Todos los lugares

 

Cuando Alicia despertó se dio cuenta de que había pasado mucho tiempo. Tanto, que la lectura del libro que tenía cerrado sobre su regazo había dejado de interesarle. Ni siquiera las flores que se abrían a su alrededor o los abetos que la circundaban le parecían los mismos. Extrañada de lo mucho que había cambiado todo consultó su reloj. Apenas habían pasado unos minutos. ¿Cómo era posible que en tan poco tiempo hubiesen tenido lugar tantos cambios? Estaba pensando en ello cuando vio acercarse a su hermana.

-¿Otra vez te has quedado dormida, Alicia?

-No estoy segura de haber dormido -respondió ésta en voz muy baja.

-¿Cómo es eso?

-Bueno, lo que quiero decir es que no estoy segura de no estar durmiendo ahora.

-¿Te has vuelto loca? -preguntó su hermana.

-Es posible. ¿Nunca has tenido una sensación de irrealidad que no se corresponde con lo que percibes? o, lo que es lo mismo ¿Nunca has tenido la sensación de percibir otra realidad que no se corresponde con la que vives?

-No hay quien te entienda, Alicia. Va a ser que este lugar que eliges para leer no es el más indicado.

-¿Indicado para quién? escucha, hermana, quiero hacerte una pregunta y que me respondas con sinceridad.

-¿Cómo si no?

-Bueno, estoy segura de que me entiendes. Imagínate que no estás a gusto con la realidad que vives. No me preguntes. No, todavía. Tú solo imagina que has podido ver desde lejos el lugar que ocupas. Sí. Algo así como si pudieses tomar cierta perspectiva para mirarlo todo en su conjunto: es decir, el papel que ocupas y el papel que ocupa, a su vez, todo el resto; que lo has visto todo desde una posición más amplia en la que te has descubierto desempeñando un rol del que solo eras consciente a medias, y que te desvaloriza ante ti misma frente al elenco de otras posibilidades.

-¿Algo así como cuándo ves desarrollarse de forma simultanea el guión de una obra y ves como los personajes se equivocan de dirección? -preguntó su hermana.

-Sí. Como cuando has visto a uno de los personajes guardar el huevo de Pascua y después ves cómo alguien lo está buscando en otro lugar.

-Entiendo… ¿Y cuál es tu pregunta?

-La pregunta es ¿Te interesaría fingir que juegas a encontrar el huevo cuando ya sabes dónde está?

-Claro que no. Habría que volver a esconderlo en otro lugar para jugar con honestidad.

-Exactamente, y ahí es adonde yo quería ir: ¿ Estarías dispuesta a ser sincera y asumir el  riesgo de no encontrarlo en la nueva búsqueda o prefieres asegurarte el beneficio cerrando los ojos a la realidad?

-Bueno, todo depende de lo que signifique el huevo de Pascua y la búsqueda. Quiero decir que si el valor del huevo es el mismo y la búsqueda solo te va a conducir a dar rodeos pues…

-Oh, debí haber supuesto que no me comprenderías.

-¿Qué es lo que no he comprendido, Alicia?

-Toda búsqueda lleva implícito su propio valor y, por tanto, su propia recompensa. ¿Cómo has podido pensar que sería el mismo huevo de Pascua el que hallases, si prosiguieses  en su búsqueda?

-Entiendo lo que quieres decir. Sencillamente, no es posible volver al punto de partida una vez que una deja atrás ese punto.

-Está claro.

-Pues entonces, si la pregunta viene a ser si me quedaría en el mismo punto, sabiendo que hay otro camino que me resulta mucho más interesante, la respuesta es no. Jamás me perdonaría ser tan cobarde y conformista.

-¿Independientemente de cuál fuese el resultado?

-Por supuesto, porque quedarme aquí habría dejado de parecerme satisfactorio y eso ya no sería capaz de cambiarlo.

-¿Ves entonces a lo que me refería cuando decía que la realidad que vivimos no es la única realidad?

-Creo que sí, Alicia. Y creo que debes seguir durmiendo y despertando en este lugar, porque no cabe duda de que estás en la dirección correcta.

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La puerta mágica o la aprendiz de maga

 

―Una vez encontré una puerta que estaba buscando una casa ―habló el mago.
―¿Y la encontraste? ―preguntó Alicia, la aprendiz de maga.
―Sí y no. Uno nunca sabe si está encontrando lo que busca cuando no tiene una idea definida de lo que es.
―¿Quieres decir que no sabías lo que buscabas?
―Prefiero decir que sabía lo que no buscaba.
―¿Y qué fue lo que encontraste?
―Bueno, digamos que las casas me encontraron a mí.
―¿Las casas?
―Sí ―respondió el mago, poniendo cara de estar revelando un secreto― A veces una misma puerta puede conducir a muchas casas. Todo depende del día, de lo que esperes encontrar y de la fuerza que apliques cuando la abras.
―Cuéntamelo todo, por favor ―pidió la joven aprendiz.
―Está bien, pero no seas impaciente. Te contaré la historia tal y cómo sucedió, pero después tú tendrás que atar los cabos sueltos y sacar tu propia conclusión.

