Almas gemelas

Desde niños sus vidas habían estado ligadas. Acostumbrados a soñar despiertos tumbados sobre la hierba seca del campo, disfrutando de largos paseos subidos a lomos de los caballos de la granja y durmiendo bajo el mismo techo. Martín entre  sábanas de seda bordadas con sus iniciales y Clara envuelta en sábanas de algodón cosidas a la luz de la lumbre por su madre. Con el paso del tiempo él tuvo que marchar a la ciudad para continuar sus estudios y ella esperaba ansiosa a que llegase el verano. Entonces, volvían a abrazarse sobre la hierba,  a bañarse en la orilla del río y tejer sueños bajo el inmenso techo de las estrellas. Hasta que, al final de un septiembre, justo cuando Martín se había ido, ella descubrió que esa vez le había dejado un misterioso regalo. Un regalo que crecía en su vientre para dar fruto en primavera y no sabía cómo ocultar. El tiempo, una vez más, puso las cartas boca arriba y cuando Martín llegó no pudo encontrarla. Ni su madre ni ella trabajaban ya para la casa.

Desesperado, removió cielo y tierra hasta dar con su paradero. Sor María ―como ahora se llamaba―, había hecho voto de silencio y clausura y no podía recibir visitas de nadie. Muchos años después, aún retenía su imagen en la memoria,  mirándole  desde la ventana de su celda,  con inmensa tristeza mientras marchaba.

Martín continuó su camino y, con el discurrir de los años,  se casó con una joven de igualdad de estudios y casta. Tuvieron hijos y vivieron una vida sin hierba, sin baños en la orilla del río ni estrellas alumbrando sus sueños. Cuando, al final de esa vida, ya viudo y viejo, le preguntaron en qué asilo prefería que le ingresaran se acordó del antiguo monasterio y sus ojos se iluminaron.

 

©  Manoli VF

 

Relato elaborado para el concurso Historias por la igualdad de Zenda.

Imagen de origen:

anawalls.com/images/animals/horses-couple-grass-distance-stand

Sueños desiguales

 

Todo iba bien. Las ventas habían aumentado de forma espectacular en los últimos meses. La compañía había propuesto mi nombre como candidata al puesto de directora de marketing de la sección en la que trabajaba. Destacaban la creatividad y la originalidad de mis ideas, también mi disponibilidad. En los últimos meses había asistido a todas las convenciones y seminarios, bien como representante de la sección de moda, bien como promotora de los nuevos cursos de reciclaje. En poco tiempo me había convertido en una de las pocas indispensables. Martín, mi marido, que tras unos comienzos difíciles en su trabajo, había conseguido también hacerse un hueco más que digno en su empresa, al conocer mi candidatura para el nuevo puesto me propuso salir a celebrarlo.

―Aún no está decidido ―le comenté―no podemos brindar por algo que está en el aire.

―Sea como sea, te necesitan. Está claro que estamos ante una nueva etapa.

Salimos a cenar y fue entonces cuando lo hablamos. Después de diez años de convivencia, había llegado el momento de plantearnos dar el siguiente paso. No pensé que nuestros deseos se cumpliesen tan pronto. Martín estaba loco de alegría y ansiaba contárselo a todo el mundo, yo, que siempre he sido más precavida, le recomendé discreción al respecto.

―No sea que los dioses nos tengan envidia―recuerdo que le dije.

A los pocos meses, cuando estaba en mi nuevo despacho de dirección trabajando en la colección de primavera,  el gerente de la empresa me llamó a su despacho:

―Zoraida, quiero decirle de antemano que agradecemos mucho la innovación y el aire fresco que sus trabajos han aportado a la firma pero…

Anduve sin prisa alguna por las calles por primera vez en mucho tiempo, sin mirar el reloj ni esperar con ansia el cambio de color en el semáforo. Pasé por varios escaparates de tiendas de ropa infantil y me entretuve mirando los conjuntitos, las rebecas y los patucos. Sabía que iba a ser niña, y me pregunté si algún día la igualdad dejaría de ser un sueño para todas nosotras, mientras pensaba en cómo decirle a Martín que, en mi caso, tendría que volver a empezar de nuevo.

©Manoli VF Relato elaborado para el concurso de Historias por la igualdad de Zenda libros

La entrevista

Había oído hablar de él y hasta mis manos había llegado parte de su obra a través de amigos comunes. De repente, su nombre aparecía por todas partes. Es eso que pasa cuando te llama la atención un determinado tema y comienzas a ver asociaciones por doquier. A mí me pasaba con su persona. De la noche a la mañana parecía que todos lo conociesen que, de una u otra manera, estuviesen entre su círculo de amistades o lo frecuentasen. ¿Quién era Leo Silas? ¿Existía la vida antes de él? ¿Cómo era posible que su libro estuviese en boca de todos?

La llama en versos era el título de su último poemario, con el que se había ganado el favor de la crítica literaria de los círculos más selectos. Encargué un ejemplar por correo y cuando lo tuve en mis manos, me aseguré de disponer de un fin de semana entero para poder leerlo y asimilarlo antes de decidir si asistiría al evento de su presentación o no. Mis compañeros de revista se habían apuntado sin dudarlo. La presentación iba a ser en  Café Libia, uno de los sitios en alce, literariamente hablando.

Devoré el libro en cuestión de horas, apenas lo tuve en mis manos. La entrega me llegó a las nueve de la mañana y, aunque maldije al mensajero por haberme despertado tan pronto, lo cierto es que después del primer sorbo de café el mundo desapareció al adentrarme en sus letras.

