Cita en Casa Blanca

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Llevamos tanto tiempo distanciados que ambos habíamos perdido la cuenta de lo que hacía el otro. Convivíamos bajo el mismo techo pero sin tropezarnos. Cada uno en su mundo y en su habitación. No recuerdo ni en qué momento decidí apuntarme a una página de contactos. Me pesaban las noches sin dormir y los días dormitando. Por el chat comencé a hablar con un chico bastante simpático. No quisimos intercambiar fotos, porque los dos pensábamos que las imágenes casi nunca hacen justicia a la realidad. Nos fuimos conociendo “por dentro”, despacito, como quien no quiere la cosa durante un año y, al final, decidimos abrir la puerta al mundo real y vernos cara a cara.
Quedamos en un bar poco céntrico. Uno de esos refugios para adolescentes enamorados. Pese a que los dos rondábamos la cuarentena, seguíamos conservando el romanticismo. Él llevaría un sombrero a lo Bogart y yo un traje a lo Ingrid con blusa blanca.
En cuánto entré lo divisé sentado al fondo del local. Con el sombrero inclinado, mientras leía el periódico, no podía verle el rostro. Llegué hasta él y entonces levantó la vista para mirarme.
-Soy Quique –me dijo Enrique, a punto de partirse la caja.
-Joder, chico, cuánto hace que no te veía tan guapo!
¡Para que luego digan que la tecnología deshumaniza! Enrique y yo, por llevar la contraria, gracias al chat del ordenador volvemos a estar enamorados.
Manuela Vicente Fdez ©
Texto elaborado para el Blog Nosotras, que escribimos bajo la temática: Cita a ciegas
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Olor a casa

 

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Fuente de la imagen: Pinterest

Después de horas de terapia con los mejores especialistas sin que ninguno de ellos lograse revertir el naufragio de nuestra relación, el último coach de la prestigiosa lista con la que contábamos Guillermo y yo, nos propuso un ejercicio a “todo o nada”. Según sus palabras, solo un salto al vacío con los ojos vendados, podría revelarnos si nuestro futuro era estar juntos o, por el contrario, debíamos aceptar la separación y comenzar a pasar página.

A las doce de la noche, según lo convenido, subí al coche con los ojos vendados. Me había vestido con ropa nueva y había comprado un perfume carísimo cuyas notas distaban mucho de la colonia que usaba a diario. Llevaba la cara cubierta de una fina malla de red para evitar ser identificada por el tacto. Nuestro coach nos había expuesto con claridad el escenario al que nos enfrentábamos. Por mi parte, sabía que me esperaban varios hombres en la habitación y que solo uno de ellos era mi compañero de sesiones. También había mujeres. Una fila enfrente de otra. Y nosotros dos, eligiendo.

 

El primer hombre era muy joven. Maldije en silencio al psicoterapeuta, al comprobar el tono de su musculatura. Pobre Guille, menos mal que mi compañero no podía verlo ni palparlo. Lo deseché de inmediato. No quería pasar por una superflua. No era la flacidez de Guillermo lo que nos había llevado al psicoanálisis.

Al segundo le sobraba bastante volumen. Calvo y bajito. Por favor, cuánto estereotipo. ¿Es que este coach solo barajaba los extremos? al lado de este hombre, Guille era Marlon Brando de joven, aún sin la Harley.

El tercer hombre era una incógnita. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Ni flácido ni musculado. No podía tocar su rostro, protegido con una red frente a posibles eventualidades de roce. Procedí a oler su piel. Sin su voz, solo quedaba el tacto y el olor. Olía tremendamente a tabaco. A Ducados negro, para ser exacto. Hay que ver lo torpe que llegaba a ser este coach eligiendo candidatos.

El cuarto hombre tenía unas proporciones perfectas. ¡Madre mía, qué tacto! Cada centímetro de su piel me parecía deseable. Sin estar musculado, y pese a una incipiente barriguita, este hombre despedía olor a casa. Supe que era Guille antes de que él me eligiese a mí también, aunque ambos fingimos no reconocernos. Desde entonces, él y yo no hemos vuelto a tener ningún problema, salvo que los encuentros han de ser en casa del psicoterapeuta y, eso sí, siempre con los ojos vendados.

 

Manuela Vicente Fdez ©

 

Texto elaborado en el taller/blog grupal Nosotras, que escribimos bajo el tema: Cita a ciegas.

Un hombre bueno es difícil de encontrar (por una buena mujer) o el universo atemporal de Flannery O’Connor

—Señora —repuso el Desequilibrado mirando hacia el bosque—, nunca ha habido un cadáver que diera una propina al sepulturero.

