Primera piel

El lago de los desvestidos era parada obligada antes de llegar al convite. Uno sabía, o debía saber, que una vez escogida esa ruta no habría retroceso posible. No se podía entrar en la fiesta sin haberse bañado en el río. Los invitados entraban con desgana, algunos con vendas en los ojos, que  sólo eran capaces de desatar minutos antes de alcanzar la orilla. Los más valientes se enfrentaban, con las entrañas encogidas, al temible espectáculo de ver a sus semejantes desnudos, con su primera piel, lastimada, surcada por las mentiras, las trampas, los caminos que habían recorrido antes de llegar allí. Era habitual ver mujeres a las que les salían brazos a mitad de la espalda o de la cintura, mujeres que habían llevado tantas cargas que parecían pulpos, otras estaban sin rostro, como si el suyo hubiese podido ser cualquiera, perdido en el ninguneo que habían sufrido, pero, con todo, lo que más impresionaba era ver hombres corpulentos quedarse a medio torso al desvestirse, hombres puzles, recortados entre las aguas, como trozos de atlas perdidos. Y los jóvenes. Que aparecían siempre con los brazos entrecruzados, ocultando su identidad a modo de escudo. Solo al llegar a la orilla se hermanaban todos, y caminaban hacía el convite vestidos de ellos mismos.

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Sueños de cine

Karman Verdi

 

El padre de Amalia era acomodador de cine. Portaba la linterna para buscar sitios a los que llegaban cuando ya se había encendido el proyector y apagado las luces. Su madre, Luisa, se ocupaba de la limpieza, de recoger los vasos de Coca Cola y los restos de palomitas. Para ambos, el cine era su lugar de trabajo y, en sus días libres, lo último que les apetecía hacer era  ver una película. Pero Amalia estaba hecha de otra pasta. Ella, que había crecido alrededor del cine, se quedaba a ver todos los estrenos que su edad y sus padres le permitían. Sentada en la butaca, soñaba para sus adentros con ser actriz y protagonizar, algún día, su propio film. Cuando la proyección terminaba,  Luisa, papelera en mano y escoba, recorría las filas para encontrarse, más de una vez, con su hija con los cerrados y echa un arco, volcada sobre una de las sillas; fue así, como los sueños de Amalia dieron paso a la que sería su otra pasión: la gimnasia rítmica.

 

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Ficción basada en la foto, elaborada para el espacio Viernes Creativos de El Bic Naranja

Fotografía: Karman Verdi/

 

 

 

 

 

El Regalo

 

Foto propuesta por Elisa de Armas

 

Asunción nunca había tenido hijos, o eso decían, todos los vecinos del barrio. Pero en el balcón de su casa siempre estaba tendida ropa muy pequeña, tan diminuta que parecía hecha para muñecas. Que sabía coser y lo mismo te hacía un dobladillo que una falda de faralaes, también lo sabían todos. Un día, con la excusa de acortarme un abrigo me mandaron a su casa. Fue entonces cuando descubrí una colección de muñecas de porcelana –con la cara como la de doña Mercedes, la portera, solo que más blanca—Las muñecas estaban por todas partes: en un rincón del recibidor principal, en el armario de la sala, en una silla de la cocina, y hasta en un cesto. Nunca en mi vida había visto tantas.

―¿Te gustan? –me preguntó al verme boquiabierta mirándolas.

―Algún día te haré una –prometió―  ¿Cuándo es tu cumpleaños?

―El 17 de mayo― respondí, casi sin darme cuenta.

Pasaron un par de años y un día, viendo la tele a la hora de la comida en casa, todos vimos las muñecas de doña Asunción. Supimos que las elaboraba desde hacía años porque en el reportaje también salía ella. Y supimos que había comenzado a hacerlas justo después de perder a su única hija, siendo apenas un bebé. La gente no sabe nada de nadie, pensé al momento y, antes de acabar de ver el reportaje, ya estaba llamando al timbre de su casa.

―Sabía que ibas a venir  ―dijo, al abrirme la puerta.

―¡Has salido en la tele!—solté, como si fuese una hazaña.

―La tele es una caja tonta que solo sirve para engañar a la gente –me respondió― Todo parece importante en ella, pero no hay nada extraordinario en hacer muñecas.

―Tú si lo eres –respondí en un arranque.

―Toma, te voy a regalar mi preferida,  la muñeca que más quiero –dijo, mientras me tendía una muñeca monísima, que no tenía la cara blanca, sino muy morena.

―Hoy no es mi cumpleaños, falta mucho para el mes de mayo –repuse como una boba, acordándome de su promesa.

―Quizá no. Pero es el día en el que estás preparada para llevarla. No todo el mundo es capaz de apreciar la diferencia.

