Un cuarto propio o la hermana ficticia de Shakespeare

El hecho de que allá por 1929 una escritora llamada Virginia Woolf se atreviese a publicar   el ensayo titulado Un Cuarto Propio, en el que analizaba las dificultades de las mujeres escritoras de la época para adentrarse en el mundo de la publicación careciendo del respaldo, no ya económico, sino social  y editorial para que se apostase por sus obras, es  algo que nos invita, casi noventa años después, a reflexionar sobre lo que la autora proyectaba que podía llegar a ser la literatura femenina en los tiempos venideros.

Al final del libro, Virginia lanza un mensaje que es, a la vez, una exhortación y una premonición sobre los tiempos futuros. Un mensaje claro, conciso:

 Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación entre ellos, sino de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton (…) entonces, llegará la oportunidad; y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas y como su hermano hizo antes que ella, nacerá.”

La hermana ficticia de Shakespeare, la misma que, de haber nacido en el mismo seno familiar y condiciones que él,  se habría visto privada de las ventajas de la educación, negándosele la posibilidad de escribir y de ser, en definitiva, una mujer diferente a la que se esperaba que fuese.

 Pero ahondando en el ensayo de Un Cuarto Propio y tratando de ir un poco más allá del análisis de la literatura actual femenina, podemos ver que,  más allá de la figura de la mujer como escritora y persona que puede desarrollar plena y libremente sus facultades, en el mensaje de Virginia Woolf subyace otra invitación mucho más amplia. La invitación,  extensible a todo ser humano con independencia de su género o condición, a vivir la propia vida, sin sujeciones a su sexualidad o demás prejuicios sociales. Porque Un Cuarto Propio lo que viene a reivindicar es, en esencia, el derecho inalienable e intransferible de cualquier autor a tener licencia creativa y la suficiente libertad personal para profundizar en la expresión de su propio arte.

 

Manuela Vicente Fernández

 

ARTÍCULO ELABORADO PARA EL DIARIO DIGITAL EL HUMANISTA (21/03/2018)

 

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La realidad y el deseo

 

Foto: Ann Mansolino (serie: Thresholds II )

 

Tenía los brazos eternos. Para  no lastimarse contra el suelo al caminar, ni dejarlos girar como cuerdas alrededor de su cuerpo, los embutía en unas largas y blancas mangas de algodón. Y así iba por la vida, acariciándolo todo a su paso y, a la vez, sin poder tocar nada de verdad.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo el tema: Relación entre el ser interno y la idea externa de identidad basada en la serie Thresholds II de la fotógrafa Ann Mansolino

Sueño adentro

Tuve un sueño. Soñé que tenía una casita en un árbol para mí sola. Una pequeña casa de madera, en la que refugiarme para contemplar las nubes, para ver el jardín desde arriba, el bosque, las piedras. Y soñé que las aves se detenían a beber agua, que reponían fuerzas a mi lado y me hablaban de sus viajes. De lo pequeño que se ve todo desde lo alto; lo lejos que parece el horizonte y cómo la línea del mar, ante la vista, se funde con el cielo. Y estaba tan a gusto en mi casa, tan sumida en mi ensueño, que me nacieron alas en la espalda y volé… sueño adentro.

 

Texto elaborado en los Viernes Creativos bajo la temática: Cuéntanos un sueño, del blog El Bic Naranja

 

Viajes

 

Foto: René Maltête

 

En todas partes, y no solo en Venecia, hay mujeres sirenas. Mujeres que, al llegar la noche, se llenan de escamas, sus piernas se unen en una larga cola de pez plateada. Esas mujeres, pocas, bajan a las profundidades. Y encuentran marineros perdidos, que están a punto de ahogarse. Los salvan del abismo del mar, despejan la sal de sus bocas, peinan sus cabellos enmarañados. Los conducen hasta la orilla, mientras susurran canciones en sus oídos, dulces canciones que les regresan de sus siniestros, de sus escarpados viajes. Yo conocí una vez a una sirena, cuando estaba a punto de ahogarme. La conocí y le pedí que se quedase conmigo. Y ahora, en las noches más oscuras, descendemos los dos a bañarnos.

