LA CASA DEL VIEJO

 

Fuente de la imagen: ibytes.es  “Boys card game”

 

Relato finalista en el II Premio  de Relato Breve convocado por el semanario Las Nueve Musas (Oviedo)

 

La casa en la que vivía el viejo era la más antigua del lugar, tanto, que se creía que había sido la primera casa del pueblo. Sus ancestros habían ayudado a la orden de los franciscanos desde tiempos inmemoriales. Ayudaban en las cosechas, en la restauración del convento y en lo que hiciera falta, quizás por ello, el viejo gozaba del respeto de los religiosos. Fray Rufino, el guardián del convento, le tenía en mucha estima y con frecuencia mandaba a los hermanos a llevarle diversos productos de la huerta. Los niños del lugar no compartíamos el mismo sentimiento por el anciano. Acostumbrábamos a llamarle viejo pese a la corrección de nuestras madres, que insistían en que nos refiriésemos a él como señor Demetrio, pero nosotros le llamábamos viejo a conciencia, porque nos resultaba gruñón y antipático.

Estábamos en los terribles años de 1942 en una Italia entregada a la causa nazi. Los niños de Perusa vivíamos la escasez en nuestras carnes y nos fastidiaba ver el privilegio con el que contaba el viejo ante la población y la orden de los franciscanos.
Burlábamos la vigilancia de nuestras madres y, si el tiempo era bueno, jugábamos a molestarlo. Sobornábamos a su perro con restos de comida, y entrábamos en su propiedad para tirarle piedras a los balcones, golpear con fuerza la aldaba de la puerta, y escapar corriendo en cuánto le divisábamos. Los más osados intentaban colarse dentro de la casa para amedrentar después a los demás contando siniestras historias, como que el viejo coleccionaba cosas extrañas y que guardaba en su despensa tarros llenos de formol con restos humanos. Las malas lenguas decían que andaba en tratos con el diablo y que los monjes, para que los dejase tranquilos y no trajese el mal a la aldea, le llevaban alimentos como una forma de mantenerlo a raya. Los chicos más mayores iban aún más allá de todo esto y aseguraban que los religiosos le llevaban, en medio de las viandas, cuidadosamente escondidos, restos que iban a parar a su laboratorio, como embriones de mujeres que habían sufrido abortos, o muñones amputados provenientes de la enfermería del convento. A decir verdad, yo no creía nada de esto y tenía al viejo por buena persona, a pesar de su talante huraño. Poco a poco, fui desligándome del grupo poniendo excusas para quedarme en casa cuando insistían en molestar al pobre hombre, pero, sabedor de sus planes, no dejaba de sentirme cómplice por mucho que me retirase, por lo que pronto urdí otro plan para contrarrestar el de ellos: me haría amigo del viejo y, entre los dos, los alejaríamos. Fue así como mi amistad con Demetrio comenzó a fraguarse.

El primer día que acudí a su casa lo hice con la excusa de llevarle unas viandas del convento en lugar del hermano Bruno, al que intercepté con el encargo por el camino. No olvidaré la expresión del anciano al abrirme la puerta. Intenté convencerle de que mi intención era buena pero, sin darme tiempo, cogió el cesto con la comida y me cerró la puerta en las narices. No me di por vencido y continué rondando su propiedad y ofreciéndole mi ayuda ante la menor excusa. Tanta fue mi insistencia que, al final, una tarde lluviosa de invierno en la que acudí de nuevo con unos tarros de mermelada de parte del prior, se compadeció de mí al verme empapado y me hizo pasar para que me secase las ropas junto al fuego. Demetrio era hombre de pocas palabras, pero generoso de puertas adentro. Sin importarle mis quince años, me invitó a un café irlandés y me ofreció su pitillera. Fue la primera persona en tratarme como a un adulto y eso le granjeó automáticamente mi respeto. Entre él y yo se estableció una extraña relación, y pronto pasé a ser su chico de los recados, a cambio él me daba propina y eso me daba cierta independencia a una edad en la que disponer de algo de dinero te amplía el mercado de posibilidades. Me pagaba también por tareas de poca monta, como segarle el césped, ayudarle a colocar una verja, o recoger el ganado. Demetrio contaba con un rebaño de cabras y ovejas de las que sacaba leche, quesos y mantequilla que luego vendía en los colmados del pueblo. Lo mismo hacía con los huevos de las gallinas o con los animales que cazaba, pero a mí no me cuadraban nunca las cuentas, pues muchas veces le acompañaba en sus cacerías, y el número de los venados o conejos que cazábamos era muy superior al número de los que vendía. Él me explicaba que el invierno era largo y que metía muchas piezas en el arcón refrigerador, en previsión del mal tiempo o de cualquier imprevisto que le impidiera salir de caza. Como yo era joven y, a fin de cuentas, no era asunto mío llevar la contabilidad del viejo, no me preocupaba mucho por estos detalles, pero no podía evitar que la duda se me instalase entre ceja y ceja, y regresase a mi memoria parte de la leyenda que envolvía al hombre, cada vez que veía como Demetrio tan solo vendía una de cuatro partes.

