A través del cristal

I

A través del cristal la noche cae. Las sombras tocan las copas de los árboles y las visten de negro. Alicia, que ha perdido la cuenta de las horas, ve una luz a lo lejos. Una ventana, como un faro en mitad de la oscuridad. Avanza hacia el resplandor sin preguntarse si es una ilusión, porque no queda tiempo para las preguntas. Está allí, al fondo, una luz, que parece desdibujarse a medida que avanza. ¿Dónde estaba?

   II

Se resiste al sueño, sigue buscando en el mar de la nada historias para sacarlas a la luz. Es muy tarde. Solo queda la luz de su habitación, recortándose en mitad de la noche. Le parece oír algo, pero no es más que una de esas voces surgidas de su imaginación. Un ruido, como un leve tintineo en el cristal, le hace mirar el reloj de la pantalla del ordenador: es la una y veintiocho de la noche. Hora de dormir.

   III

Alicia llega, casi extenuada hasta la ventana. Intenta alargar sus brazos que no son, en mitad de la noche, más que sombras dentro de más sombras. Le parece que está llegando hasta el cristal, cree ya sentir el roce frío de su superficie en la yema de los dedos, e intenta llamar con los nudillos medio congelados; pero entonces, la luz se apaga, y ella se queda perdida en su sueño.

 

 

Abrir un portal (I)

Abrió los ojos y soñó que estaba en un mundo nuevo, un universo sin fronteras ni límites,  a la medida de sus propios deseos. Sensaciones a flor de piel y todo al alcance de sus manos. Fue asociando y añadiendo elementos a cada sensación emergente. Y sólo cuando hubo visionado ese mundo con todo detalle, se decidió a cerrar de nuevo los ojos, para poder atravesarlo.

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Una ensoñación

Después de un tiempo que no sabría precisar, Alicia abrió de nuevo los ojos, y pudo comprobar que el paisaje que la rodeaba ya no era el mismo: pequeños setos, que no recordaba haber visto,  y unas  plantas extrañas, cuyas flores se  abrían al contacto de sus pies y  sus manos, habían surgido como de la nada.  Confusa, se preguntó si la realidad podía ser tan engañosa como sus miedos, o bien, eran sus miedos los que forjaban puertas de acceso a otra realidad; y, a medida que  profundizaba en esta reflexión, advertía como el espacio circundante iba cambiando en lo sustancial, hasta que se dijo: ¡Basta! y volvió a encontrarse bajo el mismo árbol que al principio, dormida sobre el libro, soñando su propia historia.

Relato para el concurso de Zenda Historias de libros.

Un leño encendido

Alicia caminaba descalza por la nieve, mientras se preguntaba cómo había llegado a esta situación. Recordaba haberse quedado dormida, en algún momento de la fiesta. Pero eso era todo. ¿Adónde habían ido el resto de los invitados? ¿Por qué el mundo había cambiado durante el breve tiempo de su sueño? Comenzaban a dolerle los pies intensamente y supo que debía dejar de caminar. Tendría que quedarse dónde estaba, intentando conservar el calor tanto como le fuese posible. No disponía de ningún elemento para hacer fuego. Ni siquiera un espejo. Así que optó por lo único que  podía hacer en tales circunstancias: Acostarse en el suelo hecha un ovillo e intentar dormirse otra vez, soñando con una chimenea con grandes leños encendidos.