Gato encerrado

Poco antes de cumplir los ochenta y uno, Damián comenzó a hacer cosas raras. Muchas veces, su mujer, Asunción, le oía hablar en la habitación de arriba, mientras ella trajinaba en el piso de abajo. Al principio no le echó mucha cuenta al asunto. «Serán cosas de viejo» pensó, pues ella misma hablaba con los fogones a veces o maldecía a las cebollas que picaba. Pero los días pasaron y lo de Damián fue empeorando. Mantenía largas conversaciones estando solo y a veces hasta se enzarzaba en coléricas regañinas. «¿Pero con quién te enfadas, hombre?» le preguntaba ella y entonces él respondía: «Es este maldito gato negro que se me atranca en el camino» Asunción, habida cuenta de que jamás habían tenido gatos, pidió cita con el médico y éste al escuchar la historia lo mandó al psiquiatra.

 «Son alucinaciones» dijo el especialista, al constatar que el hombre no cesaba de hablar de un gato negro que, según él, quería robarle los recuerdos. «Me veo obligado a encerrarlo en el vestidor antes de dormirme» afirmaba. Como no las tenía todas consigo, el psiquiatra lo derivó al neurólogo.

 «Va a ser cosa de falta de riego» dijo este último, mientras rellenaba un formulario para pedirle un escáner cerebral. Entretanto, Asunción ya comenzaba a estar harta del gato invisible. Las puertas del armario de la habitación estaban llenas de rasguños y los cojines y almohadas destripadas. No le quitaba ojo a Damián, pero nunca conseguía pillarle en escena. «Es una locura», les decía a sus hijos cuando llamaban, «solo hace que hablar de un gato negro que le sigue a todas horas». Una noche, hacia las dos de la madrugada, Asunción, que dormía en la habitación contigua a la de Damián, despertó sobresaltada. Le había parecido oír un extraño y agudo maullido que procedía de la habitación de su esposo; pero cuando acudió junto a él era tarde y le encontró en el suelo, boca abajo, ya sin un hálito de vida.


Unos días después la llamaron de la consulta del neurólogo para darle los resultados del escáner.


―Ya no importa, doctor ―afirmó Asunción, apenada― Damián ya no lo necesita.
―Lo siento mucho, señora, pero igualmente necesito que acuda para mostrarle algo.

Asunción se encogió de hombros mientras el médico encendía la pantalla que mostraba los resultados.

―Mire con atención, por favor ―pidió el galeno― esta es la región de la memoria, donde se almacenan los recuerdos. Quiero saber si usted ve lo mismo que yo.

Asunción contempló la pantalla con estupor.

En lo que se suponía que debía ser el cerebro de su marido se apreciaba la forma de un gato, negro como la noche, cuya silueta, bajo la luz del expositor brillaba como bajo un haz de luna. 

#historiasdeanimales

Aterrizaje en el centro comercial

Francis aterrizó sin problema. En su lengua se comunicó con el centro de operaciones. Le dijo que había llegado sano y salvo al planeta tierra. Como los camaleones en el desierto, su piel adquirió pronto el tono y apariencia adecuada para no levantar sospechas entre los terráqueos. Comprobó su ubicación y vio que los cálculos habían sido correctos. Enfrente se extendía un enorme edificio que se anunciaba con el ridículo nombre de El Corte Inglés cuya traducción a su idioma le resultó imposible de realizar. No sabía si se trataba de una cristalería o una sastrería inglesa. Le llamó la atención la cantidad de luces de colores. Estaban por todas partes, recubriendo ventanas y hasta en los parkings, incluso revistiendo figuras de animales metálicos. Parecía un espectáculo. Disfrazado como estaba, se dispuso a entrar en el centro inglés ese al que parecía acudir mucha gente. Comprobó al momento que de inglés solo tenía el nombre. La gente allí reunida hablaba sobre todo castellano. No era nada raro, sabiendo que había aterrizado en España, concretamente en Zaragoza.  Se había informado mientras viajaba en la capsula espacial. Idioma: castellano; país: España; fecha: 22 de diciembre.

