de Bécquer cantándole al desamor en la voz de Samuel, mientras rumiaba su pena en el sofá, y en los días de sol a escuchar los versos de Walt Whitman de la boca de su compañero, mientras ella deshojaba flores sobre la hierba; lloró ante la libertad ansiada de Cernuda en las tardes de copiosa lluvia, y sonrió a través del tono profundo y cubano de Zoe Valdés cual jarabe cicatrizante de ausencias. Recaló en la cala de Olvido García poniendo los pies sobre las huellas de sus letras y, al final, terminó de ahogar su pena en la bañera, mientras su incansable amigo retiraba las últimas vendas de sus recuerdos, dejando libres, con las rimas de Miguel Hernández, las marcas de las tres heridas de su compañera.

Texto elaborado para los creativos de foto y texto del grupo Valencia Escribe.

A la puerta de casa

Cuando los servicios sociales llegaron por fin a buscar a Virginia, atendiendo a las desesperadas llamadas del único vecino del pueblo, la mujer había perdido ya la poca vista que le quedaba, por lo que no se molestó en hacer acopio de equipaje. Tranquila, y con su vieja radio como única compañía, les esperó a la puerta de su casa.