El árbol de Inés

Inés había perdido su casa, otra vez, en vísperas de Navidad. Su hijo, Juan, alarmado por la llamada, había acudido con premura a la comisaría, para encontrarse con una Inés llorosa, encogida al lado de la ventana.

“¿Qué pasó, mamá?” le había preguntado, tratando de traer de vuelta su atención. “Que he perdido nuestra casa, hijo. Salí un momento y, al regresar,  vosotros no estabais. ¿Te acuerdas que Javier y tú estabais en el salón  adornando el árbol? Papá leía el periódico junto a la chimenea…”

El hijo de Inés apartó la mirada de su madre para firmar el papel de recogida.

¿Es que la pobre no podía dejar de revivir en su memoria, año tras año,  aquellas Navidades?

Caminó por la acera tomando el brazo de su anciana madre como cuando era niño, decidido esta vez, a cambiar el curso de su recuerdo.

“Vamos a entrar en la tienda de Pepe, mamá, para escoger un árbol” dijo, conduciendo a su progenitora a una tienda de decoración Navideña.

Apenas unos minutos más tarde, Inés salía del local del brazo de su hijo sonriente e ilusionada como una niña:

“¿Crees que a tu hermano y a papá les gustará el árbol?”

Juan levantó la vista hacia el cielo y le pareció ver, por un instante, a través de dos nubes entrelazadas, la silueta de su padre alzando a Javier en brazos para colocar la estrella en lo alto del árbol.

“Estoy segura, mamá, de que cuando lo adornemos quedará perfecto en nuestra casa”.

#cuentosdeNavidad
#Zenda

Reseteando la granja

A Roman Petrov le había sido encomendado revisar el software para corregir los fallos que el sistema estaba ocasionando en los extraños mutantes de la granja azul. La primera intervención databa de algo más de dos mil años, cuando Lisus descendió. En Nicea, Konstantin logró unificar el mito e implantar en sus chips la noción principal del cuento que Paulov acabaría de actualizar en Trento. Pero nada de esto había sido suficiente y, aunque su antecesor, Gregory, logró corregir el desfase del calendario litúrgico  ampliando y retocando las tarjetas de memoria, lo cierto es que la bomba de la emergencia climática, accionada antes de tiempo por alguno de los espías interplanetarios, había terminado por desmontar todos los circuitos. A estas alturas de la película, Petrov sabía muy bien que el cuento de la mula cargando a una embarazada para dar a luz en pesebres sin condiciones higiénicas  año tras año ya no cuadraba con los protocolos actuales. Ni era fácil encontrar pastores ni una estrella bastaba para permitir la entrada a unos reyes orientales. La mujer no podía, año tras año, representar elementos que contradecían la ley de protección ambiental, política y territorial. Tampoco Nicolaiv había resuelto la papeleta explotando renos voladores para el reparto de juguetes sin contar con que los pinos, electrónicos desde hacía tiempo, estaban orientados con luz y sonido,  al igual que el resto de valores, a activar  circuitos comerciales. Solo los programadores que habían convivido, aún en su condición neorobótica como la suya propia, con la raza de ensayo rusa, se habían aproximado a comprender las respuestas emocionales  de la raza terráquea, tan temperamental.

No quedaba, pues, más remedio que resetear todo el programa: anular conexiones antiguas, fijar nuevos anclajes e instaurar elementos clave que respondiesen a estimulos de luz y sonido recreando emociones controladas.

Definitivamente, redactaba Roman Petrov en su informe, los programas con expresiones humanoides no eran rentables con esta raza.

El Regalo

 

Foto propuesta por Elisa de Armas

 

Asunción nunca había tenido hijos, o eso decían, todos los vecinos del barrio. Pero en el balcón de su casa siempre estaba tendida ropa muy pequeña, tan diminuta que parecía hecha para muñecas. Que sabía coser y lo mismo te hacía un dobladillo que una falda de faralaes, también lo sabían todos. Un día, con la excusa de acortarme un abrigo me mandaron a su casa. Fue entonces cuando descubrí una colección de muñecas de porcelana –con la cara como la de doña Mercedes, la portera, solo que más blanca—Las muñecas estaban por todas partes: en un rincón del recibidor principal, en el armario de la sala, en una silla de la cocina, y hasta en un cesto. Nunca en mi vida había visto tantas.

