Mil capas de piel

El tiempo es un barco de papel
que al resguardarse de la lluvia
arrastra hojas sobre su superficie,
conchas que un día recalaron en él.
Un barco de papel hecho de alambres, ruinas,
cáscaras de naranja, desechos
de antiguas flores de lis.
Me gusta la chapa de tu barco,
dice un desconocido sin saber
que es una mugre de restos encallados,
naufragios de otras vidas,
trozos de otras ciudades,
destrozos de otros cuerpos,
banderas descoloridas,
vasos de Ginebra vacíos.
Sí, el tiempo es solo un barco de papel
donde las palabras se mezclan
y los ojos se vuelven ciegos
donde la memoria persiste
en esconderse
detrás de un extraño compost
de desvaríos
ocultos en mil capas de piel.

Imagen extraída de la red

MVF©

18/03/2022

Eternidades

De amanecer se me llenan las manos
haciendo
aguas entre los dedos.
Una canción que siempre me acompaña.
Una tarde,
larga y doliente como el último trino
del penúltimo pájaro.
El dolor es un sueño que se astilla,
ala rota en el cielo zozobrando.
De ausencia se me secan
las cuencas de los ojos
buscando otras miradas.
Pero aún tu calor es mi refugio,
como del fuego el ascua,
aún mantengo en mis manos el instante.
Abrázame despacio, dice el día,
polvo de mariposa, cuesta abajo.
De amanecer se me llenan las plantas
del balcón,
agrietadas de escarcha.
Abrázame despacio, dice el niño,
que crece mientras duerme abriendo brazos
al devenir del ciclo de estaciones,
al leño en la cocina,
a los maullidos de los gatos del barrio.
De amaneceres se hacen nuestras vidas
hasta quedarse en blanco.
Abrázame despacio, dice el vientre
de la mujer en cinta, atesorando,
sus recuerdos de niña en la memoria
cada vez más exigua de su madre.
Abrázame despacio, dicen todos
los heridos amantes,
no sea que mi costado cruja, roto,
como una cuerda suelta de guitarra.

MVF©

Aterrizaje en el centro comercial

Francis aterrizó sin problema. En su lengua se comunicó con el centro de operaciones. Le dijo que había llegado sano y salvo al planeta tierra. Como los camaleones en el desierto, su piel adquirió pronto el tono y apariencia adecuada para no levantar sospechas entre los terráqueos. Comprobó su ubicación y vio que los cálculos habían sido correctos. Enfrente se extendía un enorme edificio que se anunciaba con el ridículo nombre de El Corte Inglés cuya traducción a su idioma le resultó imposible de realizar. No sabía si se trataba de una cristalería o una sastrería inglesa. Le llamó la atención la cantidad de luces de colores. Estaban por todas partes, recubriendo ventanas y hasta en los parkings, incluso revistiendo figuras de animales metálicos. Parecía un espectáculo. Disfrazado como estaba, se dispuso a entrar en el centro inglés ese al que parecía acudir mucha gente. Comprobó al momento que de inglés solo tenía el nombre. La gente allí reunida hablaba sobre todo castellano. No era nada raro, sabiendo que había aterrizado en España, concretamente en Zaragoza.  Se había informado mientras viajaba en la capsula espacial. Idioma: castellano; país: España; fecha: 22 de diciembre.

El centro era una especie de almacén en el que había de todo. Ropa, objetos variados, incluso relojes. Se asustó y dio un respingo al oír un vozarrón fuerte al tiempo que el sonido de una campanilla: ¡¡¡Jóu, jóu, jóu, feliz Navidad, niños!!! Exclamó un personaje extraño. Llevaba una barriga postiza y un pegote de barba blanca. Francis se apresuró a informar al centro de mando de la presencia de un divergente. Intentó afinar sus antenas para analizar al sujeto. Llevaba una campanilla absurda y una pequeña saca de caramelos. Enseguida, su sentido de adaptación ordenó a su organismo acomodar su estatura y complexión hasta ofrecer la apariencia de un niño. Una vez asumida su nueva identidad, se acercó al gordo de la barba blanca y el traje rojo  y con voz infantil le preguntó:

―¿Me puede decir qué es la Navidad?

―Jóu, jóu jóu, ¿Qué es la Navidad? ¿Qué es la Navidad? ¿Pero qué clase de pregunta es esa, pequeño? ¿Tus padres no te han hablado del espíritu navideño?

―En realidad no tengo padres. Vivo con un tío muy mayor.

―Oh, permíteme que te regale unos cuántos caramelos. Pues a ver, la Navidad, la Navidad es… ¡Puede ser lo que tú quieras que sea!

―¿Lo que yo quiera? ¿Puede ser un Ferrari la Navidad? ¿Puede ser una barbacoa?