No sabría decir qué tenían de diferente sus poemas, qué era lo que abducía al lector, sacándolo de su asiento para llevarlo de la mano a las profundidades de su locura, su odio ciego hacia la raza humana.  Tal parecía que su  pasión, con los instintos más primitivos, traspasaba el papel y hacía mella en quien lo leyese. No lo sé. Los lectores de poesía somos, todo hay que decirlo, una raza especial, estamos hechos como de pasta flexible, algo así como los espaguetis que se doblan cuando los coges. Probablemente, la lectura de cualquiera de sus poemas hecha por cualquier otra persona no obtuviese el mismo resultado. Puede que incluso Shakespeare si despertase se volviese a dormir sin pena ni gloria. No puedo hablar por el resto de los mortales. Pero en lo que a mí respecta… bueno, lo único que diré es que al cerrar el libro, mi mente comenzó a elaborar lo necesario en mi lista de provisiones mentales, para acudir al evento de la presentación de La llama en versos. Pensaba acudir en calidad de crítica para hacer una formidable reseña, con entrevista incluida, si la suerte estaba de mi parte  y me permitía conocer al gran Leo Silas, nada menos.

 

La noche del evento acudí con una extraña mezcla de ánimo. Por un lado, me sentía más mucho más expectante de lo que suelo estar en este tipo de acontecimientos, pero, por otro lado, mi parte más racional insistía en mantenerme con los pies en la tierra y en decirme, cínicamente tal vez, que no asistía más que a otra representación de humo, otro producto express de la gran factoría de autores en que se había convertido el mercado editorial.

Ni que decir tiene que tardé en encontrar mi espacio entre la nube de fotógrafos y aduladores que sobrevolaba a Leo. Cuando se abrió el turno de preguntas y tuve la ocasión de formular una, le pregunté, esta vez como lectora:

—¿La rabia que destilan sus poemas es una herramienta de escritor o es materia viva apenas procesada?

Hubo un momento de silencio que me pareció eterno. Me pareció ver miradas y sonrisas de condescendencia y por un momento pensé que llevaba escrita la palabra novata en mitad de la frente, pero entonces Leo se volvió hacia mí y sonriendo discretamente respondió:

—¿Hay alguna diferencia entre ambas cosas?

La noche transcurrió como suelen transcurrir esta clase de eventos. Posteriormente a la presentación del libro, vinieron varias actuaciones musicales. El ambiente se relajó y la brisa dio paso a una agradable noche de agosto. Sonaban los acordes de un quinteto de jazz cuando salí a la terraza con un cóctel en la mano.

—¿De verdad querías saberlo? –sonó una voz a mi espalda.

Los ojos de Leo me escrutaban como si pretendiesen leer en mi interior. Miré alrededor para corroborar lo que él me confirmó.

—Podemos hablar ahora.

Vi que estaba esperando una respuesta referente a la pregunta que yo misma le había hecho anteriormente.

—La verdad es que sí. Bueno, en realidad creo que ya sé la respuesta -dije.

—¿Ah sí?

—Sí. Te lo pregunté porque creí que cualquier lector que te leyese se haría la misma pregunta. Pero no creo que se pueda escribir con esa rabia, con esa furia, a menos que se sienta de verdad dentro de uno.

—¡Qué curioso, lo que dices! –exclamó despectivamente, con una media sonrisa ─Según esa teoría, los actores cuando interpretan también están sintiendo la rabia del personaje, aún cuando esa rabia sea ficticia ¿no es eso?

—Sí y no. La situación puede ser ficticia, pero la rabia  existe ─aclaré.

—Muy interesante…

—Esperaba algo distinto de ti –dije sin pensar.

—¿Cómo? ─preguntó, repentinamente serio, encarándome directamente a los ojos.

—Nada, olvídalo. Creo que he bebido demasiado vino.

—Ah, no, no vas a venirme con esas ahora. Has dicho que esperabas algo diferente. Podría preguntarte por qué si es la primera vez que nos vemos, pero no importa. Te mostraré lo que quieres. Ven conmigo.

Tiró de mi brazo y me empujó escaleras arriba.

—Adónde vamos?

—Sube. Enseguida lo verás –respondió.

Las escaleras nos llevaron a lo alto de una formidable terraza que estaba varios metros por encima de la anterior. Las vistas eran espectaculares.

—¡Qué belleza… ! ─no pude menos de afirmar─. La ciudad se ve magnífica desde aquí.

—¿Serías capaz de saltar?

La pregunta fue como una bala en mitad de la noche.

—¿Pero qué dices? ¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué no?

Le miré por un intervalo de tiempo que no sabría precisar. Parecía que todo se hubiese parado a nuestro alrededor. Que el universo entero estuviese pendiente de nosotros. Su gesto era duro, su mirada impenetrable.

—¿Y tú? ¿Serías capaz de hacerlo? ─pregunté a mi vez, movida por una extraña curiosidad.

—¿Quieres verlo?

—¡No! Esto… En realidad creo que no estás siendo justo. La pregunta no es si yo quiero verlo o no ─repuse, recuperando mi aplomo─  La pregunta es sobre ti. Es decir, si yo no estuviera, tú…

-Bah, olvídalo. Solo hemos bebido más de la cuenta ─afirmó, encogiéndose de hombros.

Pero yo no podía olvidarlo o no quería hacerlo.

—En serio, ¿Serías capaz de saltar? -pregunté- ¿Precisamente ahora, en la presentación de tu libro? ¿Prácticamente en la cumbre de tu éxito? ¿O estabas tratando de impresionarme solamente?

Fue rápido como un segundo. Me cogió por la cintura y me colocó al borde de la terraza. No había barandilla.

-Basta cerrar los ojos un segundo y todo  desaparece. El libro. La fiesta. Nosotros mismos. Da igual hoy o mañana. Para mí incluso es mejor hoy, porque hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con el mismo nombre.

Di un paso atrás tirando de su brazo.

—No quiero seguir con esto.

—Solo estaba respondiendo a tu pregunta –me contestó.

 

Por supuesto, no transcribí la entrevista. Me limité a hacer una breve reseña, haciendo referencia al pulso pasional de su poesía. No tuve valor para volver a llamarle. Pasó el tiempo, y en un determinado momento, volvimos a coincidir. Para entonces, él había pasado de ser un escritor de culto a ser un escritor olvidado. Malvivía de los antiguos éxitos, casi en cumplimiento de su propio vaticinio cuando pronosticó: “Hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con mi nombre”. Se acercó a mí con su media sonrisa, el gesto duro de siempre al quitarme el vaso de la mano y llevarme a la pista de baile. Entre sus brazos volví a preguntarle:

—¿Piensas en ello?

