Madre Naturaleza

 

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Todas las tardes le oía tocar al piano.  Desde su piso subían al nuestro, como efluvios de otra época, las melodías, siempre clásicas, que interpretaba. Ante mis ojos de dieciséis años, un misterioso músico de veintitantos que vivía solo y entraba y salía a su completo antojo, era el sumun de la libertad. Estaba en esa edad en la que mi cuerpo florecía ante mi propio asombro, despertándome del dulce letargo de la infancia para arrojarme a un mundo de sensaciones, olores, y estremecimientos, que desconocía. Palabras como virginidad, orgasmo, varonil, o enamoramiento, bailaban sobre las lecciones de gramática o los libros de lectura del instituto. De repente, todo olía a sexo, a juventud, a prisa; olores que intentaba ocultar con el desodorante de después de la ducha, la colonia de fresa de la droguería, o los kilos de laca fuerte que aplicaba por capas en mis cabellos. Y, en medio de esa algarabía, abriéndose paso entre el  atropellamiento general, las notas de su música  se colaban cada tarde hasta la última célula de mi cuerpo, haciéndome notar su presencia.

El día en que, siguiendo las notas musicales, tuve el coraje de llamar a su puerta, fue el día en que la naturaleza no aguantó más con el asunto. Mamá había salido con prisa a casa de la abuela Inés que, en uno de sus habituales despistes, se había dejado el grifo abierto y navegaba en barca por la cocina,  no sin antes pedirme que me ocupase de tender la colada que ella había dejado a medias al atender al teléfono. Fue precisamente mientras tendía la ropa, cuando el azar tejió los hilos que me llevaron hasta su puerta. El sujetador de mamá resbaló de mis dedos hasta caerse encima de sus cuerdas, justo debajo de las nuestras. Horrorizada de ver, entre sus finos suéteres de algodón, aquel sujetador de vieja, con aquellas enormes copas de color carne que parecían hechas para contener pelotas de agua, me debatí entre la vergüenza de reclamar la prenda o asumir el bochorno de que la descubriera. De  cosas como estas se hacen montañas a los quince años, cuya resolución pasa casi siempre por recabar segundas opiniones, por lo que opté por llamar a Flora, una de mis amigas más íntimas, para preguntarle:

    

    -No seas tonta, baja a pedirle la prenda. Es la excusa perfecta para platicar con él―me dijo, divirtiéndose con la situación―   eso sí, asegúrate de decirle que es de tu vieja, no vaya a creer que  también usas bragas hasta el ombligo.

 

Enfadada por la desfachatez de mi amiga, colgué el teléfono enviándola a freír morcillas, pero, después de pensarlo un rato, decidí que era mejor tomar el toro por los cuernos y asumir la vergüenza. Después de todo, puede que no tuviese muchas más oportunidades como ésta.

Cuando abrió la puerta me quedé muda un par de minutos. Hacía calor y salió a abrir con la camisa abierta y unos vaqueros viejos medio desabrochados. Al darse cuenta de mi azoramiento, sonrió burlonamente abrochándose un par de botones.

―Hace calor, y la ropa solo es un estorbo –dijo.

―Sí, claro ―respondí a media voz, sin saber cómo decirle a continuación que venía a buscar el sostén de mi madre.

―¿Querías algo? ―fue su lógica pregunta.

―Esto, sí… yo… bueno, es que se me ha caído una prenda a tus cuerdas al tender la ropa.

―¿Una prenda? ¿Cuál es?

―Bueno, si no te importa y me dejas pasar a recogerla…

Con un curioso gesto que era a la vez de interrogación y sorpresa, se apartó del umbral a la vez que hacía un ademán de paso con sus manos:

―Como gustes, vecina. Al final del pasillo a la derecha.

Sabía que me seguía y, por un momento, pensé que podía oír el atronador latido de mi corazón amenazando con escaparse de mi pecho.

Cuando me vio estirarme para alcanzar el sujetador que  había quedado enredado entre dos de las cuerdas, me ofreció su ayuda:

―Espera, no vayas a ser tú la que se caiga ahora. Déjame a mí.