Francis decía palabras al azar, del vocabulario recién cotejado. Palabras que parecían importantes porque estaban guardadas en el apartado de «Destacadas». El hombre de rojo, que en el diccionario espacio temporal habían catalogado de personaje navideño, le miraba con gesto preocupante.

―¿Un Ferrari la Navidad, una barbacoa? ¿Pero tú de qué lugar vienes, chico, de un gulag o de la edad media?

―¿Gulag? ¿Edad media? Oh, no, yo vengo del siglo XXI, ya hemos trascendido ese tiempo.

―¡Por todos los santos! ¡Qué me aspen si entiendo a los niños de ahora! Jo, jo, jo, toma, chiquillo, doble ración de caramelos, por lo del Ferrari. ¡No abandones tu sueño!

Francis se alejó, despistado, del personaje excéntrico y vagó por el centro inglés que no tenía nada de inglés. Su antena captó varias conversaciones:

―Para Papá Noel le voy a regalar a Lucas la Play Station pero para Reyes que le regalen los otros abuelos. No hay dinero que llegue para los niños ahora.

―La Navidad es un derroche. A ver quién pasa después la cuesta de enero.

Francis no entendía gran cosa. Deambuló un poco más por el centro a la espera de reunir nueva información, pero todas las conversaciones contenían más o menos las mismas palabras: regalos, Navidad, Papá Noel y Reyes. Incluso se dio de bruces con más personajes vestidos de rojo con barbas blancas y redondas barrigas postizas, que clamaban con voz grave: ¡Feliz Navidad!¡Feliz Navidad!

―Este centro inglés está loco ―informó Francis a la nave nodriza― los niños hacen fila para ver al personaje divergente. Piden máquinas de juegos a las que llaman consolas, teléfonos, tabletas y demás dispositivos comunicadores. Apenas hablan entre ellos, salvo para elegir artículos del almacén que cambian por esos papeles que el diccionario califica como dinero. No hay nada interesante en esta raza. Malgastan energía a raudales y tiempo. Corto y cambio. Voy a subir a la nave y continuar mi trayectoria. Este lugar es tóxico y sus habitantes extraños, llevan cubierta la boca, no sé si por las toxinas o para no morderse entre ellos. Para mí que algo falla en sus cabezas.

#unaNavidaddiferente

A otra parte con este cuento

Apagó la tele.  Estaba cansada del cuento de todos los años. La cantinela de felicitaciones estaba por todas partes. No era solo la caja tonta, aunque de esta había sido la culpa desde el principio. Se dirigió al escritorio, encendió el ordenador, abrió el Word y tecleó al dictado de su mente:

«¡Hollywoodienses del carajo! ¡Toda la culpa la tiene el cine! En mis tiempos no pasaba esta mierda. No había centros comerciales y el turrón estaba tan duro como las piedras. ¡Por todos los santos! ¡Si hasta había que partirlo con un martillo! Ahora todos se han vuelto majaras en Happylandia. Aquí todos somos evangelizadores, como en la conquista de América, colonizando las calles con las mentiras navideñas. Solo hay que verles. ¡Pobres infelices!, condenados a repetir todos los años la misma fiesta con las guirnaldas, los blandengues muñecos de nieve y hasta el gordo ese del traje rojo. ¡¡Papá Noel!! ¿A quién se le ocurre? Ni en sus peores pesadillas hubieran previsto nunca nuestros ancestros que en todo Occidente iba a reinar en estas fechas el gordo ese de la campanilla y el saco de caramelos. Solo hay que salir a la calle en cualquier lugar, así sea el pueblo más pequeño y perdido en el culo del mundo, para ver las ventanas engalanadas con pegatinas y postales llenas de renos. Lo que hace el puto sistema de los cojones, que ya desde la escuela les mete a los niños el tonto cuento consumista en la cabeza.

»Hay niños a los que se les muere el padre en Navidad, por Dios bendito, estas cosas pasan. Se muere la gente, se despide a la gente, da igual que sean o no fiestas, nadie para, ni por un momento, la rueda de picar carne. Hay madres que tienen mil agujeros por cubrir y arriesgan el sueldo para comprarle una consola al niño para que no piense que ha sido malo y no se la merece. El puto desastre de siempre. Porque a ver cómo le dices al hijo que su amigo se ha portado como Dios manda y por eso ha tenido mejores reyes ¡y tan mejores, que le han traído la última consola y hasta tres juegos nuevos!  ahí no hay competencia leal posible y esta mierda es la que nos venden para después extrañarnos de que la juventud pierda cada vez más valores. Y venga, foto fantástica de la consola para las redes sociales. Porque ahí si que ya llega la mierda hasta los bordes. Navidad primorosa, Navidad de la buena, de champán y uvas para comerlas aunque sea de aquella manera, bajando y subiendo la mascarilla a la vez que agitas el pasaporte con el certificado de la vacunación covid. Sí, sí, que aquí estamos todos vacunaos, jefe, pónganos otra ronda, y los villancicos siguen cantándole a la mula y al buey entre pandemia y pandemia.