Enarcó una ceja, al más puro estilo cinematográfico.

—Ya sabes, si te arrepientes de no haber saltado ─aclaré a media voz.

—Eso va a rachas ─admitió.  Y, justo en la última vuelta del baile, añadió:

—Te diré una cosa: a veces pienso que en realidad lo hice.

 

 

Manoli VF

© Todos los derechos reservados

Texto publicado en la revista argentina Extrañas Noches-Literatura Visceral (01/11/2016)

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2016/11/01/La-entrevista

 

Martes y jueves

Martes y jueves (Manuela Vicente Fernández)

                            Mi nombre es Lucía Fuentes Saavedra y tengo veintisiete años, si no me fallan las cuentas. No sé cuánto tiempo llevo encerrada aquí, ni si voy a salir con vida de este encierro. Mi cabeza no está bien, al igual que les pasa a mis compañeros. Quiero dejar constancia, por si alguien encuentra esta carta algún día, de que hemos sido víctimas de un engaño monumental. Ahora ya es tarde para todos nosotros, puesto que la cuenta atrás se ha activado y todo lo que hagamos o digamos se tomará como parte del show o espectáculo que hacen a cuenta nuestra. En realidad todos somos víctimas de este colosal show que mueve la mente de las personas, y el espectador no es consciente de que, cuando aprieta un botón desde el cómodo sofá de su casa, está decidiendo mucho más de lo que él piensa.

                              Escribo ahora, en este breve lapsus de lucidez del que dispongo, antes de que me seden de nuevo. Al principio sospechábamos de la comida. Recuerdo a Celia haciéndome gestos con la mano al respecto. Estábamos en la cocina y apenas nos reconocíamos, hasta que las dos vimos el colgante, el medallón con el que habíamos jugado la noche anterior y que nos hizo establecer la conexión con la realidad. Fue entonces cuando ella hizo un claro ademán hacia la comida. Sentíamos todo el tiempo sed y nos surtíamos del refresco de fresa y cola a voluntad.

                          Todos los que estamos aquí carecemos prácticamente por completo de lazos familiares. La mayoría hemos crecido en centros tutelados. Somos seres desarraigados que aceptamos venir a vivir este reto en directo, a sabiendas de que se trataba de un experimento en el que nosotros seríamos las cobayas, pero no nos dijeron hasta qué punto iban a manipularnos y agotar nuestras reservas mentales.

                        La mayor parte del tiempo me pesa la cabeza, no soy capaz de pensar con claridad, salvo los breves momentos de lucidez que siguen tras ingerir esa bebida tonificante extra, que nos dan dos días por semana.  Dentro del módulo perdemos la noción del tiempo. Creo que dormimos prácticamente todo el día. Al despertar trato de ir en busca de mis compañeros y veo a muchos de ellos tirados por el suelo, dormitando en medio del pasillo, en los sofás o incluso con las cabezas apoyadas sobre las mesas de sus habitaciones.

                        Oigo gritos dentro de La Caja. Creo que es Miguel que grita y debe  de estar dando patadas a los cuatro muebles que la decoran. Es inútil que se canse, cuánto más grite, más audiencia, y por tanto más tortura. La droga debe de venir por todas partes, creo que por los conductos de aire, porque todo el tiempo noto sus efectos, sólo que a intervalos estos se agudizan. Nos quieren activos, pero fuera de combate a la vez, para que no podamos descubrirles. Ahora se abre la puerta automática de La Caja y sale un monstruo de siete cabezas, que trae suministros de fresa-sangre, embotellados, y todos estamos sentados a la mesa esperando con nuestro vaso a ser surtidos.

                                El delirio y la realidad van de la mano y no sé lo que estoy escribiendo. Confío en que los anaqueles de la historia sepan poner cada cosa en su sitio y si alguien lee este escrito sabrá de qué estoy hablando. El solo hecho de recogerme unos instantes e intentar describir esta situación supone un esfuerzo tan grande… no sé por cuánto tiempo seré capaz de hacerlo, pero sé que no hacerlo será el final, rendirse a la evidencia anunciada.

                              Todo está diseñado para alterar nuestro estado mental. Los colores, la orientación de los muebles, la composición de los tejidos, quizá por eso algunos van desnudos casi todo el tiempo. Hasta la música y el timbre de  voz de La Caja a la que tenemos que acudir cuando nos llaman.

                                 Creo que salimos los martes y los jueves en antena o quizá todos los días, pero los martes y los jueves son los de la elección. Quizá, si lograse reunir la concentración que me falta, podría saber los días que llevamos encerrados en el módulo, a juzgar por los que van faltando de nosotros. Aunque para esto tendría que recordar cuántos éramos, creo que veinte o puede que diecisiete. No sé por qué me viene a la cabeza el número diecisiete. Sólo sé que en el fondo estamos ávidos de que esto termine.

                               Hoy debe ser uno de esos días. Martes o jueves. Al principio teníamos miedo, pero ahora ya no. No nos buscamos entre nosotros ni nos importa. Dormimos todo el tiempo hasta que nos activan. Nos activan con algo, no sé bien con qué. El caso es que debemos despertar y hacer cosas que no recordamos. Lo digo porque de pronto despierto en el vivero o en la hamaca del piso de abajo, y puede que esté mojada o desnuda y no sé bien porqué. Seguramente completarán la programación con nuestros extravagantes actos. Hay una foto de ellos dos juntos, ya no sé cómo se llaman, el chico joven del pelo rizado y la rubia tan delgada… La foto está por todas partes ampliada, incluso en 3D y la pasan por la tele a todas horas. En realidad forma parte de una escena, un vídeo en el que el chico le hace un corte profundo a la rubia en el muslo y se pone después a beber su sangre… y ahora, que la estoy viendo, me entra sed. Una sed muy grande.