Flannery O’Connor(Un hombre bueno es difícil de encontrar)

Resultado de imagen de imagenes del libro Un hombre bueno es díficil de encontrar

El gótico sureño, presente en los cuentos de Flannery O’Connor, alcanza su máxima expresión en esta historia en la que ningún personaje es eventual, porque están concebidos para  representar un mundo que es, a su vez, el reflejo y el producto de otro completamente opuesto. Un mundo decadente y sin moral frente a otro que trata de emerger. Desde la típica familia católica al bandido sin escrúpulos. El sueño americano convertido en pesadilla. Los principios frente al sensacionalismo y, en el medio de todo, el juicio gratuito del que ya no lo tiene: el loco, el desequilibrado, que desmonta de una asentada el pilar de la falsa fe que trata de reconducirlo al decir: Jesús rompió el equilibrio de todo. Un equilibrio que ya no se puede recomponer, entre otras cosas porque no se puede evaluar al propio causante de la ruptura, ya que no hay forma posible de saber con exactitud lo que hizo:

 Ojalá  hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Llegados a este punto el criminal obtiene, de un solo golpe,  la victoria dialéctica y la física, porque en los cuentos de esta autora las dudas se saldan con el silencio que provoca un revólver,  para que no haya más respuestas incómodas y el lector se quede con todas las preguntas. Casi casi como sigue sucediendo en nuestros días, aunque no siempre podamos ver las manos que disparan y solo asistamos a los cadáveres que dejan.

 Ojalá  hubiera estado allí —añadió golpeando el suelo con el puño—. No está bien que no estuviera allí, porque d’haber estao allí yo sabría. Escuche, señora —añadió alzando la voz—, d’haber estao allí, yo sabría y no sería como soy ahora.

Llegados a este punto el criminal obtiene, de un solo golpe,  la victoria dialéctica y la física, porque en los cuentos de esta autora las dudas se saldan con el silencio que provoca un revólver,  para que no haya más respuestas incómodas y el lector se quede con todas las preguntas. Casi casi como sigue sucediendo en nuestros días, aunque no siempre podamos ver las manos que disparan y solo asistamos a los cadáveres que dejan.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Artículo elaborado para el diario/blog El Humanista

Enlace al cuento Un hombre bueno es difícil de encontrar (por Flannery O’Connor)

Entre tiempos

Cada vez que mudo mi piel me da por descalzarme, sentarme al borde del acantilado y contar los dedos de los pies. Comienzo siempre por el dedo meñique del derecho: cuento los cinco dedos muy despacio, como si los viese por primera vez. Después sigo con el dedo gordo del izquierdo, hasta el meñique y desde él continúo de nuevo hasta el otro pie. Cuento cien dedos en diez minutos, estirando el tiempo y la piel. Esto no tendría más transcendencia que una anécdota, si no fuese porque soy una sirena y jamás he tenido pies.

 

Microrrelato publicado en ENTC

                                      Fotografía: Benoit Courti

TENTACIONES

 

La imagen puede contener: nube, cielo, exterior y naturaleza
Fuente de la imagen: idEC

Le robé el novio a mi prima Berta. Fue ella quien me enseñó su foto, quién me contó que sus besos sabían a azúcar, quien me dijo que Paulo salía todos los domingos con su bici e iba hasta la antigua ermita. Allí le esperé, con la cadena de mi bici fuera de sitio y el corazón también.

 

LA PULSERA

Robé el billete de veinte euros de la cesta cuando el padre Ángel no miraba. Lo necesitaba para comprarle una pulsera a Amanda mejor que la que le había comprado Guille. Faltaba un día para su cumpleaños y llevaba un mes rogando que un billete de veinte euros estuviese al alcance de mi mano…

MVF©

 

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Textos elaborados para el blog Nosotras, que escribimos bajo el tema: Secretos

 

La obsesión de don Rigoberto

 

La imagen puede contener: personas de pie

 

 

Don Rigoberto no aceptaba el declive físico. Renegaba del paso del tiempo y no hacía otra cosa que hablar de su juventud, mostrando a todo el mundo fotos de cuando era joven y se comía el mundo a bocados, masticando como si fuese un chuletón de primera, la carne prieta de sus admiradoras que arriesgaban al billar el todo por una sola noche a su lado. Con el correr del tiempo, la figura de nuestro Tenorio se redondeó, pese a que el insistía en decir que seguía siendo el mismo frente al espejo. Fiel a su obsesión con la estética, invirtió todos sus ahorros en la futura criogenización de su cabeza con vistas a que, llegada la suma de los tiempos, pudiesen añadirle un cuerpo acorde a sus nobles características una vez completada la resurrección.

Cuando llegó su hora, los escasos familiares que asistieron a su sepelio, se santiguaban pensando que dentro del féretro iba el cuerpo descabezado de su pariente y no cesaban de temer una maldición. Maldición que sin duda no dejó de perseguir al fantasma de nuestro hombre, pues, desde ese momento y generación tras generación, todos afirmaban verlo, rondar los alrededores del Camposanto, así tal cual estaba, sin cabeza sobre los hombros, portando eternamente en la mano un retrato de su rostro en plena juventud.