―¿Te gustan? –me preguntó al verme boquiabierta mirándolas.

―Algún día te haré una –prometió―  ¿Cuándo es tu cumpleaños?

―El 17 de mayo― respondí, casi sin darme cuenta.

Pasaron un par de años y un día, viendo la tele a la hora de la comida en casa, todos vimos las muñecas de doña Asunción. Supimos que las elaboraba desde hacía años porque en el reportaje también salía ella. Y supimos que había comenzado a hacerlas justo después de perder a su única hija, siendo apenas un bebé. La gente no sabe nada de nadie, pensé al momento y, antes de acabar de ver el reportaje, ya estaba llamando al timbre de su casa.

―Sabía que ibas a venir  ―dijo, al abrirme la puerta.

―¡Has salido en la tele!—solté, como si fuese una hazaña.

―La tele es una caja tonta que solo sirve para engañar a la gente –me respondió― Todo parece importante en ella, pero no hay nada extraordinario en hacer muñecas.

―Tú si lo eres –respondí en un arranque.

―Toma, te voy a regalar mi preferida,  la muñeca que más quiero –dijo, mientras me tendía una muñeca monísima, que no tenía la cara blanca, sino muy morena.

―Hoy no es mi cumpleaños, falta mucho para el mes de mayo –repuse como una boba, acordándome de su promesa.

―Quizá no. Pero es el día en el que estás preparada para llevarla. No todo el mundo es capaz de apreciar la diferencia.

 

Cuento basado en la imagen, elaborado para los Viernes Creativos de Ana Vidal

El Bic Naranja

 

Como a través de un espejo

Siempre que leía el cuento de Alicia,  Catalina se sentía reflejada. Veía a la reina de corazones en la matriarca de la familia, dispensando órdenes a diestro y siniestro a la hora de servir la mesa; dispuesta a cortar cabezas al menor fallo. Veía al conejo blanco, en la figura de su gato, Blanquito,  aparecer en cualquier momento para recordarle con su reloj que, otra vez, había olvidado jugando los deberes de la escuela. Con todo, era en esa extraña celebración del No Cumpleaños, en la que Catalina, en su yo de Alicia, veía la celebración más absurda de los domingos en su casa, con todo el clan familiar debatiendo qué novio escogerían para ella cuando cumpliera dieciocho años  

Minificción elaborada a partir de la imagen para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto: Hajime Sawatari – Alice

Historias de barrio

Marcelo era hombre de pocas palabras, taciturno y con andar cansino por sus muchas dolencias y gastados años, aunque no por eso dejaba pasar ni un día sin cumplir con su cita diaria. Porque si algo no podía negarse de su persona era el ser, por encima de todo, un hombre de ley, de los que ya no quedan, vamos. Puntual y fiel, aunque las rodillas se le arqueasen y tuviese que cambiar de mano el bastón para cargar la compra, Marcelo no le fallaba nunca a Aurora. Amigos desde niños, vecinos, y huérfanos de cariño ambos, ninguno tenía el cuerpo para practicar el amor en los tiempos del cólera, pero sí para ayudarse el uno al otro. En la casa, siempre encendida, color violeta de Aurora, no faltaba a media mañana ni a media tarde el tazón de leche con una nube de café de Marcelo. Comían, sin grandes dispendios, a veces un pollo asado que él compraba en el puesto del barrio, acompañado de unos sabrosos pimientos que cultivaba ella. A fin de mes, arrejuntaban sus pensiones y podían comer con igual disfrute un bocadillo de sobreasada o una tortilla a la francesa hecha con todo el mimo del mundo y, eso sí, con los huevos de las gallinas que campaban felices y libres por el huerto. Comían, sí, y además de comer, hablaban. De los viajes que nunca hicieron, de los libros que habían llegado a la sección de novedades de la bibilioteca, de lo mucho que iba cambiando el barrio con los años. De todo lo que se le venía a las mientes. Después, se despedían hasta la mañana siguiente y, por las noches, se soñaban el uno al otro, en sus respectivas casas y camas, habitando, muy juntos y felices, dentro de la misma historia.