Tras un lapsus de tiempo que se me hizo eterno, me entregó la prenda sonriendo pícaramente:

―Siempre he pensado que estos sujetadores valdrían de alforjas para las balas de cañón.

―Bueno, ya sabes es de…

―Tu vieja. Claro que lo sé. No necesitas decírmelo. No hay más que verte ―respondió mirando directamente a los botones de mi pechera.

Roja como la pulpa de las sandías, di media vuelta bruscamente para marcharme, cuando sentí que me tomaba del brazo.

―Escucha, no he querido ofenderte. Al contrario, me pareces una joven muy dulce…

―Me gusta mucho como tocas al piano ―me sorprendí diciéndole.

―Quédate un rato y podrás oírme en directo.

Ese rato se convirtió en toda la tarde. Toda la tarde llena de sus manos. Sus manos en el piano y en mi cintura. Sus manos arrancando de mi cuerpo otro tipo de música. Sus dulces manos, enseñándome el camino a un mundo lleno de contrastes, que salía a recibirme entre las notas musicales y el anticuado sujetador de mi madre.

Relato publicado en la Revista argentina Extrañas Noches -Literatura visceral- (01/03/2017)

Enlace a la publicación:

http://www.revistaextranasnoches.com/single-post/2017/04/01/Madre-Naturaleza

http://www.revistaextranasnoches.com/inicio-1/author/Manuela-Vicente-Fern%C3%A1ndez

Imagen:http://2.bp.blogspot.com/_eaRLWWSD66w/TMX04C-K11I/AAAAAAAAFl8/JeAAItxqVAg/s1600/piano+(1).jpg

El primer día de clase

Foto del Álbum familiar (Comas, 1922) cedida por Ana Vidal (elbicnaranja.wordpress.com)
Foto del Álbum familiar (Comas, 1922) cedida por Ana Vidal (elbicnaranja.wordpress.com)

El primer día de clase, tras ponernos los consabidos mandilones, nos hacían salir al patio para dar la bienvenida a Don Manuel, director del honorable internado de señoritas “Santa Eulalia”

Cogidas de la mano por parejas, salíamos a recibirle, entonando el himno del colegio:

Las niñas de Santa Eulalia son las mejores

Saludan a Don Manuel, como mandan los mayores

El director repartía bolsas de caramelos para las niñas y bombones para las monjas. Tras recibir nuestra recompensa, caminábamos en fila detrás de ellos, aprovechando el momento para sacarles la lengua y hacerles toda clase de muecas; si Sor Jimena,  alertada por el alboroto de nuestras risas, se volvía a mirarnos,  todas bajábamos la cabeza al momento y pedíamos disculpas. No habría día, en todo lo que quedaba de curso, en que estuviésemos tan unidas como en ese momento.

 

©Manoli VF

 

Texto basado en la imagen, elaborado para la sección Viernes Creativo de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/03/03/viernes-creativo-escribe-una-historia-178/

Todos los lugares son Venecia

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior
Imagen: Morning in Venice (Richard S. Jonhson)

 

Era muy joven. Muy joven y muy bella para estar allí, decían. Como si juventud y belleza fuesen incompatibles con su estado. La persona que la acompañó, al ponernos en antecedentes sobre los motivos del ingreso, nos dijo lo que teníamos que hacer: “Hace tiempo que descubrimos que era más efectivo que las pastillas, por favor, pruébenlo siempre antes”.

Durante un tiempo convivió entre las demás internas sin problemas; siempre envuelta en un halo de misterio, y ensimismada en sus propios pensamientos, respondía educadamente a cualquier pregunta, y daba los buenos días a todo aquel con el que se encontraba. Con el inicio del otoño comenzaron las crisis hasta que, aquel sábado lluvioso de noviembre, tuvo una demasiado fuerte. No bastaron los baños relajantes, ni el aumento de la medicación; ya íbamos a tomar medidas mayores cuando recordé lo que nos había dicho su acompañante. Detuve a la enfermera, y fui a buscar sin demora el telón de fondo que permanecía enrollado en la taquilla de su habitación. Era un desplegable de una estampa de Venecia. Entre dos auxiliares y yo, la llevamos a la terraza y la sentamos al lado de la baranda, colocando detrás el escenario de la ciudad de los canales. Al instante la serenidad regresó a su rostro.


