Algunos hombres buenos

Algunos hombres tememos a algunas mujeres. No lo decimos, porque nos han enseñado a guardar nuestros temores y a parecer valientes. Cuando un hombre teme a una mujer huye. Huye de sí mismo y corre. Corremos para escapar a la marea que se alza sobre nosotros. Espantamos nubes y evitamos mirar a las estrellas. Contamos números. Trazamos planos de coordenadas. Buscamos nuestro centro. Pero en cuanto quedamos quietos la marea vuelve. Entonces nos encogemos y soñamos. Soñamos con un mar que es como un útero, suave y caliente, un mar que nos convierte en peces sin miedo que se atreven a explorar el fondo, cada vez más adentro. Desde niños tememos quedarnos dormidos y que todo cambie al despertar. Por eso, en las noches oscuras nos atamos al mástil de nuestra barca, como Ulises,  para huir de una tempestad que no existe. Nos tapamos los oídos para no ceder ante el canto de unas sirenas que nunca han sido. Nos cubrimos los ojos con vendas. Pero algunos, algunos hombres buenos, buenos como los ríos que fluyen en medio de las piedras,  buscamos el punto de quietud y desistimos. Desistimos de amordazar nuestros sentidos, arrancamos vendas y ataduras para quedarnos a solas ante el miedo. Solo entonces vemos que hemos corrido alrededor de nosotros mismos, que los verdaderos valientes rompemos el círculo para salir del útero,  mirar a una mujer a los ojos y reconocernos.

MVF ©

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Fuente de la foto: Pinterest

 

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La máquina de hacer historias

 

Al despertar me había convertido en otra. Literalmente. No reconocí el lugar, un extraño almacén en el que dormitaban otras muchas mujeres más. En la pared pude ver el año que marcaba el calendario: 1976. Mes: septiembre. Lugar: Perpiñán. Poco a poco, pude ver como iban despertando las otras durmientes y preparándose para la tarea del día: la recogida de la uva ¡estábamos en plena vendimia! No podía creérmelo: había dejado mi tierra gallega para irme a trabajar al campo francés y me encontraba en uno de los almacenes junto a las temporeras… no podía ser. Cerré los ojos deseando viajar en el tiempo: ¡Y lo conseguí! Para mi extrañeza, al poco rato me encontré en una biblioteca. Año: 1998. Ante mi mesa pude ver, cuidadosamente extendidos, varios recortes de periódico. Uno de ellos atrajo al momento mi atención. El titular rezaba: “Para el año 2000 los sabios habrán limitado el sueño” ¡Vaya por dios, qué titular más trolero! ¿Es qué no había lugares más interesantes y épocas más fructíferas a las que viajar? Aún lo estaba pensando cuando sonó una alarma. Un estridente sonido que insistió e insistió hasta que logré localizarlo y apagarlo de un manotazo. ¡Estaba en mi habitación! El reloj digital marcaba una fecha 22/06/2018. No estaba en Francia. No había ninguna biblioteca. Ningún periódico encima de la mesa. Todo había sido una ensoñación. Eso me pasa por dormir tan poco, pensé. Ya sabía yo que lo de limitar el sueño no era una buena opción, sobre todo después de haber bebido tanto vino a la comida. Estaba en el Bic Naranja, en uno de sus Viernes Creativos, dónde sino.

 

Ficción basada en la foto, elaborada para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

Secretos de alcoba

Hay olores que se quedan adheridos a tus recuerdos y no puedes volver a olerlos sin sentir que viajas en el tiempo al momento en que ese olor se coló dentro de alguna escena. Yo era un niño muy chico cuando sucedió aquello. Recuerdo que me escondí dentro del armario cuando vi que se abría la puerta de la habitación. No me vieron. Ni el abuelo ni Merce, la chica de servicio que venía a planchar dos veces por semana. Olía a naranjas. La abuela ponía sus mondas en los estantes de la ropa, para espantar a las polillas. Yo miraba por la cerradura del armario y veía cosas prohibidas: pechos de mujer enormes, nalgas blancas y redondas, brazos y piernas entrelazados, y al abuelo en medio del lio. Había entrado en su cuarto para buscar la colección de soldados que guardaba en una vitrina, pero ya no volví a jugar con ellos nunca, ni tampoco a comer naranjas.
 
Manuela Vicente Fernández © 
Micro elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos

El ruido de sus pasos al caminar

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Camina deprisa. Como si al acelerar el paso espantase la oscuridad. Odia el ruido de sus zapatos sobre el pavimento  y piensa que tiene que llevarlos al zapatero para que le ponga suelas de goma, suelas silenciosas que no anuncien por dónde va.  Ha perdido el último tren y sabe que no llegará a tiempo de acostar a Martín y decide llamar para darle las buenas noches. Marca un número y le llega la voz familiar de su madre: el niño duerme ya. Ha llegado cansado del colegio y ha cenado temprano. No te preocupes, dice, todavía no ha llegado Ismael. Ismael es el padre de Martín y el marido de la mujer que camina deprisa en la oscuridad. La misma que acaba de llamar a casa para anunciar que no llegará a tiempo de acostar al pequeño.

La abuela pone la mesa, mientras el padre del niño, que acaba de entrar por la puerta, descuelga el teléfono. Llaman de la estación de tren, han encontrado este número en el dispositivo móvil de una mujer descalza, que  ha caído sin vida sobre el andén.

 

Manuela Vicente Fernández ©

 

Microrrelato seleccionado por la editorial Ojos Verdes Ediciones en el V Concurso de Microrrelatos de Terror Miedo en tus ojos

Fuente de la imagen: miszapatos.com

Día libre

Doña Asunción quiere ir siempre con el mismo taxista. Guarda su número en la cartera, junto al carnet de identidad y la cartilla del seguro. Muchas veces lo llama con la excusa de ir al médico, y él le pregunta a qué hora tiene que estar en el centro de salud. A la hora que puedas, hijo –contesta ella–. Ya sabes, tengo el día entero para mí.

 

Micro elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja bajo del tema: Taxis y publicado en la sección Top Microrrelatos  de Cita en la Glorieta

 

 

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Oráculo

A veces las siento. Suelen acercarse a mí cuando estoy sola. Cada una de forma distinta. Aparecen, cuando hago una pregunta a la nada. Cuando quieren. Afloran, quien sabe si por alguna puerta invisible, esencial, que se abre cuando estoy en silencio. Cuando mi cuerpo y mi mente son silencio. Las reconozco. Una de ellas hace pequeños ruidos, remueve el aire y parece alentar en mi oreja. Otra me roza el pelo, aumentando, con su mano sutil la carga eléctrica de mis cabellos. Algunas penetran en mis sueños, como la pequeña que llora, o la que lleva la blusa de flores violetas. Sé que me habitan. Que se han quedado en mí, después de muertas. Porque soy una y, a la vez, todas las mujeres de mi familia. Y esa es la magia de la vida: ser todas ellas.

 

Fuente de la imagen: Shurya.com (Las 7 edades del alma)

 

Micro elaborado para ENTC bajo el tema: Seres mágicos.

http://estanochetecuento.com/oraculo-manoli-vf/

 

 

 

Muros y trenzas

Desde lo alto de la torre veo a los depredadores, como los llama ella, rondando la fortaleza inexpugnable. Tengo los cabellos resistentes y tan largos que parece que llevo una capa a la espalda. Se me ocurre trenzar varias cuerdas esta noche. Cuerdas con nudos corredizo que atrapen. También una cuerda para deslizarme. Pienso que, después de todo, ha valido la pena dejar que mis cabellos crecieran. Desde la ventana advierto como la noche se acerca. Rápidamente, preparo todas las cuerdas y me deslizo con cuidado apoyando mis pies en los nudos hasta que… ¡estoy fuera!