»Da igual lo que digamos en la intimidad. Que cada una o uno agarre el teléfono y le cuente a su mejor amigo o amiga lo que detesta estas fechas, fechas en las que tienes que sonreírle a la suegra aunque te lleves con ella a muerte, o regalarle al jodido de tu sobrino pequeño lo que menos merece. Da lo mismo y ahí estamos todos, masticando uvas pasas y comiendo a mansalva polvorones como borregos, aunque al llegar a una edad nos pase factura subiéndonos el azúcar, mira tú esta, si a nadie le amarga un dulce aunque sea obligándolo. Pues vaya, que todos los años decimos lo mismo los cuatro gatos de siempre: que a ver si aparece alguien y se lleva la Navidad con toda su tontería a otra parte. Que hasta en plena pandemia se abrió la veda, yo no sé si por los niños o por los comercios. Me da igual. Lo que es yo, si me tocara la primitiva, que no la lotería, porque no juego a un premio en el que tengo que gastar más que en veinte quinielas para que me toque menos, yo pagaba con gusto lo que fuese a quien se llevase la Navidad para siempre.

»Qué gustazo, despertarse un año en estas fechas y ver que sí, que todo quisque está esperando vacaciones para celebrar la llegada del invierno, para calentarse junto a la estufa y comer caliente. Sí. Sí. La llegada del invierno, que es bien duro y que mantengan la paga extra pero sin la obligación de regalar consolas a los peques,  chales de cachemira y guantes a  suegras y suegros, entradas para el concierto de año nuevo o el centro de estética. Que está muy bien el espíritu cooperativo y la solidaridad en las empresas si es para rebajar el precio las eléctricas y las gasolineras, que ese sí es el espíritu bueno. Luego ya, que cada quien vea si se junta o no con la family, con los padres o con los suegros, los que los tengan; pero que quiten al gordo ese de los cuernos y los trineos, que ya bastante cornamenta llevamos puesta. Que quiten los putos árboles metálicos de las plazas y dejen de cantar en todos los bares a coro que los peces beben».

Cerró el entrecomillado y acabó de rematar el texto. Sintiéndose más liviana, encendió la calefacción, subió a su blog el escrito y envió el enlace, sin ninguna expectativa, al concurso de Zenda. No aspiraba a ganar nada, solo a poner por escrito lo que sabía que pensaba mucha gente.

#unaNavidaddiferente

Todo el tiempo

Pienso en ti y pensarte, al igual que sentirte, es todo el tiempo.

Como si pensamiento y sentimiento fuesen

un coexistir igual que el sol y el aire,

el ruido y el silencio.

Una aprende a morirse en cada parte

que le arranca la vida sin indultos,

igual que aprende a renacer no siendo

ese único fragmento de sí misma

que sellando su grieta forma un cuerpo

surgido de otros seres como surge

del árbol roto y seco un árbol nuevo.

Estoy hecha de ti y de mis orígenes,

por mi sangre elegida y heredada

corre libre el caballo del tiempo

del que cabalgas tú y aquellas almas

que me han hecho llegar a escribir esto.

Una aprende a llevarse, a conducirse,

a completarse en su memoria

alzando su pie sobre el recuerdo.

Los regalos ocultos

Para esta foto propuesta por el colectivo ‘Valencia Escribe’ en un día tan especial como el de hoy, he escrito mi especial propio (no es un relato, ni un poema, ni un micro, ni nada que se llame literario o se pueda etiquetar):

Todas las cosas (pocas) que no te dije
pero leíste en mis ojos, en mis manos,
en mis silencios, son, acaso, las mismas
que tú no me dijiste, las que guardaste entre tus manos, en tu pecho, y quisieras
haberme dicho.
Todas las cosas que no quise decirte y que te dije por no saber retenerlas a tiempo
(y el destiempo es como un asaltante de caminos) son, acaso, las mismas que tú me dijiste sin querer, sin pensar en decírmelas.
Todas las cosas que olvidé en el armario para dártelas, cual tesoros de un cofre protegido, son, acaso, las mismas que guardabas para dármelas en tu secreto cofre, siempre oculto.
Todas las cosas que no hallamos, todas las cosas que perdimos, se conservan ahora en nuestros cofres, esperando el momento de reunirlos.