Releí el historial, centrándome en aquella parte turbia de su pasado, que hablaba de su conmoción al regresar de la romántica región italiana y encontrar la masacre a su alrededor. Ahora miraba con calma las aguas tranquilas. Había regresado al tiempo anterior. Al tiempo en el que todos los instantes y todos los lugares eran Venecia.

© Manoli VF

 

Texto  basado en la imagen, elaborado en el blog de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/02/todos-los-lugares-son-venecia.html

 

El siseo del tiempo bajo la piel

Hay algo que aún no te he dicho…

Por más que aparente ser una mujer seria, afanada en mil y un quehaceres cotidianos; por más que me embarque en infinitas luchas, dejándome la piel en cada nueva causa; Por más que discurra cada día por las mismas calles y avenidas, fingiendo saber adónde voy… No te he dicho que pierdo la noción del tiempo siguiendo el vuelo de una cigüeña, que, al extender la ropa de la colada, el siseo que hace el aire sobre las blusas eriza el vello de mis brazos… No te he dicho que basta el hueco de una escalera, la mirada de un desconocido, el toque de un reloj, o el reverso de una revista, para llevarme lejos, porque, aunque nunca te lo haya dicho, hace tiempo que sé que nada es cierto. Que todo esto es mentira.

Texto elaborado para la sección Viernes Creativo de El Bic Naranja bajo la premisa de continuar la frase: Hay algo que aún no te he dicho…

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/02/24/viernes-creativo-escribe-una-historia-177/comment-page-1/#comment-5825

Sola hasta hoy

otra-margarita
Pintura: “¡Otra Margarita!” (Joaquín Sorolla)

 

Sola en el mundo. Ante los hombres y ante dios. Siempre sola.

Sola cuando intentó que no sucediese. Sola cuando sucedió. Cuando descubrió que el pecado, pese a todo, había enraizado en su interior y pretendía dar fruto. Sola, los nueve meses de gestación.

Había luchado para que esa vida no germinase, para no traer al mismo infierno en el que ella estaba, a una víctima más o, en el peor de los casos, a otro miserable criminal. Pero no hubo forma. Todos los brebajes que tomó, todos los remedios que intentó aplicar, fracasaron en su intención, y la vida siguió, como las malas hierbas, siempre adelante.

 No era más que una mujer sola. ¿Dónde estaban los guardianes del orden cuando los necesitó? Cuando su voluntad fue forzada, cuando lo perdió todo… Nadie le tendió una mano. Luchaba por  sobrevivir trabajando de sol a sol, sin más recompensa que un mendrugo de pan y un plato de caldo desgrasado. Hay actos ilícitos que se parecen a una obra de caridad. ¿Para qué dejarle crecer entre el frío y el hambre? En un mundo sin medicinas, sin ropa, sin calor, esperando a que las fiebres y la miseria se lo llevasen. Cuando lo tuvo entre sus brazos, su mente dijo no.

Hoy, por fin, va acompañada. La conducen, como a un vulgar reo a su condena que, para ella, es lo más parecido que conoce a la libertad.

                                                                                                            

                                                                                  ©Manoli VF

Texto basado en la imagen, elaborado para el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/02/sola-hasta-hoy_20.html

 

 

Solos en la carretera

cochinillos
Imagen: Pedro Luis Raota

Nos fuimos con poco más que lo puesto, en cuanto terminó la ceremonia. Lo habíamos perdido todo en el casino la noche anterior; bueno, todo no. Nos quedaban dos cochinillos de la última apuesta, la que había hecho Dora, la granjera: “Si sois capaces de cargar con vuestras maletas y marcharos a pie hasta el pueblo después de la boda, os regalo un par de lechones”.

