Copos de algodón

No era nada.

Un copo de algodón flotando en el aire.

La forma cambiante de una nube.

Apenas el ruido de un beso, labio contra labio.

El siseo, de unas alas volando.

Pero qué se perdió por el camino,

mientras el algodón volaba alto,

mientras cambiaban las nubes en el cielo,

o pasaban los pájaros volando.

Qué pensó, qué soñó, que consiguió olvidar,

o a qué extraño paraíso renunció

nunca sabrá contarlo.

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¿Hay alguien ahí?

Cuando soy una extraña en mi país y en mi tierra, abro una puerta en la pared y me escapo. Es muy sencillo, aunque ya se que lo difícil es ser sencillo,  pero si no pienso en ello me sale. Lo hago cuando estoy harta de los desencuentros, porque se que si espero voy a comenzar a hablar sola, acelerar el paso y a no contestar a los saludos. No es que me importe especialmente que me tomen por loca, visionaria o rarita, sino que necesito que me dejen en paz, que dejen de llamarme a gritos o de preguntarme adónde voy. Si dispongo de tiempo pinto la puerta con detenimiento, le pongo hiedras y guirnaldas en el dintel, con todo lujo de detalles. Pero hay veces en que tengo el tiempo justo de dibujarla a toda prisa para escaparme, como hoy mismo, que tuve que trazarla antes de llegar a casa, justo al salir del bazar del barrio (el único que hay) y encontrarme por tercera vez consecutiva con el loco “oficial” del pueblo, el único que sigue estable e incluso ha mejorado con los años. Fue  al ser consciente de este último pensamiento, cuando busqué instintivamente un espacio para improvisar mi puerta. Justo al otro lado de la calle había un muro liso y blanco, perfecto para mi objetivo. Creé mentalmente una puerta amplia, redonda, de fácil trazado y la crucé preguntando:

-¿¿Hay alguién ahí??

El corazón del guerrero

     “Tu casa es una fortaleza inexpugnable. Tu aguerrido carácter te hace levantar muros que contengan cualquier expansión. Cual señorial retiro, tus dominios se extienden a todo lo ancho y largo del espacio que ocupas. ¡Solitario guerrero de confinados días!  ¡Ni las ninfas más bellas traspasan el dintel de la puerta de tu corazón! Dicen que eres un caballero. Que guardas las distancias por tu exquisita educación. Que en aras al deber sobrellevas tu soledad,  porque el guerrero es el guardián  que nunca descansa.  El centinela que no duerme. El único que no se abandona al amor. Pero en tu cuerpo regio hay una cicatriz invisible. Lo se porque en las noches de luna oigo el lamento de tu silencio. Debajo de tu pétrea armadura se esconde un nombre de mujer. Me lo han dicho tus labios, guerrero, cuando soplando sobre tu ligero sueño se te escapó un suspiro. Nadie es capaz de engañar al que se cuela por todos los resquicios del mundo. Soy el viento, guerrero, y he tomado ese nombre para esculpirlo en el libro del tiempo. Ella vendrá a ti, algún día, y no habrá armadura que te esconda de su presencia. Entonces, habrás ganado la única batalla que merece la pena ganar: La de ceder al amor.”

Cien mil batallas

No divisa la luz que te seduce,

tu rostro de poeta enamorado.

Ni distinguen los dioses del olimpo

los restos de tus versos malogrados.

No se detiene el alba en los destrozos

que componen tu cuerpo naufragado

ni destapas la caja de los vientos

que han hecho que nacieran los alados

gemidos que componen tu universo

de buscador de espacios.

No se detiene el tiempo en tus palabras

ni se amplía en tus letras,

sin embargo

mi corazón palpita y se me rompen

los relojes que tengo entre las manos,

mientras advierto cada línea herida

en esa cruel batalla que sostienes

contra ti mismo a diario.

Soñando dioses

Es en mis sueños dónde te recreo

esculpiéndote al ritmo de mis ansias.