              Nos dirigimos todos hacia la mesa, cómo si hubiéramos oído un timbre o percibido una señal. La sed es ahora letal, abrasadora. Hacemos ruido con nuestros vasos vacíos: tan-tan, tan-tan. Todo el tiempo.

***********

 

Jueves 18 de enero de 2027  (Madrid)

              Ana María enciende el televisor y se coloca sus gafas nuevas y sus cascos de última generación. Tras una larga jornada de trabajo en el laboratorio, necesita liberar algo de adrenalina. Nada mejor que el nuevo programa interactivo “Plataforma Letal”, que arrasa en todo el planeta  por su forma de  romper los moldes. No me extraña que haga furor, se dice, los zombies estos son totales.

 –Bienvenidos a “Plataforma letal”, el programa virtual en el que tú creas la realidad y nada es lo que parece ser -anuncia la grabación.

¡Hay que ver cómo influye la tecno en la mente humana! se dice Ana, mientras acciona el botón del mando.  Es el momento en que  aparecen en pantalla los integrantes del nuevo show, junto al mensaje: Seleccionar personaje. Sabe de antemano cuál va a elegir hoy: a la loca esa que escribe todo el tiempo, Lucía Fuentes Saavedra, indica el cursor.

Es surrealista esta chica– exclama sin darse cuenta en voz alta.

 Relato publicado originariamente  (marzo, 2014) en el blog: El relato del mes

Sesión de tarde en El Continental

 

De Amador Cifuentes Santos podría decirse que era un hombre previsible. Todas las mañanas a las ocho y media en punto traspasaba el umbral del café-restaurante La Media Luna, pedía un café corto bien cargado y leía los titulares de la prensa antes de irse a trabajar. Pese a haber rebasado hacía tiempo la edad de jubilación había renunciado al retiro  porque, según sus propias palabras,  su vida laboral constituía uno de los pilares más importantes de su rutina diaria y él era un hombre de costumbres. Desde mi posición de detrás de la barra, yo asistía a todo tipo de chascarrillos sobre nuestro hombre.

Era Vox populi en todo el barrio que  Amador bebía los vientos por su vecina, Dora, mujer de mediana edad que vivía en su mismo rellano y había enviudado recientemente. Como a los parroquianos les gustaba hacer de casamenteros, sabiendo que ésta vivía sola (ya que sus hijos hacía tiempo que habían volado del nido) no cesaban de hacer comentarios al respecto cuando Amador llegaba:

‒A ver, hombre ¿Cuándo vas a invitarla al cine? Si es por flores yo te hago un precio… ‒decía Jaime, el dueño de la floristería.

El interpelado se hacía el desentendido, aunque algunas veces se le escapaba una media sonrisa que reafirmaba a los demás en sus convicciones.

‒Anda, llévala  este sábado, que ponen una romántica ‒decían, conocedores de que todos los sábados sin falta Amador acudía a la sesión de tarde en su cine de siempre, El Continental, que se contaba como uno de los pocos que habían logrado sobrevivir a la masiva implantación de las múltiples salas de proyección en los grandes centros comerciales.

Pero, entre dimes y diretes, el tiempo iba pasando sin que observásemos cambio alguno en las costumbres de Amador. No pasó lo mismo con Dora que, de la noche a la mañana, dio un giro radical a las suyas al tiempo que renovaba su vestuario, otrora negro y gris, por otro mucho más colorista y atrevido; comenzó a pedir cita en la peluquería todas las semanas y a cambiar la misa de domingo por largas caminatas matutinas, dando con ello  alas a la imaginación de todo el vecindario que asumió que entre ellos se había iniciado, al fin, una relación que mantenían en la intimidad; al fin y al cabo, vivían en el mismo rellano del edificio, puerta con puerta, y no faltaba  quien afirmase que los había visto entrar juntos, bien fuese  a casa del uno o de la otra.

Pero ocurrió que un sábado, justo cuando todos los rumores apuntaban a que su romance estaba a punto de hacerse público, habida cuenta de que nuestro hombre no se molestaba en negarlo, tuvo lugar en El Continental un insólito e inesperado encuentro. Y fue que con motivo del estreno de una aclamada película, se dieron cita en la sesión de tarde  por un lado, Amador Cifuentes Santos, cinéfilo habitual, y por otra, una deslumbrante Dora que, elegantemente vestida, bajó, cual si fuese la misma Lauren Bacall, de un formidable Cadillac y  entró en el cine del brazo de un desconocido. Todos los que allí estábamos, entre los que me cuento, nos quedamos boquiabiertos, y no acertamos más que a ponernos a la cola para sellar nuestras entradas y tomar  asiento, posteriormente,  unas filas por detrás de Amador que, cabizbajo y compungido, se situó a su vez varias filas detrás de Dora y de su misterioso acompañante.

Durante la mayor parte del tiempo que duró la película mi interés, sin poder remediarlo, se desvió con frecuencia hacia la figura del pobre hombre, que parecía encogerse en su asiento más y más, a medida que Dora y su pareja se iban aproximando. Qué sentía, mientras las sombras de los amantes, que dejaron claro su vínculo en base a su comportamiento, se recortaban en la semioscuridad de la sala, es algo fácilmente imaginable, dadas las circunstancias, pero qué pensamientos o recuerdos desfilaron por su mente a medida que iba encogiéndose, nunca lo sabremos. Quizás oía la voz de Dora, unos  años más joven, llamando a sus hijos desde el rellano de la escalera. Es posible que recordase la esbeltez de sus años mozos, cuando bajaba los escalones de dos en dos para salir a la calle,  las veces que llamó a su timbre para entregarle algún recado o pedirle, simplemente, un poco de azúcar para endulzar el café.  La mente pone en marcha extraños mecanismos de defensa para este tipo de situaciones.