Descubrí su secreto, como suele pasar con la mayor parte de los descubrimientos importantes, por pura y simple casualidad. A estas alturas de mi amistad con Demetrio, contaba yo con una llave de seguridad para entrar en su casa en caso de urgencia, siempre que fuese estrictamente necesario. Conocedor de la reserva de mi amigo y de lo importante que resultaba para él mantener su intimidad no había hecho uso de ella hasta aquel día en que, después de golpear la puerta varias veces sin obtener resultado, decidí emplear la llave para poner a salvo las botellas de vino y las truchas escabechadas que acababan de enviarle por mí desde el convento, y, tras dejarlas encima de la mesa de la cocina, ya me iba cuando llamaron mi atención unos ruidos que provenían del fondo de la casa.

Extrañado, agucé el oído pues me pareció oír la voz de Demetrio, y otras voces desconocidas que le contestaban. A mi mente vinieron entonces las murmuraciones y leyendas sobre la actividad del viejo y a punto estuve de abandonar la casa pero, tal como afirma un antiguo dicho, la curiosidad mata al gato. Mi naturaleza impulsiva no podía dejar de lado la oportunidad que se me presentaba así que, con especial sigilo, busqué la puerta del sótano y comencé a descender, muy despacio, por sus escaleras empinadas. A medida que descendía palabras comprometedoras fueron llegando a mis oídos: pasaportes, salvoconductodeportados. Al darme cuenta de lo que allí ocurría quise volver sobre mis pasos sin que me viesen, pero ya era tarde. El crujido de una tabla al descender les había alertado de mi presencia.

―¿Quién va? ―preguntó el viejo Demetrio con una voz de mando que le desconocía, al tiempo que sentí el ruido de  una pistola al cargarse.

―Soy yo, Demetrio ―dije con un hilo de voz, mientras me agachaba por puro instinto.

El grupo de hombres y mujeres allí refugiados  ―pues tal era la palabra que los definía― no se ponían de acuerdo en qué hacer conmigo. La mayoría opinaba que su seguridad estaba en peligro y que era imposible que un chiquillo como yo mantuviese la boca cerrada. Aunque Demetrio estaba de mi parte, no dejaba de estar enojado, pues quedaba en una posición ante los demás que le obligaba a tomar responsabilidades. Tras largos momentos de tensión y juramentos en los que la mirada del hombre  me fulminaba a cada segundo,  acordaron que la única garantía que podían tener de que yo no hablase era dejarme allí encerrado. Ante mi cara de susto y perplejidad, Demetrio se aprestó a tranquilizarme.

―No te preocupes, chaval. El guardián del convento hablará con tus padres y les convencerá de que te hemos encargado una misión.

Comprendí que los religiosos eran sus aliados para acoger a los judíos y de ahí venían las continuas entradas de alimentos que le procuraban. De pronto cuadraron en mi mente las cuentas de adónde iban a parar los animales de caza que el viejo no vendía, las botellas de vino, y las ingentes cantidades de leña que almacenaba. Al mirar con detenimiento  las caras de aquellas gentes pude ver el sufrimiento en sus ojos, la amargura en el rictus de sus labios, pero también la esperanza en los rostros de los más jóvenes, pues había niños y adolescentes allí en los que antes no había reparado.

Fue así como comenzó una nueva etapa en mi vida, marcada por el encierro con los exiliados judíos que habitaban en el trasfondo del sótano de Demetrio, pues el sótano, propiamente dicho, no terminaba dónde parecía, sino que contaba con una puerta oculta, que daba lugar a otras escaleras, por las que descendían los refugiados al caer la noche para llegar a otro refugio más profundo. Durante el día, todos ellos ascendían al segundo sótano para recibir un poco de luz, que entraba fugazmente a través de un pequeño ventanuco. Se cuidaban mucho de descender en cuánto Demetrio tocaba un timbre que tenía conectado al refugio desde la parte alta. Aquella tarde yo le había dicho a Demetrio que no vendría porque tenía que estudiar para un examen de historia pero, en el último momento, me había llamado el hermano Bruno para entregarme las botellas de vino y las truchas que pensaba tener listas al final de la semana y, debido a un cambio de planes en la organización, habían preparado antes. Todo pareció confabular, en resumen, para que yo me quedara encerrado en el refugio con los huéspedes de Demetrio, y conociese de primera mano parte de los horrores del holocausto. Algunos de ellos habían perdido a sus padres, esposas, hijos, madres, hermanos y demás familiares, de mano de los oficiales hitlerianos. Hasta entonces, Auschwitz, Dachau, Gross-Rosen, no eran más que palabras pronunciadas a media voz y a las que aprendí a sumar otras, como Risiera di San Sabba, en el que las condiciones de vida eran míseras pese a no ser deshumanizantes como en los campos de Alemania. Conocí la tristeza de no ser nadie, de perderlo todo y de depender de la caridad de los demás para sobrevivir pero, sobre todo, gracias a este encierro forzoso, tuve la oportunidad de conocer a Amanda.