MVF©

 

Texto basado en la imagen, elaborado para la sección Viernes Creativos, de El Bic Naranja

El plan

 

Comenzaba a ponerse el sol entre la arboleda cuando me puse en marcha. Había dejado a mis hermanos durmiendo tranquilamente en la casa del ogro, una vez que me aseguré de que este cayera a plomo desde el andamio. Su mujer era buena y consentiría de buen grado casarlos con sus siete hijas. Por mi parte, con  las  botas del gigante,  pensaba recorrer el mundo, hacerme cartero y llegar a ser tan famoso que narraran mi vida en un cuento.

 

Relato finalista en el I Certamen de Microrrelatos María de Molina, basado en la fotografía propuesta.

https://www.mariademolina24ediciones.es/resultados-del-certamen

 

 

Después de 1984…

 

 

Dentro de uno o dos años sus propios hijos podían descubrir en ella algún indicio de herejía. Casi todos los niños de entonces eran horribles (…) este salvajismo no les impulsaba a rebelarse contra la disciplina del Partido. Por el contrario, adoraban al Partido y a todo lo que se relacionaba con él. Las canciones, los desfiles, las pancartas, las excursiones colectivas, la instrucción militar infantil con fusiles de juguete, los slogans gritados por doquier, la adoración del Gran Hermano…

La violencia, la manipulación, la tiranía, en suma, ejercida por niños a una edad en la que, por su naturaleza, habrían de vivir ajenos a estas perversiones, alcanza el punto máximo de crueldad cuando genera temor en los adultos que los rodean. Temor al propio hijo, a la propia hija, que oye y ve cosas en casa que se desmarcan, o pueden desmarcarse, del orden político y social que impera. Esta tiranía del sistema que describe Orwell, en su 1984, lejos de parecernos ficticia y lejana se acerca de manera alarmante a nuestro tiempo, multiplicando sus riesgos exponencialmente con el auge tecnológico de nuestros días. Dispositivos móviles en forma de teléfonos, tabletas, ordenadores, MP4, consolas de videojuegos… son parte del arsenal con el que armamos a nuestros niños de hoy. Todo nos parece justificable hasta que, tarde y mal, caemos en la verdad que encierra esa expresión que dice: Nadie es inocente. Y  no hace falta ir muy lejos para percibirlo. De hecho, muchas veces basta una simple aplicación para que nuestros niños se harten de cazar Pokemóns, por ejemplo,  por toda la ciudad. Y lo de los Pokemóns es lo de menos. Lo que importa es tener una excusa para salir de caza.

De pronto, tanto el niño como la niña empezaron a saltar en torno a él gritando: «¡Traidor!» «¡Criminal mental!», imitando la niña todos los movimientos de su hermano. Aquello producía un poco de miedo, algo así como los juegos de los cachorros de los tigres cuando pensamos que pronto se convertirán en devoradores de hombres.

Parémonos a pensar. Hace tiempo que hemos dejado atrás 1984, pero la Policía del pensamiento, el Gran Hermano y, en definitiva, la alineación del ser, no ha hecho más que empezar.

 

Manuela Vicente Fernández

Artículo elaborado para el blog/ diario digital El humanista

 

A veces…

 

Escha van den Bogerd
Pintura de Escha van den Bogerd

A veces sueño.

Abro los ojos hacia dentro

y estás ahí,

al final de una realidad

que abarco con mis manos

en la que ya no eres

un muñeco que otros manejan,

que se deja manejar a sabiendas

de que cuelga de unos hilos tan débiles.

Sueño que no eres de cartón piedra

tan cobarde que ni siquiera existes.

Sueño que hablas y no enhebras palabras

de otra historia que no es la tuya.

Sueño.

Que no he estado inventándote,

creándote

a imagen y semejanza de mi ausencia:

ese agujero no cubierto,

ese grito

que amenaza con desbordarme.

Sueño.

Qué estás delante de mí y te pregunto:

¿Cómo diablos has podido

ser tan imbécil?

 

 

 

Después de la tormenta

 

La imagen puede contener: una o varias personas, personas sentadas, cielo, árbol, nube, exterior y naturaleza

 

Pensaba que por fin había encajado en un grupo que me comprendía y respetaba. Un grupo de compañeros leales con los que no tenía que fingir ser quien no era. Habíamos coincidido en una etapa del camino y enseguida conecté con ellos. Cierto que eran un tanto singulares, pero no mucho más que yo mismo, después de todo… ¿de quién puede decirse en nuestros días que no sea singular? Jamás pasó por mi mente, ni por un momento, la idea de que todos ellos fuesen un engaño más del sistema. Solo cuando la tormenta dañó sus baterías y cayeron delante de mí, uno tras otro, me di cuenta de lo estúpido que había sido confiando mi amistad a un puñado de replicantes.

MVF©

Foto: Vincent Bourilhon

 

Micro basado en la imagen elaborado para el grupo EL Bic Naranja 

y publicado en su espacio  Viernes Creativos