Las mujeres de mi casa

Las mujeres de mi casa eran capaces de llevar un cesto enorme lleno de remolacha sobre sus cabezas. Cavaban un huerto entero ellas solas de sol a sol. Cortaban leña, vareaban garbanzos. Nos contaban cuentos las noches de invierno, cantaban coplas mientras cosían y nos hacían vestidos extraordinarios. Tenían tiempo de reírse y lloraban sin avergonzarse. Bailaban pasodobles los días de fiesta y trenzaban lana a diario, cocinaban bizcochos de harina y huevo en moldes de lata. Hacían torrijas en cocinas de leña y leían las tardes de lluvia junto a la ventana. Bordaban nuestros nombres a punto de cruz en las servilletas, y preparaban ricas meriendas de pan con miel o agua y azúcar que nos sabía a gloria. Cuando estaban alegres contaban chistes a la sombra de los árboles y nunca dejaban mucho espacio para la tristeza. Cuando llegaba el frío nos hacían camisones de franela y llenaban bolsas de agua caliente para nuestras camas. Bajo la mesa de la cocina ponían braseros. No nos faltaba la leche caliente ni el arropo ni el beso al acostarnos. Cuando estaban ellas no existía el miedo. Eran Madres, abuelas, tías, hermanas. Eran mujeres rurales, que habían crecido amasando pan, cuidando del fuego, del huerto y de los niños de casa. Algunas se fueron a las ciudades y regresaron para cultivar su sueño de una casita en el campo. Las mujeres de mi infancia encerraban en sí mismas los secretos de la vida. Decir mamá era lo mismo que decir aire, pan, refugio, agua.

#MujeresRurales

(Dedicado a las mujeres de mi infancia y, en especial, a mi madre)

La emboscada

Los jugadores de cartas (Paul Cézanne)

Sí, ya sé que todo ocurrió en mi taberna, señor juez. Jácome Bembibre, Jerónimo Malasaña y Pepe El carreta, eran tres tristes que no tenían ni una taza de caldo que echarse al gaznate. Cada uno de ellos apostó contra el patrón la paga de todo el año si le ganaban la partida. Entraron por el orden con el que los estoy nombrando ahora, ilustrísima, no le miento. Los tres pidieron un vino de la casa mientras que el patrón pidió una jarra de sidra fresca: «Juego con sidra para brindar con vino cuando gane» sentenció, sonriendo de medio lado, como los ladrones. Que el patrón no distinguía un rey de una sota era bien sabido pero ya dicen que más sabe un tuno por tuno que por estudiado, aunque no se diga así el refrán. El caso, Señoría, es que me olí que en esa partida iba a haber tomate, ya fuese por el patrón o por el alcaldísimo de su padre, que consiguió la alcaldía sin más mérito que ser  hijo de Serafín Moreno, de quien dicen que llegó a ser la mano derecha del generalísimo hasta para bajarle los pantalones, pero esa es otra historia, y perdóneme vuestra excelencia, pero es que para ponerse en situación hay que ver de dónde viene la mala sangre. Como decía, los tres hombres apostaron la paga porque nada más tenían para apostar después de que el Morenito les quitase las tierras de los trigales y los arriendos de los castaños a las bravas, una vez que el alcalde lo nombró como único propietario. Aunque malo, el Moreno nunca hubiese dejado a tres hombres con sus respectivas familias en la calle, pero el Morenito se encaprichó de la Lorena, la hija del Jerónimo y cómo no pudo conseguirla como criada se propuso desahuciar a su padre, arrancándole las tierras que trabajaban él y sus cuñados. Perra vida, me dije, al ver a los tres perdidos remangarse las mangas y escupir en las manos para pedir suerte, antes de echar las cartas.

Yo les serví un vino aguado para que no se les nublase el entendimiento y al servir pude ver que el patrón jugaba con dos barajas. Les hice señas a los tres como pude, pero ellos estaban tan ciegos de lo enrabiados que no repararon en mí. El caso es que cada carta indeseada que le tocaba al hijo del Moreno daba el cambiazo sin que ninguno de los tres desgraciados se enterasen. Y qué le voy a decir señor juez, cuando vi levantarse al Malasaña rojo de ira, puñal en mano, yo no miré porque se me echaba fuera de la cafetera el café y soy muy malo para fregar la mugre que queda. Así que quiere que yo le cuente. Ni se sí fue el Malasaña o fue el Bembibre o el Carreta. Mire usted, señor juez, yo solo sé que estas cosas cuando se enredan ya no hay manera de componerlas. Cuando me giré los vi a los cuatro enzarzados y, al minuto siguiente, el patrón caía a plomo sobre el suelo poniéndolo todo perdido como en la matanza del marrano. Recuerdo que me quedé mirando el líquido viscoso y espeso que manaba de su cuello a borbotones y me dio por pensar que era una pena que el Morenito hubiese bebido sidra, porque podrían hacerse unas buenas filloas con su sangre.

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

Los columpios son para el verano

A veces una quiere llover y tiene miedo

de que al hacerlo se aneguen los campos,

se pierda el trigo, se malogre el huerto,

se desborden arroyos y caudales.

Una quiere ser nube y volar lejos

donde el viento es suave,

donde el cielo es de junio y se columpian

los niños en los árboles.

Pero eso aquí en el norte rara vez es posible,

la gente planta pinos, corta leña,

cuida de sus castaños,

solo las aves gozan de las ramas

y van de copa en copa, entre los árboles.

Por eso hay tantas nubes en invierno

el sol aún no ha aprendido a columpiarse.

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En ocasiones veo ranas…

En ocasiones recibo peticiones de amistad
de gente con corbatas de lunares,
gente tan bien vestida y encopetada
que pide a gritos un helado de chocolate
¿Qué comerá esa gente a la hora de la cena?
¿Qué extrañas hamburguesas guardarán en su nevera?
¿Saldrán en pijama de seda a pasear el perro?
¿Serán el perro de alguien?
En ocasiones, cuando pasa de medianoche,
llaman a mi muro seres que sujetan
sus pantalones con tirantes
de estampado de flores,
Llevan credenciales extrañas
y son doctores en la universidad de causas insignes,
algo así como esos príncipes convertidos
en ranas de los cuentos de Andersen
Solo que peor vestidos y con ancas
más largas.

 

Fuente de la imagen: Pinterest

Cruce de caminos

Acababan de salir del hotel y Ursula miraba nerviosa a su alrededor. Estaba segura de que Leonardo aparecería para despedirse. Verlo y pedirle a Marco que le fuese a comprar la prensa fue cuestión de reflejos, los mismos que tuvo su amante de ocultar la rosa a tiempo de cruzarse con su esposo.

MVF©

 

A la puerta de casa

Cuando los servicios sociales llegaron por fin a buscar a Virginia, atendiendo a las desesperadas llamadas del único vecino del pueblo, la mujer había perdido ya la poca vista que le quedaba, por lo que no se molestó en hacer acopio de equipaje. Tranquila, y con su vieja radio como única compañía, les esperó a la puerta de su casa.