Yo tenía dieciséis años en aquellos momentos, tres menos que Amanda. Ella era una joven muy culta, a la que le encantaba leer, de una belleza sin igual. Sus ojos almendrados te miraban de tal manera que no podías ocultarle nada. En el medio de la oscuridad del refugio, su piel blanca resplandecía ante la escasa luz de que disponíamos, como si se tratase de un diamante. Había conseguido traer, entre sus pocas pertenencias, unos pocos libros, sobre cuya lectura volvía una y otra vez, siempre que la luz se lo permitía. Fue ella la que me contó la historia de su pueblo, la que me habló de política y de los sueños de grandeza delirantes aprovechados para hacer germinar la idea de La gran Alemania como excusa para conquistar el mundo. Pero no solo de política se nutrió nuestra relación. Con Amanda era posible hablar de cualquier tema, inabordable con cualquier otra chica. Yo la veía como una maestra, por mucho que ella, de naturaleza humilde, se restase méritos; podía sentir cómo mi mente se abría al hablar con ella, para encontrar las respuestas a lo que preguntaba. No me preocupaba estar en el refugio, al contrario, mi obsesión era irme con ellos cuando consiguieran marcharse, para seguir al lado de Amanda. Incluso le planteé mis deseos a Demetrio, que me miró como si estuviese loco y los desechó de inmediato.

Cuatro meses de aquel otoño-invierno de 1943 fueron los que pasé encerrado en los sótanos de Demetrio, y puedo asegurar, sin ningún temor a equivocarme, que fueron los más intensos y provechosos de mi existencia. No solo en el terreno sentimental, sino en el conocimiento de la naturaleza humana y en su inmensa capacidad de recuperación, de seguir adelante en las circunstancias más adversas e inesperadas que la vida pueda ponernos por delante. No dejó, ni por un momento, el viejo Demetrio que me relajase en mis responsabilidades con la excusa del encierro, sino que aprovechó para encomendarme que, dado mi repentino interés por la lectura y los acontecimientos políticos, llevase un diario de todo cuánto sucediese en el sótano además de la contabilidad de los gastos. Ese sería el proyecto con el que se me conocería, una vez terminada la etapa funesta que nos tocaba vivir. No dejaba de sorprenderme mi amigo con su conducta y sus intentos para animarme a formar parte activa de la historia. Tanto que solo ahora, con la escuela que dan los años, llegué a formarme una idea del formidable hombre conocido como el viejo de la colina, que vivía en un pueblo de Italia.
Cuando llegó el día en que, finalmente, llegaron los pasaportes y salvoconductos que necesitábamos para que los hebreos pudiesen continuar su camino, sentí desgarrarse una parte de mi alma. Sabía que no podía ir con ellos, abandonar a mi familia e intentar labrarme un futuro incierto al lado de una mujer increíble cuando yo no tenía más que dieciséis años. La infinita paciencia y razonamiento de Amanda, que soñaba con poder ser un día una buena maestra, me hizo ver, aunque a regañadientes, que nuestros destinos tenían que separarse. La noche antes de partir la pasamos leyendo juntos pasajes del reciente libro de Saint Exupèry: El principito, y nos cambiamos nuestros nombres por Rosa y Zorro. Me quedé con el libro, y con el obsequio de una foto suya que me dejó guardada dentro del mismo y dedicada, en su parte posterior, con una de las frases célebres del cuento:

Siempre estaré contigo. Recuerda que «lo esencial es invisible a los ojos».

Aunque prometió escribirme a casa de Demetrio, nunca llegué a recibir sus cartas. El viejo héroe murió poco tiempo después, a causa de un fulminante ataque al corazón que nos dejó a todos conmocionados. Su casa fue derribada con el tiempo por sus sobrinos, los cuales construyeron en el terreno un hostal al terminar la guerra, sobre cuya fachada hicieron poner una placa que reza:
Antigua casa de Demetrio Belgrano, bajo cuya tutela numerosos judíos pudieron salvar sus vidas del holocausto nazi.

Los monjes franciscanos se alegraron de verme regresar a mis estudios y, cuando tuvimos que partir de la aldea por el traslado de trabajo de mi padre a otra localidad, nos brindaron gustosos cartas de acogida para otros conventos de la orden, por si en alguna ocasión llegábamos a necesitar de ayuda, así como las puertas abiertas del suyo para venir a visitarlos. Terminé con éxito la carrera de medicina y, a mi vez, intenté seguir ayudando a mis semejantes en todo cuánto, Amanda y todas las personas que estuvieron conmigo en aquellos oscuros tiempos, me habían enseñado.