Lo cierto es que, tras dos horas interminables,  se encendieron las luces y, apenas nuestros ojos se acostumbraron a la claridad, oímos un grito desgarrador: era  Dora que, al volverse a recoger su chaqueta, había reparado en su vecino quien, varias filas más atrás, continuaba sentado, con la cabeza ligeramente torcida, los ojos vueltos y en la boca un extraño rictus que semejaba una sonrisa.

Tal vez, a nuestro previsible Amador, dentro de su particular infierno, el beso helado de la muerte le había parecido dulce.

 

Texto del taller (Literautas.com-escena 31) editado y modificado. Tema propuesto: El último beso.

Bilocación (Texto del taller)

Todas las noches nos encontramos en la luna. Todas las noches desde hace mucho tiempo. Tanto, que se me hace difícil recordar la época en que no fue así.

La luna no es tan fría ni está tan lejos como se acostumbra a pensar. No es tan inaccesible ni se necesita tanto despliegue tecnológico para abordarla como nos han enseñado a creer. De hecho es tan fácil, tan simple, llegar hasta ella que hasta un niño puede hacerlo si realmente se lo propone.

Cuando éramos tan jóvenes que no nos alcanzaba el miedo, él y yo nos bañábamos desnudos en verano bajo la luz de la luna, esa luna redonda y blanca como la carne de mujer, de la que hablaba José Luis Sampedro en su Sonrisa Etrusca: La misma que levanta el mar. (1)

Cuando, muchos años más tarde, ya agotado en su lecho, me pedía cada anochecer que descorriese las cortinas y apagase la luz para que nos iluminase el astro, forjamos esa promesa entre los dos. Él siempre decía que si había un hombre en la luna bien podría haber dos, en alusión a un cuento que yo conservaba de mi niñez y que narraba la historia del leñador que equivocó su camino y acabó allí, en nuestro satélite, portando su haz de leña al hombro por los siglos de los siglos. (2) En esos momentos, yo siempre le hacía la misma pregunta: ¿No crees que dos hombres y una mujer son multitud? pero él se reía y se reía, diciendo que el astro lunar es muy grande y las noches muy largas y nunca es demasiada la compañía.

Y ahora, que nos vemos allí cada noche, he podido comprobar solo lo de la inmensidad lunar, porque las noches siempre se me hacen muy cortas y tengo que regresar a toda prisa, forzada por las circunstancias. También he de decir que jamás he visto al otro hombre, pero que me alegra que esté allí, porque así él no se siente tan solo durante el día, cuando yo no puedo acompañarle, y además, nunca, nunca, pasan frío, pues siempre tienen leña. El otro día estuve a punto de verle. Un movimiento, justo cuando acabé de llegar, un ruido ligero, y cuando miré ya no estaba, pero se le cayó algo…un sombrero de copa ancho, antiguo, que me desconcertó. Al ver la sorpresa en mi mirada Él me contó que por el día a su amigo le molestaba la luz, tan intensa allí arriba, y que para protegerse solía usar su sombrero y, de tanto usarlo, a veces al llegar la noche olvidaba quitárselo.

Se está tan bien en la luna…Su suelo es tan suave y tan blandito, que parece que andas sobre algodones, y hay tanta luz que la noche no parece noche. Y lo mejor de viajar así, sin nada, es que puedes respirar normalmente, porque tu cuerpo ‒esa engorrosa y pesada armadura‒ se ha quedado ahí abajo, en una cama de una casa cualquiera, de un país cualquiera, de una calle cualquiera de las muchas calles que existen en la tierra.

Notas: Texto elaborado para la escena nº 34 del taller Literautas.com. Tema: La luna. Elemento opcional: sombrero de copa.

(1) “¿Qué poder tiene la carne de mujer, redonda y blanca como la luna, que dicen que levanta el mar?”  cita recogida en el libro: La sonrisa Etrusca de José Luis Sampedro).

(2) Cuento del hombre lunar con el haz de leña al hombro (Basado en las manchas de la luna): Se cuenta que existió un leñador (llamado Juan Alpargata) que era muy pobre y un día en que regresaba a casa muy cansado de trabajar y con su haz de leña al hombro pidió a la luna que “se lo llevase” y ésta le obedeció y desde entonces, en las noches de luna llena puede vérsele con su haz de leña al hombro.

http://www.literautas.com/es/taller/textos-escena-34/5373

Experta por un día (Texto del taller)

No advirtió su presencia hasta llegar junto a él, porque quedaba oculto por una de las columnas. El hombre estaba tan absorto en la contemplación del cuadro que ni siquiera reparó en ella, y tuvo que carraspear bastante fuerte para llamar su atención.

─Disculpe, pero no se permiten visitas en el museo a estas horas, señor. El horario es…

No la dejó continuar.

─Se perfectamente cuál es el horario de visitas, señorita. Pero yo no soy un visitante cualquiera.

Su vista descendió hasta el nombre de la tarjeta que llevaba prendida junto al bolsillo de su elegante americana y palideció: ¡Sir Henry Williams en persona! Ya estaba viendo la cara de Margaret cuando se lo contase… No cabía duda alguna de que al natural resultaba mucho más elegante y carismático todavía. Azorada por la imprevista situación, ya se disponía a retirarse con el mayor sigilo cuando oyó que el sir la llamaba:

─Espere, por favor, quisiera hacerle una pregunta.

Aparcando los útiles de limpieza en el suelo se acercó tímidamente hasta él.

─¿Qué le sugiere este cuadro? Me refiero al impacto de los elementos sobre su psique. ¿Qué turbulencias despierta en usted si lo mira con atención?

“¿Impacto de los elementos? ¿turbulencias?” atónita, ante semejante pregunta, se aventuró a responder:

─Bueno…yo veo una tormenta de arena. Lo asocio con el peligro inminente.

─¡Peligro! ¡Eso es! ¡Muy bien dicho! ¿Y este otro? ¿Qué le sugiere? ¡Vamos, diga lo primero que le venga a la mente! ¡No reflexione! ─exclamó con vehemencia, tomándola por el brazo para situarla frente a otra lámina que, aparentemente, no tenía nada que ver con la anterior.

Comenzaba a sentirse intimidada ante el giro de los acontecimientos. Tragó saliva muy despacio, intentando concentrarse en el cuadro a fin de dar con la respuesta correcta. La pintura representaba un ave doméstica, podía ser un loro, quizás una cotorra, de plumaje colorido y…

─¡Vamos, hable! El experimento tiene que hacerse rápido.

“¿El experimento? ¿qué experimento?” Se le ocurrió la idea de que estuvieran filmándola. Levantó la vista inútilmente hacia las cámaras, recordando al punto que siempre estaban encendidas por razones de seguridad.

─¡Qué bobada! ─exclamó, sin darse cuenta.

─¡Eso es! ¡Una bobada! ¡Su capacidad de acierto es asombrosa! ¿Acaso existe criatura más boba que un loro, repitiendo palabras que no comprende solo por la inercia de imitar? Continuemos. Realmente tiene potencial para esto. Una última pintura y terminamos por hoy.

Se dejó llevar hasta el último cuadro. Todo el mundo sabía que la mayoría de estos sires tan encopetados estaban locos, pero solían dejar generosas propinas si se les seguía la corriente. Sabía que una oportunidad como esta no se presentaba todos los días. El hecho mismo de que el Sir recabase su opinión la reafirmaba en su buena estrella.

─Tómese algo más de tiempo con esta lámina ─dijo─ Es la que resume toda la historia. Recuerde: Peligro-bobada y ahora… ¿Qué falta?

La cosa comenzaba a parecerse a uno de esos enrevesados psicotécnicos en el que cada cuadro representaba un tema ¿sería eso? Contempló la pintura encogiéndose de hombros: Lo único que veía era a un cartero entregando una carta a una mujer que parecía expectante, ansiosa, ante su contenido… ¿Qué podía decir?

─¿Sorpresa? ─Probó tímidamente.

─¡¡Sorpresa!! Verdaderamente es usted fabulosa. No tengo palabras: Peligro-bobada-sorpresa. ¡Fantástico resumen! La secuencia es perfecta. Ya tengo toda la escena. No sabe cómo se lo agradezco.

“¿Escena? ¿de qué demonios hablaba ahora?”

─Perdone, pero…¿puede decirme de qué va todo esto? ─preguntó.

─Oh, no se preocupe. Le enviaré el link a su correo. Se trata de una escena para un taller de escritura, puede buscarlo en la red, se llama Literautas.

 

Texto elaborado para la escena 35 del taller Literautas- Móntame una escena con “museo y arena” Palabras clave: Museo, Tormenta de arena,  Loro y  Cartero.

http://www.literautas.com/es/taller/textos-escena-35/5665 (Comentarios del texto)

 

Warm up

        -Sé que la radio estaba puesta. Se oía la voz de Janis Joplin entonando   Summertime por toda la casa. La cabeza me daba vueltas y avanzaba como en una nebulosa. Recuerdo el ruido del agua vertiéndose fuera de la bañera antes de que atinase a cerrar el grifo,  la voz de Janis cantando en ese momento: No, no , no, no, don´t cry… y el shock de mi cuerpo en contacto con el agua helada, la sensación de vacío, de irrealidad…

Diana habla, y yo aprieto tanto la mandíbula que pienso que van a estallarme los dientes. Ella no recuerda mi terror al encontrarla desvanecida y helada dentro de la bañera, por suerte sin agua. Estaba quitado el tapón. ¡Por las llagas de Cristo!  ¡Suerte que había quitado el tapón! No recuerda mi voz llamándola por toda la casa, con el corazón en vilo, siempre presintiendo lo peor. Pero hoy está aquí. Está aquí. He conseguido que viniera y eso es lo único que importa.

-Sé que mi pareja, Pablo, me quiere más de lo que me quiero a mí misma –sigue diciendo Diana- Me quiere tanto que por eso estoy aquí. Por él.

Me mira, y en ese momento, procuro pensar en el guiso de albóndigas de mi madre. El maldito guiso que le sale perfecto. Pienso en él para poder tragar, como si de una albóndiga se tratase, las palabras de Diana. En mi mente cojo un trozo de pan para untarlo en la salsa y salvarme de esas palabras que me dirige y que nunca me ha dicho. Las que me está diciendo hoy delante de toda esta gente que no conozco… ¡Maldita sea, Diana! ¿Por qué tienes que hacerlo ahora, precisamente ahora? Diana sigue hablando y tengo que aferrarme a más menús de mi madre para seguir  sentando aquí y no levantarme y dejarla sola; porque ¡maldita sea! ella es la protagonista y no es a mí a quién le toca llorar.

Vinimos callados todo el camino. Mientras yo conducía ella trataba de sintonizar una emisora de música que tocase algo que nos levantase el ánimo. No hay nada peor que una balada o una canción nostálgica en una tarde de lluvia como la que teníamos. Yo la miraba de reojo,  temiendo que en cualquier momento pudiese abrir la puerta del coche y bajarse, como aquella otra vez en que me detuve ante un semáforo en rojo, cuando ya estábamos a punto de llegar, y ella se bajó y se puso a correr por entre los coches, sin volverse ante mis gritos hasta llegar a la acera y escabullirse entre la gente.

Siempre  decía que sí. Que vendría. Que concertase yo la cita porque a ella le daba coraje hacerlo.  Asimismo decía: que le daba coraje llamar, pero que vendría. Y yo quería creerla, cada vez.  Pasábamos el tiempo sin hablar de ello.

 Era capaz  de  esperar hasta el mismo día. A veces, hasta minutos antes de salir para poner una excusa. Es increíble la de cosas que llegó a hacer… ¡hasta atascar el cerrojo del cuarto de baño fingiéndose encerrada! Imposible contar en una sola sesión todos sus trucos para burlar la cita. Pero hoy ha venido. Desde que pasó lo del baño es otra. Ha tocado fondo. Sé que tiene miedo.

 

Se ha hecho un silencio. Vuelvo de mis pensamientos y veo que me miran. Diana también. Se había callado pero ahora vuelve a hablar:

-Desde niña siempre he sentido mucho frío. Creo que por eso lo hago, como una forma de entrar en calor…

No sé si es un chiste pero miro su expresión y vuelvo a la realidad. La quiero tanto… es mi niña, por eso estoy aquí, a su lado. La miro y me viene a la mente  la  película Cuando un hombre ama a una mujer protagonizada por Meg Ryan y Andy García, en la que ambos dan vida a una pareja cuyos miembros se quieren tanto como se hieren al atravesar una situación así. Sólo que esto no es una película, ni Diana interpreta cuando sigue diciendo:

-Nunca he sentido el calor de alguien a mi lado…hasta ahora. Quizás por eso no sé  corresponder. Siempre tengo miedo. Tengo miedo de perder el control y de perderle a él y por eso bebo. Soy alcohólica, aunque hasta ahora no he podido reconocerlo… Me llamo Diana y soy alcohólica. Eso es todo. Gracias por escucharme.

Apto para ateos

Apto para ateos

“…Pero ¿qué cosa es el amor? Muerte de quien vive y vida de quien muere. Dolencia rebelde, cuya medicina está en sí misma, si sabemos tratarla; pero una dolencia deliciosa y un mal apetecible, al extremo de que quien se ve libre de él reniega de su salud y él que lo padece no quiere sanar.”

                                                                             (Ibn Hazm)

Maximiliano estaba acostumbrado a estar solo. Amén de vivir solo le gustaba su soledad. Definido por todos como un hombre de mal carácter, seco y huraño, le importaba muy poco la opinión que sobre él se forjasen los habitantes del lugar. Su casa estaba en lo alto de un promontorio, con buenas vistas, aireada y soleada a partes iguales, en contacto con los elementos, tal y como a él le gustaba.

Maximiliano invertía la mayor parte de las horas del día en el cuidado de su huerta y de sus animales. La casa en la que vivía lindaba con una casa vecina deshabitada desde hacía años, la casa de la vieja Gertrudis, una anciana soltera, muerta hacía ya más de una década. Ciertamente nuestro hombre no esperaba tener que lidiar con ningún vecino a estas alturas, acostumbrado como estaba a entrar y salir a sus anchas. Como la finca de su otrora vecina lindaba con la suya, sucedía  a menudo  que Maximiliano confundía un poco los límites, recogiendo los frutos de los árboles contiguos.

La mañana en que da comienzo esta historia, Maximiliano andaba ocupado en la tarea de recoger nueces y, paso a paso, se había ido acercando desde los árboles de su propiedad hasta los árboles de la finca vecina. En ésta estaba ajeno a toda precaución cuando oyó una voz increpándole:

            -¿Qué está haciendo en esta propiedad? ¿Se puede saber quién le ha dado permiso?

 La voz provenía de una mujer ya entrada en años. Maximiliano calculó que sería más o menos de su quinta, sobre los sesenta y tantos, robusta y de buen color. Sus ojos azules centelleaban a la vez que aumentaba el fruncido de sus labios al increparle.

           -¿Qué? ¿Piensa quedarse ahí como un pasmarote mirándome sin responder? Por vez primera, Maximiliano se sintió desarmado. La voz le fallaba.

          -Yo, verá usted…entienda la situación, esto está prácticamente deshabitado…

         -Estaba, vecino, estaba.

        -¿Vecino?

        -Voy a presentarme para aclarar las cosas. Me llamo Eleonora y esta   propiedad es mía.

       -¿Suya?

        -Por el amor de dios, hombre ¿Es qué no sabe usted hacer otra cosa que repetir mis palabras?

      -Es que no la comprendo, señora. Esto lleva años…

      -Deshabitado, ya lo ha dicho antes. –respondió Eleonora, haciendo acopio de su poca paciencia. Pues sepa que las cosas han cambiado ahora que estoy yo aquí. Soy la única sobrina de la señora Gertrudis y esto me pertenece; pero no se apure demasiado. Salvo los árboles frutales, cuyo usufructo me pertenece, puede usted seguir metiendo a pastar sus ovejas en mi finca como tengo entendido que viene haciendo desde hace años.

Fue tal el bochorno de Maximiliano y de tal calibre la ira que le embargó que, incapaz de controlar sus emociones, dio media vuelta y se marchó no sin antes decirle a su nueva vecina:

          -¡Ande y váyase al carajo!

Estupefacta, Eleonora aún tuvo reflejos para preguntar:

       -¿Cómo ha dicho?

A lo que Maximiliano, que ya se iba, contestó raudo:

      -¿Es que es usted sorda o qué? ¡Que se vaya al carajo he dicho! ¿Lo ha oído ahora?

    -Alto y claro vecino -repuso aquella.

“¡Será mema!”, se decía Maximiliano de camino a casa, “Los frutos de los árboles no, que me pertenecen, pero las ovejas en la finca sí, que así se mantiene libre de hierba”, “pues que se la coma toda si quiere, será que me faltan a mi tierras de pasto…”

*******

          Fue así como entre Maximiliano y Eleonora se entabló una guerra silenciosa. Maximiliano salía cada mañana a recoger los frutos de los árboles y veía invariablemente a su vecina que  estaba haciendo la misma labor de recogida en su finca, o bien, entregada a lo que parecía ser su pasión preferida: pintar.

“¡Encima nos ha salido pintora, la vecinita!” –se decía Max- “ya decía yo que era de esas…”

********

Eleonora estaba pintando aquella tarde la hilera de nogales de su propiedad. Fue un accidente que a Maximiliano le volase la gorra con el viento alborotador de finales de octubre. La mujer se percató de lo ocurrido pero, con las manos embadurnadas de pintura y pinceles como estaba, no se atrevió a recogerla; por lo que, haciéndole un ademán a Max, le invitó a pasar a su finca; éste, al pasar, no pudo por menos de echar una ojeada a la composición del cuadro que ella estaba pintando.