Todos los lugares

Yo voy a casa,
paso por árboles llenos de otoño,
piso hojas secas al caminar.
No cantan los vencejos, no hay alondras,
el bosque está en silencio pero yo,
yo voy a casa.
Manos de niebla visten abetos,
cierran senderos, humedecen mis pies,
tiran de mi pantalón ramas resecas,
topos horadan los caminos,
ladran sin ganas algunos perros
como si sus gargantas engendrasen aullidos
para amedrentar a los intrusos,
pero yo no soy una intrusa,
aunque mi apariencia sea ambigua
como la de ciertas setas:
ojos con nieve y piel dura de tierra,
manos de aire y pies de raíces viejas,
cualquier animal de bosque puede desconfiar,
de mi aliento emana un lecho verde
y mis brazos son ramas leñosas de vid,
mi vino es agrio y mi garganta espuma
burbujas de cristal,
mi cuerpo es una mezcla de otros cuerpos pero a mí me dan lo mismo los faunos,
los centauros, los animales de dos pies…
Me dan igual, porque ya conozco este bosque, sé que de noche es un desierto de graznidos (cuervos invisibles a los ojos) y de día
todo vuelve a nacer.
Por eso no me importan las mentiras,
las reclamaciones que caen sobre mi cesta, las amanitas, los pájaros carpinteros,
o la ardilla que roe su nuez en un rincón.
Yo voy a casa.
No importa cual sea el camino ni el lugar.
Con mi mochila de miedos avanzo,
en forma de globos de helio por soltar.
Los ruidos de cascadas o las señales de humo a mí me dan igual.
Con la noche y el día entre mis mangas,
trenzo con mis pisadas el camino al andar.
Otros corren detrás de los tranvías,
van a hípica tres veces por semana
hacen sudokus al salir de trabajar.
Yo voy a casa.
No tengo prisa ni hora de llegada,
no tengo que avisar.
Yo camino en el bosque con mis cosas, aunque ninguna de ellas sea yo,
meto mis dedos en el hueco de los árboles
para extraer su savia.
He tirado el reloj.
El sol también va a casa cada día.
Ya somos dos.

Un día de estos

Un día de estos escribiré.
Me sentaré a escribir y soltaré
las letras encogidas,
las que yacen debajo de la cama,
de los tiestos de las plantas del balcón.
Las viejas letras, colgadas de las ristras
de cebollas, esas
que pican en los ojos, puñeteras,
y dejan
su acidez en la piel.
Las vocales redondas y cerradas
que han rodado enredándose
en mis pies,
las tercas consonantes descolgadas
que estorban los armarios,
las esquinas,
y me hacen dar traspiés.
Quizás, algún día de estos,
me atreva con las otras,
con las oscuras letras desterradas,
las dobles,
los porqués,
los solitarios acentos exiliados,
el ese, el este y el aquel.
Me asomarán debajo de la manga,
mientras compro manzanas en el súper,
los verbos descompuestos, las elipsis,
todas aquellas letras
que nunca escribiré
y tirarán de mí pidiéndome salida,
yo las disfrazaré
de siniestras ficciones malheridas
o de comedias negras sin saber
que cuanto más las vista y las camufle
más hablarán de mí.
Un día de estos, sí,
en cualquier momento,
me sentaré a escribir.

Los otros pájaros

Algunos árboles crecen en el cielo.

Arraigan por entre las nubes

y asoman sus largas ramas los días de viento.

En ellos se columpian los pájaros descarriados.

Los que han perdido el norte y el sur,

los que vuelan muy alto en la lluvia

y suben por encima del temporal.

Llegan cansados. A veces sin un ala,

Incluso sin las dos.

Tienen el tiempo justo de asirse a esa rama

que brota desarraigada de la tierra,

anclada únicamente de la intención.

Son los pájaros que no cantan.

Que miran en silencio a otros pájaros descarriados,

viéndolos caminar al revés,

buscarse en todos los espejos,

volando hacia la noche para encontrar el sol.

Son los pájaros que no tienen cobijo

y no siguen a los demás

porque su brújula no conoce límites

 y solo saben anidar en el corazón.

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Olor a ti

Rumor de pasos,

en la mañana gotas de agua

sobre el jardín.

Llueve despacio

tu voz ausente llena de ecos

llega hasta mí.

Miro mis manos y veo las tuyas

desde algún sueño que no viví.

Quizá soñemos que somos algo:

pedazos rotos de algún violín

que tañe un orbe que muda en cuerdas

nuestras arterias cuando el serrín

de nuestro cuerpo reseco y triste

derrama en versos nuestro sentir.

Leí algún día que la tristeza

puede ser bella como es un blues

desde la herida surgen las notas

que, desgarrándose, llevan a ti.

Hoy te celebro porque otro día

de hace mil lluvias llegaste aquí:

perdido y niño, tu piel olía

amarga y dulce,

floral y ácida, como el jazmín.

Hoy abro el frasco que guarda risas,

rosas y tierra de tu jardín.

Yo lo abro ahora, como dijimos,

para sentirte volar al fin:

libre, infinito, sobre la matrix

que gira y gira mientras tu risa

tal como era, perfecta y clara,

llega hasta mí.

01/09/2021