 

Manuela Vicente Fernández
Esta obra ha resultado Finalista en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

 

 

 

 

 

 

 

 

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Enfriando el champán

Cristina agarra el punzón y lo clava con fuerza en el hielo. Pica hielo pensando en los invitados que están a punto de llegar para la cena de fin de año. Pica hielo pensando en su exmarido que este año vuelve, como los malditos turrones por Navidad, a cenar en su casa. Y ella consiente por sus hijas, siempre las hijas, que se han puesto de acuerdo, como buenas gemelas, para insistir en cenar con los dos. Ni con la una ni con el otro: con los dos, como si no supiesen lo que se cuece, que hace tiempo que no son niñas y no ignoran que él se acaba de dejar con la última Barbie, la de las tetas de goma y culo con relleno con la que iba al gimnasio todos los días; vaya por Dios, con lo monísima que era… Y sigue picando hielo mientras piensa en su padre, que ha pedido el alta voluntaria en el hospital, tras prometerle por centésima vez que está limpio, pero que aparecerá por la puerta con varias botellas de vino blanco, cava y quien sabe más, y al que pillará bebiendo en la cocina, mientras sostiene el abridor con la otra mano y pone cara de res camino del matadero: ¡Estaba probándolo, Cristina, hay que ver cómo eres! Y esta Cristina sigue picando hielo y más hielo, porque sabe que le va a hacer falta. Le va a hacer falta para enfriar un poco la calentura interior que amenaza con convertirse en volcán y estallar escupiendo lava. Lava y más lava. Ardiente lava, que arrasará con la cara de bobo de su ex, con la sonrisa bailona de su padre y con los novios de las gemelas, cubriendo los dientes largos de bruno y el pelo engominado de Toni, el yernísimo. Sí. Cristina sigue picando hielo para la cubitera. Hielo y más hielo, sin darse cuenta de que hace tiempo que está sonando el timbre de la puerta y los teléfonos de la casa también comienzan a sonar.

Texto elaborado para el concurso de Zenda libros, bajo el lema: Cuentos de Navidad.

CuentosdeNavidad

 

El cuento que me contaron

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Fuente de la imagen: Inevery crea

Ayer Nadia me habló de la Navidad.  Me contó que es una tradición de Occidente que, por curioso que resulte, hunde sus raíces en  Oriente y toma elementos griegos, e incluso de los antiguos ritos celtas, para acabar mezclándose con leyendas de los países nórdicos y sajones. Vaya cuento ese de la Navidad, en la que un obispo con su sayal rojo acaba convertido en un anciano rechoncho vestido del mismo color pero con chaqueta y pantalón y  una larga barba blanca al que, para más inri, se refieren como si fuese una mujer: Santa Claus, e incluso en algunas zonas con nombre de padre: Papá Noel. La tradición cristiana nos habla asimismo de otros tres hombres que resultan ser tres Reyes Magos, que regalan al niño Dios que acaba de nacer por obra y gracia del espíritu santo de una joven virgen casada con un anciano, tres grandes dones: oro, incienso y mirra, que simbolizan, en ese orden, lo material, lo espiritual y lo sagrado. Pues me ha contado Nadia que para celebrar la Navidad, cuyo nombre quiere decir renacimiento, se regala a los niños  juguetes y cosas que ellos mismos han pedido antes en largas cartas dirigidas a los almacenes de los Reyes Magos o del orondo Papá Noel. No se les regala mirra ni incienso, quizás porque el oro, como primer elemento de la lista, oculta con su brillo a los otros dones. Yo no se cuál es la verdad, pero creo que esos niños de Occidente tienen una suerte morrocotuda, porque les caen del cielo regalos que a los demás nos están vetados cuando debería ser al revés. Nosotros, los niños migrantes desheredados (*), nos acercamos más a la historia de ese Dios que nació en un pesebre sin más calor que el que le daba una mula y un buey, y al que alguien birló  el oro en un descuido.

 

 

(*)Crisis migratoria de niños (BBC)

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros:

#cuentosdeNavidad

Los tres tratos

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madastra, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a darle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle, y todos ellos pasaban largas horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tanto fue mi pavor y tan mala cara puse que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de gravedad. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico  solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar a las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendar el cuidado de mi alma. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en mi busca. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras muchos años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado a casa de un sacerdote para confesarle. Nada más llegar a su vivienda me encontré con la siniestra conocida, haciendo guardia en la puerta de entrada. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para abordarla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti, a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para acoger la promesa de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo… ―murmuré, confundido.
La muerte me miró con sorna y lanzó una gran carcajada. Como viese que yo seguía esperando, explicó:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
― ¡Vaya, debí haberlo figurado!―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, acoger la promesa de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el sacerdote que te ha llamado no es otro que el que te confesó en su día. Ya entonces estaba gravemente enfermo pero,  a cambio de tus largos años de oración, su tiempo le fue alargado.