 

Cuento basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal

El Bic Naranja

 

Como a través de un espejo

Siempre que leía el cuento de Alicia,  Catalina se sentía reflejada. Veía a la reina de corazones en la matriarca de la familia, dispensando órdenes a diestro y siniestro a la hora de servir la mesa; dispuesta a cortar cabezas al menor fallo. Veía al conejo blanco, en la figura de su gato, Blanquito,  aparecer en cualquier momento para recordarle con su reloj que, otra vez, había olvidado jugando los deberes de la escuela. Con todo, era en esa extraña celebración del No Cumpleaños, en la que Catalina, en su yo de Alicia, veía la celebración más absurda de los domingos en su casa, con todo el clan familiar debatiendo qué novio escogerían para ella cuando cumpliera dieciocho años  

Minificción elaborada a partir de la imagen para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto: Hajime Sawatari – Alice

Historias de barrio

Marcelo era hombre de pocas palabras, taciturno y con andar cansino por sus muchas dolencias y gastados años, aunque no por eso dejaba pasar ni un día sin cumplir con su cita diaria. Porque si algo no podía negarse de su persona era el ser, por encima de todo, un hombre de ley, de los que ya no quedan, vamos. Puntual y fiel, aunque las rodillas se le arqueasen y tuviese que cambiar de mano el bastón para cargar la compra, Marcelo no le fallaba nunca a Aurora. Amigos desde niños, vecinos, y huérfanos de cariño ambos, ninguno tenía el cuerpo para practicar el amor en los tiempos del cólera, pero sí para ayudarse el uno al otro. En la casa, siempre encendida, color violeta de Aurora, no faltaba a media mañana ni a media tarde el tazón de leche con una nube de café de Marcelo. Comían, sin grandes dispendios, a veces un pollo asado que él compraba en el puesto del barrio, acompañado de unos sabrosos pimientos que cultivaba ella. A fin de mes, arrejuntaban sus pensiones y podían comer con igual disfrute un bocadillo de sobreasada o una tortilla a la francesa hecha con todo el mimo del mundo y, eso sí, con los huevos de las gallinas que campaban felices y libres por el huerto. Comían, sí, y además de comer, hablaban. De los viajes que nunca hicieron, de los libros que habían llegado a la sección de novedades de la bibilioteca, de lo mucho que iba cambiando el barrio con los años. De todo lo que se le venía a las mientes. Después, se despedían hasta la mañana siguiente y, por las noches, se soñaban el uno al otro, en sus respectivas casas y camas, habitando, muy juntos y felices, dentro de la misma historia.

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Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto por: Elena Mújier Gutiérrez

La cosecha

No sabemos en que momento comenzaron a habitar entre nosotros, ni durante cuánto tiempo lograron esconder su verdadera naturaleza. Primero fueron unas garras, asomando por cualquier rendija, Después un batir de alas por encima de nuestras cabezas, unos colmillos rozando nuestros hombros. Las consultas de los especialistas comenzaron a llenarse de personas que contaban haberlos visto. La prensa bautizó el fenómeno como monstruo-manía. Pero lo más alarmante sucedió cuando en las plantas de maternidad comenzaron a darse los primeros alumbramientos. Solo entonces admitimos de dónde procedía el horror y volvimos a cultivar niños a la vieja usanza: con mucho amor, atención y tiempo.

 

Manuela vicente Fernández ©

Minificción elaborada para El Bic Naranja (Viernes Creativos/ wordpress)

Foto de Jonathan Higbee extraída de su serie: Coincidences

La imagen puede contener: una o varias personas
A COLLEITA 
Non sabemos en qué intre comezaron a vivir entre nós. Nin durante canto tempo conseguiron esconder a sua verdadeira natureza. Primeiro foron unhas garras asomando por calquera fenda. Despois, un bater de ás por riba das nosas cabezas, unhos dentes afilados rozando ós nosos ombros. As consultas dos especialistas comezaron a encherse de persoas que falaban da sua presenza. A prensa bautizou o fenómeno como monstro-manía. Pero o máis alarmante aconteceu cando nas maternidades comezaron a darse os primeiros alumeamentos. So entón estivemos dispostos a admitir de onde procedía todo ese horror e volvemos a cultivar nenos a vella usanza: con moito amor, atención e tempo.