Texto elaborado para la página Esta Noche Te Cuento bajo la temática: “Sirenas”

ENTC

 

 

El vuelo de Juan Salvador… o Juana

Hoy en día podría haberse llamado Juana. Y podría haber sido una gran planeadora, que volase tan alto como sus alas le permitieran. El mito del ave que se distingue de la familia de láridos para interrumpir la dirección de su vuelo y dedicarse a hacer acrobacias, no es un sueño imposible. ¿Por qué volar en grupo, al mismo ritmo y con la misma ruta, si podemos tener nuestro propio viaje? Tener la libertad de ser Juan, o Juana, comienza por detener el rumbo, pararse a preguntar: ¿dónde vamos? ¿Gaviotas planeadoras que vuelan bajo y soportan la lluvia de piedras, o aquellas que rompen el techo de los convencionalismos y vuelan más alto? En los tiempos que vivimos es una pregunta que, a todos los niveles creo, merece la pena plantearla.

 

Manuela Vicente Fernández ©

Artículo elaborado para el blog El Humanista

La luna en la calle Bailén

Es de noche en la calle Bailén. Echado sobre la cama  siento  la pegajosidad de mi piel, empapada en sudor. He bebido, pero no tanto como para olvidarme de ella. Estar solo conlleva pequeñas licencias, como la de fumar hierba tumbado sobre la cama, con la ventana abierta de par en par, las luces apagadas. Hace ya rato que arrojé los auriculares para cambiar a Metálica por el ruido callejero, los cláxones de los coches y los gritos del piso de al lado.

Pienso en Celia. A las once de una noche abrasadora de primeros de agosto. Veo su cuerpo desnudo, la blancura de sus nalgas, como dos medias lunas. Siempre me pareció que su piel era de un nacarado imposible. Sus pechos, pequeños y puntiagudos. Su cintura. Cómo me duele en este momento. En este momento, cuando trato de echar mano a la botella y ya no queda más. Ni una sola gota. Me bebería su sangre entera para perderme en ella. Pero ya no está aquí. No forma parte de mis días ni de mis noches. Su esencia está enterrada bajo siete llaves cuyos candados fueron arrojados al mar.

El humo carga el ambiente de la habitación y mi cabeza da vueltas. Celia… la única mujer que hubiera podido rescatarme, no está aquí. La atropelló, una noche como ésta, un tren que no esperaba. Sus pies descalzos caminaban sobre las vías y yo los recogí. Cargué con ellos toda la noche. De vez en cuando me hablaban. Lloraban por los pasos que nunca darían, los trenes a los que  no se subirían, las noches que habrían de venir. Noches como ésta, llenas de humo y de ginebra. De soledad.

Y lo peor, es que también ella está sola. Mucho más que yo. Porque ni siquiera puede contar consigo misma y esa es la única licencia que se permite ahora: el olvido. No sé si en la oscuridad de su noche entrará algún resquicio de luz. Si al mirar la luna se acordará de mí. La calle Bailén es un caos a estas horas. Alguien grita aporreando una puerta. Cuando la bebida y la hierba comienzan a hacerme efecto, me sumerjo en un breve sopor mientras mi mente se va llenando con la imagen de Celia. La chica que yo conocí, antes de que toda su familia pereciese bajo las aguas mientras luchaban por llegar a tierra,  y que ahora duerme, muy en el fondo de esa otra Celia que subsiste, en una de las celdas del hospital psiquiátrico en el que está recluida.

 

Cuento publicado en la revista zaragozana El Callejón de las Once Esquinas (marzo, 2018)

La puerta mágica o la aprendiz de maga

 

―Una vez encontré una puerta que estaba buscando una casa ―habló el mago.
―¿Y la encontraste? ―preguntó Alicia, la aprendiz de maga.
―Sí y no. Uno nunca sabe si está encontrando lo que busca cuando no tiene una idea definida de lo que es.
―¿Quieres decir que no sabías lo que buscabas?
―Prefiero decir que sabía lo que no buscaba.
―¿Y qué fue lo que encontraste?
―Bueno, digamos que las casas me encontraron a mí.
―¿Las casas?
―Sí ―respondió el mago, poniendo cara de estar revelando un secreto― A veces una misma puerta puede conducir a muchas casas. Todo depende del día, de lo que esperes encontrar y de la fuerza que apliques cuando la abras.
―Cuéntamelo todo, por favor ―pidió la joven aprendiz.
―Está bien, pero no seas impaciente. Te contaré la historia tal y cómo sucedió, pero después tú tendrás que atar los cabos sueltos y sacar tu propia conclusión.

»Yo caminaba sin rumbo fijo, casi a punto de desistir de mi objetivo –comenzó a contar el mago― Llevaba mucho tiempo buscando una casa. Pero no quería una casa cualquiera, sino una capaz de transformarse. Supongo que es difícil de explicar; pero jamás de los jamases imaginé que antes de encontrarla pudiese encontrar la puerta y, sin embargo, por insólito que parezca así fue. Tropecé con ella por casualidad, de hecho me salió al paso, porque de pronto estaba delante de mí. La puerta y yo solos: ¿te lo puedes figurar? no había nadie alrededor en varios metros a la redonda, ni siquiera edificios. Sin darme cuenta yo había caminado durante horas, en un estado de ensoñación. Iba como sonámbulo, sin pensar en nada, solo concentrado en mis propios pasos, en el aire cortándome el rostro mientras seguía hacia adelante. Andar y andar. Yo no sé si alguna vez has andado como si no pudieses parar, como si no tuvieses nada más que hacer y el objetivo mismo fuese seguir caminando. Pues así iba yo, concentrado en el camino y sin esperar nada y entonces ¡zas! ahí estaba la puerta, como si la intensidad de mi deseo y la energía que yo mismo había generado con mi pensamiento se hubiesen concretado en ella. Una lustrosa y robusta puerta con su aldaba de hierro forjado delante de mí. Fue en aquel momento cuando percibí lo mucho que me había alejado de la ciudad. No niego que sentí un poco de miedo y tuve el impulso de volver sobre mis pasos; de considerar que esa puerta, que había aparecido de la nada delante de mí, no era más que un producto de mi imaginación, exaltada por el intenso ejercicio. Pero mis dudas se esfumaron pronto. Si había llegado hasta allí era por algo y la puerta estaba esperando que reaccionase. Así que inspiré fuerte y tiré del picaporte, imaginando que hubiera lo que hubiese al otro lado era bueno. Nada más abrirla, me encontré ante un jardín lleno de exóticas y frondosas plantas. La vegetación era inmensa y un camino serpenteaba ante mí, cubierto de pequeñas piedras. Era increíble, como uno de esos jardines de cuento que dibujas de niño. Si era un sueño lo que estaba viendo no quería despertarme. Avancé por el sendero empedrado hasta lo que parecía ser una gran mansión. Al llegar a ella me detuve ante otra puerta, con su brillante aldaba esperándome.
―¿Y llamaste? ―pregunta la aprendiz de maga, expectante.
―Sí, Alicia. Llamé.
―¿Y qué fue lo que pasó?
―Que abriste tú. Abriste tú y comprendí que el sendero por el que los dos habíamos caminado hasta encontrarnos era el mismo. Por mucho que tú te creas aprendiz y a mí me llames maestro».

 

Fuente de la imagen: Pinterest

 

La línea quebrada

La presencia de dobles enlaces en los ácidos grasos tiene una importancia relevante tanto estructural como metabólica, ya que determina que las características sean completamente distintas, de tal forma que un ácido con enlaces sencillos tendrá una forma molecular rectilínea, mientras que un ácido de dobles enlaces presentará una inflexión en el lugar de su “doble enlace” que le hará tomar el perfil de una línea quebrada. Dicho esto, hay que tener en cuenta que un enlace simple es mucho más estable y resistente que un doble enlace, que siempre resultará más vulnerable y débil, aunque cuando este último se rompe se convierte, de forma invariable,  en un enlace sencillo.

La lección del metabolismo de los lípidos podía aplicarse a mi vida, pensé mientras miraba la cama doble y el hueco vacío del armario. Lo único que me reconfortaba entonces era saber que, al estar de nuevo sola, ya no sería tan vulnerable.

Manuela Vicente Fernández©

 

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo la premisa de utilizar un “lenguaje técnico” en la narración 

Diez cuentos para iluminar talentos (Luna Literaria)

 

Hoy quiero hablaros de un libro colectivo en el que he tenido el inmenso honor y placer de participar.

La historia de este proyecto comenzó para mí cuando leí las bases del concurso en el que componentes del equipo de Moon Magazine se habían embarcado para editar su primer libro y promocionar el género del cuento que, a pese a ser la base de la historia de la literatura oral y escrita, en los tiempos actuales no suele ser la opción más escogida por el lector, decidí inscribirme para participar. Al hacerlo, no podía imaginar lo mucho que me compensaría haber tomado esta decisión.

En las bases del concurso constaba que, al inscribirnos, recibiríamos una fotografía, distribuida al azar, de la deberíamos partir para desarrollar nuestro cuento. Confieso que cuando recibí la imagen que se me asignó, me resultó, al principio, difícil de interpretar. Hube de darle muchas vueltas, porque la ilustración no me inspiraba mucho y no hubiera sido de mi elección si hubiese tenido la libertad de elegir. Se me presentó, por tanto, un reto. Ante mí, se distinguía, muy claramente, un personaje frente a los otros dos que integraban la imagen. Un personaje negativo, complejo. Eso no lo dudaba, pero, por lo mismo, difícil de abordar: ¿Quién era? ¿Qué escondía? esas fueron las preguntas que dieron origen al relato La vida perra, relato del que escribí varias versiones que no me acababan de convencer hasta que, una noche me senté a solas con el personaje y, literalmente, solté cuánto me inspiraba. No me guardé ninguna impresión y, cuando le di al botón de “enviar” pensé que, al menos, había escrito cuánto me transmitía la imagen, independientemente de lo literario que resultase.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando, pasado un tiempo, recibí un correo de Luna Literaria comunicándome que mi cuento había quedado finalista. Son esas sorpresas que nos da la vida cuando somos consecuentes con lo que hacemos e intentamos escribir “cómo lo sentimos” despojándonos del afán de agradar o destacar.

Pero el periplo con Luna Literaria no acaba aquí, porque mi cuento no es sino una pequeña semilla en el campo de un libro lleno de cuentos extraordinarios (con el permiso del gran maestro del cuento, el gran Edgar A. Poe, que espero que me disculparía por usar este adjetivo *).  Al recibir en mis manos el libro tuve la suerte de conocer a grandes autores de trayectorias diversas y leer cuentos de gran calidad narrativa.

Agradezco desde aquí al equipo de Luna Literaria que nos presenta una edición muy cuidada con un excelente prólogo de Txaro Cárdenas (periodista y directora de Moon Magazine),  maquetación y edición por Néstor Belda (profesor de escritura creativa) e ilustraciones y fotografías de Javier A. Bedrina (fotográfo)

Espero que disfrutéis de la lectura.

 

 

Diez cuentos para iluminar talentos

 

Notas y enlaces:

Moon Magazine

* Historias extraordinarias: Volumen que recoge una selección de cuentos de Edgar Alan Poe.

Final de recorrido

Josh_Kern

La relación entre Azzan y yo era imposible. Los dos lo sabíamos. Él había llegado a Madrid para realizar un máster sobre periodismo y, al finalizarlo, regresaría a Israel. Quería ayudar a los suyos, poner su grano de arena para ayudar a que el conflicto político de su país se solucionase. Siempre supimos que la realidad se interpondría entre nosotros dos con todo el peso de sus obligaciones, por eso evitamos tener un contacto que nuestro cuerpo nos pedía a gritos cada vez que coincidíamos. Aquel último día hicimos juntos el recorrido en metro como siempre pero, al llegar a la parada en la que me tocaba bajar, Azzan me tomó por la cintura y me dio un regalo inesperado: un beso tan dulce que me haría recordarlo toda la vida.

Texto basado en la imagen y elaborado -con motivo de San Valentín- para los Viernes Creativos de El Bic Naranja