 

Texto presentado a Zenda libros, con motivo del concurso Historias del día de muertos (con la palabra México incluida como premisa)

#DíadelosMuertos

Los tres tratos

 

Fuente de la imagen: blueplayarealestate.com

 

La vi por vez primera cuando tío Raimundo se empeñó en traer a nuestra casa las costumbres de México. Entre él y Lupita convirtieron el vestíbulo de la entrada en un santuario. Su hija, todavía conmocionada por la temprana muerte de su madrasta, no escatimó dinero para comprar flores, velas, cruces, e incluso, calaveritas de azúcar para la festividad de difuntos. Al mudarse el tío a nuestra vivienda, los parientes, aprovechando la excusa de venir a transmitirle el pésame por su esposa, acudían en gran número a visitarle y se pasaban horas y horas en el sofá de nuestra sala, tomando té con pasteles, mientras mamá trasegaba en la cocina. Así que, en medio de tal procesión de invitados, no me di cuenta al principio de la presencia de esta sombra; pues así, no más, me viene a la cabeza describirla: como una larga sombra encapuchada. Al igual que todo el mundo, yo también había oído hablar de la muerte o de la vieja catrina –en palabras de tío Raimundo― como una mujer fea, vestida de negro, cubierta con capucha y portadora de una guadaña; claro está que, por aquel entonces, yo atribuía esta descripción al imaginario popular de santeras y demás beatas, hasta que la vi con mis propios ojos vestida de semejante guisa. Recuerdo que casi me da un pasmo al verla, allí sentada como si tal cosa, en medio de los parientes, sin que estos se inmutaran. Tal fue mi pavor y tan mala cara debí poner, que enseguida me preguntaron si estaba enfermo, cosa que yo afirmé sin dudar, pues ver con tanta nitidez a la parca no podía sino ser síntoma de la gravedad de mi mal. No tardó en subirme la fiebre y el delirio en nublar mi mente pero, después de varios días en los que el médico tan solo fue capaz de diagnosticar una crisis nerviosa, contra mi propio pronóstico me recuperé.

Pasado el tiempo, cuando la visión de la oscura dama era apenas un mal recuerdo que me esforzaba por adjudicar al delirio de las fiebres, volví a encontrarme con ella de nuevo en la festividad de difuntos, en el comedor de nuestra casa. En esta ocasión, el fallecido había sido el propio tío Raimundo, muerto de enfermedad natural hacía apenas una semana. Justo estábamos rezando una oración por su alma y bendiciendo los alimentos, cuando la vi sentada enfrente mío. Ni qué decir tiene que derramé el vino de mi copa, y salí de la estancia como alma que lleva el diablo, sin atender a los ruegos de Lupita ni Aurelia, mi prometida, mientras mis padres se avergonzaban. Tal como antaño, volví a caer preso de una gran fiebre, y todos en casa comenzaron a preocuparse y a relacionar este incidente con el de hacía unos años. También de esta vez me recuperé, y lo primero que hice fue buscar un santo padre al que encomendarme. Después de escuchar mi historia, el canónigo, que no paraba de santiguarse, me aconsejó ayuno y penitencia, pues ya la muerte había venido dos veces en busca mía. Fiel a su consejo, me despedí de mi novia y me dispuse a tomar los hábitos.

Tras varios años de oración en el monasterio más cercano, cierta tarde fui llamado para confesar a un sacerdote, y fue entonces, justo al entrar en su habitación, cuando vi a la siniestra conocida sentada a la vera de su cama. Esta vez, quizá por el aplomo que da la edad, o por la hartura de estas visitas, me sentí con fuerzas para encararla:

―¿Es ya mi hora, señora? –pregunté, dispuesto a aceptar lo que fuese.
―No es a ti a quién vine a buscar todavía ―repuso la parca.
―¿Pues que querías todas las veces? ―pregunté dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto.
―La vez primera ―comenzó a hablar la sombra― vine para atender el ruego de tu tío que, sintiéndose enfermo apenas fallecida su esposa, me convocó para pedirme que le dejara vivir unos años más a cambio de asustar a alguno de los suyos.
―No entiendo ―murmuré, confundido.
La muerte se me quedó mirando,  lanzando al rato una carcajada y, como viese que yo seguía en ascuas, siguió diciendo:
―Tonto. Mi función no es solamente matar a los vivos. Sino hacerlos morir en vida aumentando sus tribulaciones.
―Entiendo ―repuse, pensando en mis miedos― ¿Y la vez segunda?
―La vez segunda vine para llevarme a tu tío y, de paso, atender al ruego de Aurelia.
―¿Aurelia?
―Tu novia quería mantenerte apartado. Me prometió a su primer hijo, si te asustaba.
―¿Y ahora? ―pregunté, horrorizado.
―Hijo, el fraile que se está muriendo no es otro que el que te confesó en su día. Ya por entonces estaba bastante enfermo pero, a cambio de tus largos años de oración, su tiempo  le fue alargado.