A carga inversa

Hai mulleres que semellan bonecas rotas que se refán e reconstrúen a si mesmas todo o tempo. De tal xeito que podes atopalas un luns, despois de amencer sen pés, arrastrándose sobre os miñóns para facela compra, sen decatarse do arrepío que a súa presenza produce na veciñanza. Calquera día, volves a velas de novo cargando bolsas nos seus brazos medio descolgados, alleas por completo ao medo enfermizo que provocan nos que as atopan e comezan a silbar distraidamente, mentres palpan os seus propios membros asegurándose de seguir sans e enteiros fronte a catástrofe que contemplan. Pero, con todo, o peor acontece cando estas mulleres se atreven a saír á rúa co pescozo medio caído, loitando por traer de volta á faciana os seus ollos, para seguir cargando coa equipaxe dos seus días, mentres todos os demais se preguntan se non deberían construír unha rúa aparte, un mundo aparte para estas mulleres reconstruíndose de cotío e que alteran tanto a seguridade allea, obrigando ao resto da xente a desviala vista e botar man de tódolos trucos que coñecen para empequenecelas.

-Micro elaborado e publicado tamén en castelán  no espazo Creativo de  El Bic Naranja  
e no grupo do mesmo.

 

La imagen puede contener: una o varias personas
-Creación da boneca e foto por: Raquel Rodriguez Suarez 
creadora de persoaxes de teatro (apitipitinna.com)
Traducción en castellano:
LA CARGA INVERSA

Hay mujeres con apariencia de muñecas rotas que se rehacen y reconstruyen a si mismas todo el tiempo. Y así puedes verlas un lunes, después de amanecer sin pies, arrastrándose sobre sus muñones para hacer la compra sin prever el horror ajeno que su visión provoca en el ánimo de sus vecinos. Otro día, las ves cargando bolsas sobre sus brazos medio desmembrados, inmunes al miedo enfermizo que provocan en quienes las encuentran, que comienzan a silbar disimuladamente, mientras se tocan sus propios miembros buscando la certeza de continuar enteros frente al espectáculo. Pero lo peor llega cuando salen con el cuello semi caído, luchando por traer sus ojos de vuelta y seguir cargando, pese a todo, con la mochila de sus días, mientras las gentes comienzan a preguntarse si no deberían construir una calle aparte, un mundo aparte para estas mujeres que turban tanto la seguridad ajena, que obligan a los demás a torcer la vista y a echar mano de todos sus recursos para fingir no verlas.

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La bailaora

Rita, la bailaora, en acción era un fenómeno de la naturaleza. La leyenda aseguraba que sus pies eran capaces de paralizar el viento y cesar el crecimiento de la hierba. Cuando salía al escenario temblaban los cristales al ritmo de sus tacones. El pulso, la respiración y hasta el parpadeo de los espectadores se quedaba en suspenso. Ni las moscas se movían cuando los  volantes de Rita se arremolinaban para bailar al compás de la guitarra y las castañuelas.

Solo una vez, un hombre osó romper la magia del suspense saliendo al encuentro de Rita en el escenario. Allí, delante de todo un público hipnotizado, se postró ante la bailaora para pedirle matrimonio.

Dicen los más ancianos del lugar que, muchos años después de la desaparición de ambos, aún sigue escuchándose el repiqueteo de los tacones de Rita sobre el tablao al llegar la medianoche.

 

Minificción  elaborada para los Viernes Creativos de Ana Vidal

Ilustración: Ina Hristova

CASAS

 

Sentada en el diván le hablaba de mis ruinas. No era fácil. Él se hacía el profesional, pero yo le veía dar ligeros respingos en cada puerta que traspasábamos.

-Todos tenemos cuartos prohibidos, casas abandonadas -me dijo, cuando decidimos abordar la reconstrucción.

-La mía es un laberinto de cuartos secretos, de penumbra y telarañas -respondí-

y él:

-Ya estoy acostumbrado.

Pero no lo estaba. En cada habitación se asustaba más y, a veces, intercambiábamos puestos y era él quien se tumbaba en el diván y yo quién le guiaba.

-Esto no puede ser -me dijo en la última sesión que lo intentamos- No estoy preparado para esto, vamos a tener que cambiar de terapia.

Y así estamos desde entonces. Yo llamándolo a voces y él dentro de quién sabe qué ruinas, a las que llama su casa.

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Micro elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Foto: reyes Velayos

El Bic Naranja

El casting

Mire, señor juez, el método de selección era raro, pero lo que se dice raro raro, y sino dígame que haría usted. Permítame la licencia y póngase en mi lugar: yo tenía que improvisar una escena con los elementos que había en la habitación. ¿Y qué había? Pues una tele y una americana colgada en una percha. ¿Qué diantre iba a hacer yo sino el papel que hice? Me puse la chaqueta, agarré la tele y eché a correr. Por este orden. Y en esto que oigo las sirenas de la policía detrás de mí, y me digo: genial chico, te han dado el papel y ya estás dentro de la película, eres el puto caco y toca correr y ahora aparece un juez, que es usted mismo, con su venia, y me pregunta qué por qué robé la tele y mire, yo ya improvisé mi escena, ahora ¡Denme el guión de una vez!

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Texto basado en la imagen elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja