Feliz regreso

Como todos los años el primer sábado de junio se celebraba en el pueblo la fiesta de las Candelas que, por tener su onomástica en pleno invierno, cuando los rigores del frío de febrero se cernían sobre el lugar, los aldeanos habían dispuesto para bien entrada la primavera, con el fin de disfrutar de la festividad en buen tiempo.

Al igual que en años anteriores, al terminar las clases del viernes preparé mi bolsa de viaje y junto al vestido por estrenar y la ilusión de mis catorce años, metí el libro y el cuaderno de inglés, para repasar los verbos sobre los que me examinaría el lunes. Días antes había fantaseado con el evento y y el baile. Tenía ganas de reencontrarme con mis primos y amigas.

La mañana del sábado amaneció lluviosa y, para más inri, me encontré indispuesta. Recién estrenada la adolescencia comenzaba a pelearme con mis hormonas, que hacían lo que les venía en gana sin consultar la agenda de mis planes, dando veracidad al dicho de que la madre naturaleza manda siempre. Me levanté contrariada, enfadada con el mundo y con mi cuerpo, aferrándome al tibio consuelo de que un tazón de leche de cabra caliente aderezado con dos buenas cucharadas de cacao, sería capaz de inyectarme sino alegría, una buena dosis de energía para encarar el día de otra manera. Y justo acababa de recrearme con el sabor dulzón del desayuno cuando mi madre y mi abuelo requirieron de mis servicios.

― ¡Ven, te necesitamos en el corral para guardar la entrada!

Les seguí y me asignaron el puesto de vigía mientras ellos entraban al corral a no sé qué faena.

―Ten cuidado ―advirtió mi abuelo―que no se escape ninguna cabra.

A ninguno de los dos se les ocurrió darme más indicaciones ni tan siquiera un bastón con el que defender mi puesto. No pensaron que decirme que contuviese el rebaño venía a ser lo mismo, en ese momento, que mandarme contener la lluvia y los truenos. Todo pasó en un instante, antes de que tuviese tiempo de preguntarme a qué carajo debía estar atenta. Una cabra salió de la oscuridad del corral corriendo violentamente hacia la puerta embistiéndome con sus cuernos. Ante la terrible amenaza yo hice lo único que me pidió mi instinto: apartarme para que no se me echase encima.

―¡No la dejes salir! ¡Agárrala! ―les oí gritar desde adentro mientras el corazón se me subía a la garganta.

―¿Pero qué has hecho? ¿No te dijimos que no la dejases marchar? ¡Me has echado a perder la mejor de las cabras!

A la retahíla de reproches de mi abuelo pronto se unió mi madre sin atender a mis razones. Poco importaba que no me hubiesen dado recurso alguno o que los cólicos me hiciesen doblar el cuerpo.

Por más que supliqué, haciéndoles saber de mis malestares, no conseguí que mi madre se impusiese ante el abuelo. Aunque esta vez no erraron tanto en sus juicios pues, al menos, me concedieron un aliado que conocía el terreno. El tío Paulo y yo debíamos salir sin demora a buscar la cabra al monte.

Recuerdo que caía una fina llovizna y a mi mente acudían alternativamente las palabras airadas del abuelo “Me has echado a perder la mejor cabra” y los consejos de las mujeres del pueblo que afirmaban que “no es bueno para la salud mojarse al andar de mes”, por más que daba vueltas a estas dos frases no lograba encontrar sentido a ninguna de ellas. El tío Paulo, al igual que el señor Seguín del cuento de Alphonse Daudet, llamaba a voces por la cabra que, al parecer, como Blanquita, también había querido irse al monte: Carrula! , Carruliña! ah, Carrula por onde andas? Sae, que ven o lobo!

La surrealista escena se repitió hasta caer la tarde, cuando ya mis pies no podían seguir al bueno del tío Paulo, incansable buscador, que no dejó resquicio del monte sin rebuscar.

―Vamónos reina, que la cabrita o está ya bajo los dientes del lobo o no quiere saber nada de nosotros. Quién sabe, igual cuando lleguemos a casa descubramos que nos ha tomado la delantera y ha vuelto al corral ella sola.

Las palabras del tío eran como un bálsamo prometedor de milagros que, aunque no aplacaban mis temores, alentaban mis esperanzas.

El anhelado convite transcurrió con la sombra de lo sucedido y, ni tan siquiera en el baile pude desquitarme de la espina clavada en el centro de mi inocencia, pues la llovizna embarraba los pies y mojaba los rostros de los mozos, afeándolos en extremo.

A la cena me entretuve con una cadena rota de plata, haciéndole nudos a modo de cuentas, mientras rezaba por el regreso de la cabrita. Después de cenar estudié los verbos de inglés en el intento de no sentirme inútil del todo.

Sin muchos ánimos retomamos la busca de la cabra, con mejor tiempo, a la mañana siguiente, pero con igual infortunio. Ni siquiera pudimos hallar su rastro ni en forma de pisadas o de heces nuevas.

Regresamos a casa cabizbajos y comimos en silencio. A mí me pesaba ver el semblante ensombrecido del abuelo, cuya mirada parecía llena de reproches.

Partimos después de la comida sin volver a mencionar el incidente.

Recuerdo que el lunes regresé a casa satisfecha del examen y, nada más llegar, mi madre salió alborozada a mi encuentro:

―Tengo dos noticias increíbles: el abuelo y el tío sacaron al monte las cabras y, al traerlas de vuelta, descubrieron que la cabrita que se escapó se había unido al rebaño, sana y salva. ¡Imagínate, sobrevivió dos días en el monte, sin que la atacara el lobo!

«¡Vaya! Tuvo más suerte que Blanquette, la cabra del señor Seguín» pensé para mis adentros.

―¿Y la otra noticia? ―   pregunté.

―Es un auténtico milagro, hija, no vas a creerlo―dijo mi madre―: ¡Poco después de aparecer la cabra el abuelo encontró en la cocina una cadena con varios nudos, como si fuesen las cuentas de un rosario!

 

Manuela Vicente Fernández

#historiasrurales

 

Relato basado en hechos reales

Alusiones:

Cuento de La cabra del señor Seguin (leer)