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros.com bajo la premisa de incluir la palabra: México.

#DíadelosMuertos

 

El viento de levante

 

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Jeremías ―alias el Grajo― otea el cielo nada más levantarse. Aún no ha catado el desayuno y, de hecho, está acabando de abrocharse los botones de la camisa. Lo primero que hace siempre, nada más poner los pies en el suelo, es salir a la terraza para ver de dónde sopla el viento. Hoy viene de levante y eso indica que va ser una dura jornada. En días como estos, el Grajo reúne fuerzas con un buen desayuno: un par de huevos fritos con varias lonchas de panceta ibérica, vino de casa y un par de plátanos, aderezados con una generosa copa de orujo. Después carga su escopeta y sale al monte. Huele la sangre desde pequeño y, como a los grajos, le gusta escarbar en la maleza. Le apodaron así cuando hizo el servicio militar y salía todas las noches de caza con el sargento. Hoy vendrá tarde, cansado y sudoroso, pero cenará carne.

                                                                                MVF©

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo la premisa de incluir la palabra viento.

 

 

 

 

 

Algún día…

Ayer estuve leyendo las bases del concurso de Zenda. Relatos de entre cien caracteres y mil palabras que incluyan la palabra Viento. Es curioso, porque siempre he pensado que el viento lleva y trae muchas palabras. Estos días trae gritos que huelen a sangre y a dolor. No importan las razones que intenten darse de la sinrazón. No importa el nombre que se le de ni las fronteras que se levanten, porque los culpables están por todas partes y son de todos los lugares. Oigo los gritos en el viento que llegan cada vez más fuertes. La locura es real. Sí, he pensado al leer las bases de la convocatoria, algún día iré a Zenda y me quedaré a vivir allí.

 

Texto elaborado para el concurso de Zendalibros bajo la premisa de la palabra Viento

Almas gemelas

Desde niños sus vidas habían estado ligadas. Acostumbrados a soñar despiertos tumbados sobre la hierba seca del campo, disfrutando de largos paseos subidos a lomos de los caballos de la granja y durmiendo bajo el mismo techo. Martín entre  sábanas de seda bordadas con sus iniciales y Clara envuelta en sábanas de algodón cosidas a la luz de la lumbre por su madre. Con el paso del tiempo él tuvo que marchar a la ciudad para continuar sus estudios y ella esperaba ansiosa a que llegase el verano. Entonces, volvían a abrazarse sobre la hierba,  a bañarse en la orilla del río y tejer sueños bajo el inmenso techo de las estrellas. Hasta que, al final de un septiembre, justo cuando Martín se había ido, ella descubrió que esa vez le había dejado un misterioso regalo. Un regalo que crecía en su vientre para dar fruto en primavera y no sabía cómo ocultar. El tiempo, una vez más, puso las cartas boca arriba y cuando Martín llegó no pudo encontrarla. Ni su madre ni ella trabajaban ya para la casa.

Desesperado, removió cielo y tierra hasta dar con su paradero. Sor María ―como ahora se llamaba―, había hecho voto de silencio y clausura y no podía recibir visitas de nadie. Muchos años después, aún retenía su imagen en la memoria,  mirándole  desde la ventana de su celda,  con inmensa tristeza mientras marchaba.

Martín continuó su camino y, con el discurrir de los años,  se casó con una joven de igualdad de estudios y casta. Tuvieron hijos y vivieron una vida sin hierba, sin baños en la orilla del río ni estrellas alumbrando sus sueños. Cuando, al final de esa vida, ya viudo y viejo, le preguntaron en qué asilo prefería que le ingresaran se acordó del antiguo monasterio y sus ojos se iluminaron.

 

©  Manoli VF

 

Relato elaborado para el concurso Historias por la igualdad de Zenda.

Imagen de origen:

anawalls.com/images/animals/horses-couple-grass-distance-stand

Sueños desiguales

 

Todo iba bien. Las ventas habían aumentado de forma espectacular en los últimos meses. La compañía había propuesto mi nombre como candidata al puesto de directora de marketing de la sección en la que trabajaba. Destacaban la creatividad y la originalidad de mis ideas, también mi disponibilidad. En los últimos meses había asistido a todas las convenciones y seminarios, bien como representante de la sección de moda, bien como promotora de los nuevos cursos de reciclaje. En poco tiempo me había convertido en una de las pocas indispensables. Martín, mi marido, que tras unos comienzos difíciles en su trabajo, había conseguido también hacerse un hueco más que digno en su empresa, al conocer mi candidatura para el nuevo puesto me propuso salir a celebrarlo.

―Aún no está decidido ―le comenté―no podemos brindar por algo que está en el aire.

―Sea como sea, te necesitan. Está claro que estamos ante una nueva etapa.