MVF©

 

Minificción elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja (WordPress)

Foto por: Elena Mújier Gutiérrez

Carcelopatía

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Foto: Michal Chelbin

 

El día del excarcelamiento marcó un hito histórico. Asumir que la privación de libertad era intercambiable por proyectos humanitarios, servicios públicos a la comunidad, seminarios de meditación en aislamientos de montaña o prácticas operarias de reciclaje de residuos, no fue fácil para algunos presidiarios. Siempre quedaba quien que le había cogido gusto a la cárcel, como aquella presa conocida como “Matamaris” por su adicción a pervertir y traficar con jovencitas, o bien aquel otro, conocido como el “abuelastre” cuyo fantasma seguiría pernoctando por los siglos de los siglos haciendo guardia en las prisiones estatales.

MVF

 

Propuesta creativa basada en la fotografía y elaborada para Los Viernes Creativos de  El Bic Naranja

La barca

La barca era chiquita. Había hecho muchos viajes y estaba llena de remiendos. La había heredado de sus padres y sacado a la mar innumerables veces, primero con ellos, más tarde con su esposo y, al aumentar la familia, también  con sus hijos.

Ahora la barquita necesitaba reparaciones, pero era urgente salir a la mar cada día en busca de nuevas provisiones.

Era invierno y era consciente del daño que el agua fría y el viento infligían a la  pequeña embarcación. Sabía que el mar estaba lleno de peces, pero dudaba de la capacidad de la barquita.

Su familia tenía hambre. Sus padres, demasiado mayores, esperaban los alimentos al otro lado del mar. Su esposo luchaba noche y día contra la helada, intentando mantener el fuego del hogar encendido, mientras su hija mayor  traía leña y su hijo pequeño crecía cada día más deprisa. Solo su anciana suegra, la abuela de los remedios mágicos, leía en el fondo de su alma e intentaba sellar con escamas y aceite de pez el fondo de la barquita. Mientras ella salía al mar, la abuela limaba en el espejo del agua las aristas de la luna. Al llegar la noche, entre las dos preparaban los peces que la hija mayor se encargaba de repartir a toda la familia.

Era invierno y la pequeña embarcación aguantaba,  mientras  todos hacían acopio de madera para poder reconstruirla.

 

MVF/ 24-noviembre-2018

#cadadía

La puerta mágica o la aprendiz de maga

 

―Una vez encontré una puerta que estaba buscando una casa ―habló el mago.
―¿Y la encontraste? ―preguntó Alicia, la aprendiz de maga.
―Sí y no. Uno nunca sabe si está encontrando lo que busca cuando no tiene una idea definida de lo que es.
―¿Quieres decir que no sabías lo que buscabas?
―Prefiero decir que sabía lo que no buscaba.
―¿Y qué fue lo que encontraste?
―Bueno, digamos que las casas me encontraron a mí.
―¿Las casas?
―Sí ―respondió el mago, poniendo cara de estar revelando un secreto― A veces una misma puerta puede conducir a muchas casas. Todo depende del día, de lo que esperes encontrar y de la fuerza que apliques cuando la abras.
―Cuéntamelo todo, por favor ―pidió la joven aprendiz.
―Está bien, pero no seas impaciente. Te contaré la historia tal y cómo sucedió, pero después tú tendrás que atar los cabos sueltos y sacar tu propia conclusión.