A la mañana siguiente el reino amaneció consternado. Rapunzel no estaba en la torre. Y de sus cabellos, convenientemente trenzados y dispuestos, pendían atrapados por la cintura numerosos guerreros esperando a que sus madres y hermanas, acudiesen en tropel a rescatarlos.

Manoli VF©

Relato elaborado con motivo del día contra la violencia a la mujer, elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja:

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/11/24/viernes-creativo-escribe-una-historia-215/comment-page-1/#comment-6550

Todos los lugares

 

Fuente de la imagen: //madridfotoafoto.blogspot.com.es/2008/03/los-msicos-callejeros.html

 

¿Quién no ha soñado con regresar a algún lugar en el que ya estuvo? En sueños siempre se vuelve para realizar aquello que hemos dejado inconcluso. Se vuelve para ayudar a cruzar la acera a una mujer mayor. Para entrar en aquella tienda. Para echar unas monedas a aquel músico con los ojos llenos de frío. Se vuelve para aceptar una invitación. Para anotarse al horario de clases nocturno. Para visitar aquel museo que estaba cerrado y buscar aquel cuadro que querías contemplar con todo el tiempo del mundo. Por eso es cierto que seguimos en todos los lugares de los que nos hemos ido, haciendo todas las cosas que dejamos por hacer entonces, cuando pensábamos que ya habría tiempo de volver.

MVF©

 

Texto elaborado para los Viernes Creativos de El Bic Naranja

https://elbicnaranja.wordpress.com/2017/11/17/viernes-creativo-escribe-una-historia-213/comment-page-1/#comment-6536

 

 

El sabor de casa

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Las mañanas en casa de mis abuelos no se parecían en nada a las otras mañanas. Lo primero que notaba al despertar era que olía distinto. Siempre había un olor a nuevo,  a día recién estrenado. Después venía el ruido, el lejano trajín de los vecinos en las calles y el sonido cercano de pasos en la cocina. Ese ¡Buenos días! compuesto por leche de cabra con cola cao, un sabor único que alcanzaba su clímax en la taza blanca de la alacena, y  sabía a gloria al lado de los troncos que ardían en el suelo, creando figuras a contraluz con sus oscilantes llamas. Nunca más he vuelto a beber una leche tan cremosa, tan suave, tan cara…

 

Microcuento elaborado en el blog grupal de escritura creativa Nosotras, que escribimos, bajo la premisa del sabor: Umami (sabroso, único, auténtico)

http://nosotrasqueescribimos.blogspot.com.es/2017/11/el-sabor-de-casa.html

Peldaños

 

Herminia se hacía vieja. Lo notaba cada mañana en la rigidez de sus rodillas, que tardaban una eternidad en ponerse en marcha. Soy como un coche que no quiere arrancar, se decía. Durante más de cuarenta años había ayudado a traer vidas al mundo, desenroscando cordones que amenazaban con estrangular al bebé antes de que éste pudiese asomar su diminuta y viscosa nariz; insuflando aire en los diminutos pulmones que aún no habían aprendido el arte de respirar; frenando hemorragias y atajando fiebres postpartos con igual diligencia; pero ahora, ahora que sus huesudas manos apenas se limitaban a limpiar frejoles y a encender la estufa de leña, se daba cuenta de que no tenía ni un mísero hombro en el que apoyarse. Nunca antes Herminia había sentido ese vacío en su costado derecho; ni las sábanas, en mitad de la noche, se le antojaran nunca tan frías; ni el maldito escalón, que daba entrada a la cocina, le había parecido nunca tan alto, tan cruel con sus torpes piernas. ¡Este mal peldaño me va a desarmar cualquier día! maldecía, mientras iba desandando a tientas, en completa oscuridad y sin guía, el camino que, otrora, se había esforzado en abrir para tantos.

 

Fuente de la imagen: tiendaanimal.es

Peldaños (Texto publicado en la revista Valencia Escribe/ Noviembre 2017)