Salimos a cenar y fue entonces cuando lo hablamos. Después de diez años de convivencia, había llegado el momento de plantearnos dar el siguiente paso. No pensé que nuestros deseos se cumpliesen tan pronto. Martín estaba loco de alegría y ansiaba contárselo a todo el mundo, yo, que siempre he sido más precavida, le recomendé discreción al respecto.

―No sea que los dioses nos tengan envidia―recuerdo que le dije.

A los pocos meses, cuando estaba en mi nuevo despacho de dirección trabajando en la colección de primavera,  el gerente de la empresa me llamó a su despacho:

―Zoraida, quiero decirle de antemano que agradecemos mucho la innovación y el aire fresco que sus trabajos han aportado a la firma pero…

Anduve sin prisa alguna por las calles por primera vez en mucho tiempo, sin mirar el reloj ni esperar con ansia el cambio de color en el semáforo. Pasé por varios escaparates de tiendas de ropa infantil y me entretuve mirando los conjuntitos, las rebecas y los patucos. Sabía que iba a ser niña, y me pregunté si algún día la igualdad dejaría de ser un sueño para todas nosotras, mientras pensaba en cómo decirle a Martín que, en mi caso, tendría que volver a empezar de nuevo.

©Manoli VF Relato elaborado para el concurso de Historias por la igualdad de Zenda libros

La entrevista

Había oído hablar de él y hasta mis manos había llegado parte de su obra a través de amigos comunes. De repente, su nombre aparecía por todas partes. Es eso que pasa cuando te llama la atención un determinado tema y comienzas a ver asociaciones por doquier. A mí me pasaba con su persona. De la noche a la mañana parecía que todos lo conociesen que, de una u otra manera, estuviesen entre su círculo de amistades o lo frecuentasen. ¿Quién era Leo Silas? ¿Existía la vida antes de él? ¿Cómo era posible que su libro estuviese en boca de todos?

La llama en versos era el título de su último poemario, con el que se había ganado el favor de la crítica literaria de los círculos más selectos. Encargué un ejemplar por correo y cuando lo tuve en mis manos, me aseguré de disponer de un fin de semana entero para poder leerlo y asimilarlo antes de decidir si asistiría al evento de su presentación o no. Mis compañeros de revista se habían apuntado sin dudarlo. La presentación iba a ser en  Café Libia, uno de los sitios en alce, literariamente hablando.

Devoré el libro en cuestión de horas, apenas lo tuve en mis manos. La entrega me llegó a las nueve de la mañana y, aunque maldije al mensajero por haberme despertado tan pronto, lo cierto es que después del primer sorbo de café el mundo desapareció al adentrarme en sus letras.

No sabría decir qué tenían de diferente sus poemas, qué era lo que abducía al lector, sacándolo de su asiento para llevarlo de la mano a las profundidades de su locura, su odio ciego hacia la raza humana.  Tal parecía que su  pasión, con los instintos más primitivos, traspasaba el papel y hacía mella en quien lo leyese. No lo sé. Los lectores de poesía somos, todo hay que decirlo, una raza especial, estamos hechos como de pasta flexible, algo así como los espaguetis que se doblan cuando los coges. Probablemente, la lectura de cualquiera de sus poemas hecha por cualquier otra persona no obtuviese el mismo resultado. Puede que incluso Shakespeare si despertase se volviese a dormir sin pena ni gloria. No puedo hablar por el resto de los mortales. Pero en lo que a mí respecta… bueno, lo único que diré es que al cerrar el libro, mi mente comenzó a elaborar lo necesario en mi lista de provisiones mentales, para acudir al evento de la presentación de La llama en versos. Pensaba acudir en calidad de crítica para hacer una formidable reseña, con entrevista incluida, si la suerte estaba de mi parte  y me permitía conocer al gran Leo Silas, nada menos.

 

La noche del evento acudí con una extraña mezcla de ánimo. Por un lado, me sentía más mucho más expectante de lo que suelo estar en este tipo de acontecimientos, pero, por otro lado, mi parte más racional insistía en mantenerme con los pies en la tierra y en decirme, cínicamente tal vez, que no asistía más que a otra representación de humo, otro producto express de la gran factoría de autores en que se había convertido el mercado editorial.

Ni que decir tiene que tardé en encontrar mi espacio entre la nube de fotógrafos y aduladores que sobrevolaba a Leo. Cuando se abrió el turno de preguntas y tuve la ocasión de formular una, le pregunté, esta vez como lectora:

—¿La rabia que destilan sus poemas es una herramienta de escritor o es materia viva apenas procesada?

Hubo un momento de silencio que me pareció eterno. Me pareció ver miradas y sonrisas de condescendencia y por un momento pensé que llevaba escrita la palabra novata en mitad de la frente, pero entonces Leo se volvió hacia mí y sonriendo discretamente respondió:

—¿Hay alguna diferencia entre ambas cosas?

