Manteniendo el fuego

Cuando todo estalló, ellas tomaron de la mano a los niños y los escondieron bajo sus hábitos, a los hombres los refugiaron dentro de los confesionarios. Desde allí, a través de las cortinas, las vieron acercarse a la luz del ventanal de la iglesia, para entonar los salmos. Desde allí, desde la oscuridad del asiento del confesor, las oyeron rezar sin que a ninguna de ellas le fallase la voz, sin que el ruido, cada vez más próximo, de los aviones, turbase su concentración. Desde allí las amaron, las temieron, las admiraron. Desde allí, se sumaron, en secreto, a media voz, a los rezos. Desde allí se sintieron reconfortados, y encontraron, en ese momento único, estremecedor, el pálpito de la llama, de la esperanza, la reconciliación.

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Colaboración, basada en la foto propuesta,  para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

El mundo bicolor

Me encontré rodeada de sombras a plena luz del día. Todos los rostros se escondieron de mí. Nadie tenía un gesto hacia mi herida. Me volví invisible, aunque seguía tropezando con cuerpos opacos a mi alrededor. Desistí de hacer señales y caminé, curtiendo mi herida con el viento y secándola al sol. Poco a poco, las sombras comenzaron a tomar forma humana pero para entonces mi herida y yo éramos tan solo una y me abrí paso entre ellas, apartándolas de mi campo de visión.

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Texto sobre la foto propuesta y elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja 

La imagen puede contener: calzado

Foto realizada por el estudio Archstudio recreando una boutique con espejos interiores

 

Coordenadas sin Google maps

En un mundo paralelo, el yo pasado de una mujer de los años veinte se roza con su yo de colegiala del año dos mil, separados por una débil cortina que el viento convierte en portal. El yo de María va, como la canción, un pasito pa’ alante ochenta años y un pasito pa atrás hacia el yo de Inés. El símbolo entre los dos yos une la brocha y el rodillo que pinta en futuro una A en el pasado de un círculo, y solo los pájaros que sobrevuelan ese paralelo y atraviesan la neblina de sus cabezas logran imprimir en sus trazos una A gigante de Ámerica, como única coordenada de ese portal.

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Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja, bajo la propuesta: COLLAGE

Despistes

Me busqué por toda la casa sin saber donde había dejado la cabeza, qué había sido de mis piernas ni dar con mis caderas por ningún lugar. Harta de no encontrarme, me dirigí al cuarto de la colada para darme un baño de color. Fue al abrir la puerta de la lavadora cuando mis piernas asomaron y pude ver mi cabeza, al fondo, desorientada y confusa como si el centrifugado fuese su primera vez.

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Minificción para los viernes creativos de El Bic Naranja (WordPress)

 

Piel contra piel

Siempre en esta lucha ❤

 

Nunca fui una sirena. Mis branquias son los poros de mi piel. Guardo quilos de oxígeno en recuerdos. Tus besos son la única vacuna contra el frío, contra las picaduras de medusa, contra el fondo del mar por descubrir. No tengas miedo entre mis brazos, tienen la fuerza que en su día me brindaste tú. Atesoran recuerdos en sus músculos, son frágiles pero se vuelven juncos en el agua, echarán sus raíces junto a ti y flotarás entre ellos, amor mío, tu piel es ya mi piel. Y ahora que somos uno, no te olvides, estoy dónde tú estés.

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Al amor de mi vida, hoy, ahora, más que nunca ❤

Texto inspirado en la foto propuesta para los viernes creativos (El Bic Naranja/WordPress)

El legado

Mi abuelo amaba el campo y, cuando mis padres y yo íbamos a visitarlo, me gustaba jugar a buscarlo en sus lugares favoritos: la era que estaba bajo la casa, el jardín lateral en el que crecían hortensias y rosales, o en la cima de la colina desde la que se divisaba toda la aldea en su esplendor. Fue en esa cima donde el abuelo, que tenía en propiedad un pequeño trozo de terreno, selló un pacto conmigo para dejarme un lugar y un cobijo para cuando faltase él. Entre los dos plantamos un árbol que elegimos con cuidado, entre las especies más frondosas de la región. Hace ya muchos años que el abuelo partió en su último viaje y yo, cuando quiero recordarle, me siento a la sombra del gran árbol y diviso la aldea mientras me parece oír los consejos que me dió entonces para hoy.