El centro era una especie de almacén en el que había de todo. Ropa, objetos variados, incluso relojes. Se asustó y dio un respingo al oír un vozarrón fuerte al tiempo que el sonido de una campanilla: ¡¡¡Jóu, jóu, jóu, feliz Navidad, niños!!! Exclamó un personaje extraño. Llevaba una barriga postiza y un pegote de barba blanca. Francis se apresuró a informar al centro de mando de la presencia de un divergente. Intentó afinar sus antenas para analizar al sujeto. Llevaba una campanilla absurda y una pequeña saca de caramelos. Enseguida, su sentido de adaptación ordenó a su organismo acomodar su estatura y complexión hasta ofrecer la apariencia de un niño. Una vez asumida su nueva identidad, se acercó al gordo de la barba blanca y el traje rojo  y con voz infantil le preguntó:

―¿Me puede decir qué es la Navidad?

―Jóu, jóu jóu, ¿Qué es la Navidad? ¿Qué es la Navidad? ¿Pero qué clase de pregunta es esa, pequeño? ¿Tus padres no te han hablado del espíritu navideño?

―En realidad no tengo padres. Vivo con un tío muy mayor.

―Oh, permíteme que te regale unos cuántos caramelos. Pues a ver, la Navidad, la Navidad es… ¡Puede ser lo que tú quieras que sea!

―¿Lo que yo quiera? ¿Puede ser un Ferrari la Navidad? ¿Puede ser una barbacoa?

Francis decía palabras al azar, del vocabulario recién cotejado. Palabras que parecían importantes porque estaban guardadas en el apartado de «Destacadas». El hombre de rojo, que en el diccionario espacio temporal habían catalogado de personaje navideño, le miraba con gesto preocupante.

―¿Un Ferrari la Navidad, una barbacoa? ¿Pero tú de qué lugar vienes, chico, de un gulag o de la edad media?

―¿Gulag? ¿Edad media? Oh, no, yo vengo del siglo XXI, ya hemos trascendido ese tiempo.

―¡Por todos los santos! ¡Qué me aspen si entiendo a los niños de ahora! Jo, jo, jo, toma, chiquillo, doble ración de caramelos, por lo del Ferrari. ¡No abandones tu sueño!

Francis se alejó, despistado, del personaje excéntrico y vagó por el centro inglés que no tenía nada de inglés. Su antena captó varias conversaciones:

―Para Papá Noel le voy a regalar a Lucas la Play Station pero para Reyes que le regalen los otros abuelos. No hay dinero que llegue para los niños ahora.

―La Navidad es un derroche. A ver quién pasa después la cuesta de enero.

Francis no entendía gran cosa. Deambuló un poco más por el centro a la espera de reunir nueva información, pero todas las conversaciones contenían más o menos las mismas palabras: regalos, Navidad, Papá Noel y Reyes. Incluso se dio de bruces con más personajes vestidos de rojo con barbas blancas y redondas barrigas postizas, que clamaban con voz grave: ¡Feliz Navidad!¡Feliz Navidad!

―Este centro inglés está loco ―informó Francis a la nave nodriza― los niños hacen fila para ver al personaje divergente. Piden máquinas de juegos a las que llaman consolas, teléfonos, tabletas y demás dispositivos comunicadores. Apenas hablan entre ellos, salvo para elegir artículos del almacén que cambian por esos papeles que el diccionario califica como dinero. No hay nada interesante en esta raza. Malgastan energía a raudales y tiempo. Corto y cambio. Voy a subir a la nave y continuar mi trayectoria. Este lugar es tóxico y sus habitantes extraños, llevan cubierta la boca, no sé si por las toxinas o para no morderse entre ellos. Para mí que algo falla en sus cabezas.

#unaNavidaddiferente

A otra parte con este cuento

Apagó la tele.  Estaba cansada del cuento de todos los años. La cantinela de felicitaciones estaba por todas partes. No era solo la caja tonta, aunque de esta había sido la culpa desde el principio. Se dirigió al escritorio, encendió el ordenador, abrió el Word y tecleó al dictado de su mente:

«¡Hollywoodienses del carajo! ¡Toda la culpa la tiene el cine! En mis tiempos no pasaba esta mierda. No había centros comerciales y el turrón estaba tan duro como las piedras. ¡Por todos los santos! ¡Si hasta había que partirlo con un martillo! Ahora todos se han vuelto majaras en Happylandia. Aquí todos somos evangelizadores, como en la conquista de América, colonizando las calles con las mentiras navideñas. Solo hay que verles. ¡Pobres infelices!, condenados a repetir todos los años la misma fiesta con las guirnaldas, los blandengues muñecos de nieve y hasta el gordo ese del traje rojo. ¡¡Papá Noel!! ¿A quién se le ocurre? Ni en sus peores pesadillas hubieran previsto nunca nuestros ancestros que en todo Occidente iba a reinar en estas fechas el gordo ese de la campanilla y el saco de caramelos. Solo hay que salir a la calle en cualquier lugar, así sea el pueblo más pequeño y perdido en el culo del mundo, para ver las ventanas engalanadas con pegatinas y postales llenas de renos. Lo que hace el puto sistema de los cojones, que ya desde la escuela les mete a los niños el tonto cuento consumista en la cabeza.

»Hay niños a los que se les muere el padre en Navidad, por Dios bendito, estas cosas pasan. Se muere la gente, se despide a la gente, da igual que sean o no fiestas, nadie para, ni por un momento, la rueda de picar carne. Hay madres que tienen mil agujeros por cubrir y arriesgan el sueldo para comprarle una consola al niño para que no piense que ha sido malo y no se la merece. El puto desastre de siempre. Porque a ver cómo le dices al hijo que su amigo se ha portado como Dios manda y por eso ha tenido mejores reyes ¡y tan mejores, que le han traído la última consola y hasta tres juegos nuevos!  ahí no hay competencia leal posible y esta mierda es la que nos venden para después extrañarnos de que la juventud pierda cada vez más valores. Y venga, foto fantástica de la consola para las redes sociales. Porque ahí si que ya llega la mierda hasta los bordes. Navidad primorosa, Navidad de la buena, de champán y uvas para comerlas aunque sea de aquella manera, bajando y subiendo la mascarilla a la vez que agitas el pasaporte con el certificado de la vacunación covid. Sí, sí, que aquí estamos todos vacunaos, jefe, pónganos otra ronda, y los villancicos siguen cantándole a la mula y al buey entre pandemia y pandemia.

»Da igual lo que digamos en la intimidad. Que cada una o uno agarre el teléfono y le cuente a su mejor amigo o amiga lo que detesta estas fechas, fechas en las que tienes que sonreírle a la suegra aunque te lleves con ella a muerte, o regalarle al jodido de tu sobrino pequeño lo que menos merece. Da lo mismo y ahí estamos todos, masticando uvas pasas y comiendo a mansalva polvorones como borregos, aunque al llegar a una edad nos pase factura subiéndonos el azúcar, mira tú esta, si a nadie le amarga un dulce aunque sea obligándolo. Pues vaya, que todos los años decimos lo mismo los cuatro gatos de siempre: que a ver si aparece alguien y se lleva la Navidad con toda su tontería a otra parte. Que hasta en plena pandemia se abrió la veda, yo no sé si por los niños o por los comercios. Me da igual. Lo que es yo, si me tocara la primitiva, que no la lotería, porque no juego a un premio en el que tengo que gastar más que en veinte quinielas para que me toque menos, yo pagaba con gusto lo que fuese a quien se llevase la Navidad para siempre.

»Qué gustazo, despertarse un año en estas fechas y ver que sí, que todo quisque está esperando vacaciones para celebrar la llegada del invierno, para calentarse junto a la estufa y comer caliente. Sí. Sí. La llegada del invierno, que es bien duro y que mantengan la paga extra pero sin la obligación de regalar consolas a los peques,  chales de cachemira y guantes a  suegras y suegros, entradas para el concierto de año nuevo o el centro de estética. Que está muy bien el espíritu cooperativo y la solidaridad en las empresas si es para rebajar el precio las eléctricas y las gasolineras, que ese sí es el espíritu bueno. Luego ya, que cada quien vea si se junta o no con la family, con los padres o con los suegros, los que los tengan; pero que quiten al gordo ese de los cuernos y los trineos, que ya bastante cornamenta llevamos puesta. Que quiten los putos árboles metálicos de las plazas y dejen de cantar en todos los bares a coro que los peces beben».

Cerró el entrecomillado y acabó de rematar el texto. Sintiéndose más liviana, encendió la calefacción, subió a su blog el escrito y envió el enlace, sin ninguna expectativa, al concurso de Zenda. No aspiraba a ganar nada, solo a poner por escrito lo que sabía que pensaba mucha gente.

#unaNavidaddiferente

Feliz regreso

Como todos los años el primer sábado de junio se celebraba en el pueblo la fiesta de las Candelas que, por tener su onomástica en pleno invierno, cuando los rigores del frío de febrero se cernían sobre el lugar, los aldeanos habían dispuesto para bien entrada la primavera, con el fin de disfrutar de la festividad en buen tiempo.

Al igual que en años anteriores, al terminar las clases del viernes preparé mi bolsa de viaje y junto al vestido por estrenar y la ilusión de mis catorce años, metí el libro y el cuaderno de inglés, para repasar los verbos sobre los que me examinaría el lunes. Días antes había fantaseado con el evento y y el baile. Tenía ganas de reencontrarme con mis primos y amigas.

La mañana del sábado amaneció lluviosa y, para más inri, me encontré indispuesta. Recién estrenada la adolescencia comenzaba a pelearme con mis hormonas, que hacían lo que les venía en gana sin consultar la agenda de mis planes, dando veracidad al dicho de que la madre naturaleza manda siempre. Me levanté contrariada, enfadada con el mundo y con mi cuerpo, aferrándome al tibio consuelo de que un tazón de leche de cabra caliente aderezado con dos buenas cucharadas de cacao, sería capaz de inyectarme sino alegría, una buena dosis de energía para encarar el día de otra manera. Y justo acababa de recrearme con el sabor dulzón del desayuno cuando mi madre y mi abuelo requirieron de mis servicios.

― ¡Ven, te necesitamos en el corral para guardar la entrada!

Les seguí y me asignaron el puesto de vigía mientras ellos entraban al corral a no sé qué faena.

―Ten cuidado ―advirtió mi abuelo―que no se escape ninguna cabra.

A ninguno de los dos se les ocurrió darme más indicaciones ni tan siquiera un bastón con el que defender mi puesto. No pensaron que decirme que contuviese el rebaño venía a ser lo mismo, en ese momento, que mandarme contener la lluvia y los truenos. Todo pasó en un instante, antes de que tuviese tiempo de preguntarme a qué carajo debía estar atenta. Una cabra salió de la oscuridad del corral corriendo violentamente hacia la puerta embistiéndome con sus cuernos. Ante la terrible amenaza yo hice lo único que me pidió mi instinto: apartarme para que no se me echase encima.

―¡No la dejes salir! ¡Agárrala! ―les oí gritar desde adentro mientras el corazón se me subía a la garganta.

―¿Pero qué has hecho? ¿No te dijimos que no la dejases marchar? ¡Me has echado a perder la mejor de las cabras!

A la retahíla de reproches de mi abuelo pronto se unió mi madre sin atender a mis razones. Poco importaba que no me hubiesen dado recurso alguno o que los cólicos me hiciesen doblar el cuerpo.

Por más que supliqué, haciéndoles saber de mis malestares, no conseguí que mi madre se impusiese ante el abuelo. Aunque esta vez no erraron tanto en sus juicios pues, al menos, me concedieron un aliado que conocía el terreno. El tío Paulo y yo debíamos salir sin demora a buscar la cabra al monte.

Recuerdo que caía una fina llovizna y a mi mente acudían alternativamente las palabras airadas del abuelo «Me has echado a perder la mejor cabra» y los consejos de las mujeres del pueblo que afirmaban que «no es bueno para la salud mojarse al andar de mes», por más que daba vueltas a estas dos frases no lograba encontrar sentido a ninguna de ellas. El tío Paulo, al igual que el señor Seguín del cuento de Alphonse Daudet, llamaba a voces por la cabra que, al parecer, como Blanquita, también había querido irse al monte: Carrula! , Carruliña! ah, Carrula por onde andas? Sae, que ven o lobo!

La surrealista escena se repitió hasta caer la tarde, cuando ya mis pies no podían seguir al bueno del tío Paulo, incansable buscador, que no dejó resquicio del monte sin rebuscar.

―Vamónos reina, que la cabrita o está ya bajo los dientes del lobo o no quiere saber nada de nosotros. Quién sabe, igual cuando lleguemos a casa descubramos que nos ha tomado la delantera y ha vuelto al corral ella sola.

Las palabras del tío eran como un bálsamo prometedor de milagros que, aunque no aplacaban mis temores, alentaban mis esperanzas.

El anhelado convite transcurrió con la sombra de lo sucedido y, ni tan siquiera en el baile pude desquitarme de la espina clavada en el centro de mi inocencia, pues la llovizna embarraba los pies y mojaba los rostros de los mozos, afeándolos en extremo.

A la cena me entretuve con una cadena rota de plata, haciéndole nudos a modo de cuentas, mientras rezaba por el regreso de la cabrita. Después de cenar estudié los verbos de inglés en el intento de no sentirme inútil del todo.

Sin muchos ánimos retomamos la busca de la cabra, con mejor tiempo, a la mañana siguiente, pero con igual infortunio. Ni siquiera pudimos hallar su rastro ni en forma de pisadas o de heces nuevas.

Regresamos a casa cabizbajos y comimos en silencio. A mí me pesaba ver el semblante ensombrecido del abuelo, cuya mirada parecía llena de reproches.

Partimos después de la comida sin volver a mencionar el incidente.

Recuerdo que el lunes regresé a casa satisfecha del examen y, nada más llegar, mi madre salió alborozada a mi encuentro:

―Tengo dos noticias increíbles: el abuelo y el tío sacaron al monte las cabras y, al traerlas de vuelta, descubrieron que la cabrita que se escapó se había unido al rebaño, sana y salva. ¡Imagínate, sobrevivió dos días en el monte, sin que la atacara el lobo!

«¡Vaya! Tuvo más suerte que Blanquette, la cabra del señor Seguín» pensé para mis adentros.

―¿Y la otra noticia? ―   pregunté.

―Es un auténtico milagro, hija, no vas a creerlo―dijo mi madre―: ¡Poco después de aparecer la cabra el abuelo encontró en la cocina una cadena con varios nudos, como si fuesen las cuentas de un rosario!

 

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

 

Relato basado en hechos reales

Alusiones:

Cuento de La cabra del señor Seguin (leer)

 

 

El árbol de Inés

Inés había perdido su casa, otra vez, en vísperas de Navidad. Su hijo, Juan, alarmado por la llamada, había acudido con premura a la comisaría, para encontrarse con una Inés llorosa, encogida al lado de la ventana.

«¿Qué pasó, mamá?» le había preguntado, tratando de traer de vuelta su atención. «Que he perdido nuestra casa, hijo. Salí un momento y, al regresar,  vosotros no estabais. ¿Te acuerdas que Javier y tú estabais en el salón  adornando el árbol? Papá leía el periódico junto a la chimenea…»

El hijo de Inés apartó la mirada de su madre para firmar el papel de recogida.

¿Es que la pobre no podía dejar de revivir en su memoria, año tras año,  aquellas Navidades?

Caminó por la acera tomando el brazo de su anciana madre como cuando era niño, decidido esta vez, a cambiar el curso de su recuerdo.

«Vamos a entrar en la tienda de Pepe, mamá, para escoger un árbol» dijo, conduciendo a su progenitora a una tienda de decoración Navideña.

Apenas unos minutos más tarde, Inés salía del local del brazo de su hijo sonriente e ilusionada como una niña:

«¿Crees que a tu hermano y a papá les gustará el árbol?»

Juan levantó la vista hacia el cielo y le pareció ver, por un instante, a través de dos nubes entrelazadas, la silueta de su padre alzando a Javier en brazos para colocar la estrella en lo alto del árbol.

«Estoy segura, mamá, de que cuando lo adornemos quedará perfecto en nuestra casa».

#cuentosdeNavidad
#Zenda

Reseteando la granja

A Roman Petrov le había sido encomendado revisar el software para corregir los fallos que el sistema estaba ocasionando en los extraños mutantes de la granja azul. La primera intervención databa de algo más de dos mil años, cuando Lisus descendió. En Nicea, Konstantin logró unificar el mito e implantar en sus chips la noción principal del cuento que Paulov acabaría de actualizar en Trento. Pero nada de esto había sido suficiente y, aunque su antecesor, Gregory, logró corregir el desfase del calendario litúrgico  ampliando y retocando las tarjetas de memoria, lo cierto es que la bomba de la emergencia climática, accionada antes de tiempo por alguno de los espías interplanetarios, había terminado por desmontar todos los circuitos. A estas alturas de la película, Petrov sabía muy bien que el cuento de la mula cargando a una embarazada para dar a luz en pesebres sin condiciones higiénicas  año tras año ya no cuadraba con los protocolos actuales. Ni era fácil encontrar pastores ni una estrella bastaba para permitir la entrada a unos reyes orientales. La mujer no podía, año tras año, representar elementos que contradecían la ley de protección ambiental, política y territorial. Tampoco Nicolaiv había resuelto la papeleta explotando renos voladores para el reparto de juguetes sin contar con que los pinos, electrónicos desde hacía tiempo, estaban orientados con luz y sonido,  al igual que el resto de valores, a activar  circuitos comerciales. Solo los programadores que habían convivido, aún en su condición neorobótica como la suya propia, con la raza de ensayo rusa, se habían aproximado a comprender las respuestas emocionales  de la raza terráquea, tan temperamental.

No quedaba, pues, más remedio que resetear todo el programa: anular conexiones antiguas, fijar nuevos anclajes e instaurar elementos clave que respondiesen a estimulos de luz y sonido recreando emociones controladas.

Definitivamente, redactaba Roman Petrov en su informe, los programas con expresiones humanoides no eran rentables con esta raza.

El Regalo

 

Foto propuesta por Elisa de Armas

 

Asunción nunca había tenido hijos, o eso decían, todos los vecinos del barrio. Pero en el balcón de su casa siempre estaba tendida ropa muy pequeña, tan diminuta que parecía hecha para muñecas. Que sabía coser y lo mismo te hacía un dobladillo que una falda de faralaes, también lo sabían todos. Un día, con la excusa de acortarme un abrigo me mandaron a su casa. Fue entonces cuando descubrí una colección de muñecas de porcelana –con la cara como la de doña Mercedes, la portera, solo que más blanca—Las muñecas estaban por todas partes: en un rincón del recibidor principal, en el armario de la sala, en una silla de la cocina, y hasta en un cesto. Nunca en mi vida había visto tantas.

―¿Te gustan? –me preguntó al verme boquiabierta mirándolas.

―Algún día te haré una –prometió―  ¿Cuándo es tu cumpleaños?

―El 17 de mayo― respondí, casi sin darme cuenta.

Pasaron un par de años y un día, viendo la tele a la hora de la comida en casa, todos vimos las muñecas de doña Asunción. Supimos que las elaboraba desde hacía años porque en el reportaje también salía ella. Y supimos que había comenzado a hacerlas justo después de perder a su única hija, siendo apenas un bebé. La gente no sabe nada de nadie, pensé al momento y, antes de acabar de ver el reportaje, ya estaba llamando al timbre de su casa.

―Sabía que ibas a venir  ―dijo, al abrirme la puerta.

―¡Has salido en la tele!—solté, como si fuese una hazaña.

―La tele es una caja tonta que solo sirve para engañar a la gente –me respondió― Todo parece importante en ella, pero no hay nada extraordinario en hacer muñecas.

―Tú si lo eres –respondí en un arranque.

―Toma, te voy a regalar mi preferida,  la muñeca que más quiero –dijo, mientras me tendía una muñeca monísima, que no tenía la cara blanca, sino muy morena.

―Hoy no es mi cumpleaños, falta mucho para el mes de mayo –repuse como una boba, acordándome de su promesa.

―Quizá no. Pero es el día en el que estás preparada para llevarla. No todo el mundo es capaz de apreciar la diferencia.

 

Cuento basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal

El Bic Naranja

 

Como a través de un espejo

Siempre que leía el cuento de Alicia,  Catalina se sentía reflejada. Veía a la reina de corazones en la matriarca de la familia, dispensando órdenes a diestro y siniestro a la hora de servir la mesa; dispuesta a cortar cabezas al menor fallo. Veía al conejo blanco, en la figura de su gato, Blanquito,  aparecer en cualquier momento para recordarle con su reloj que, otra vez, había olvidado jugando los deberes de la escuela. Con todo, era en esa extraña celebración del No Cumpleaños, en la que Catalina, en su yo de Alicia, veía la celebración más absurda de los domingos en su casa, con todo el clan familiar debatiendo qué novio escogerían para ella cuando cumpliera dieciocho años  

Minificción elaborada a partir de la imagen para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto: Hajime Sawatari – Alice

Historias de barrio

Marcelo era hombre de pocas palabras, taciturno y con andar cansino por sus muchas dolencias y gastados años, aunque no por eso dejaba pasar ni un día sin cumplir con su cita diaria. Porque si algo no podía negarse de su persona era el ser, por encima de todo, un hombre de ley, de los que ya no quedan, vamos. Puntual y fiel, aunque las rodillas se le arqueasen y tuviese que cambiar de mano el bastón para cargar la compra, Marcelo no le fallaba nunca a Aurora. Amigos desde niños, vecinos, y huérfanos de cariño ambos, ninguno tenía el cuerpo para practicar el amor en los tiempos del cólera, pero sí para ayudarse el uno al otro. En la casa, siempre encendida, color violeta de Aurora, no faltaba a media mañana ni a media tarde el tazón de leche con una nube de café de Marcelo. Comían, sin grandes dispendios, a veces un pollo asado que él compraba en el puesto del barrio, acompañado de unos sabrosos pimientos que cultivaba ella. A fin de mes, arrejuntaban sus pensiones y podían comer con igual disfrute un bocadillo de sobreasada o una tortilla a la francesa hecha con todo el mimo del mundo y, eso sí, con los huevos de las gallinas que campaban felices y libres por el huerto. Comían, sí, y además de comer, hablaban. De los viajes que nunca hicieron, de los libros que habían llegado a la sección de novedades de la bibilioteca, de lo mucho que iba cambiando el barrio con los años. De todo lo que se le venía a las mientes. Después, se despedían hasta la mañana siguiente y, por las noches, se soñaban el uno al otro, en sus respectivas casas y camas, habitando, muy juntos y felices, dentro de la misma historia.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto por: Elena Mújier Gutiérrez

Carcelopatía

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Foto: Michal Chelbin

 

El día del excarcelamiento marcó un hito histórico. Asumir que la privación de libertad era intercambiable por proyectos humanitarios, servicios públicos a la comunidad, seminarios de meditación en aislamientos de montaña o prácticas operarias de reciclaje de residuos, no fue fácil para algunos presidiarios. Siempre quedaba quien que le había cogido gusto a la cárcel, como aquella presa conocida como «Matamaris» por su adicción a pervertir y traficar con jovencitas, o bien aquel otro, conocido como el «abuelastre» cuyo fantasma seguiría pernoctando por los siglos de los siglos haciendo guardia en las prisiones estatales.

MVF

 

Propuesta creativa basada en la fotografía y elaborada para Los Viernes Creativos de  El Bic Naranja