Te pinto de acuarelas la cintura

y me enredo en el atlas de tu espalda.

Un dios con cuerpo sin pasado eres:

emergiendo en mis muslos desde el agua

de tu voz de poeta enamorado

de la vida, la carne y las palabras.

Si en mis manos cupiese tu horizonte

para pintar mi nombre en sus montañas

que no te diese que tu sed eterna

no bebiese en la orilla de mis playas!

Pero no te conozco, eres la sombra,

que yo visto de luz

desde mi almohada,

soñando que te encuentro y te devuelvo

con creces el tormento que me causas.

Porque tú eres de sueño, solamente,

incorruptible, etéreo,

perfecto en mis deseos: aire, nada.

Flores en el alma

Más allá del velo de tu ausencia.

Se ha quedado tu risa aquí enredada,

dónde el tiempo desata sus confines

y las horas no pasan.

Cruzando la frontera del silencio

hilvanando esperanzas

en ese espacio en el que las dos somos

niñas ilusionadas.

Te has quedado en la risa y en la vida,

palpitando en las plantas

que en tu jardín te esperan cada día,

como a la luz del sol

en la mañana.

Arraigada en aquellos que te amaron.

Floreciendo en sus almas.

 

                                      A mi querida hermana.

Se me olvidó decirte…

Se me olvidó decirte

que tu voz, no escuchada,

invade mis silencios.

Que modula, aún en la distancia,

el canto de los pájaros que oigo

desde este exilio de palabras.

Se me olvidó decirte

que recorro

cada calle buscando tu mirada.

Esa complicidad en cada hora

no vivida,

virgen de sueños,

llena de esperanzas.

Se me olvidó decirte

que te espero,

como la tierra al agua.

Para florecer plena entre tus dedos:

como si antes de ti

no hubiese nada.

Configurando el tiempo

Escribí para ti, todo este tiempo.

Para tus manos rotas, vagabundas,

deshaciendo mil vidas, verso a verso.

Escribí para ti, para tus ojos,

ciegos a tanto empeño.

Mientras sobre mi cuerpo el viento hacía

dunas de otros desiertos.

Yo escribía, tenazmente, contra todo pronóstico

de que leyeras esto.

Como esculpen las olas del mar sobre las rocas,

o las nubes del cielo trazan signos,

en la matriz del tiempo.

Yo fui gestando letras esperándote

en las brumas de un sueño

que a la par de mi almohada transcurría

por detrás de estas líneas,

en otros renglones paralelos.

Escribí para ti. Aunque sea ahora

cuando empiezo a saberlo…

Lluvias en el tejado

Me olvidé de reír

Con tanta lluvia,

tanto viento cortando mis sandalias,

transitando por calles sin salida,

dejando atrás el alma.

Me olvidé de jugar

De ser la niña,

creciendo en la terraza.

Con la mochila a cuestas, todo el peso

ciñéndome la espalda.

Me olvidé de soñar

De tantas penas,

rellenando mi almohada,

en las noches de invierno tan oscuras

apagando mi llama.

Me olvidé de quererte

Fui tan tonta, de descuidar mis plantas,

de mimar un jardín que no veía

con las puertas cerradas.

Me olvidé de vivir

sobreviviendo…

¡Tan ocupada estaba!

Futuro hipotético (o condicional)

Podría haber sido yo.

De haber seguido todos esos sabios consejos.

De haber pensado, como tenía que pensar, todas mis decisiones.

De haber jugado, como se esperaba que jugase, todas mis cartas.

Si hubiese sabido apostar, no en broma, nunca en serio

Sólo debidamente, sensatamente apenas.

Podría.

Haber sacado lo mejor de mí misma.

Aquello por lo que lucharon (y soñaron) todos los míos.

Podría haber sido yo:

Esa perfecta hija, esposa, madre, amante, amiga;

esa sabia y sensata mujer, tan previsible

que apenas rozaría su vida de puntillas, perdida

irreversiblemente entre los otros.