No estábamos en Las Vegas, ni éramos Nicolas Cage y Elisabeth Shue. No, nosotros nos queríamos de verdad y teníamos toda la fuerza de nuestro amor para empezar de cero. Habíamos apostado nuestro corazón para irnos juntos, sucediera lo que sucediera.

 

                                                                                            © Manoli VF

Texto basado en la imagen, elaborado para la sección Viernes Creativo (El Bic Naranja)

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/02/17/viernes-creativo-escribe-una-historia-176/comment-page-1/#comment-5795

 

 

 

                                                                                                                                                                                                       

 

 

Velando sueños

Escena de noche (Peter Paul Rubens)
Escena de noche (Peter Paul Rubens)

Abuela Inés creía que encender velas ayudaba a las ideas a cobrar forma. Decía que cualquier sueño, por imposible que pareciese, tenía su hueco en la imaginación, y para encontrar la salida necesitaba luz, mucha luz. Si alguna vez me sorprendía pensativa, con cara de preocupación o llorosa, me hacía una seña para que la siguiese. Yo trataba de disimular, porque en casa todos decían que no hiciese caso a la abuela, que tenía floja la cabeza desde que se cayera por coger moras, y continuaba un tiempo con la tarea que tenía entre manos antes de seguirla. Las dos sabíamos que las cabezas flojas son las que mejor ven todo tipo de ideas, porque estas cosas vienen de otros mundos, y en las cabezas duras no entran.

Abuela tenía su propio ritual, en el que me invitaba a describir mi idea, con todo lujo de detalles, en las hojas de un cuadernillo hasta completarlo. Después doblábamos cada cuartilla, echándolas en su cesta de mimbre a la espera de la media noche. A la hora indicada, encendíamos unas cuántas velas y quemábamos las cuartillas en un plato de acero que colocábamos sobre una toalla mojada. Abuela Inés decía que, con los cuatro elementos representados, la idea abandonaba el mundo de la imaginación y se concretaba.

Aún hoy, tropecientos años después de la muerte de abuela Inés, en cada víspera de su aniversario, escribo nuevos deseos al tiempo que me parece verla, a la luz de las velas, con su cesta de mimbre llena de moras, aquellas que en su día se le escaparon de las manos.

© Manoli VF

 

Texto basado en la imagen. Elaborado para el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos.

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/02/velando-suenos.html

 

 

La mimo

Pintura de Liu Yamin de su obra: Cuaderno De Retazos
Pintura de Liu Yamin de su obra: Cuaderno De Retazos

Tenía un nuevo aliciente. Al principio, le había parecido duro posar durante horas en la calle. Aunque el clima era bueno, este trabajo no era para todo el mundo. No era fácil permanecer estática, sin sentir el peso del cuerpo, la tensión de los músculos, obligados a permanecer quietos y, sobre todo, el maldito picor, torturando como una mosca las distintas partes de su cuerpo. Pero ahora la cosa había cambiado. Recordando el tacto de sus manos se le iban las horas. Liviana, como si las alas de ángel que le tocaba llevar esta semana la elevaran del podio terrenal en el que posaba, esperaba a que llegaran las doce del mediodía. Sabía que entonces, como si de un transeúnte más se tratase, él haría su aparición. La miraría un buen rato para, al final, acercarse a ella y arrojar al cuenco unas monedas, sin olvidarse nunca de comprobar la posición de su anillo, que hoy, desde su dedo pulgar le indicaba que su esposo aún seguía de viaje de negocios.