»Yo caminaba sin rumbo fijo, casi a punto de desistir de mi objetivo –comenzó a contar el mago― Llevaba mucho tiempo buscando una casa. Pero no quería una casa cualquiera, sino una capaz de transformarse. Supongo que es difícil de explicar; pero jamás de los jamases imaginé que antes de encontrarla pudiese encontrar la puerta y, sin embargo, por insólito que parezca así fue. Tropecé con ella por casualidad, de hecho me salió al paso, porque de pronto estaba delante de mí. La puerta y yo solos: ¿te lo puedes figurar? no había nadie alrededor en varios metros a la redonda, ni siquiera edificios. Sin darme cuenta yo había caminado durante horas, en un estado de ensoñación. Iba como sonámbulo, sin pensar en nada, solo concentrado en mis propios pasos, en el aire cortándome el rostro mientras seguía hacia adelante. Andar y andar. Yo no sé si alguna vez has andado como si no pudieses parar, como si no tuvieses nada más que hacer y el objetivo mismo fuese seguir caminando. Pues así iba yo, concentrado en el camino y sin esperar nada y entonces ¡zas! ahí estaba la puerta, como si la intensidad de mi deseo y la energía que yo mismo había generado con mi pensamiento se hubiesen concretado en ella. Una lustrosa y robusta puerta con su aldaba de hierro forjado delante de mí. Fue en aquel momento cuando percibí lo mucho que me había alejado de la ciudad. No niego que sentí un poco de miedo y tuve el impulso de volver sobre mis pasos; de considerar que esa puerta, que había aparecido de la nada delante de mí, no era más que un producto de mi imaginación, exaltada por el intenso ejercicio. Pero mis dudas se esfumaron pronto. Si había llegado hasta allí era por algo y la puerta estaba esperando que reaccionase. Así que inspiré fuerte y tiré del picaporte, imaginando que hubiera lo que hubiese al otro lado era bueno. Nada más abrirla, me encontré ante un jardín lleno de exóticas y frondosas plantas. La vegetación era inmensa y un camino serpenteaba ante mí, cubierto de pequeñas piedras. Era increíble, como uno de esos jardines de cuento que dibujas de niño. Si era un sueño lo que estaba viendo no quería despertarme. Avancé por el sendero empedrado hasta lo que parecía ser una gran mansión. Al llegar a ella me detuve ante otra puerta, con su brillante aldaba esperándome.
―¿Y llamaste? ―pregunta la aprendiz de maga, expectante.
―Sí, Alicia. Llamé.
―¿Y qué fue lo que pasó?
―Que abriste tú. Abriste tú y comprendí que el sendero por el que los dos habíamos caminado hasta encontrarnos era el mismo. Por mucho que tú te creas aprendiz y a mí me llames maestro».

 

Fuente de la imagen: Pinterest

 

Volver a casa

Era ya noche cerrada cuando Noel enfiló el camino hacia el pueblo. Desde lo alto de la colina podía ver las casas de sus vecinos, alumbradas con luces navideñas parpadeantes como estrellas anunciadoras de múltiples Belenes hechos con figuras de cartón piedra, representando a herreros sin forja, reyes montados en camellos y vírgenes estrenando maternidad al lado de ancianos carpinteros que disponían lechos de pajas para recién nacidos al calor de mulas y bueyes. A su mente acudió la imagen de Dosinda en la oscuridad, iluminándose con velas para acostar a los niños, después de una cena frugal a base de gachas de avena, de la que habría reservado una parte para él. Para él, que llegaba de nuevo con el saco vacío, como un papá Noel desahuciado que tan solo conservase el nombre, un nombre que a sus padres se le había ocurrido ponerle y que le pesaba, sobre todo en estas fechas, más que el propio saco cuando estaba lleno. Divisó la vivienda y aparcó con cuidado el trineo en la parte de atrás de la casa, cogió la única bolsa de caramelos que le quedaba y soltó a los renos.

Ni una mísera cesta con mazapanes e higos secos le habían dado este año los del centro comercial.

 

Cuento elaborado para el concurso de Zenda libros

#cuentosdeNavidad