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Micro basado en la ilustración de  Łukasz Kubiak, elaborado para el espacio Viernes Creativo de El Bic Naranja

 

 

Primera piel

El lago de los desvestidos era parada obligada antes de llegar al convite. Uno sabía, o debía saber, que una vez escogida esa ruta no habría retroceso posible. No se podía entrar en la fiesta sin haberse bañado en el río. Los invitados entraban con desgana, algunos con vendas en los ojos, que  sólo eran capaces de desatar minutos antes de alcanzar la orilla. Los más valientes se enfrentaban, con las entrañas encogidas, al temible espectáculo de ver a sus semejantes desnudos, con su primera piel, lastimada, surcada por las mentiras, las trampas, los caminos que habían recorrido antes de llegar allí. Era habitual ver mujeres a las que les salían brazos a mitad de la espalda o de la cintura, mujeres que habían llevado tantas cargas que parecían pulpos, otras estaban sin rostro, como si el suyo hubiese podido ser cualquiera, perdido en el ninguneo que habían sufrido, pero, con todo, lo que más impresionaba era ver hombres corpulentos quedarse a medio torso al desvestirse, hombres puzles, recortados entre las aguas, como trozos de atlas perdidos. Y los jóvenes. Que aparecían siempre con los brazos entrecruzados, ocultando su identidad a modo de escudo. Solo al llegar a la orilla se hermanaban todos, y caminaban hacía el convite vestidos de ellos mismos.

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Sueños de cine

Karman Verdi

 

El padre de Amalia era acomodador de cine. Portaba la linterna para buscar sitios a los que llegaban cuando ya se había encendido el proyector y apagado las luces. Su madre, Luisa, se ocupaba de la limpieza, de recoger los vasos de Coca Cola y los restos de palomitas. Para ambos, el cine era su lugar de trabajo y, en sus días libres, lo último que les apetecía hacer era  ver una película. Pero Amalia estaba hecha de otra pasta. Ella, que había crecido alrededor del cine, se quedaba a ver todos los estrenos que su edad y sus padres le permitían. Sentada en la butaca, soñaba para sus adentros con ser actriz y protagonizar, algún día, su propio film. Cuando la proyección terminaba,  Luisa, papelera en mano y escoba, recorría las filas para encontrarse, más de una vez, con su hija con los cerrados y echa un arco, volcada sobre una de las sillas; fue así, como los sueños de Amalia dieron paso a la que sería su otra pasión: la gimnasia rítmica.

 

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Ficción basada en la foto, elaborada para el espacio Viernes Creativos de El Bic Naranja

Fotografía: Karman Verdi/

 

 

 

 

 

El Regalo

 

Foto propuesta por Elisa de Armas

 

Asunción nunca había tenido hijos, o eso decían, todos los vecinos del barrio. Pero en el balcón de su casa siempre estaba tendida ropa muy pequeña, tan diminuta que parecía hecha para muñecas. Que sabía coser y lo mismo te hacía un dobladillo que una falda de faralaes, también lo sabían todos. Un día, con la excusa de acortarme un abrigo me mandaron a su casa. Fue entonces cuando descubrí una colección de muñecas de porcelana –con la cara como la de doña Mercedes, la portera, solo que más blanca—Las muñecas estaban por todas partes: en un rincón del recibidor principal, en el armario de la sala, en una silla de la cocina, y hasta en un cesto. Nunca en mi vida había visto tantas.

―¿Te gustan? –me preguntó al verme boquiabierta mirándolas.

―Algún día te haré una –prometió―  ¿Cuándo es tu cumpleaños?

―El 17 de mayo― respondí, casi sin darme cuenta.

Pasaron un par de años y un día, viendo la tele a la hora de la comida en casa, todos vimos las muñecas de doña Asunción. Supimos que las elaboraba desde hacía años porque en el reportaje también salía ella. Y supimos que había comenzado a hacerlas justo después de perder a su única hija, siendo apenas un bebé. La gente no sabe nada de nadie, pensé al momento y, antes de acabar de ver el reportaje, ya estaba llamando al timbre de su casa.

―Sabía que ibas a venir  ―dijo, al abrirme la puerta.

―¡Has salido en la tele!—solté, como si fuese una hazaña.

―La tele es una caja tonta que solo sirve para engañar a la gente –me respondió― Todo parece importante en ella, pero no hay nada extraordinario en hacer muñecas.

―Tú si lo eres –respondí en un arranque.

―Toma, te voy a regalar mi preferida,  la muñeca que más quiero –dijo, mientras me tendía una muñeca monísima, que no tenía la cara blanca, sino muy morena.

―Hoy no es mi cumpleaños, falta mucho para el mes de mayo –repuse como una boba, acordándome de su promesa.

―Quizá no. Pero es el día en el que estás preparada para llevarla. No todo el mundo es capaz de apreciar la diferencia.

 

Cuento basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal

El Bic Naranja

 

Como a través de un espejo

Siempre que leía el cuento de Alicia,  Catalina se sentía reflejada. Veía a la reina de corazones en la matriarca de la familia, dispensando órdenes a diestro y siniestro a la hora de servir la mesa; dispuesta a cortar cabezas al menor fallo. Veía al conejo blanco, en la figura de su gato, Blanquito,  aparecer en cualquier momento para recordarle con su reloj que, otra vez, había olvidado jugando los deberes de la escuela. Con todo, era en esa extraña celebración del No Cumpleaños, en la que Catalina, en su yo de Alicia, veía la celebración más absurda de los domingos en su casa, con todo el clan familiar debatiendo qué novio escogerían para ella cuando cumpliera dieciocho años  

Minificción elaborada a partir de la imagen para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto: Hajime Sawatari – Alice