La noche transcurrió como suelen transcurrir esta clase de eventos. Posteriormente a la presentación del libro, vinieron varias actuaciones musicales. El ambiente se relajó y la brisa dio paso a una agradable noche de agosto. Sonaban los acordes de un quinteto de jazz cuando salí a la terraza con un cóctel en la mano.

—¿De verdad querías saberlo? –sonó una voz a mi espalda.

Los ojos de Leo me escrutaban como si pretendiesen leer en mi interior. Miré alrededor para corroborar lo que él me confirmó.

—Podemos hablar ahora.

Vi que estaba esperando una respuesta referente a la pregunta que yo misma le había hecho anteriormente.

—La verdad es que sí. Bueno, en realidad creo que ya sé la respuesta -dije.

—¿Ah sí?

—Sí. Te lo pregunté porque creí que cualquier lector que te leyese se haría la misma pregunta. Pero no creo que se pueda escribir con esa rabia, con esa furia, a menos que se sienta de verdad dentro de uno.

—¡Qué curioso, lo que dices! –exclamó despectivamente, con una media sonrisa ─Según esa teoría, los actores cuando interpretan también están sintiendo la rabia del personaje, aún cuando esa rabia sea ficticia ¿no es eso?

—Sí y no. La situación puede ser ficticia, pero la rabia  existe ─aclaré.

—Muy interesante…

—Esperaba algo distinto de ti –dije sin pensar.

—¿Cómo? ─preguntó, repentinamente serio, encarándome directamente a los ojos.

—Nada, olvídalo. Creo que he bebido demasiado vino.

—Ah, no, no vas a venirme con esas ahora. Has dicho que esperabas algo diferente. Podría preguntarte por qué si es la primera vez que nos vemos, pero no importa. Te mostraré lo que quieres. Ven conmigo.

Tiró de mi brazo y me empujó escaleras arriba.

—Adónde vamos?

—Sube. Enseguida lo verás –respondió.

Las escaleras nos llevaron a lo alto de una formidable terraza que estaba varios metros por encima de la anterior. Las vistas eran espectaculares.

—¡Qué belleza… ! ─no pude menos de afirmar─. La ciudad se ve magnífica desde aquí.

—¿Serías capaz de saltar?

La pregunta fue como una bala en mitad de la noche.

—¿Pero qué dices? ¿Por qué habría de hacerlo?

—¿Por qué no?

Le miré por un intervalo de tiempo que no sabría precisar. Parecía que todo se hubiese parado a nuestro alrededor. Que el universo entero estuviese pendiente de nosotros. Su gesto era duro, su mirada impenetrable.

—¿Y tú? ¿Serías capaz de hacerlo? ─pregunté a mi vez, movida por una extraña curiosidad.

—¿Quieres verlo?

—¡No! Esto… En realidad creo que no estás siendo justo. La pregunta no es si yo quiero verlo o no ─repuse, recuperando mi aplomo─  La pregunta es sobre ti. Es decir, si yo no estuviera, tú…

-Bah, olvídalo. Solo hemos bebido más de la cuenta ─afirmó, encogiéndose de hombros.

Pero yo no podía olvidarlo o no quería hacerlo.

—En serio, ¿Serías capaz de saltar? -pregunté- ¿Precisamente ahora, en la presentación de tu libro? ¿Prácticamente en la cumbre de tu éxito? ¿O estabas tratando de impresionarme solamente?

Fue rápido como un segundo. Me cogió por la cintura y me colocó al borde de la terraza. No había barandilla.

-Basta cerrar los ojos un segundo y todo  desaparece. El libro. La fiesta. Nosotros mismos. Da igual hoy o mañana. Para mí incluso es mejor hoy, porque hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con el mismo nombre.

Di un paso atrás tirando de su brazo.

—No quiero seguir con esto.

—Solo estaba respondiendo a tu pregunta –me contestó.

 

Por supuesto, no transcribí la entrevista. Me limité a hacer una breve reseña, haciendo referencia al pulso pasional de su poesía. No tuve valor para volver a llamarle. Pasó el tiempo, y en un determinado momento, volvimos a coincidir. Para entonces, él había pasado de ser un escritor de culto a ser un escritor olvidado. Malvivía de los antiguos éxitos, casi en cumplimiento de su propio vaticinio cuando pronosticó: “Hoy estoy vivo. Quizás mañana solo sea una sombra con mi nombre”. Se acercó a mí con su media sonrisa, el gesto duro de siempre al quitarme el vaso de la mano y llevarme a la pista de baile. Entre sus brazos volví a preguntarle:

—¿Piensas en ello?

Enarcó una ceja, al más puro estilo cinematográfico.

—Ya sabes, si te arrepientes de no haber saltado ─aclaré a media voz.

—Eso va a rachas ─admitió.  Y, justo en la última vuelta del baile, añadió:

—Te diré una cosa: a veces pienso que en realidad lo hice.

 

 

Manoli VF

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Texto publicado en la revista argentina Extrañas Noches-Literatura Visceral (01/11/2016)

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2016/11/01/La-entrevista