Microrrelato basado en la imagen. Elaborado para el blog grupal que administro http://www.nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es

Enlace a la entrada:

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/02/la-mimo_96.html

 

La extraña maleta o la curiosidad de Petra, la hostelera

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Foto: Rosa Martínez

En los muchos años que llevaba atendiendo huéspedes en su pensión, doña Petra, no se había topado nunca con uno que le suscitase tanta desconfianza; y mira que había gente rara, señor, como aquel don Juan de poca monta que se pasaba el día recitando coplas y gritando piropos por la terraza a las muchachas que pasaban por la calle; o aquel otro, que se hacía llamar Nicolasón, como el del cuento, y se empeñaba en cenar sardinas en conserva todas las noches porque decía que tenían mucho hierro; y las mujeres también se las traían, también, que aún se acordaba de la tal Loli, que llegaba siempre borracha y llamaba a las puertas de los durmientes para escándalo de todos; pero como este… ninguno oye, pero que ninguno. Porque este señor que acababa de llegar la semana pasada, este señor que decía llamarse cada día de una manera y, cuando le preguntaba al respecto, juntaba todos los nombres: «Juan José Fernando Lucas Santa María, para servirla, doña Petra» se llevaba la palma de las rarezas. Por si fuera poco, le daba la noche a los demás. Debía tener grandes averías, porque se la pasaba  hablando consigo mismo y respondiéndose con distintos tonos de voces: «¡No me mandes callar, Abelardo!» gritaba con voz aflautada, como si fuese una señorita, para responderse en el acto: «¡No me toques las narices, niñata!». Que no. Que su condición de hostelera no la dotaba de santa paciencia ni sus huéspedes se merecían tal falta de respeto. Ese mismo día, en cuánto se fuese, sacaba sus cosas y, al llegar, le ponía de patitas en la calle. Al entrar en su cuarto, le llamó la atención una extraña maleta. Pesaba poco y su contenido, al moverla, sonaba como un montón de huesos. “No sé si llamar a la policía” se decía la Petra, sin muchas ganas. La posó en la mesa de la terraza y, después de darle dos vueltas al asunto, presa de la curiosidad, la abrió en un arranque sin precaución alguna. Lo que vio dentro le aclaró de golpe todas las dudas en cuanto a la condición de su huésped: no era más que un simple titiritero.

Texto basado en la imagen. Elaborado para la sección Viernes Creativo (El bic Naranja)

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/02/03/viernes-creativo-escribe-una-historia-174/#comments

La cita

alessandra_sanguinetti_cultura_inquieta3Foto: Alessandra Sanguinetti

El amigo de su madre sabía que ella deseaba una entrada para acudir al festival de baile y fue él quien le pidió que estuviese a las cinco de la tarde en la parte de atrás de la granja. Tenía que estar allí, a las cinco en punto y no olvidarse de llevar alguna ofrenda, podía ser un dibujo, o un ramo de flores, lo que ella quisiera. Tampoco debía olvidar cubrirse los ojos con una venda. Nadie puede ver al Rey de los deseos. Si no lo hacía así, este podría enfadarse y tomar represalias contra los animales o, incluso, contra ella misma.

Siguiendo sus instrucciones salió, a la hora indicada y se pegó a la pared; después se cubrió los ojos con un pañuelo y, sosteniendo el ramo de flores, esperó a que se presentara. Antes le había preguntado cuánto tiempo habría de estar esperando y cómo sabría de la llegada del rey, y la respuesta había sido que habría de permanecer allí, sin moverse, hasta que el reloj de la torre diese las seis.

Así lo hizo, con la venda en los ojos y un ramo de flores en las manos permaneció pegada a la pared. Le dolían los brazos y, de vez en cuando, los bajaba. Para aguantar el aburrimiento recurrió al truco que su madre le había enseñado: imaginar que no estaba allí, sino dónde prefiriese estar en ese momento. Así que se visualizó ya en pleno festival, oyó las canciones y se vio bailando. Tan metida estaba en el baile que casi no oyó las campanadas de las seis desde el reloj de la torre. Gracias a Dindo, el perro, que ladró alborotando a las gallinas, volvió a la realidad y se quitó la venda, con el tiempo justo de ver, además de la invitación a sus pies, como el coche del amigo de su madre arrancaba mientras esta le despedía.

Texto basado en la imagen, elaborado para la sección Viernes Creativo de El Bic Naranja (WordPress) bajo la premisa de “Escribir sin adjetivos”

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