»Yo caminaba sin rumbo fijo, casi a punto de desistir de mi objetivo –comenzó a contar el mago― Llevaba mucho tiempo buscando una casa. Pero no quería una casa cualquiera, sino una capaz de transformarse. Supongo que es difícil de explicar; pero jamás de los jamases imaginé que antes de encontrarla pudiese encontrar la puerta y, sin embargo, por insólito que parezca así fue. Tropecé con ella por casualidad, de hecho me salió al paso, porque de pronto estaba delante de mí. La puerta y yo solos: ¿te lo puedes figurar? no había nadie alrededor en varios metros a la redonda, ni siquiera edificios. Sin darme cuenta yo había caminado durante horas, en un estado de ensoñación. Iba como sonámbulo, sin pensar en nada, solo concentrado en mis propios pasos, en el aire cortándome el rostro mientras seguía hacia adelante. Andar y andar. Yo no sé si alguna vez has andado como si no pudieses parar, como si no tuvieses nada más que hacer y el objetivo mismo fuese seguir caminando. Pues así iba yo, concentrado en el camino y sin esperar nada y entonces ¡zas! ahí estaba la puerta, como si la intensidad de mi deseo y la energía que yo mismo había generado con mi pensamiento se hubiesen concretado en ella. Una lustrosa y robusta puerta con su aldaba de hierro forjado delante de mí. Fue en aquel momento cuando percibí lo mucho que me había alejado de la ciudad. No niego que sentí un poco de miedo y tuve el impulso de volver sobre mis pasos; de considerar que esa puerta, que había aparecido de la nada delante de mí, no era más que un producto de mi imaginación, exaltada por el intenso ejercicio. Pero mis dudas se esfumaron pronto. Si había llegado hasta allí era por algo y la puerta estaba esperando que reaccionase. Así que inspiré fuerte y tiré del picaporte, imaginando que hubiera lo que hubiese al otro lado era bueno. Nada más abrirla, me encontré ante un jardín lleno de exóticas y frondosas plantas. La vegetación era inmensa y un camino serpenteaba ante mí, cubierto de pequeñas piedras. Era increíble, como uno de esos jardines de cuento que dibujas de niño. Si era un sueño lo que estaba viendo no quería despertarme. Avancé por el sendero empedrado hasta lo que parecía ser una gran mansión. Al llegar a ella me detuve ante otra puerta, con su brillante aldaba esperándome.
―¿Y llamaste? ―pregunta la aprendiz de maga, expectante.
―Sí, Alicia. Llamé.
―¿Y qué fue lo que pasó?
―Que abriste tú. Abriste tú y comprendí que el sendero por el que los dos habíamos caminado hasta encontrarnos era el mismo. Por mucho que tú te creas aprendiz y a mí me llames maestro».

 

Fuente de la imagen: Pinterest

 

A través del cristal

I

A través del cristal la noche cae. Las sombras tocan las copas de los árboles y las visten de negro. Alicia, que ha perdido la cuenta de las horas, ve una luz a lo lejos. Una ventana, como un faro en mitad de la oscuridad. Avanza hacia el resplandor sin preguntarse si es una ilusión, porque no queda tiempo para las preguntas. Está allí, al fondo, una luz, que parece desdibujarse a medida que avanza. ¿Dónde estaba?

   II

Se resiste al sueño, sigue buscando en el mar de la nada historias para sacarlas a la luz. Es muy tarde. Solo queda la luz de su habitación, recortándose en mitad de la noche. Le parece oír algo, pero no es más que una de esas voces surgidas de su imaginación. Un ruido, como un leve tintineo en el cristal, le hace mirar el reloj de la pantalla del ordenador: es la una y veintiocho de la noche. Hora de dormir.

   III

Alicia llega, casi extenuada hasta la ventana. Intenta alargar sus brazos que no son, en mitad de la noche, más que sombras dentro de más sombras. Le parece que está llegando hasta el cristal, cree ya sentir el roce frío de su superficie en la yema de los dedos, e intenta llamar con los nudillos medio congelados; pero entonces, la luz se apaga, y ella se queda perdida en su sueño.

 

 

Abrir un portal (I)

Abrió los ojos y soñó que estaba en un mundo nuevo, un universo sin fronteras ni límites,  a la medida de sus propios deseos. Sensaciones a flor de piel y todo al alcance de sus manos. Fue asociando y añadiendo elementos a cada sensación emergente. Y sólo cuando hubo visionado ese mundo con todo detalle, se decidió a cerrar de nuevo los ojos, para poder atravesarlo.

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Una ensoñación

Después de un tiempo que no sabría precisar, Alicia abrió de nuevo los ojos, y pudo comprobar que el paisaje que la rodeaba ya no era el mismo: pequeños setos, que no recordaba haber visto,  y unas  plantas extrañas, cuyas flores se  abrían al contacto de sus pies y  sus manos, habían surgido como de la nada.  Confusa, se preguntó si la realidad podía ser tan engañosa como sus miedos, o bien, eran sus miedos los que forjaban puertas de acceso a otra realidad; y, a medida que  profundizaba en esta reflexión, advertía como el espacio circundante iba cambiando en lo sustancial, hasta que se dijo: ¡Basta! y volvió a encontrarse bajo el mismo árbol que al principio, dormida sobre el libro, soñando su propia historia.

Relato para el concurso de Zenda Historias de libros.

Un leño encendido

Alicia caminaba descalza por la nieve, mientras se preguntaba cómo había llegado a esta situación. Recordaba haberse quedado dormida, en algún momento de la fiesta. Pero eso era todo. ¿Adónde habían ido el resto de los invitados? ¿Por qué el mundo había cambiado durante el breve tiempo de su sueño? Comenzaban a dolerle los pies intensamente y supo que debía dejar de caminar. Tendría que quedarse dónde estaba, intentando conservar el calor tanto como le fuese posible. No disponía de ningún elemento para hacer fuego. Ni siquiera un espejo. Así que optó por lo único que  podía hacer en tales circunstancias: Acostarse en el suelo hecha un ovillo e intentar dormirse otra vez, soñando con una chimenea con grandes leños encendidos.