      -Siempre he pensado que los colores de la naturaleza en esta época del año son magníficos. –exclamó Maximiliano sin apenas darse cuenta.

-Es verdad.-le respondió ella.-Es un regalo estar aquí para verlos.

-Pinta usted muy bien, si permite que se lo diga un ateo en la materia.

 Las miradas de los dos vecinos se encontraron y ese mismo día decidieron darse una tregua y fue así como, poco a poco, comenzaron a enterrar el hacha de guerra. A través de la pintura de Eleanora, Maximiliano descubrió un mundo nuevo que también era el suyo. Su carácter huraño cedió bajo la influencia femenina y en el pueblo comenzaron a darse cuenta mucho antes que él mismo de lo que estaba sucediéndole. Sí, el viejo lobo solitario y ateo, en lo  que a temas de amor se refiere, estaba enamorándose; aunque él no lo reconociese y se dijese a sí mismo que era ya demasiado viejo para estar solo…

Nota: Relato elaborado para el blog El relato del mes -Febrero ‘014 (Tema del mes: Amor)

La Feria

La feria

                       Todo vuelve. Vuelven las modas de antes. Las tendencias. Las ideologías también. Tras una época de sequía llega una época de inundaciones. La naturaleza es cíclica y se regula a sí misma mediante este método de compensación. La naturaleza del hombre también debe serlo y, como los ríos, vuelve a su anterior cauce por mucho que se haya desviado de éste, cada cierto tiempo. Así, a una época de política liberal le sigue una época de política conservadora. Vuelven los cultos de antes. También la ignorancia y la estupidez regresan, cíclicamente.

                     Pude comprobar de primera mano cómo la naturaleza del hombre no se modifica, por mucho que las apariencias cambien, cuando me encontré con mi ex en aquella feria de antigüedades. Nunca he sido una apasionada de este tipo de ferias, en lo que a compras se refiere, pero sí me atraen el ruido y la expectación que tales acontecimientos despiertan. Cuando mi amiga Irene me comentó la posibilidad de ir a pasar el día visitando los distintos puestos  no pude negarme. Las dos disfrutamos siempre como enanas cuando estamos juntas, jugamos abiertamente a escabullirnos entre el gentío, observar sus reacciones, imitar sus poses, para al final hacemos divertidas fotos con los vendedores de los puestos. Pura tontería, vamos, un escape del encorsetamiento diario, en el que sobrevivimos cuando no nos queda otra.

                      Esta vez mi amiga venía preparada conduciendo su propio auto de ocasión: un Peugeot 205, más parcheado que su dueña. El mismo que usaba su padre para cargar los frutos de la huerta todos los otoños y para tareas varias, de esas en las que te pones  la vieja camisa vaquera o la de franela a cuadros, según la estación, y vas hecho un zorro de los ochenta, pero en plan cutre: vamos, de programa de vídeos de primera. Traía también sus viejas cintas de música y sonaban temas de Loquillo y La Unión a toda pastilla mientras conducía.

                  Aparcamos en la entrada del recinto, guardando el margen apropiado ante el distinguido Chevrolet que teníamos por delante.  Poniendo caras de niñas buenas nos adentramos en el recinto. Compramos unos dulces en un puesto artesanal para empezar la feria con buen sabor de boca y dulcificar nuestra sonrisa y comenzamos a echar una ojeada.

                     Es difícil separar a primera vista el grano de la paja que se maneja en este tipo de ferias. Pasamos de los puestos más accesibles, en los que el surtido de gafas, bolsos, monederos, portafotos, pañuelos y objetos varios nos entretuvo un buen rato, a los puestos de más postín, dónde nuestras expertas manos localizaron, descuidadas, un par de etiquetas de lavado en unas ropas que se suponían anteriores a la era del etiquetaje, y que el vendedor se apresuró a rebajar sustancialmente ante nuestros ojos. Al fin, procedimos a subir a la planta alta, dónde la clientela más selecta accedía a los artículos de colección y  se permitían exhibir vestidos de época con el nombre de los personajes famosos que se embutieron en ellos en su día. Y fue precisamente en uno de éstos puestos, dónde oí aquella voz, aflautada y chillona, que decía:

“¡Oh mira, cariño, qué fantástico es este vestido de gasa! ¿A qué me sienta genial?” Y la voz de él, inconfundible, servil: “Claro, estupendo, mi vida”.

                 -¡Oh, la, la! ¿Has oído Irene?-Le dije a mi amiga.

                -Claro. ¡Estupendo! ¡Fantástico! ¡Genial! –respondió esta, en voz baja.

                    ¡Tenía que ser él! Veinte años más tarde. Casi de colección, como las ropas que llevaba. Formaban la familia perfecta: El niño, de pantalones abombados hasta la rodilla, con sus medias altas con los cordones de dos bolitas y su jersey a cuadros. Ella, toda estilizada, con su bolsito acharolado y sus botas de tacón fino, y él…con la boca abierta de siempre. Ella le sonreía, embobada, sosteniendo un vestido de gasa fina de color azul turquesa, cuando se percibió de nuestra atenta mirada y nos dijo:

                    -¿A qué es mono?

                  –Monísimo, señora –respondió mi amiga, mientras yo miraba a mi ex con una sonrisa de oreja a oreja y advertía como su tez blanquecina iba cambiando de color…

Ella, la señora, muy altiva, miraba el precio de la prenda, interrogándole con la mirada.

Pasaba justo al lado de mi ex, cuando oí que el vendedor le decía:

                  –Es un vestido de gran calidad, señora. Naturalmente, el precio va acorde con la prenda, pero, como suele decirse en estos casos…la calidad no es cara.

Nota: Relato publicado en El Relato del Mes (marzo 2014) bajo el tema: Vintage.